siete años se cumplen de sus llegadas

Las vidas paralelas de Simeone y Laso, dos opuestos que dieron la vuelta a sus clubes

Simeone cumple hoy siete años en el banquillo, como Pablo Laso, se encontró una institución deprimida y con malas perspectivas y la transformó en un proyecto ganador e ilusionante

Foto: Simeone y Laso
Simeone y Laso

"Su suerte será la nuestra". José Luis Pérez Caminero, entonces director deportivo del Atlético de Madrid, saludaba con estas palabras a Diego Pablo Simeone hace siete años. El equipo rojiblanco languidecía, acababa de ser eliminado de la Copa del Rey por el Albacete -que le había ganado en la ida y en la vuelta- y dormitaba décimo en Liga, a diez puntos de la cuarta posición que marca el límite de la Champions League. El equipo llevaba 14 años sin ganar al Real Madrid.

Unos meses antes, en la presentación de Pablo Laso como técnico del Real Madrid, nadie le puso en su espalda el peso de ser el salvador, pero su porvenir era igualmente complicado. El equipo llevaba cuatro años sin ganar la liga, ocho sin ganar la Copa y, aunque esa misma temporada había logrado un gran éxito metiéndose en la Final a Cuatro de la Euroliga, su sequía en la gran competición continental se extendía desde 1995. Era el nuevo timonel de un proyecto marchito, los malos resultados se unían a un presupuesto menguante porque la convicción en el baloncesto blanco cada vez era menor.

Con todas las diferencias encima de la mesa, que las hay, Simeone y Laso, Laso y Simeone, se encontraban en la Navidad de 2011 ante perspectivas similares. Su función deportiva era equiparable a la del resto de entrenadores del mundo, pero su hoja de tareas tenía mucha más enjundia, no bastaba con eso sino que tenían que resucitar a dos instituciones moribundas, emblemáticas y ganadoras que viajaban en los peores momentos -o casi- de sus respectivas historias.

Simeone contaba con una ventaja evidente, su profunda identificación con la casa. Que no era solo personal, sino orgánica. La grada no solo le respetaba como uno de los suyos sino que iba mucho más allá, le veían, desde el primer minuto, como un Moisés capaz de abrir las aguas del mar Rojo, el probable salvador de sangre rojiblanca. Su historial como entrenador estaba bien, con más éxitos que fracasos, pero no dejaba de ser un novato enfrentándose a un reto mayúsculo. Contaba con la gente que ya le quería y terminó idolatrándole hasta las últimas consecuencias.

A Laso le recibieron con menos efusividad. Es más, la tarde de su presentación en el Bernabéu unos pocos se arremolinaron en la puerta del palco para pedir más compromiso del club con el baloncesto. Habían sonado por el camino un reguero de nombres con raíces eslavas -en el Atlético solo Simeone fue una opción- y habían llegado a la conclusión de que tenía que ser Laso. Exjugador, pero no ídolo, entrenador del GBC de San Sebsatián, con una experiencia relativa. "Me hace gracia eso, Obradovic ganó la Copa de Europa en su primera temporada", decía cuando le preguntaban al respecto.

Con filosofías diferentes, pero con estilo

En esa posición de partida se encontraron, desde ahí fueron caminando. Es difícil encontrar mayores éxitos, es casi imposible pensar que todo lo que ha ocurrido en estos años podría haber llegado de la mano de otros protagonistas. Se puede jugar a buscar universos paralelos en los que en el año 2011 no hay cambios ni en el Atlético de Madrid ni en el Real Madrid de baloncesto, o que se llega a otras opciones diferentes. Difícilmente con resultados superiores.

Ninguno de los dos tenía el puesto asegurado a largo plazo, aunque solo fuese porque el historial de sus respectivas casas no auguraba buenas cosas para los que se atrevían a tomar los mandos. Necesitaban darle la vuelta al pesimismo, pero además tenían que hacerlo con escasos mimbres. El Real Madrid estrechaba los presupuestos de la sección y el Atlético encadenaba tres temporadas sin tocar la Champions y naufragaba con deudas que obligaban, por ejemplo, a enjuagues de supervivencia con fondos de inversión y representantes para tener la mejor plantilla disponible.

Los dos cambiaron de lleno la filosofía de sus equipos. Es más, los dos le dieron a sus equipos un estilo, un libreto en el que creer. Antitéticos, sí, pero en ambos casos claros y rotundos. Uno es atacante, el otro defensivo, pero por encima de todo eso, los dos son muy claros en lo que quieren conseguir y en cuáles son sus métodos. Son similares en su pasión, aunque distintos en su método.

Diego Simeone, desde el primer día, se empeñó en que los mejores equipos se consiguen desde la defensa, la solidaridad y el empeño. Su doctrina se ha extendido durante años cambiando la mayor parte de las piezas y una otra vez, su idea es que la estructura, el conjunto, siempre está por encima del individuo. Sí, una suma de mejores jugadores puede hacer un mejor equipo, pero lo que no es posible es el éxito sin equipo y sin defensa. Pronto trasnformó un conjunto que era una feria -dolor para los atléticos es recordar lo que hubo antes- hasta convertirlo en la zaga más eficiente de Europa.

Pablo Laso, con todas las distancias que hay que tomar al comparar dos deportes, es todo lo contrario. Del mismo modo que Simeone no acepta un error, Laso no aguanta que no se intente. Sus mimbres tienen mucho más que ver con el ataque y, sobre todo, con el ritmo. El vitoriano abrazó las nuevas tendencias del baloncesto mundial, con más posesiones y más tiros de fuera. El Real Madrid de estos últimos años se ha convertido en uno de los más atractivos espectáculos del deporte continental. Tuvo suerte, es verdad. Poco después de su llegada al banquillo se supo que había cierre patronal en la NBA, algunos jugadores probaron en Europa, y en el Madrid recalaron Rudy Fernández y Serge Ibaka. Fue poco tiempo, pronto tuvieron que volver, pero su presencia dio de nuevo notoriedad al equipo y eso ayudó a pensar en incrementar un presupuesto decadente en los años anteriores.

Ganar al eterno rival

Los dos lograron grandes éxitos pronto, lo cual siempre es un acicate para seguir creyendo. Pablo Laso, en la mitad de su primera temporada, reconquistó una Copa del Rey que se le resistía al Madrid desde muchos años antes. Lo hizo, además, en Barcelona y contra el Barcelona, lo cual siempre sube la emotividad de un título. El equipo ya empezaba a dar señales de proyecto sólido. El Palacio fue poco a poco subiendo su asistencia y el Real Madrid dando un vuelco a la tendencia de varios lustros de mediocridad con algún que otro sobresalto.

Algo parecido se puede decir de Simeone. No logró meter al equipo en Champions, pero lo llevó hasta una meritoria quinta plaza. Además, ganó la Liga Europa y, al inicio de su segunda temporada -la primera completa-, se impuso al Chelsea en la Supercopa de Europa por 1-4 y con un partido memorable. Poco a poco el equipo fue creciendo, en juego, en prestigio y en nombres. Año y medio después ganó la Copa del Rey, al Madrid, en la final en el Bernabéu. No solo se lograba otro título, también se acababa con un malfario que se extendía durante 14 años.

Diego Simeone ganó una Liga y metió al Atlético de Madrid en dos finales de Champions. Es uno de los mejores momentos en un club enorme. Pablo Laso va todavía más allá, ha ganado cuatro ligas, cinco copas y dos Euroligas. Los títulos son importantes, fundamentales, pero su legado tiene menos que ver con la plata conseguida como con lo que han supuesto para la supervivencia de la institución. El Atlético de Madrid empezó a entrar cada temporada en Champions, la afición siguió detrás y las cuentas empezaron a cuadrar. Un club casi en bancarrota fue acertando con los fichajes y, sobre todo, con las ventas. La filosofía de Simeone antepone el colectivo sobre el individuo y ayuda a dar salida, por mucho dinero, a jugadores que igual no valen tanto. Hoy hay un nuevo estadio y nadie concebiría una liga europea sin la presencia de los rojiblancos, extremo que antes no estaba en absoluto asegurado.

Laso tenía, en ese flanco, algo menos de presión. Aunque haya un runrún histórico sobre la continuidad de la sección de baloncesto, es cierto que el porvenir económico del equipo no depende directamente de sus resultados, no deja de ser un gasto más que soporta el club, cuyos ingresos llegan masivamente del fútbol. A pesar de eso, la presión era grande, tenía que devolver el prestigio a un equipo histórico y darle motivos a la Junta Directiva para seguir invirtiendo o, incluso, como finalmente consiguieron, para incrementar los presupuestos. Cuatro veces en la 'final four' y los demás éxitos han hecho del equipo de Laso un motivo claro de orgullo para el Real Madrid y, mientras así siga, la inversión quedará reforzada.

Han pasado siete años y los que eran inexpertos y temporales se convirtieron en pilares de dos proyectos brutales. A veces es tan fácil como tener las cosas claras.

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