Hace 30 años empezó una era: sobre la etapa de Val Louron de 1991
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Una jornada histórica

Hace 30 años empezó una era: sobre la etapa de Val Louron de 1991

Greg Lemond, Gianni Bugno, Claudio Chiappucci y Miguel Indurain protagonizaron un día épico para el cicilismo

placeholder Foto: Miguel Indurain lo cambió todo. (Imagen de archivo)
Miguel Indurain lo cambió todo. (Imagen de archivo)

“Mira ese culo... pero mira ese culo. Alguien con ese culo no puede ganar el Tour de Francia, te lo digo yo”. Luis Ocaña sabe de lo que habla, y lo cuenta clarísimo. Sin medias tintas. Uno no puede haberse dado de hostias con Eddy Merckx para luego andar zalamerando a cualquiera. Na, mejor ser claro, certero. Si duele... en fin, qué coño me importa a mí, esto es ciclismo, al ciclismo no se juega, que decía de Gribaldy, se juega al fútbol o al baloncesto, pero al ciclismo no. El ciclismo hiere. Y Luis Ocaña, como la bicicleta, podía ser cruel, pero jamás hipócrita.

Aquí tampoco. Ah, el del culo gordo es Greg Lemond, y está subiendo Tourmalet. Julio de 1991. Camino de Val-Louron.

El malo

Greg Lemond va camino del cuarto. Y el tío no pega una pedalada de más. Al menos es la idea que se tiene entonces. Si lo pusiéramos en nuestro pelotón de 2021 Lemond sería algo así como al atacante legendario que todos anhelaban desde hacía lustros. Pero cada cual compite en su tiempo, y con tal referencia ha de juzgárselo (si piensan lo contrario miren alguna fotografía suya de jóvenes y ponderen el entrar en esa lucha).

“Digamos que no era un chuparruedas, pero se aprovechaba”, me cuenta Marino Lejarreta. Marino corrió aquel Tour (“fue el último mío y apenas pude hacer nada... llegué reventado después de hacer Vuelta y Giro a tope... la verdad es que pasé un poco de penurias”) y tiene recuerdos del americano. “Sí, él se la jugaba a seguir a Fignon, o a otros. Le salió bien algún año, pero podía haber perdido minutadas. De aquellas me caía bastante majo, pero después... Tuvo comentarios donde se le veía un poco celoso. A mí esa gente no me gusta. Fíjate, prefiero a Laurent, que era algo rudo pero siempre iba de cara”.

placeholder Greg Lemond. (Imagen de archivo)
Greg Lemond. (Imagen de archivo)

Así que... en fin, Leblanc lleva el amarillo, pero es un francés de esos jovenzuelos. Puede hacer pódium, pero ya. El verdadero líder es Lemond. No ganó la crono (ocho segundines con Indurain), pero es que últimamente ni siquiera ganaba cronos, le bastaba con ser segundo y mordisquear diferencias aquí o allá. Y, encima, tiene casi superados los Pirineos, porque son solo dos etapas, y la primera no pasó nada, y todos le perdonaron la vida, y hasta Banesto tiró del grupo para perseguir una fuga, y Lemond iba solo, y nadie tensó en Somport, ultreia, ultreia, y se llegaba a Jaca, que podían haber intentado algo, ¿no?, para una vez que pisan España, vamos, digo yo.

Radiografía del estadounidense

“Yo de aquel Tour tengo el recuerdo de que cada día estábamos de zafarrancho”, dice Peio Ruíz Cabestany, que fue con los colores del Clas. “Yo no disputaba la general, así que iba buscando escapadas. El día anterior, camino de Jaca, me metí en la buena, pero agarré pajarón brutal en el puerto antes de Somport. Pero bestial. Me cogió hasta el sprinter de nuestro equipo, Manuel Jorge Domínguez, que es quien tiró de mí camino a Jaca. Perdí media hora. Pero de aquella decían que con una pájara limpiabas, así que para Val Louron lo hice mucho mejor”.

Pero si es que hasta hace exhibiciones, el perro. Lemond, decimos (“era majo, listo, caía bien, se sabía mover... a veces iba delante y otras penando, pero siempre se comportaba igual... quizá lo hiciera con vistas al futuro, para ganar simpatías en el pelotón y prevenir problemas”, recuerda Peio). A mitad de Tourmalet, por ejemplo. Mira, mira cómo ataca saliendo de Barèges. Selecciona Lemond el grupo, lo deja reducido a ocho o diez valientes. Quedan setenta kilómetros hasta la meta. Todo va sentenciado.

(Paradoja: ataca casi donde empieza lo que hoy se conoce como Route Fignon, porque el ciclismo siempre es así de caprichoso).

placeholder Greg Lemond en acción ante Fignon. (Imagen de archivo)
Greg Lemond en acción ante Fignon. (Imagen de archivo)

Solo que no. Que no hay sentencia. Lemond odiaba a Le Blaireau, pero demostró, al final de todo, un poco de su naturaleza. Atacar cuando no puedes más, castigar las piernas de los otros cuando tienes fuego ardiendo en muslos. Si sale... perfecto. Exhibición. Ellos iban peor, lo descubrí. Si no... bueno, al menos tendrán un toque de acojono. Mira este lo que anda, y eso.

Solo que esto son los noventa. Y, ya lo dice Luis Ocaña, Lemond tiene un culo bastante grande. Que, oigan, igual resulta efecto óptico, pero es que... menudo pandero. Así no hay quien gane el Tour. Él tampoco. Arriba, en las últimas herraduras del Tourmalet, allí donde el aire es menos aire y la bici parece no avanzar, se descuelga. Son solo unos metros, es toda una vida. Aunque recupere bajando, aunque vuelva al grupo antes de La Mongie. No están todos, falta uno. Lemond incluso besará el suelo, en una mezcla de atropello por el coche de Gatorade y desplome físico absoluto. Perderá minutada en meta. Su tiempo ya no es este.

El feo

A Claudio Chiappucci le cambió la vida algo que ya no existe. Un doble sector. El dos de julio, año 1990, Chiapucci era un profesional digno, pero poco brillante. Apenas reseñas en su entrada de Wikipedia (solo que entonces no había Wikipedia, y todo esto del conocimiento global nos resultaba así como envuelto en bruma). Que fue rey de la montaña en el Giro, un par de meses antes. Que apoyó a Stephen Roche en 1987, lo que demuestra buen olfato. Que su padre, Arduino, combatió junto a Coppi en la guerra. Ya ven, detalles. Hasta que...

Sector matutino, primera etapa. Antes el Tour hacía mucho esto. Dos y hasta tres sesiones por día. Normalmente cronos por equipo o individual a la tarde, un centenar de kilómetros antes de comer. Nadie quiere exigir al cuerpo así que... sorpresas. Aquel día, por ejemplo. Cuatro tíos que cogen diez minutos. Maasen gana, Bauer y Pensec tienen lo que parece oportunidad espléndida para llevarse el Tour. Y luego él. Claudio.

Aguanta más que nadie, porque siempre aguantaba más que nadie. Lemond únicamente le cepilla el jaune en la crono, justo antes de París. Por medio... casta, dientes apretados, tácticas de los hermanos Marx y valentía de otra época. Como cuando atacó camino de Luz Ardiden, gran etapa pirenaica, vestido con el maillot amarillo. Allí pecó de cándido, allí el americano le dejó cocerse. Era ya una estrella. Odiaba a Greg.

placeholder Claudio Chiappucci. (Imagen de archivo)
Claudio Chiappucci. (Imagen de archivo)

Desde entonces... otro ciclista. San Remo, a lo campeón. País Vasco, igual. Segundo en el Giro por detrás de Coppino (si quieren buscar recuerdos). Llega a Francia como uno de los grandes. Ya no es el chaval de Uboldo al que dejan tiempo. Pero sigue odiando a Greg.

Cuentan que si fue el primero en verlo. Lemond, Lemond. Mira cómo cabecea, mira cómo se le abren las rodillas. Ataque casi en la cima del Tourmalet, apenas dos rectas hasta el café más famoso del ciclismo. Y el otro quiebra. Primera parte del trabajo realizada. Luego... ser Chiapucci. Pasado Sainte-Marie-de-Campan, justo antes de meterse en las praderías de Aspin. Avituallamiento. Relajación. Pero hay un tío por delante. Claudio se huele que puede ser la buena, y arranca. Captura a Indurain, los dos cruzan miradas, Echavarri y Boifava dicen palabritas en itañol. Trato hecho. El de Carrera tira, el de Banesto arrastra.

La historia acaba de cambiar.

El tablero del Risk

Doscientos treinta kilómetros, de Jaca a Val Louron. Ustedes ya se saben el perfil (casi) de memoria, porque resulta mítico, mítico. Pero... no está de más repetirlo, para poner en valor la tarde de aquella mañana. Primero suben los corredores Pourtalet, más tarde Aubisque. Encadenado final con Tourmalet, Aspin y Val Louron. Más de ochenta kilómetros mirando al cielo. Seis mil metros de desnivel.

¿Quieren un resumen? Si lo ponen hoy posiblemente hubiese huelgas. Demasiado duro. Qué buscan ustedes. No somos máquinas. Solo que entonces... pues lo normal. Habla Peio. “Sí, era una etapa dentro de los cánones, en cada edición te encontrabas alguna así. Digamos que jornadas de esas, con tanto fondo, te daban diferentes opciones. Podías reventar o ir remontando. Yo el día anterior reventé, y este de Val Louron fui pasando a muchos”. Llegó decimotercero, a diez minutos de Chiapucci. “Eso le iba bien a Indurain, porque su motor es de resistencia. Es que a partir de cierta distancia este deporte es otro...”. Marino coincide. “Era una etapa típica. En el Tour no tengo recuerdos de alguna jornada monstruosa que se salga de lo común. Para eso es muy tradicional”. Una etapa típica...

Y Tourmalet. Tourmalet. Habla Marino. “Para mí es, quizá, el puerto más mítico de todos. Además es que claro... te queda cerca de casa, y lo conoces mejor. Curiosamente nunca anduve muy fino en esa subida, así que los recuerdos en competición tampoco son demasiado positivos. De hecho pasé allí buenas penurias”. Peio, menos escalador que Lejarreta, tiene mejores sensaciones allí, aunque parezca paradójico. “Para mí es el referente, el puerto total. Yo allí he tenido alegrías y penas. De dureza... la dureza es subjetiva, personalmente es un col que se me adaptaba bien”.

placeholder Miguel Indurain y Claudio Chiappucci, en el Tour de Francia. (Imagen de archivo)
Miguel Indurain y Claudio Chiappucci, en el Tour de Francia. (Imagen de archivo)

Sumen calor espantoso. Sumen leña desde Aubisque. Sumen todo roto ya en el Tourmalet. Sumen ataques alocados, desfallecimientos hasta casi morir. Sumen que solo había tres etapas de montaña realmente serias aquel año y que todos los escaladores debían aprovechar cada puerto. Sumen el cambio generacional. Sumen todo aquello que no se dice a la hora de sumar. Sumen. Infierno.

El guapo

A veces a uno le pasa toda su vida por delante de los ojos, y no encuentra más que decisiones mal tomadas. Aquella muchacha que te sonrió en el autobús. Aquel cruce por el que no te deberías haber metido. Aquella frase de más. Un agobio. A Gianni Bugno eso le ocurre subiendo Val-Louron.

Tenía que salir. Tenía que haberle acompañado. Tenía que. Tenía que. Mira ahora, ya todo acabó. Mira ahora. Y seguía pedaleando, con ese estilo inimitable, con los brazos un poco curvos, los hombros inmóviles, las rodillas bien pagadas al cuadro. Gianni Bugno, ojos celestes como la mar en verano, el rostro siempre un poco pálido, la expresión de chaval al que todo le resbala. Igual sí. O igual es que Bugno, como nos pasa a todos, era esclavo de su imagen

Digamos que Bugno parecía predestinado hasta el Tourmalet. Piernas alucinantes, incluso atacando en Aubisque, a ciento cuarenta kilómetros de meta (vuelva a leerlo), porque aquello era aquello y lo de ahora nos gusta menos. Pero... Bugno. Siguiente dominador, al fin un italiano que toma relevo después de Gimondi. Tiene pedigrí, tiene porte, tiene ese puntito de elegancia lombarda. Y, sobre todo, tiene resultados. Un Giro. Una San Remo. Ganador en Alpe d´Huez, con lo que eso gusta en Francia. Éxitos aquí y allá. Vale, igual no es brutalmente carismático (o al menos no lo era tanto en la victoria como acabará siéndolo en las derrotas), pero eso se arregla con años de élite.

placeholder Gianni Bugno y Miguel Indurain en el Tour de Francia de 1991. (Imagen de archivo)
Gianni Bugno y Miguel Indurain en el Tour de Francia de 1991. (Imagen de archivo)

Solo que...

Solo que no estuvo atento. No pudo, no quiso. Allá, en la cima del Tourmalet, cuando todos intentan respirar, tomar algo de aire, echar agua para no sentir que los dos mil metros de altitud te raspan en la garganta. Primera oportunidad. Lemond pena, y es noticia, porque Lemond parecía imposible de vencer, tan vulnerable se había mostrado en los dos años antes (victoriosos ambos). Lemond pena, digo, y a lo mejor Gianni pensó que ya estaba, ahora todo es mío. El rey ha muerto, viva el etcétera. Un hombre salta allí, en vanguardia. Lo cogeremos, quizá reflexiona. Lo cogeremos. Primer tren.

El segundo pasa en los falsos llanos que hay entre el Tourmalet y el Aspin, que no son ni llanos ni falsos, porque suben que da gusto. Otra centella. Bien conocida. Su némesis. Ese bamboleo en los hombros, esa forma de pedalear como si es estuviera muriendo. Qué horror de estilo, qué horror al compararlo con Gianni. Otra vez mirada triste, sonrisilla, buscar al yanqui, al francés. De nuevo. Segunda oportunidad. También marchó.

Nunca más estaría Gianni Bugno en disposición real de ganar el Tour de Francia.

Quien fue y ya no es

Oigan, y Pedro Delgado... ¿dónde está? A todos pilló un poco por sorpresa la revolución. Catorce de julio de 1789. Nada que reseñar, escribe en su diario Luis XVI. En fin, no era demasiado listo el mozo, pero ustedes me entienden.

Aquel día, en Val Louron, murió un ciclismo, nació otro. Los ochenta acabaron ese día de 1991, igual que los setenta nacieron cuando Merckx ataca casi en la cima del Tourmalet (lugares recurrentes, ya ven). Perico, hundido. Lemond, hundido, pero menos. ¿Fignon? Digno, pero intrascendente (y pasando de su compañero, por muy líder que fuese). Herrera, una sombra, Parra reptando, los colombianos se apagan. Galos no parece que asome nadie. Roche en Irlanda, Bernard gregario, Rooks y Theunisse son las mismas sombras previas a 1988.

Fin del mundo. Delante... la ignota Kadath.

El bueno

Y luego él. Él. Lui. Aura de divinidad naciente. Pero no se pongan medallas... nadie (casi nadie) lo vio venir.

Miguel Indurain ataca en el mismo cénit del Tourmalet y se lanza al descenso. En solitario. Por Sainte-Marie, donde la fuente, lleva casi un minuto, le quedan dos puertos delante. Pinta bien, pero también puede salir fatal. Demasiado pronto como para repartir prebendas o castigos. Luego arranca Claudio, lo coge, hacen el resto juntos. Detrás los rivales se desgranan como semillas de frambuesas maduras. Detrás... el apocalipsis.

“Yo sinceramente no veía a Miguel como candidato al Tour antes de empezar”, dice Peio, “pero lo que hizo aquel día...”. “Yo nunca pensé que pudiera ser un corredor para la Grande Boucle. Por la escalada. Crono y llano sí, defenderse también, pero en la alta montaña... No lo veía”, recuerda Marino.

placeholder Perico Delgado e Induráin se saludan en el Tour de 1991.
Perico Delgado e Induráin se saludan en el Tour de 1991.

Val Louron. Meta. Chiapucci acelera, la etapa para él. Indurain entra a un segundo simbólico. Muerde con fuerza el labio inferior, lanza un golpe al aire. El hombre que nunca se emociona parece emocionado hoy. No lleva gafas negras, no lleva ese rictus de “sonrío pero esfuerzo” que después se hará célebre. Todo tiene un aire naif, casi inocente. Muy vintage, sí. Fuimos tan jóvenes. Hace treinta años. Fuimos tan jóvenes.

Stefan Zweig en bicicleta

Grouchy no obedece, y el mundo cambia. Ve tras los prusianos, le dicen. Y él, pusilánime, va tras los prusianos. Solo que no. Zweig coge una bici y modifica la historia. Grouchy da media vuelta. Indurain se lanza hacia Artigues. Cambia el mundo que fue.

Muta el mundo que pudo haber sido.

Ciclismo Tour de Francia Miguel Indurain