Las increíbles hazañas de Eliska Junková, la gran pionera de las mujeres piloto
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LA FASCINANTE HISTORIA DE UNA PILOTO

Las increíbles hazañas de Eliska Junková, la gran pionera de las mujeres piloto

Cuando ser mujer piloto era una rareza, la desconocida checa Eliska Junková triunfó en un un mundo de hombres entre los que gozó de enorme respeto. Su vida fue fascinante

placeholder Foto: Eliska Junková en su Bugatti. (Foto: Daniel Ordóñez)
Eliska Junková en su Bugatti. (Foto: Daniel Ordóñez)

La aventura de la mujer en la Fórmula 1 suele reducirse injustificablemente al puñado de pilotos que compitieron en algún gran premio, y al punto logrado por la italiana Lella Lombardi. Sin embargo, el Campeonato del Mundo solo existe desde 1950. Antes, no pocas mujeres participaron en carreras de una dureza y riesgos inimaginables en la actualidad. Entre todas ellas destaca una joven checa, hija de un cerrajero de una pequeña ciudad de provincias, la única mujer capaz de vencer en un gran premio, el primero disputado en Nürburgring, en 1927. Pero aquella no fue la mayor hazaña de la increíble Eliška Junková.

Nada podía imaginar que Eliska llegara a ser piloto de carreras. Y menos, en aquellos tiempos. En su ciudad de Olomouc ni siquiera había coches. Conocida por su nombre germanizado de Elisabeth Junek tras su matrimonio con el exitoso banquero Cenek Junek, que transmitió a su mujer la obsesión por los vehículos deportivos. A diferencia del espíritu de la época, Junek siempre quiso ver conduciendo de forma autónoma a su mujer e incluso compitiendo a su lado... o contra él. En estos tiempos donde tanto se discute la llegada de una mujer a la Fórmula 1, con un certamen exclusivamente femenino para lograrlo (WSeries), Junková fue pionera entre las pioneras.

"Con esto usted no hará nada"

En parte, Eliska Junková fue una adelantada a su tiempo por necesidad. Menuda de estatura, no podía conducir como sus contrincantes varones, acostumbrados al pilotaje tan físico que requerían los coches de la época. "Con esto usted no puede conseguir nada", tocándole el hombro, fue la admonición que llegó a decirle una vez Emilio Materassi, ganador de la Targa Florio de 1927, días antes de una carrera en Sicilia. Junková respondió: "Con eso no, pero con esto sí", señalándose la cabeza.

placeholder La piloto checa en acción. (Foto: Daniel Ordóñez)
La piloto checa en acción. (Foto: Daniel Ordóñez)

Sus rivales empezaron en seguida a tomarla en serio al ver cómo entrenaba. En la famosa Targa Fiorio italiana, Eliska debía adaptar su conducción a su inferioridad física y al trazado endiablado de la prueba, con más de 100 kilómetros entre baches, hoyos, piedras, pistas mal asfaltadas, grandes subidas y bajadas por caminos de cabras. El ganador terminaba en unas siete horas y media. Pero Junková compensó su desventaja gracias a una concienzuda preparación, intenso entrenamiento, el conocimiento profundo de la mecánica de su coche -que reparaba ella misma sobre la marcha-, el estudio pormenorizado de la pista y la estrategia de carrera, e incluso cuidando la alimentación antes y durante la prueba. Facetas imprescindibles hoy día, pero poco usuales por aquel entonces.

Junková contaba con medios limitados y un equipo de tres o cuatro personas, algunas contratadas 'in situ'. Su fino estilo de conducción estaba ligado a una firme intención de llegar sana y salva a meta en una época en la que era bastante común despedirse pronto de rivales y amigos. Fue el caso de su propio marido, la primera víctima mortal de las muchas del circuito de Nürburgring.

La victoria de Nurburgring

Junková ganó casi todas las pruebas en las que participó, carreras de subida o en circuito. La mayoría en Checoslovaquia. Y las pocas veces que compitió en el extranjero mantuvo su alto ratio de éxito. Participó en un único gran premio, el primero de Alemania disputado en Nürburgring, y lo ganó en su categoría de coches de hasta 3000cc, a pesar de que el suyo era de tan solo 1500cc. Se impuso con un un ritmo demoledor a todos los favoritos de su grupo y a varios fallos mecánicos de su caprichoso Bugatti privado. Fue como si Junková ganara una carrera de Moto2, aunque en aquellos tiempos todos competían juntos. Algo parecido a las 24 Horas de Le Mans, por ejemplo. También se impuso con gran facilidad en las dos ocasiones que compitió en la prueba más importante de la época para mujeres, en el circuito francés de Linas-Montlhéry (ya entonces exitía el debate de si las mujeres debían competir con los hombres o por separado).

Las piedras de la victoria

Pero su mayor hazaña llegó en la Targa Florio de 1928, seguramente la carrera más difícil y prestigiosa de la época. Con su humilde equipo privado y un coche de cilindrada menor, que se sobrecalentaba y se rompía con mirarlo, estableció un ritmo incontestable en esa maraña de curvas de montaña, llegando a adelantar en pista al gran ídolo de entonces, Albert Divo, que había tomado la salida dos minutos antes que Eliska. Sin telemetrías, radios ni información de ningún tipo más que al parar en 'boxes', la checa realmente no sabía en qué posición circulaba y tampoco era consciente de estar a punto de vencer la Targa.

placeholder Eliska Junková. (D. O.)
Eliska Junková. (D. O.)

Pero al llegar a la quinta y última vuelta, aumentó aún más el ritmo para exprimir la mecánica. Sin embargo, dos grandes piedras se interpusieron en su camino al salir de una curva a ciegas. Perdió más de 18 minutos cambiando una rueda y arreglando desperfectos junto a su mecánico. A meta llegó finalmente quinta, a tan solo nueve minutos del vencedor absoluto, Divo, que corrió a felicitarla: «Enhorabuena y gracias. Buena parte de la victoria se la debo a usted. Al sentir a un rival tan peligroso a mi espalda, he tenido que sacar el máximo de mí».

Eliska siempre sospechó que las piedras no habían aparecido por casualidad, aunque nunca dijo nada a nadie. Años después, durante otra edición de la Targa Fiorio, dando un paseo por la zona con el propio Vicenzo Florio, el organizador de la prueba, un espectador los reconoció y les aseguró haber visto cómo colocaban los obstáculos para que Junkova no ganara la carrera. El nombre del presunto saboteador se lo llevó la piloto a la tumba.

La fama de Junková en aquellos momentos era sensacional. Periódicos de todo el mundo hablaban de ella y le llovían las invitaciones para participar en carreras por todo el continente. Pero tan solo un mes después, de nuevo en Nürburgring, esperando a que su marido pasara por meta o parara en 'boxes' para cederle el asiento, quien se detuvo finalmente fue otro de los corredores checos, que bajó del vehículo para decirle que Cenek se había accidentado, falleciendo al instante.

Ni siquiera tenía coche

Eliska no volvió a competir nunca más, aunque no le faltaron ofertas ni quien intentara convencerla. Jean Bugatti, hijo del mítico Ettore y joven diseñador de la empresa familiar destinado a dirigirla en el futuro, le pidió incluso matrimonio. Pero ella no volvió a casarse hasta varias décadas después. Junková rehízo su vida ligada a la potente industria automovilística checa de la época y también fue clave en el éxito de la organización del Gran Premio de Checoslovaquia en Brno.

Durante la ocupación nazi de Checoslovaquia llegó a jugarse el pellejo colaborando con la resistencia. Después, la llegada del comunismo de nuevo cambió por completo su vida. Al menos pudo seguir viviendo en su querida casa cerca del Castillo de Praga. Mejor dicho, en su fría buhardilla, ya que el resto de la vivienda fue asignada a nuevos inquilinos. Quien había maravillado al mundo al volante de varios de sus Bugatti solo llegó a conducir durante el resto de su vida algún Skoda utilitario.

Con 70 años, aprovechando los aires de libertad llegados con la Primavera de Praga, escribió un fantástico libro de memorias (Mi recuerdo es Bugatti, 1972). Pero cuando fue publicado, el régimen checoslovaco ya era de nuevo de hormigón y alambre de espino, y Eliska volvió al anonimato y al aislamiento. La publicación ha pasado desapercibida hasta la fecha y sigue sin haberse traducido a ninguna lengua. Pero durante aquel corto paréntesis de libertad, Junková viajó al extranjero, aceptó las invitaciones para asistir a los Grandes Premios de Fórmula 1 y a los homenajes que le organizaban clubes de todo el mundo. También aprovechaba para llevar flores a Nürburgring, al monumento que recuerda a su marido.

Sus memorias personales no son solo un relato emocionante, intenso y lleno de entusiasmo por la vida y amor por el automovilismo. También es un libro de historia de la Europa de entreguerras y la inmersión en el romántico mundo de las carreras anterior al nacimiento de la F1. El testimonio de una mujer que rompió todos los moldes de su época.

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