El mundo culé, en vilo

Los peajes de Lionel Messi: del ocaso argentino a la implosión del Barcelona

Los silencios del ‘crack’ siguen marcando el destino del Barcelona. La sucesión de desastres en Europa y la mala planificación han puesto la lupa sobre el argentino, la persona con más poder en un club sin rumbo y en una selección extraviada

Foto: Messi, durante el partido de cuartos contra el Bayern de Múnich. (Efe)
Messi, durante el partido de cuartos contra el Bayern de Múnich. (Efe)

El fabuloso palmarés de Lionel Messi en el Barcelona permite dos lecturas. Una de ellas es que, con el argentino en el equipo, el club catalán sólo ha ganado una Champions menos que el legendario Real Madrid de Florentino Pérez y Zinedine Zidane. La otra se comenta menos: desde que Messi asumió el liderazgo absoluto del equipo (tras la marcha de Pep Guardiola, en 2012), los azulgrana han conquistado sólo una vez el trofeo de clubes más importante del mundo.

El silencio de Messi desde el humillante 2-8 ante el Bayern preside el descalabro del Barça e impide hacer pronósticos sobre la evolución del club. “No se conoce en la historia del fútbol ningún otro caso de un jugador que haya tenido tanto poder en un club grande”, como reconoce a El Confidencial un exdirectivo culé que prefiere no dar su nombre y meterse “en problemas”. Con Messi siempre sucede lo mismo: muchos hablan en privado, pero nadie se atreve a cuestionarle en público.

La adoración al argentino en la prensa catalana es particularmente unánime (algo muy diferente a lo que sucedió durante años con su gran rival, Cristiano Ronaldo, en los periódicos de Madrid). “Que yo recuerde, no hay ningún columnista u opinador, sea cruyffista o nuñista, en Barcelona que se haya atrevido a tratar el tema del poder de Messi abiertamente”, dice a este periódico un periodista del diario Sport a condición de que no se revele su nombre: “Es una cuestión que solo aparece tangencialmente en algunas tertulias, pero todo el mundo pasa de puntillas. Hasta ahora Messi ha gozado de inmunidad mediática aquí, algo que no ocurre en Argentina”.

"Hasta ahora Messi ha gozado de inmunidad mediática aquí, algo que no ocurre en Argentina”

Esa inmunidad de Messi revela ahora sus costes, ocho años después de la salida de Guardiola y dieciséis después de su llegada al primer equipo. Además de los 100 millones de euros brutos que cobra el mejor futbolista del planeta (título que conservó durante más de una década, hasta la semana pasada), el capitán del Barcelona tiene una indudable responsabilidad en la crisis estructural de un equipo avejentado, pagado por encima de su valor de mercado y sin hambre, en el que probablemente demasiadas entradas y salidas han dependido de sus célebres silencios: una mirada hacia el suelo de Messi tiene más peso en las oficinas del club que un grito del presidente Bartomeu.

Messi y Suárez, entrenando el día antes al duelo del Bayern. (Efe)
Messi y Suárez, entrenando el día antes al duelo del Bayern. (Efe)

Esta pasada semana, después de la catástrofe lisboeta, Messi convocó un retiro de silencio en una masía de la Cerdanya con sus amigos del vestuario: Jordi Alba, Luis Suárez, Busquets... Todos ellos están lejos de su mejor estado y tienen contratos millonarios garantizados hasta los 35 años. La sobreprotección de Messi y de su círculo íntimo en el vestuario ha hecho del Barcelona el club del mundo con mayor gasto en sueldos de la plantilla: 392 millones anuales, por delante incluso del Manchester City (326) o el Madrid (283). Una desproporción que inevitablemente reaparece en la superficie después del ridículo ante el Bayern.

Ter Stegen, Sergi Roberto, Piqué, Sergio Busquets, Alba, Suárez y Messi son los siete futbolistas presentes en el 2-8 que ya estaban en el equipo que cayó abatido en París, Roma o Liverpool. “Apuntamos a una gestión que no ha sabido frenar esa deriva, pero señalemos también a los que juegan, ¿no?”, escribía esta semana en Mundo Deportivo el periodista Joan Poquí. “Ha habido miedo a no incomodarles y eso es una negligencia, pero también es momento de bajarlos del pedestal. A pesar de lo buenos que son y han sido. Muchas gracias, pero cambiar el entrenador será más de lo mismo”.

Poder en el club

El poder de Messi es tan inmenso que ni siquiera el presidente Bartomeu pudo hablar con él en los días posteriores a la eliminación, mientras trataba de tapar vías de agua por los cuatro costados de la institución y cerraba la contratación de Ronald Koeman. Bartomeu sólo logró comunicarse con su padre, Jorge. (El llamado “entorno de Messi” es extraordinariamente cerrado: su padre, su hermano Rodrigo, su asistente, Pepe Costa –empleado del club–, Suárez, Alba... En él no entran ni entrenadores ni directivos).

Esa suprema autoridad de Messi contrasta con su falta de liderazgo en numerosos partidos decisivos del Barcelona, una contradicción aplicable también a la selección argentina (con la que Messi ha conquistado únicamente un Mundial sub-20 y unos Juegos Olímpicos). El trato a la estrella ha sido mucho más duro en su país natal que en España, especialmente tras las repetidas decepciones de la selección en partidos cruciales donde él estaba en la cancha: derrota ante Brasil por 3-0 en la final de la Copa América 2007, derrota por 4-0 ante Alemania en cuartos de final del Mundial 2010, eliminación en cuartos de final de la Copa América 2011 ante Uruguay, derrota en la final del Mundial 2014, derrota ante Chile en la final de la Copa América 2015, otra vez derrota ante Chile en la final de la Copa América Centenario 2016, derrota en octavos de final del Mundial 2018 ante Francia, derrota ante Brasil en las semifinales de la Copa América 2019.

Las críticas a Messi en su país tras los repetidos desastres de la Selección le han llevado a abandonar el combinado en al menos dos ocasiones, 2016 y 2018 (para regresar después en ambos casos). Los argumentos utilizados al otro lado del océano son generalmente aplicables a una discusión sobre el FC Barcelona: que el capitán decidía quién jugaba y que siempre defendía a sus amigos (el célebre caso de Javier Mascherano, por ejemplo, que también vivieron los culés). La excesiva intervención, en definitiva, de un futbolista cósmico convertido en mito nacional, capaz de restaurar por fin el orgullo del fútbol que mayores talentos ha dado al balompié mundial, empobrecido por dos décadas de crisis económica, mala gestión y corruptelas permanentes.

Messi y Mascherano, tras la derrota de Argentina contra Francia en el Mundial 2018. (Reuters)
Messi y Mascherano, tras la derrota de Argentina contra Francia en el Mundial 2018. (Reuters)

El declive del fútbol argentino tiene causas mucho más profundas que el intervencionismo de su mayor estrella y la presunta protección de su camarilla íntima. La albiceleste no consigue una victoria en un torneo importante desde 1993, cuando Messi tenía seis años. Cuando la ‘Pulga’ se retiró por segunda vez de la selección tras el Mundial de 2018, hasta el entonces presidente del país, Mauricio Macri, le llamó por teléfono para tratar de que reconsiderase su decisión. Messi rectificó mes y medio después y anunció que volvía al equipo: “Hay que arreglar muchas cosas de nuestro fútbol argentino, pero prefiero hacerlo desde dentro y no criticando desde fuera”, afirmó el futbolista, perpetuamente presionado por la comparación con Maradona y el Mundial 1986.

Semanas después, tras jugar su primer partido y perder un amistoso ante Venezuela jugado en Madrid, el capitán argentino concedió una entrevista radiofónica para salir al paso de las nuevas críticas: “Se hizo normal, como una costumbre, mentir, pegarme, decir cosas sobre mí, darme siempre que voy a la selección, darme cuando no estoy, continuamente. Y la verdad es que me da un poco de bronca", declaró a la radio 'Club 947 FM' .

El paraíso catalán

El cortijo catalán de Messi, siempre un espacio de tranquilidad y reconocimiento en comparación con el convulso fútbol argentino, terminó de quebrarse definitivamente el pasado 14 de agosto. Todo ha pivotado sobre Messi en el Barça y en la selección argentina desde hace una década. “Pero es que Messi es mucho más que un futbolista”, justifica Andrés Burgo, periodista y escritor, autor de ‘El Partido Argentina-Inglaterra 1986’ y ‘El último Maradona’, entre otros libros. “En todo caso, si siempre fue así, caerle ahora me suena medio oportunista… ¿Cómo era la frase esa del poeta Rilke, que decía ‘quítame los demonios y me quitarás los ángeles’? Somos un todo, con lo bueno y lo malo... Messi siempre fue así; empezar a contarle las costillas ahora, en la derrota, me suena a jugar a ser un Tribunal de Dios, a apuntar con el dedo”.

Burgo rechaza que el 2-8 del Bayern cuestione integralmente el liderazgo de Messi y legitime una rendición de cuentas: “Tiene 33 años ya... ¿Como haces para mantener la motivación si ya ganaste todo? En todo caso, ¿por qué hay que ganar y ganar y ganar y seguir ganando? Es como decirle a Albert Einstein: ‘Eh, después de la teoría de la relatividad empezaste a robar’. Que el Barcelona no tenga un Florentino Pérez (que no sé si es bueno o no) desde luego no es culpa de él”.

"Que el Barcelona no tenga un Florentino Pérez (que no sé si es bueno o no) desde luego no es culpa de él”

En Argentina se han escrito millones de palabras sobre si la selección argentina jugó los Mundiales de 2014 y 2018 bajo un excesivo influjo de Messi o no. (En 2010 el entrenador era otro ‘dios’, Diego Armando Maradona, y en 2006 Messi era un suplente de 19 años). El consenso viene a ser que en 2014 el seleccionador Alejandro Sabella logró imponer su estilo conservador y aburrido, que condujo a una final malograda contra Alemania; y que en 2018 Sampaoli no logró en ningún momento imponerse a la voluntad del comando central del vestuario, dirigido por el ‘10’. Burgo no le da tanta importancia: “Maradona también ponía jugadores. Y Grondona. ¿Y en España Tebas no hace lo mismo alguna vez?”

Messi y Jorge Sampaoli, en el Mundial 2018. (Reuters)
Messi y Jorge Sampaoli, en el Mundial 2018. (Reuters)

En el estadio Da Luz de Lisboa quedó claro que un jugador solo (con la posible excepción de Maradona) no puede ganar partidos ni desde luego títulos. Obviamente, resulta más utópico aún si no está en su mejor forma (los tres goles de Messi en esta Champions son su peor cifra desde la temporada 2006-07, y los 31 de la temporada el número más bajo desde la 2007-08). "Ahora lo que habría que preguntarse es si a un equipo de Maradona o de Cristiano o de Di Stéfano les hubieran metido un 2-8 en cuartos de la Champions", ironiza el reportero del diario Sport.

La comparación con el Real Madrid y CR7, un ‘crack’ que jamás gozó de esa divinización en Madrid y se marchó en la cima, es ineludible. El poder del portugués en el vestuario no llegó ni por asomo al de su máximo oponente. No se recuerdan jugadores importantes que tuvieran que abandonar el Madrid por desavenencias o incompatibilidades con Ronaldo. En el Barcelona sobran ejemplos: David Villa, Alexis, Coutinho… Quién sabe si hasta su íntimo amigo Neymar: “Una de las razones por las que Neymar deja el Barça es porque el juego se dirige completamente hacia Leo Messi y Neymar se ve obligado a trabajar para él”, afirmó Unai Emery cuando el entrenador español se marchó del PSG.

Los silencios de Messi

El FC Barcelona, como esta misma semana, navega a perpetuidad entre los silencios de Messi. “Hay mucha gente que se dedica a la interpretación de sus gestos”, manifiesta una personalidad relevante del entorno culé con responsabilidades directivas en el pasado: “Si tuerce la cara, si no está participativo... La gente se acojona. A Villa, si no le había pasado un balón, se tiraba directamente sin hablarle hasta la semana siguiente”.

Curiosamente, nada de esto se ha trasladado a la prensa en la última década. No existe (con la posible excepción de Iniesta) ningún otro futbolista que haya merecido ese trato inmaculado. Un periodista barcelonés con carné de socio y 15 años de experiencia en la profesión dice: “En Barcelona ahora algunos están empezando a cuchichear en cenas, pero es más para salvar a Bartomeu que otra cosa. Tienes que ser muy ‘anti’ para hablar mal de Messi, por muchos defectos que tenga. Es mucho más que el puto amo, ¿entiendes? Nunca ha habido alguien así. El apoyo ha sido y será unánime”

Por supuesto, los deseos de Messi no siempre se han cumplido en los despachos barcelonistas. El argentino pidió hace seis años a Andoni Zubizarreta, entonces director deportivo del club, que fichase al ‘Kun’ Agüero como delantero centro del equipo; pero ‘Zubi’, como se sabe, fichó a Luis Suárez. (El uruguayo no se llevaba entonces bien con Messi, pero hoy son amigos inseparables). Tampoco le fue concedido su deseo de traer a Éver Banega, inspirado socio suyo en la selección argentina, al Camp Nou. “Pero no te equivoques: son muchos más los deseos que sí se han satisfecho”, aclara el exdirectivo anteriormente citado.

Gnabry desborda a Messi en el Barcelona-Bayern. (Efe)
Gnabry desborda a Messi en el Barcelona-Bayern. (Efe)

Una de las frases más repetidas en las oficinas del Camp Nou esta semana es que “esto no se arreglará hasta que se vaya el enano”, pero no la leerán en periódicos ni la escucharán por radio o televisión. “Messi es intocable”, repitió Bartomeu varias veces; será el “pilar del nuevo equipo de Koeman”. “Intocable”, “imprescindible”, “D10S”… Las alabanzas al estandarte del Barça son constantes.

La onda expansiva del torpedo del Bayern, no obstante, está lejos de calmarse aún. A Messi le queda una temporada de contrato, y su futuro depende enteramente de su voluntad (más allá de que ningún club vaya a pagar jamás una cláusula de rescisión de 700 millones de euros por un futbolista de 33 años). Su mutismo estresa al barcelonismo: pese a las decepciones en cadena, su respaldo a un nuevo proyecto de futuro otorgaría mucha calma a una nave en apuros.

Además de sus seis Balones de Oro y sus innumerables trofeos individuales y colectivos, Messi ha ganado diez ligas y cuatro Champions League con el Barcelona, equipo en el que ha sido infinitamente más feliz que con Argentina. Los desastres recientes de su equipo marcan el fin del esplendor: tanto el suyo propio como el de la plantilla diseñada en torno a él. Sus silencios siguen definiendo el presente y el futuro del Barça una década después, pero hay una época, casi un régimen, que se cerró para siempre con los ocho goles de Lisboa.

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