Abel traicionó el espíritu atlético
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EL RÁCANO PLANTEAMIENTO NO ES FIEL A LA HISTÓRIA ROJIBLANCA

Abel traicionó el espíritu atlético

“Tanto tiempo esperando volver, para al final marcharse sin hacer ruido y por la puerta de atrás. Y encima con la sensación de que con este

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Abel traicionó el espíritu atlético

“Tanto tiempo esperando volver, para al final marcharse sin hacer ruido y por la puerta de atrás. Y encima con la sensación de que con este equipo se podía haber hecho mucho más…” Esta idea martillea desde el miércoles la cabeza de la mayoría de los aficionados atléticos. El empate a cero de Oporto no se corresponde con las decenas de partidos importantes que han ido perfilando la idiosincrasia de un equipo y una afición singular. Todos los análisis que la prensa y la afición hicieron de la vuelta de octavos de la ‘Champions’ centraban sus quejas en el rácano planteamiento de Abel Resino y, sobre todo, en su polémica decisión de dejar a Diego Forlán en el banquillo. Y no les falta razón.

Pero, más allá de la suplencia del uruguayo, de la que se quejó hasta su compañero de delantera, ‘Kun’ Agüero, el desencanto de la afición tiene otro motivo más profundo. A priori, era evidente que Abel hacía su planteamiento pensando que era el mejor para lograr pasar una eliminatoria que debía remontar tras el empate a dos de la ida que favorecía al equipo portugués. Y, a posteriori, también es evidente que no le salió como él quería. A partir de ahí, todo el mundo puede opinar. Pero los debates futbolísticos son sólo eso, debates.

Pocas parcelas sociales siguen siendo tan ‘dictatoriales’ como lo es el funcionamiento de un vestuario. Abel planteó el partido atemorizado por el ‘baño’ y la superioridad que mostró el Oporto sobre su equipo quince días antes. Prefirió guardar la bala de Forlán para la segunda parte mientras lograba maniatar a los tres veloces puntas del Oporto, que en la ida habían convertido a la defensa atlética en un auténtico coladero. Todos dijeron “sí, señor” y  con esas armas salieron a la batalla de Oporto.

La primera parte de la estrategia salió bien desde el inicio, el ritmo del partido fue lento como quería Abel, y Hulk y compañía parecían mucho más mansos que en la ida. Pero cuando tocó irse a por el partido los jugadores atléticos se dieron cuenta de que los que estaban cómodos de verdad eran los locales, y ya no hubo tiempo para cambiar las cosas, ni con Forlán ya en el campo.

En definitiva, un final insulso para un equipo que derrocha pasión allá por donde va, para bien o para mal. Muchos atléticos se hubieran sentido más identificados con su equipo viéndole caer de forma épica o, incluso, vergonzosa, pero siempre en busca del partido. Además, la actual plantilla y su irregular rendimiento es fiel a un perfil que se conoce muy bien en la ribera del Manzanares. Un ataque mortal capaz de ganar a cualquiera de la forma más espectacular (léase el 4-3 ante el Barça), entremezclado con actuaciones lamentables e incluso suicidas (léase el 6-1 de la ida ante el Barça).

Nadie podía imaginar la idea de Abel

Algo de eso es lo que esperaba la parroquia rojiblanca antes del partido de Oporto. Y más sabiendo que era el ‘Atleti’ el que tenía que salir a ganar. La afición pensaba que era tan probable un 0-3 como un 3-0, en un duelo a pecho descubierto. Pero nadie podía imaginar caer de esta manera. Nadie podía imaginar lo que ideó Abel.

El orgullo de la afición ‘colchonera’ resultó herido con este planteamiento del técnico toledano, un hombre de la casa. Si tenía miedo del ataque del Oporto debía haberlo superado metiéndoles el miedo a ellos desde el inicio con los Kun, Forlán, Simao, etc. Si había que hacer un gol y evitar recibirlos, ese debía haber sido el orden de las prioridades, y no al revés, como intentó Abel. Y si hay algún ritmo en el que se ha encontrado históricamente cómodo este club ese siempre ha sido el de los partidos vivos, a ida y vuelta, donde los contragolpes son mortales de necesidad… Y no intentando controlar el tempo, a la espera de un gol salvador en una jugada puntual, como deseaba el ex guardameta.

Es justo admitir que esto último podía haber ocurrido perfectamente y que, unido a la gran actuación de Leo Franco en el conjunto de la eliminatoria y a los postes, se hubiera logrado el ansiado pase a cuartos. Entonces, este debate no hubiera tenido lugar, no. Pero hubiera surgido otro -dentro de la euforia lógica por el triunfo- alrededor de la forma tan rácana que eligió Abel para ganar. Sería sólo eso, un debate más. Pero lo que no admite lugar a dudas es que a los atléticos les gusta que se hable de su equipo, para bien o para mal. Y la silenciosa manera de caer eliminados ante el Oporto no se corresponde con la pasión o el drama que han despertado este tipo de noches durante la historia del club. Eso es lo que menos se entiende del planteamiento de Abel, un hombre de la casa que el miércoles actuó como alguien ajeno a ella.

Abel Hernández Atlético de Madrid Oporto Diego Forlán