JOYAS, HERRAMIENTAS, MUEBLES, ROPA...

Hacia la sociedad del alquiler: cada vez consumimos más pero poseemos menos

La pérdida del apego, las nuevas tecnologías, la crisis o la falta de espacio hacen que cada vez optemos más por servicios que prestan lo que tradicionalmente comprábamos

Foto: Ilustración: Raúl Arias.
Ilustración: Raúl Arias.

Año 2030. Un ciudadano de cualquier urbe del primer mundo se levanta en una casa que no es suya, con muebles y electrodomésticos por los que paga una cuota mensual. Abre el armario y busca entre las prendas que ha encargado en un catálogo online para ponerse esta semana. Va a trabajar en un coche último modelo, aunque está pensando en pedir que se lo cambien por uno superior. Los fines de semana prefiere moverse en bici, pero no tiene espacio en casa, así que, como todo lo demás, solo la alquila cuando le hace falta.

Un futuro como este es el que se imagina Ida Auken, colaboradora del Foro Económico Mundial que, en 2016, auguraba que en poco más de una década no poseeremos ni los utensilios con los que cocinamos. Aunque cargado de utopía, su relato resumido en esas líneas (y que puede leer entero aquí) señala una tendencia palpable: cada vez poseemos menos cosas y preferimos – o nos vemos obligados a - alquilar más.

Es lo que Forbes denominaba hace poco como “la sociedad del alquiler”. Más allá de la vivienda - que en el caso de España más que en una opción se ha convertido en la única opción -, proliferan las empresas especializadas en prestar objetos que antes teníamos tradicionalmente en propiedad. Por un módico precio, compañías que te dejan joyas, ropa, patinetes, herramientas de bricolaje o, incluso, espacio, dan respuesta a una demanda que ha perdido el sentimiento de apego, no quiere hacer grandes desembolsos y está hiperconectada.

Sin sentimiento de apego

La generación actual no ha vivido la inestabilidad de una guerra ni las carencias de una posguerra. Por eso, apuntan los expertos, la necesidad de posesión de objetos se ha ido diluyendo con el tiempo, primer pilar de la sociedad del alquiler. “Ha habido un cambio de mentalidad que se basa más en el uso que en la posesión”, reflexiona el investigador del colegio de sociólogos y políticos de Madrid, Pablo Ruiz. “El mejor ejemplo son los muebles: la generación de nuestros abuelos no los cambiaba en décadas, porque estaban diseñados para durar. Ahora estamos en una sociedad mucho más sujeta a cambios, más liquida, más fluida y enfocada en satisfacer ciertas necesidades del momento”.

Ha habido un cambio de mentalidad que se basa más en el uso que en la posesión

En la empresa Milherramientas, dirigida por Rafael Puerto y con sede en Pontevedra, se dieron cuenta de esto hace un año, cuando decidieron poner en marcha un portal que te presta desde un cúter a un generador eléctrico. “Antes se lo pedías a un vecino, que ya era un favor, o tenías que comprarte una herramienta por 100 euros que no volvías a usar en tu vida. No tenía mucho sentido”, explica al teléfono. Si un día necesitas poner la tarima, o arreglar el jardín, te llevan a casa en menos de 24 horas un 'pack' con todo lo necesario. Y después lo recogen para que no tengas que buscar un hueco donde almacenarlo.

Para Ruiz, la crisis económica, que ha limitado la capacidad adquisitiva, y la falta de espacio, han sido claves también en el surgimiento de esta demanda. Las viviendas son cada vez más pequeñas, pero hasta en eso empresas como Bluespace han visto el filón y ofrecen trasteros que por una cuota mensual te permiten almacenar lo que sea. Alquilar espacio para los que no pueden permitirse alquilar una casa con espacio.

Según Marcos Álvarez, economista especializado en consumo, la tendencia hacia el alquiler, además de por el cambio de mentalidad de acumulación comparada con otras generaciones y cierta sensibilización con el medio ambiente, está motivada también por el cambio en el modelo de negocio de las empresas.

“Hace diez años nadie pensó que íbamos a alquilar la música: cada uno quería tener sus propios discos. Y eso en parte nos lo han ido metiendo con trampas como el premium: pruebas la versión gratuita, te gusta pero te quieres quitar los anuncios, y acabas con una suscripción”, explica Álvarez en relación a Spotify, la plataforma de música en 'streaming' que cuenta ya con 180 millones de usuarios, la mitad de pago.

Plataformas como Spotify, Netflix o FilmIn han conseguido que paguemos por cosas a las que solo tenemos acceso, a menudo temporal, pero que no podemos guardar ni acumular. Han convertido productos en servicios. Para el economista, en esto influye que se está perdiendo el sentimiento de apego o, más bien, este es cada vez más selectivo: “Ahora el que es coleccionista de discos de vinilos sí los acumula. O un regalo... pero un mueble, ¿para qué?”.

"La gente quiere tener experiencias en lugar de poseer bienes y eso está afectando a todos los niveles, también en la moda", explica Luis Feliu

El mejor ejemplo del cambio en el sentimiento de apego es la empresa Verone, que pone en alquiler algo tan personal como las joyas. “La gente quiere tener experiencias en lugar de poseer bienes y eso está afectando a todos los niveles, también en la moda”, explica Luis Feliu, CEO de la compañía que lleva unos meses funcionando. Mediante un sistema de suscripción mensual –de 29, 49 o 70 euros al mes, según la calidad de las joyas-, se pueden elegir tres modelos al mes. “Las mujeres quieren llevar un 'look' distinto cada día, en lugar de tener tres piezas buenas que no cambian en dos o tres temporadas. Hasta ahora se acudía a la bisutería o a marcas de 10 a 20 euros, pero lo que nosotros hacemos es que pueda disfrutar de la experiencia de llevar alta joyería, aunque no sea suya”.

Este tipo de consumidor de alquiler es lo que una investigación publicada en el 'Journal of Business Research' denomina ‘premium keepers’ (guardianes del premium): personas que utilizan estos servicios por el ‘postureo’ de acceder a cierto estatus por un tiempo. El estudio identifica hasta tres perfiles más: el ‘fickle floater’ (el flotador voluble), que las usan con el único objetivo de ahorrar dinero, cambiando a menudo de 'app'; los ‘materialistas concienciados’, más motivados por razones medioambientales; y los ‘change seekers’ (buscadores de cambios), que persiguen sobre todo, la variedad.

No solo para empresas

Según la Oficina Nacional de Estadística de Reino Unido, la cantidad de “cosas” que compran los ingleses ha caído de las 15’1 toneladas por persona en 2001 a 10’3 en 2013. Mientras, el sector de consumo “basado en el acceso” (en inglés “access-based”), como se conoce también a estas empresas, aumentará sus beneficios de 15 billones de dólares en 2014 a 300 en 2025, según una proyección de PwC.

En España no existen datos sobre este sector, pero aglutina cada vez objetos más variados y son muchas las 'startups' que se están enfocando en esta forma de consumo, juntando el hambre con las ganas de comer: “No creo que la sociedad esté alquilando más de manera racional y lógica, pero sí de manera intuitiva se percibe que es más rentable, por eso está funcionando”, considera Álvarez. “A nivel económico, alquilar siempre es más rentable que comprar porque tienes disponible ese dinero para reinvertirlo en otras cosas”.

A nivel económico, alquilar siempre es más rentable que comprar porque tienes disponible ese dinero para reinvertirlo

Aunque de momento el alquiler sigue reservándose por lo general a cosas que usamos de vez en cuando, la tendencia que marcan países como EEUU o Reino Unido es que se extienda también a lo que utilizamos a diario, como ya ocurre con la movilidad. En España, el sector del alquiler más afianzado es el del automóvil, que es precisamente el segundo gran desembolso que hace cualquier persona, después de la vivienda. Mientras el mercado de matriculaciones por compra sube un 4% cada año, el del ‘renting’ lo hace a un ritmo del 9%, según datos de la Asociación Española de Renting de Vehículos, sobre todo gracias a su “popularización”. “Antes eran las grandes empresas las que más se acogían al 'renting' y ahora ya vemos que son pymes, particulares y autónomos los que están empujando y protagonizando el crecimiento de la flota”, señala el presidente de la patronal, Agustín García.

De hecho, las mismas marcas están sacando sus propios servicios de renting, conscientes de que muchos prefieren una cuota mensual que les incluya todo (seguro, taller, impuestos, revisiones…) que un gran desembolso. Hasta Amazon ha sacado recientemente su servicio de renting de vehículos. “Mucha gente prefiere tener una planificación del gasto, sin sobresaltos, y también hay que tener en cuenta que hay una gran incertidumbre hoy en día respecto a qué vehículo comprar, porque cambian las normativas de algunos municipios, como Madrid Central, o las necesidades de familia o estatus. Por eso uno ya no compra un coche para 15 años, sino que alquila uno para cuatro”.

Aunque de momento el alquiler sigue reservándose a cosas que usamos de vez en cuando, la tendencia es que se extienda también a lo que usamos a diario

Pero no se limita a los coches. En Madrid, por poner un ejemplo, existen ahora mismo 20 aplicaciones de alquiler de patinetes eléctricos, además de cuatro de bicis y otras tantas de coches y motos, convirtiendo algunas aceras en auténticos mercadillos al mejor postor.

Para que su uso se haya generalizado ha sido fundamental, como es evidente, la aparición de las nuevas tecnologías, que permiten que con dos 'clicks' pueda localizarse y desbloquearse cualquiera de estos transportes en lugar de acudir a una oficina, presentar un depósito y guardar colas para recoger el coche. “Pero solo con la digitalización no habría sido posible, también ha sido fundamental la confianza. La tecnología ha permitido que se limite la picaresca, y que mediante sistemas como por ejemplo el de la evaluación, no tengamos miedo de alquilar el piso de otra persona”, explica Álvarez.

En el optimista artículo de la colaboradora del Foro Económico Mundial cita varias ventajas respecto a este modelo, como reducir el impacto medioambiental (al comprar menos, se producirá menos) o ahorrarnos el alquiler de casa al ceder los espacios cuando no los usamos. Pero plantea también un riesgo: si todas estas empresas saben cuándo, qué y cómo consumimos, ¿dónde queda (si es que queda) nuestra privacidad? “Solo espero que nadie lo use contra mí”, confía Ida Auken.

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