Piedras, diablos e ingleses en bici: la increíble vuelta al mundo de John Foster Fraser
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Un viaje lleno de ciclismo

Piedras, diablos e ingleses en bici: la increíble vuelta al mundo de John Foster Fraser

En 1896, tres ingleses, John Foster Fraser, Samuel Edward Lunn y Francis Herbert Lowe, decidieron dar la vuelta al mundo montados en bicicleta y plasmar todas sus aventuras

Foto: John Foster Fraser, con su bici en Birmania. (Alamy/The Picture Art Collection)
John Foster Fraser, con su bici en Birmania. (Alamy/The Picture Art Collection)

John Foster Fraser es un tío peculiar. O lo fue, vaya.

De primeras, Foster Fraser (Edimburgo, 1868 - Londres, 1936) era periodista y eso ya te inclina a cierta mirada dipsómana y toques sicalípticos. Vamos, el clásico golfo irónico, como tenemos tantos en la profesión. A mí no me miren, yo soy un santo, pero hay algunos por ahí sueltos que... Y este John era uno de ellos. Andaba en bici, encima, y yo ya no sé cómo decirles, de forma sutil, que no es tipo de fiar. Ah, y se dio la vuelta al mundo. Pedaleando. Ya que me pongo pues voy lejos, lejos. Toda una odisea.

Es un viernes, cinco y media de la mañana. Diecisiete de julio, fecha ciclista. En 1992, por ejemplo, Pedro Delgado estuvo a punto de ganar su última etapa en la Grande Boucle tal día como este. Veinticuatro horas más tarde fue Sestriere, y Sestriere es la madre de todas las historias. Solo que no hay Tour para Foster Fraser. Aun no hay Tour, para Foster Fraser. Es diecisiete de julio, digo, del año 1896, y tres inglesitos se levantan temprano para montar en sus bicis. Volverán dos años y dos meses más tarde, con treinta y un mil kilómetros adicionales moldeando paliduchas piernas.

Foto: La increíble historia de Dieter Wiedemann en la Carrera de la Paz.

Tres amigos de viaje

Se llaman John Foster Fraser, Samuel Edward Lunn y Francis Herbert Lowe. Amigos y residentes en la City, que es donde se movía el cotarro de aquellas. Empiezan a pedalear casi enfrente de la iglesia de San Pancracio, en Euston Road. Cerquita del British. Ya ven, qué Rule, Britannia todo, ¿no? Llueve un poquito, y la cosa tampoco es que sea loor de multitud, sino más bien olor de santidad. Vamos, que los tipos se nos van a morir por esos caminos de dios, escuchen, no sean chiflados, quédense aquí, en este cachito de civilización. Eso les grita la muchedumbre. Bueno, a ver, muchedumbre... dice Foster Fraser que hay media docena de curiosos por allí. Que, cuando empiezan a pedalear, los saludan algunos obreros entrando al curro. Putos snobs de los cojones. Se ríen de ellos, claro. Porque es para reírse. Nadie sospecha lo que les queda por delante.

A ver... las vitolas son pintorescas. Pedalean sobre tres safety bycicle. Vamos, bicis parecidas a las de ahora, con su manillar bien abierto, sus ruedas del mismo diámetro, su sillín con pinta de arrancarte gritos y gemidos por cualquier senda bacheada. Preciosas... si ven una y está en buen estado avísenme. Les decían safety por oposición a las antiguas, esas que tenían llantas de metro y medio, y te subías con dificultades, y acababas hostia va y hostia viene, pero desde muy alto, que duelen doble. Seguro que saben de las que hablo... pongan encima a personajillos mostachudos y con bombín, por aquello de ambientar. Completamente pintadas de negro, las de Foster Fraser, con mil aperos en la parte de atrás. Para guardar cositas, vaya. Ellos, los tres, vestían gruesos jerseys de lana. Marrones, muy chic. El sastre, cuenta, les dijo que podían llevarlos puestos durante una quincena o así sin miedo. Sin miedo a romperse, lo del olor ya es otra cosa, supongo. Ah, iban con casco, porque la seguridad siempre es lo primero.

placeholder John Foster Fraser jugando al curling en 1928. (Getty/Brooke/Topical Press Agency)
John Foster Fraser jugando al curling en 1928. (Getty/Brooke/Topical Press Agency)

Experiencia escribiendo en periódicos

Todo esto lo cuenta nuestro protagonista en un librito (librito... 500 páginas, oigan, que sus 30.000 kilómetros bien lo merecen) titulado 'Round the world on a Wheel'. Porque aquí no hemos venido por el conocimiento, la ciencia y un honroso desarrollar los límites del ser humano. No, no. John lo dice con todas sus letras. "Hicimos este viaje alrededor del mundo porque somos tres engreídos. Nos gusta que hablen de nosotros, ver nuestros nombres en los periódicos". Ya ven, el clásico periodista. O un youtuber de esos estólidos, solo que haciendo cosas de interés...

Le salió bien la cosa a Foster Fraser. Mucho. El tío ya tenía su experiencia escribiendo aquí y allá. Periódicos de Manchester, de Nottingham, cositas por Yorkshire. Pero esto... un éxito. Un éxito gordísimo. Así que le ficharon editores de los gordos para hacer reporterismo de viajes. A veces en bici, otras no. Pero vaya, que estaba contento, porque aquello era trabajazo para presumir. De esta forma el escocés estuvo por Argentina, en Siberia, Canadá, los Balcanes, Australia o el Magreb. De todo esto... libro, porque los adelantos editoriales nos permiten comprarnos bonitos trajes de tweet. No se piensen que todo era Jauja, ¿eh?... a veces también había que trabajar en serio. Desde varios puntos de vista. Foster Fraser es conocido por haber escrito un reportaje de casi veinte páginas explicando el funeral de la reina Victoria. Año 1902. Qué coñazo debió ser...

Foto: Roglic gana en Valdepeñas por delante de Enric Mas. (Reuters)

Cinco meses sin ducharse

Lo de pedalear por todo el mundo (bueno, en realidad por "sólo" tres continentes) es bastante más divertido, claro. Entre otras cosas porque aun no tenemos resabio, y somos jóvenes, y todo nos asombra bastante. Y parecemos bastante pavos, oigan. Lo suficiente como para que nos reciba el rey Leopoldo de Bélgica y postrarnos ante él, mostrando respeto. Pena que no fuese el egregio monarca (buen rey, mejor genocida, excelente cabronazo), sino uno de sus lacayos. Si hubiera sido a posta quienes tendríamos que hincar rodilla en suelo ante John y sus colegas somos nosotros, también les digo...

Y eso, que un montón de historietas. Cansancio, barro, polvo. Hostias en todos los sitios, porque los muchachos suerte no tenían. En algunos países con mayoría musulmana les tiraban piedras, por aquello de ser protestantes. En China fue peor, porque un par de líderes religiosos decidieron que eran demonios, y a los demonios se les espanta a pataducas fuertes, como todos ustedes bien saben. Bueno, al final siempre es lo mismo. Ah, el máximo tiempo sin una ducha fue de cinco meses. Fruslerías.

¿El recorrido? Qué golosones son, que lo quieren mirar como si fuese el del Tour. Pues a ver... saltito al continente... Bélgica, Alemania, Austria, luego Budapest, los Cárpatos. De ahí hasta Moscú, recorrer estepas (eventuales ataques de cosacos, que intentan cepillárselos con excusas diversas), atravesar el Cáucaso, Persia, Afganistán, la India, China. Brinco a Japón, luego otro más grande a San Francisco, atravesar Estados Unidos hasta Nueva York (a estas alturas era casi paseuco) y pillarse el barco para volver a Southampton, como buenos hijos de Gran Bretaña. 26 meses, varios kilos menos, barbas larguísimas y aspecto general... cómo decirlo... de dar bastante asco.

placeholder Un equipo de ciclistas en torno a 1900. (Getty/Reinhold Thiele)
Un equipo de ciclistas en torno a 1900. (Getty/Reinhold Thiele)

Un regreso como indigentes

Eso sí, estos tres esnobs empezaron siendo señoritos ingleses de buena familia, pero cuando vuelven a las islas lo hacen curtidos por tiempo, inclemencias y el contacto con un mundo que estaba muy alejado del suyo. Vamos, que aprendieron cosas. Entre ellas, quizás, el sentido auténtico de la vida. Y de la muerte.

Una de las veces que vieron más cerca a la parca fue mientras intentaban cruzar la cordillera del Hindú Kush saliendo. Desde Dehbid, atravesando el collado de Koli-Kush, que literalmente significa "El hombro de la muerte". Unas risas, ¿eh?, perfecto para ir en su luna de miel. Mismo recorrido que dos milenios antes hiciera Alejandro al frente de sus tropas de macedonios cansados y hambrientos. Dejemos hablar a Foster Fraser, para que pillen el cariz del asunto...

Las enormes montañas fruncían el ceño ciclópeas y desesperadas. El vendaval barría la nieve suelta formando nubes de hielo más allá del barranco. El caballo ascendía lenta y cautelosamente por las rocas. Todos permanecíamos en silencio. Estaba oscuro cuando llegamos muy cerca de la cima del Koli-Kush. Solo habían pasado unas ocho millas desde Dehbid, pero ahora el camino sería cuesta abajo y pensábamos que pronto doblaríamos esa distancia. Estábamos equivocados. La ventisca era más y más profunda cada vez en esta vertiente. No se escuchaba ni una palabra, y por una hora nos seguimos los unos a los otros, figuras negras sobre una nada blanca. Al final nuestro guía desmontó, observó extrañado en derredor y con voz temblorosa, entre lágrimas, dijo: sahibs, nos hemos perdido. La oscuridad era absoluta, estábamos en una desolada ladera de una montaña a 8000 pies sobre el nivel del mar. Nuestros miembros doloridos por el frío, la nieve había vuelto a caer.

placeholder John Foster Fraser. (Alamy/Historic Collection)
John Foster Fraser. (Alamy/Historic Collection)

Deje que el caballo encuentre por sí mismo el camino, sugerí. Durante un rato el animal vagó aquí y allá. Estábamos convencidos, totalmente convencidos, de estar caminando en círculos. Era una tarea fatigosa. Quisimos hacer un alto, pero el jamelgo continuó unas veinte yardas, y nuestro guía fue tras él. Yawash, Yawash, gritamos al hombre, temiéndonos que prefiriese un persa vivo a tres británicos muertos. Pero él se esforzaba en escapar, dejándonos abandonados a nuestra propia suerte. Corrimos, amenazamos, le dijimos que volviese, le llamamos hijo de puta, planeamos sobre él toda clase de sórdidas venganzas. Pero no tuvimos respuesta. Estaba solo el bramar de la tormenta, el silbido del hielo, y a nuestro alrededor todo un pálido, anónimo mar.

Después de una media hora, grité. Atención a los revólveres. Mirad allí delante. Había dos figuras rondando. Lobos. Descargué un par de disparos sobre sus sombras. Otra larga lucha a través de la cellisca.

He visto algo oscuro moviéndose allá. Quizá es un jinete, que viene a buscarnos.

Sobrevivieron. De misericordia, pero sobrevivieron. La suya no fue primera vuelta al mundo el bicicleta (Thomas Stevens lo hizo una década antes sobre máquina infernal de ruedas desiguales, equilibro difuso y aspecto tirando a sobrecogedor) pero sí es, sin duda, la que se ha contado con más gracia. Protoperiodismo gonzo. Y golfo. Muy golfo.

Las dos cosas.

Pedro Delgado Alberto Contador
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