no le perdonan la lesión de salah

Sergio Ramos se ríe de los pitos de la grada y abraza a Isco porque es el capitán

Sergio Ramos marcó el tercer gol del Madrid, de cabeza, como casi siempre. Se le acumularon después los mensajes gestuales que tenía que mandar: muchas cuentas pendientes

Foto: Sergio Ramos manda callar al estadio. (EFE)
Sergio Ramos manda callar al estadio. (EFE)

Centra el córner Modric y Sergio Ramos remata. La frase es historia del madridismo por aquella noche en Lisboa, pero también es una táctica habitual en el conjunto blanco. Ha dado goles, ha dado victorias, también en este Mundial de Clubes. Fue el tercero, en realidad solo una continuación de un partido ya sentenciado, pero al central le vino bien por varios motivos. El primero, el más lógico, es que al de Camas le encanta marcar goles -a veces incluso en exceso- y más todavía en finales. Más incluso si le sirve para ajustar cuentas pendientes. Sorprendentemente, en este partido tenía muchas.

Lo primero es lo primero, que no es otra cosa que uno mismo. Sergio Ramos dio el cabezazo, puso la pelota lejos del alcance del portero y, una vez sabía ya que era gol, se fue corriendo hacia el fondo. La mano en su oreja derecha, en un gesto que cualquiera puede entender, porque es universal. "No os oigo, no os oigo", parecía decir, desafiante, el capitán blanco. "No os oigo, no os oigo". Por si alguien no lo terminaba de coger, el central extendió el dedo índice de su mano izquierda y se lo llevó a los labios. Silencio. Hay imágenes que dicen más que el grito más descarnado. ¿Qué le pasaba?

Pues que está en Emiratos Árabes Unidos, en Abu Dabi concretamente, y es 'non grato'. Es difícil de explicar, pero fácil de entender si se despoja todo lo ocurrido de racionalidad. En muchos países no le perdonan, ni le perdonarán, la lesión de Salah en la última final de la Champions. Aquella jugada extraña en la que agarra al delantero del brazo, este cae y se termina luxando el otro brazo. Un lance que marcó aquel partido, es cierto, porque noqueó a uno de los futbolistas claves de uno de los dos equipos.

Las semanas de discusión que siguieron a aquello tienen algo de surrealistas. Porque es imposible meterse en la cabeza de Sergio Ramos para saber si en aquello había una intención de hacer daño o no. Habrán escuchado a docenas de personas decir una cosa y la contraria. Que el jugador sabe lo que hace en cada momento y que las casualidades existen. Lo defienden, además, con extrema vehemencia, como si realmente fuese posible sabe lo que quiso o no quiso hacer Ramos en aquella jugada. Él, por supuesto, dijo que fue fortuito, que nadie quiere lesionar a un rival.

Abrazo a Isco

Pero poco importa su palabra, como tampoco importa demasiado la verdad, ese gesto le sirvió para convertirse en el gran satán de cientos de millones de personas. En Egipto no le pueden ni ver, pero la cosa va más allá, en cualquier lugar de Oriente Medio y el norte de África es señalado como un enemigo acérrimo, el hombre que aguó los sueños de alguien que es un ídolo absoluto en la zona. En Abu Dabi, Ramos se encontró silbidos y él los contestó con un gol y con una mano en la oreja. "No os oigo, no os oigo", decía la mano de un jugador que tiene 20 títulos con el Madrid y es una leyenda absoluta del fútbol.

No terminó ahí el discurso gestual de Ramos. Cuando ya le había dejado claro al estadio que él está por encima del bien y del mal, se fue a por Isco, que en ese momento estaba calentando en un fondo, y lo abrazó. El malagueño tenía alguna opción de entrar en el campo, pero finalmente no lo hizo, Solari no lo consideró oportuno. Ya ni siquiera cuenta con él para los minutos de la basura. Y su figura se minimiza poco a poco, orillado por el entrenador, enfadado con el mundo. El capitán, ejerciendo como tal, no quiere que ningún soldado quede atrás en el campo de batalla, así que se fue a por él y le dio un abrazo, representando un vínculo complejo.

Y es complejo porque hubo rumores de que ese amor no existía, de que el capitán tampoco entiende a Isco, que se puso hace meses el traje de poeta atormentado y no da un solo paso en la dirección correcta. En las últimas semanas ha sobresalido por sus malos gestos, por encararse con la grada del Bernabéu, para dejar mensajitos en las redes sociales sobre su peso o sobre lo que toque. No ha hecho ni el más mínimo intento de disimular su incomodo y ya todos apuntan a su salida en verano. No importa, mientras esté vestido de blanco encontrará públicamente el abrazo del capitán, al que también le gustan los gestos como a un niño un sonajero.

Ramos, por cierto, que estos días ha salido a la calle en Abu Dabi vestido con la indumentaria local, de blanco de arriba abajo, con el dishdash y la ghutra, dándose una vuelta por el emirato. Cosas de Ramos, que también le gusta mucho marcar un poco la pauta. Todo eso y mucho más es el central del Madrid, el que abraza a Isco, el que reprocha a la grada, el que marca goles en finales y tiene errores incomprensibles en partidos rutinarios. Para bien y para mal, una leyenda blanca.

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