Ha templado su nervio y carácter

El salto de Gaël Monfils: el showman francés que lucha por controlar a su 'loco' interno

El talentoso jugador luchó contra su físico y contra sí mismo para levantar un partido que se le había puesto muy en contra. Es uno de los jugadores más carismáticos y queridos por el público

Foto: Gael Monfils, en una de sus particulares celebraciones. (EFE)
Gael Monfils, en una de sus particulares celebraciones. (EFE)

Si uno ve un calentamiento de Gaël Monfils podría parecer que el chico es cualquier cosa menos un jugador de tenis. Instantes antes del inicio de su partido contra el húngaro Fucsovics (6-1, 4-6, 2-6) el francés se paseaba por la pista número cinco del Mutua Madrid Open haciendo malabares con la pelota, pasándosela por debajo de las piernas y lanzando a una canasta invisible. Sin embargo, y contra todo pronóstico, su sitio no es una cancha de la NBA.

A sus 32 años, Monfils es uno de los jugadores más carismáticos y espectaculares que existen en el circuito ATP. Querido por los aficionados de todos los continentes, esta temporada parece dispuesto a que su personalidad no merme su nivel de concentración en los encuentros. Sin dejar de lado su esencia y aportando puntos espectaculares para deleite de la grada, Monfils ha dado un salto cualitativo con la mira puesta en el top 10, ese que quiere volver a recuperar (actualmente ostenta el puesto 18). Está madurando tarde, pero más vale tarde que nunca.

Este miércoles ha levantado un partido que se le había puesto muy en contra. El Monfils de antaño jamás lo hubiera conseguido, pero la nueva versión del galo es más seria y responsable. Ahora templa más sus nervios y su carácter. Durante el primer juego, al apurar sus opciones de llegar a una bola difícil, Gaël se torció el tobillo. La culpa, uno de los micrófonos encargados de recoger el sonido ambiente situado en el fondo de la pista. El parisino se topó con él y pisó mal. De manera inmediata, se retiró a su banco cojeando y con evidentes signos de dolor. Apenas podía apoyar. La preocupación se extendió a una grada repleta de aficionados franceses que intentaban alentarle.

Gael Monfils, ejecutando uno de sus artísticos golpes en una imagen de archivo. (EFE)
Gael Monfils, ejecutando uno de sus artísticos golpes en una imagen de archivo. (EFE)

El juez de silla y el rival se acercaron a su altura para comprobar de primera mano su estado. Monfils se retorcía y apretaba los dientes, pero no renunció. Se levantó y volvió a su posición. Fucsovics reanudó el juego y se llevó un golpe ganador del galo que levantó al público de sus asientos. A pesar de eso, el francés tuvo que solicitar la asistencia del fisio. El partido no llevaba ni 15 minutos y amenazaba seriamente con desbancar a uno de los principales atractivos del cartel. El jugador se empeñó en no abandonar, pero la impotencia se apoderó durante un buen rato de él. Su primer set resultó un completo desastre y la tomó con los mencionados micrófonos, que apartó a patadas, y luego con uno de los responsables de la ATP. Entre punto y punto, el francés aprovechó para mostrarle reiteradas veces y de forma aireada su descontento con los dichosos aparatos y también con las dimensiones de la pista, que a su juicio eran muy reducidas. “Las condiciones son las mismas para todos”, apuntó su interlocutor, que le abroncó su maltrato al material. Pese a ello, no fue amonestado.

No renuncia a su faceta "showman"

Monfils estaba en desacuerdo y, de hecho, tuvo un momento bastante sarcástico que generó risas entre los presentes. Al intentar golpear una pelota tuvo que encoger el brazo para no hacerle daño a un juez de línea. “He perdido el punto, pero él está bien”, comentó sonriente. Fue el principio del cambio. Gaël se olvidó de todo y comenzó a enlazar varios juegos de mérito. El partido ya era otra cosa y el nuevo Monfils no permitió más distracciones a pesar de continuar renqueante. Resoplaba con cada arrancada, cada esfuerzo. “Vamos, vamos”, le animaba su equipo. Una cortadita espectacular vaticinó lo que estaba por llegar: un globo buenísimo del rival, una carrera agónica hacia atrás y un derechazo a la media vuelta con salto incluido que dejó sentado a Fucsovics e hizo rugir al estadio como nunca.

A Monfils solo le faltó el traje torero porque la postura ya la tenía. Contempló de lado a lado la grada, bien erguido, y la desafió. “Aquí estoy yo”, era el mensaje. Luego, una mano a la cabeza con ese típico gesto, tan suyo, que representa ‘el loco’ que habita en su interior. Cerró el segundo parcial a su favor, no sin sufrimiento, y se paseó en el set definitivo. Con solidez, sin cometer demasiados errores. Rompió el saque de su rival muy pronto y mantuvo el suyo para pasar a octavos de final. Su partido fue como el tiempo: salió el sol, pero amenazaba lluvia. El francés disfruta de un gran momento personal y profesional. Liam Smith, su nuevo entrenador, le ha transmitido el gen ganador que necesitaba. El americano sonreía en su palco contemplando las nuevas bondades de su pupilo. Gaël ya no es un niño con una raqueta en la mano, sino un profesional que mide sus golpes mejor, sin renunciar a su cara más “showman” y que le ha hecho tan popular. En octavos le espera el suizo Roger Federer, al que ha ganado en cuatro de sus trece enfrentamientos, el último en Montecarlo (2015). Partidazo asegurado.

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