el domingo JUEGA la final del open de australia

La aportación de Carlos Moyá a Rafa Nadal y por qué no echa de menos a su tío Toni

Rafa Nadal está jugando como no se le recuerda, pero su juego es, esencialmente, el mismo que le ha hecho ser uno de los mejores tenistas de siempre. Su entrenador influye en la actitud

Foto: Nadal y Moya, en un entrenamiento en Australia. (Reuters)
Nadal y Moya, en un entrenamiento en Australia. (Reuters)

Estamos en ese punto extraño en el que Rafa Nadal es más Benjamin Button que Dorian Gray. No es la eterna juventud, es que parece mejor y más fuerte de lo que nunca fue. Ha jugado tres partidos contra estrellas emergentes, y en todos ellos pareció ser el que más vitalidad y fuerza tenía. No tiene ya 20 años, ni nada que se le parezca, pero se le ve el juego más vivo posible, a una altura que a cualquiera, y esto incluye también a Novak Djokovic -con quien jugará la final de este domingo del Open de Australia-, le costaría horrores alcanzar.

Nadal es, en esencia, siempre el mismo, pero es obvio que hay matices en su juego que cambian temporada tras temporadas. No solo en lo estrictamente tenístico, también en cuestiones de carácter y aproximación al deporte. En los últimos tiempos el cambio es más acuciado, y también es normal, ha pasado ya temporada y media desde que se supo que Toni Nadal dejaría de acompañarle y Carlos Moyá se uniría al grupo. Es lógico pensar que entre ambos hay distancias y que se pueden ver los cambios en el jugador. Si no es así ¿para qué?

Empezando por el tenis, parece más agresivo, pero en realidad tiene más que ver con su físico que con el plan de juego. No es que, de repente, hayan decidido que necesita ir al ataque porque, en realidad, eso es un río que ha ido acompañando toda su vida. Desde que empezó a jugar realmente bien en pistas duras, más o menos a los 20 años, siempre se habló del tema, de la necesidad de acortar los puntos para alargar la carrera y lo conveniente que sería que sacase bien y pudiese ser más agresivo para estar menos tiempo en la pista.

Y eso es lo que ha ido haciendo siempre, porque lo que está ocurriendo en Melbourne está lejos de ser nuevo. Hay, eso sí, un matiz, y es que solo puede hacerlo cuando se encuentra muy cómodo en la pista y está físicamente a tope. Cuando no se dan estas dos variables, Nadal vuelve a sus esencias, que tienen un espíritu más conservador, le piden que se marche al fondo de la pista y allí se refugie, buscando un tenis en el que se encuentra más a gusto personalmente y que quizá no es tan efectivo, pero sí lo suficiente para no descartarle a nada. Que Nadal es Nadal, juegue con la táctica que juegue.

Adaptarse a las circunstancias

Es más, se puede intentar atribuir el juego actual de Rafa, con su agresividad, a Carlos Moyá, pero el año pasado ya era su entrenador y Nadal se fue todavía más atrás en los saques de lo que acostumbra, que no es precisamente la manera más ofensiva que existe de entender el tenis. No es que haya una contradicción entre ambos temas, es que mucho más que al entrenador, el número 2 del mundo se tiene que ir adaptando a sus propias circunstancias. Si el cuerpo le permite fuego, pues mucho mejor, pero cuando su físico no de otro tipo de tácticas le ayudan a llegar más lejos. Porque al final el cómo es importante, pero no tanto como alcanzar la meta.

Nadal sigue siendo el mismo, como por otra parte es normal, porque por encima de todo es una fórmula de éxito, y en esos casos la idea es cambiar lo menos posible. Cuando se relevó a Toni para dar paso a Carlos se tomó una decisión importante, más relacionada con lo anímico que con el juego, aunque siempre hay matices y colores nuevos en este tipo de cambios. Nadal no buscaba rediseñar su tenis, pero sí cambiar un poco de aires. La relación con su tío seguía siendo óptima, pero el cansancio era lógico, muchos años juntos, parar era algo perfecto para los dos, pues el técnico también estaba un poco hastiado de hacer lo mismo. Tenían, además, la excusa de la academia, el proyecto que es el futuro de los dos, y que aceptaría con gozo la ayuda de un entrenador como él.

Si mirásemos las redes sociales, cosa que todo el mundo sabe que es muy contraproducente para hacerse una imagen real de cualquier fenómeno, llegaríamos a la conclusión de no tener conclusión en lo que se refiere a Nadal y sus entrenadores. Se puede leer desde que le debe todo a Toni hasta que si hubiese cambiado antes hubiese ganado más. Improbable esto último porque, en cualquier caso, hay que tener claro que Rafa tiene un historial casi perfecto, que solo se puede hablar de matices y es improbable que hubiese logrado más -no digamos ya mucho más- si hubiese ido cambiando de técnico durante los años.

Un hombre de acción

Entre los argumentos de los apocalípticos siempre está el que recuerda que nunca llegó a sacar bien y, por algún motivo, la 'culpa' debe ser de Toni. En realidad, no es tan fácil, es obvio el caso de Nadal, pero en general, todos aquellos jugadores que no lo tienen de manera natural, nunca consiguen servir del todo bien. Esto también va por rachas, cuando la confianza es alta el saque también lo nota. Rafa ha hecho todos los cambios posibles en su mecánica, ahora y antes, y todos ellos han sido más o menos efectivos dependiendo de que el juego general lo fuese. Lo que se ve ahora no es consecuencia de un cambio drástico en la manera de hacer las cosas, sino propio de una consistencia que casi tiene más que ver con la cabeza que con otra cosa. Porque, además, con los años que lleva en la lucha, es un poco bobo pensar que no lo ha intentado. Más todavía en alguien tan tenaz como es él. Es más, por el camino se han hecho tantas teorías diferentes, muchas de ellas salidas desde el propio entorno de Nadal, que casi sería imposible recopilarlas. Algunas decían incluso que sacar lento era mejor, pues permitía un segundo golpe más agresivo.

Lo que aporta Moyá, y eso sí que es nuevo, es una mirada diferente al tenis y a la vida en general. Toni es reflexivo, meditabundo, extraordinariamente prudente. Un poco como, por naturaleza, es su propio sobrino. Son cautos y nunca les gustó lanzar las campanas al vuelo. Rafa es famoso por no haber querido nunca, en toda su carrera, nombrarse favorito, por más que lleve casi quince años siéndolo. Moyá, en ese sentido, es diferente. Estos días le han preguntado si creía que su pupilo es favorito para ganar este torneo y él ha contestado que por qué no, si está jugando como los ángeles. Es un cambio, y es radical, porque Moyá es un hombre de acción, optimista y sonriente. Tener alguien así, te cambia, incluso Nadal, que no es especialmente alegre y optimista, se ha visto mucho más cómodo en las entrevistas postpartido asumiendo que había sido mucho mejor que su rival y que su tenis está a máxima potencia. No es un desprecio al rival reconocer la superioridad que es real, aunque en ocasiones se haya asumido así en el entorno del jugador.

A Nadal, en este torneo, no le faltaban argumentos para refugiarse, los meses de inactividad, el hecho de estar en el principio de temporada sin haber competido antes, la propia fuerza de sus rivales. Podría haberse mostrado más cerrado y cauto, pero no lo ha hecho, y en eso se ve la mano de un entrenador que entiende la vida de otra manera. Luego, por supuesto, están los consejos tenísticos, porque Moyá era un número 1 y un excelente jugador. Le ha dicho, seguro, que si puede acorte los puntos, que domine con su derecha, que mueva al rival. Le ha podido dar matices de los jugadores, aunque a todos ellos los conozca bien Nadal. Su parte en la construcción del mito es escasa, porque lo que hace ahora con Rafa tiene más que ver con una compañía de máximo nivel que una reprogramación completa del juego. Al fin y al cabo, 17 grandes después, lo que no haya aprendido ya la leyenda no formará nunca parte de su juego. Con lo que ha tenido, le ha dado de sobra para estar entre los más grandes.

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