la sonrisa del madrid, en primera persona

La vida según Marcelo: "Casemiro me ha salvado, con él puedo jugar hasta los 45"

El lateral brasileño del Real Madrid relata sus vivencias y anécdotas en un delicioso artículo publicado en The Players Tribune. Por qué es jugador del Real Madrid y cómo no se lo creía al principio

Foto: Casemiro y Marcelo, en la Supercopa. (Reuters)
Casemiro y Marcelo, en la Supercopa. (Reuters)

"Cuando tienes un balón en el pie no puedes estar enfadado. Ni siquiera necesitas estar con nadie, solo la bola". ¿Alguien ha visto a Marcelo triste alguna vez? No, porque casi siempre que se le ve está jugando a la pelota y él no necesita más que eso para estar contento. Son pocos los casos en la historia del fútbol que unan con tanta cercanía el caracter y el juego. Marcelo corre y ríe. Su fútbol, de hecho, es una eterna carcajada.

"Aaaah, Casemiro ha salvado mi vida, puedo jugar hasta los 45 si le tengo a mi lado". La frase sigue siendo de Marcelo, que asume su anarquía en un artículo escrito en primera persona en la web especializada The Players Tribune. El mediocentro brasileño es el último de una estirpe, la de los guardaespaldas del lateral izquierdo del Madrid. No se engañe nadie, jugar con Marcelo puede ser divertido, pero a ráfagas también es un dolor para sus compañeros. El primero que lo supo fue Cannavaro.

"Me ayudó mucho. La regla era que yo podía atacar siempre y cuando luego corriese de vuelta ¿qué pasaba si llegaba tarde? Ahí la cosa se ponía seria, ese hombre podía gritarme. Pero era duro conmigo con razón y por eso le quiero todavía", explica el lateral en el emotivo texto en el que repasa lo que fue su vida, su infancia, ese abuelo que le llevaba hasta las instalaciones del Fluminense aunque la familia difícilmente podía pagar por la gasolina del traslado.

Si en algún texto leen al lateral que su sueño era ganar la Copa de Europa, desconfíen. "Hasta los 16 años yo ni siquiera sabía lo que era la Champions League. Recuerdo el momento exacto, estaba en una habitación del equipo en Xerém y algunos de los chivos estaban viendo un partido por televisión. Era un Oporto-Monaco, pero el partido realmente parecía diferente. De noche, con todas esas luces brillantes y esos aficionados. El campo era tan bonito... era increíble. En la liga brasileña, por lo menos aquellos días, las luces no brillaban tanto y el césped no era tan verde. El partido parecía retransmitido desde otro planeta que yo desconocida y en algún momento pregunté qué era esa liga. 'Es la final de la Champions, chico", cuenta. Era de pago por visión en Brasil y, hasta ese momento, no había podido ver ni un solo partido de aquello que sucedía al otro lado del charco.

Marcelo, riéndose con Cristiano. (EFE)
Marcelo, riéndose con Cristiano. (EFE)

Romario y la bandera

Entonces ¿cuál era el sueño? No es difícil, vestirse de amarillo y ganar un Mundial. "No recuerdo ver la final del 1994 en la que Brasil ganó, lo tengo un poco borroso, pero sí está claramente en mi memoria una foto específica en la portada de un periódico local. En ella el equipo volvía a casa y Romario colgaba literalmente de la ventanilla del avión con una enorme bandera de Brasil, como si hubiese conquistado el mundo para nosotros", narra el madridista. "Tengo una misión final. En el Mundial 2018, en Brasil, volveremos. Lo he dejado escrito. Le voy a poner un sello. Con Tité como nuestro entrenador creo realmente que podemos llevar la bandera brasileña a lo más alto", narra con pasión el lateral.

Llegó a Madrid con 18 años y aún se pregunta cómo pasó aquello. Le habían llamado del CSKA, también del Sevilla, uno de los destinos preferentes de los sudamericanos en aquel momento. Por esos tiempos llamó el Real Madrid y la respuesta fue clara: "Sí, por supuesto". El problema es que no tenía Marcelo tan claro que realmente el club de Chamartín le hubiese llamado. "El Real Madrid mandó a alguien a nuestro hotel, me senté con ellos y el señor se presentó. Pero no llevaba el escudo, no me dio una tarjeta ni nada eso. Me hacía preguntas como si tenía novia o con quién vivía, pero nada oficial, ni un solo papel, así que me preguntaba a mí mismo si aquello era real", rememora. Se metió en el avión y le dijeron que tenía que pasar reconocimiento médico, pero él seguía sin tener claro si aquello era realmente cierto o no. Finalmente, con solo 18 años, llegó al club. "Vi el contrato en la mesa, con el escudo del Real Madrid allí, y lo firmé jodidamente rápido".

Hasta los 16 años no sabía lo que era la Champions. Fue en la final Oporto-Mónaco, el campo era tan bonito... en Brasil las luces no brillaban tanto y el césped no era tan verde

Llegó y se presentó: "Esos señores, vestidos en trajes, me llevaron al terreno de juego, me presentaron ante los medios ese mismo día. Mi propia familia me dijo que no sabían si era real hasta que no me vieron en las noticias de Globo Esporte". Llegó al Madrid, un equipo plagado de estrellas. Vamos, simplemente llegó al Madrid, que lleva toda la vida siendo eso mismo. Tenía 18 años, nadie sabía quien era. "Me podían haber comido vivo, pero hay algo importante en este club, es especial. Roberto Carlos vino a mi y me dijo 'este es mi teléfono, si necesitas cualquier cosa, llámame". Era su ídolo, casi un dios para él, según dice en el artículo. También era su competencia, pues ambos son laterales largos, anárquicos y brasileños.

"En la primera Navidad nos invitó a mi mujer y a mi a su casa con toda mi familia. Ese hombre es mi ídolo, peleamos por la misma posición, la mayor parte de la gente no hubiese hecho eso, pero él tenía confianza en sí mismo", recuerda ahora Marcelo, que en varias ocasiones se nombra a sí mismo como el pequeño Marcelo. En ese entorno maduró el lateral, que ya lleva más de diez años vestido de blanco. Pudo haberse marchado cedido, pero en esas hubo otra de las grandes anécdotas que cuenta en el delicioso artículo.

"Al final de la primera temporada el director deportivo me llamó a su oficina. Yo aún era joven y loco, llegué allí con mi gorra puesta, esperando una pequeña charla. Me dijo que quería que me fuese cedido y yo entendí lo que querían hacer, querían que cogiese experiencia pero pensé 'Esto es el Real Madrid, si me marcho ahora igual nunca vuelvo', así que le pregunté si podría quedarme si no firmaba, él me dijo que sí, que si quería el entrenador me quedaría, pero que él pensaba que tenía que marcharme". Marcelo no firmó, es más, dice que tenían que haber llegado unos matones para obligarle a ello. "Cogeré experiencia, eso dejádmelo a mí", le dijo, bastante sobrado el dirigente. Roberto Carlos se marchó ese verano y eso le empezó a dar más tiempo de juego hasta, muchos años después, convertirse en uno de los extranjeros más carismáticos de la historia del club de las 12 copas de Europa.

La triste suplencia en la décima

En tres de ellas estuvo Marcelo, y su aportación en las finales no fue menor. El recuerda con especial cariño la décima, la primera de todas ellas. Entre otras cosas porque su abuelo, una figura capital durante toda su vida. El lateral fue suplente, y eso que venía de jugar varios partidos consecutivos de titular. "Estaba extremadamente triste al principio, un poco enfadado, pero en mi cabeza sabía que había algo esperándome, me senté en el banquillo y esperé", cuenta Marcelo. Lo más curioso es que él recuerda salir en la prórroga, después del testarazo de Sergio Ramos cuando, en realidad, había entrado en el campo en el minuto 56 y fue clave junto a Isco de darle mayor vigor al Real Madrid.

Lo que sí recuerda mejor es el desenlace, su parte de la historia. "Sergio Ramos nos salvó una vez más, no sé lo que tiene ese chico, quizá es algo del pelo. Entré con mucha rabia, pero con un tipo saludable de rabia, quería conquistar, dejarme todo en el campo. Cuando marqué en la prórroga creo que mi cerebro se cerró. Pensé en quitarme la camiseta, pero luego recordé que eso me daría una tarjeta amarilla. Después me puse serio y empecé a llorar. Fue una locura". Diez días después su abuelo murió en Río. Desde que empezó a despuntar en las categorías inferiores guardaba todos los recortes de prensa en los que salía. En sus años del Madrid casi se quedó sin carpetas de tanto que tenía para rellenar.

Marcelo es un hombre feliz. También un hombre orgulloso. Sabe cuál es el camino, que no fue sencillo y lo que se siente cuando se vive en la cúspide. "Todos los días, cuando llego a entrenar, aparco mi coche y entro en el vestuario del Real Madrid es una emoción gigante. Incluso si no lo demuestro, por dentro lo siento muy profundamente". La anarquía también siente responsabilidad.

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