Los seis días de Luis Ocaña, emperador del Tour de Francia
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En juego estuvo algo más que la carrera

Los seis días de Luis Ocaña, emperador del Tour de Francia

Lágrimas, encontronazos y humillaciones... Hace 50 años, el ciclista español y el histórico Eddy Merckx protagonizaron uno de los duelos más recordados del deporte

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Luis Ocaña, en una imagen de archivo.

Siete de julio, año 1971. Grenoble.

Merckx pincha, Merckx pincha.

La Chartreuse. Historia del Tour. Por acá anduvo Charly Gaul haciendo un milagro de sufrimiento y nieve en pleno julio. Aun anda lamentando Raphaël Géminiani. Es allí, subiendo Porte, cuando pincha la bestia. Y todos se mueven, porque los setenta no saben de falsas caballerosidades, de videos pidiendo perdón por instagram y otras gaitas.

Foto: Luis Ocaña, en el Tour de Francia.

Pincha Eddy y pincha el líder, que este hombre nació amarillo. Solo dejó de vestirlo unas horas desde comenzar el Tour, cuando ese honor fue para su compañero Marinus Wagtmans. Lleva sesenta y nueve etapas por Francia, y fue líder en cincuenta y seis de ellas. Ya ven, demoledor. Y aun así... dudas. No es el mejor año de Eddy. Sufre más que nunca, lo descuelgan en Dauphiné Libéré, pena cuesta arriba como si apenas pudiera avanzar. Unas horas antes Ocaña logró humillarlo en la cima de Puy-de-Dôme (jamás ganará el belga en Puy-de-Dôme). Quince segundos. Solo quince segundos. Pero sensación de que hay otro a su altura. Al menos. El dictador se tambalea.

(El dictador terminará ese año con victoria en todas las vueltas por etapas, grandes y pequeñas, en las que participe. Pese a todo. Y decían que había bajado su nivel. Ese era Eddy).

A Grenoble llegan cuatro tipos solos. Thévenet, Pettersson, Zoetemelk, Ocaña. Guimard a un minuto. El belga, minuto y medio. Joop se pone líder, con Luis a un solo segundo. Esa diferencia mínima, ese suspiro, ese verso, nos impidió ver a Ocaña de amarillo subiendo Noyer.

El mundo es un lugar caprichoso.

Ocho de julio, año 1971. Orcières Merlette.

Qué contar, si ya todos lo saben. En la Route Napoléon, allá donde los emperadores vuelven, uno vio cómo lo deponían a las bravas. Ataca primero Agostinho, veterano de Mozambique, espaldas de soldado que no habla de aquello, subiendo Laffrey (apenas una recta, apenas seis kilómetros, apenas todas las vidas) y tras él saltan. Otros. Ocaña, Van Impe, Zoetemelk. Pero él no, Merckx no. Todo lo que parecía imposible empieza a tornar real.

Foto: Pogacar y Carapaz durante la novena etapa del Tour. (Efe)

Después... Ocaña que se va solo subiendo Noyer, Ocaña que saca a pasear su chepa, esa que decía Pedro Matxain. El calor derrite asfaltos, crea manchas de brea por donde los ciclistas marcan pequeñas sendas con forma de cubierta. Ocaña tiene los ojos fijos, la mirada feroz. Regueros de transpiración dibujan mapas por su rostro de eterno triste. En los brazos, perlitas transparentes que se van secando en cada descenso, en cada bajada. Detrás Merckx tira, todo el pelotón a su rueda. Disfrutando. Nos hiciste sufrir, sufre. Nos mataste... muere.

Final. Ocaña vence, y logra lo impensable. Cortó, en poco más de cuatro horas, todas las cabezas de la hidra. Es Orcières-Merlette, podría ser Lerna. Segundo van Impe, que no le interesa a nadie. Tercero, este sí, Eddy Merckx. A ocho minutos y cuarenta y dos segundos. Dolorido, gesto serio, apenas puede respirar. ¿Derrotado? No, es Merckx.

Pero hoy Ocaña fue Ocaña.

(José Manuel Fuente, Tarangu, entra fuera de control. Es readmitido junto con otro puñado de ciclistas, en atención al ritmo infernal que tuvo Luis).

Nueve de julio, año 1971. Orcières Merlette.

Día de descanso. Ocaña habla con los periodistas, Fuente apenas se levanta de la cama. El resto, sus cosas. Que si soltar piernas, que si tomar el sol, que si paseuco o un cinzano antes de comer. ¿Y Eddy?

placeholder Eddy Merckx, en una imagen de archivo.
Eddy Merckx, en una imagen de archivo.

Nemesio Jiménez apura el segundo café. Qué ricos los ponen en Francia, macho. Una mancha de color tabaco, casi pincelada como las de Roy Lichtenstein. Jiménez observa con detenimiento. Todo el equipo Molteni acaba de pasar delante de sus ojos, acoplados, rodando a tope, relevos como si fuese contrarreloj por equipos. Apenas un instante y se pierden a lo lejos. Hace fresco en Orcières Merlette, a 1800 metros de altitud. Algo planean estos mañana, piensa. Algo planean.

Ocaña ríe. Fuente reposa. Merckx rechina los molares.

Diez de julio, año 1971. Marsella.

Hay risas antes de salir. La jornada de descanso, que recarga fuerzas. Y luego el día tampoco pinta mal del todo. Vale, son 250 kilómetros, pero en los setenta tampoco era tirada tan larga (por 2021 sería la jornada más extensa del Tour), así que estamos acostumbrados. Además, que es casi todo cuesta abajo. Desde Orcières Merlette hasta Marsella. Salimos de los Alpes, llegamos al Mediterráneo. Descenso de salida hasta el valle, y luego siguiendo ríos a la mar. El Port-Vieux, nada menos. Día largo, pero no nos van a doler las patas.

Ocaña, al menos, lo tiene claro. Sigue feliz, disfrutando de ese sol que luce en el pecho, maillot sagrado que tanto anhela. El hombre que nunca sonríe, ese que tiene ojos tristes como castañas de otoño, se muestra afable, bromeando, habla con este, con aquel. Dicen que si está atendiendo a los periodistas incluso después de darse la salida, a cola de pelotón. Qué más da. Todo tranquilo. Estoy fuerte, pero Merckx es Merckx. Ahora, en la derrota, Luis respeta más al belga. Ahora. Justo ahora.

Delante... clima extraño. Hoy debía ser día casi festivo, pero se ven caras serias. No muchas. Algunas. El problema es que todas visten igual. Maillot marrón, palabra “Molteni” en el pecho. Raro. Los ciclistas charlan entre sí, ellos se mantienen ceñudos, vigilantes. Circunspectos. Ocupan la primera fila del pelotón, no hay nadie más allí, nadie que rompa su imagen homogénea. Y otra cosa. Un detalle, nada más. Sin importancia, pero... Los demás (todos los demás) tienen esa pose clásica antes de iniciar carrera. La bici ya entre las piernas, el trasero sobre el sillín o en la barra horizontal. Relajados. Pero ellos no. Ellos, el equipo de Merckx, los que están con rostro de setter olisqueando perdiz, agarran la máquina del ramal, con manos apoyadas sobre la goma de los frenos. Qué raro. Qué excéntricos.

placeholder Luis Ocaña, en el Tour de Francia.
Luis Ocaña, en el Tour de Francia.

Dicen que si un ciclista del Kas se dio cuenta. Distraído, mirando ruedas y piernas ajenas. El desarrollo, la patilla del cambio, algo lijada. Han puesto un piñón de once dientes, estos cabrones han puesto un piñón de once dientes. Que quiso avisar a Ocaña, pero Ocaña estaba lejos, relajado, repartiendo esas sonrisas que nunca le sobraron entre fans y plumillas varios. Que era demasiado tarde.

Porque se da la salida, empieza una guerra. Surrealista, al principio. Todos los Molteni empiezan al sprint... corriendo, a patita, la bici junto a ellos. Como los del ciclocross cuando superan obstáculos. Y, después de unos metros... hop, salto, suben en marcha a las máquinas, que ya tienen inercia (y un desarrollo monstruoso engarzado). Empieza el descenso con ellos en cabeza, el pelotón a unos cientos de metros. Wagtmans abre carrera, con Merckx justo detrás. Wagtmans tenía fama de ser el mejor bajador de su tiempo, y aquel día se jugó pellejo y medio. Ocaña no entiende qué ocurre, es que ese puto belga no le deja disfrutar ni unas horas. Fuente, por su parte, va descolgado desde el primer metro. Llegará fuera de control, otra vez. Lo repescarán, otra vez.

Lo que restan son 251 kilómetros de persecución. Delante, Merckx y los suyos (junto con algunos listos que supieron filtrarse... o conocían la jugada). Detrás, Ocaña y el pelotón, roto en mil pedazos. Cinco horas y media así, con una diferencia establecida que apenas fluctúa, en torno a los dos minutos. En Marsella gana Luciano Armani, muy elegante él, con Eddy segundo. Los ciclistas han llegado noventa minutos antes del mejor horario previsto, y allí no hay nadie. Pero nadie. Ni pódium, ni espectadores, ni na. Ni siquiera azafatas para darle el preceptivo beso al ganador. Tienen que buscar mozucas de buen ver entre chicas que paseaban por la zona, para salir del paso...

Esto es una puta estafa, dice Gaston Defferre, alcalde de Marsella. Mientras yo tenga el poder aquí, el Tour no vuelve jamás. Retornó la Grande Boucle al Port Vieux en 1989. Mandaba Robert Vigouroux.

Ah, Merckx se pone segundo, a siete minutos y medio. Un abismo, aún. Pero es Eddy.

Foto: La increíble historia de Dieter Wiedemann en la Carrera de la Paz.

Once de julio, año 1971. Albi.

El Tour antes programaba muchas cronos, pero de distancias cambiantes. En 1971 hubo tres. Pau y París, cada una en torno a los 55 kilómetros. Y esta de Albi, la ciudad de Toulouse-Lautrec, el hombrecillo que adoraba las bicis porque eran belleza dinámica, como bailarinas sobre ruedas. Fueron solo dieciséis kilómetros, pero en ese momento cualquier detalle contaba.

Guerra de nervios, guerra abierta.

Gana Merckx. ¿Cambio de tendencia? Bueno, Ocaña domeñó las montañas, Eddy hace lo propio con el tiempo. Poco margen, poco golpe, apenas once segundos. Que pudieron ser más, dice el Ogro. “He visto a Luis pedaleando tras la estela de una moto. Una moto del Tour, lo que es muy grave. No sé si todos quieren que yo pierda, pero la cosa está clara. El recorrido era de ida y vuelta, y al cruzarnos lo pillé”. Ocaña, deslenguado, contesta. Si jamás aceptó humillaciones de Merckx en la inferioridad mucho menos aguantará sombras esbozadas ahora que es superior. “Eso es mentira”, dice, “creo que Merckx no sabe perder”. Sin quizá ser consciente acaba de regalar el mayor halago en un siglo de ciclismo. Efectivamente, Merckx no sabe perder. Le ocurre muy pocas veces.

“Eddy me ganaba en la carretera, pero un día fuimos de fiesta y no me duró ni tres copas”, dirá, años más tarde, Ocaña. Pero eso fue después, retirados, al hacer las paces. En activo... es simple: ambos poseían la misma naturaleza despótica y dominadora. Convivencia imposible. O él o yo. “Sabía que uno de los dos no terminaría el Tour del 71”, recordará Eddy más tarde. Profético.

Último apunte. Los ciclistas viajan en avión desde Albi hasta Carcassonne, porque al día siguiente la etapa sale de Revel. La organización del Tour, que no entiende de batallas psicológicas, sienta a Eddy y Luis el uno junto al otro, en primera fila. No cruzan su mirada en todo el viaje.

Silencio.

Doce de julio, año 1971. Col de Menté.

Estruendo.

El cielo escupe lluvia, gotas gruesas que caen sobre la tierra de forma pesada, haciendo ruido, chop, chop. Tormenta anegando valles, torrenteras borboteando por las cunetas, burbujas que espejean ese asfalto escondido bajo el agua. Los Pirineos braman. Luis llora.

placeholder Luis Ocaña, en un descanso del Tour.
Luis Ocaña, en un descanso del Tour.

Uno de los dos no iba a terminar aquel Tour. Y Ocaña fue, siempre, el menos afortunado de los hidalgos.

No necesitaba, no, exhibiciones Luis. Llevaba siete minutos al segundo, quedaban, solo, las tres etapas de los Pirineos, otras dos cronos. Superior a Merckx en montaña, parejos frente al reloj. Control y victoria. Pero Ocaña nunca fue de esos. El quería glorificar su gesta, quería ganar a Merckx como Merckx los ganaba a todos. Humillando. No era cosa de un Tour, era abatir muros, destrozar carreras. Dominar al otro que es tan parecido a mí. Je est un autre, que dijo el chico.

Estaba, también, cierto asunto sentimental. Luis vivió, de niño, por aquella zona. En el Val d´Aran. Anhelaba coronar en cabeza Portillón, esa metáfora disfrazada de puerto. Allí lo esperaban los suyos (aunque Luis nunca tuvo muchos a quien considerar como suyos), allí podía dejarse caer hasta su antiguo hogar. Qué mejor sitio para descabezar al dragón.

Hasta la postrer subida... Aspet, Menté. Casi nada, calentamiento para lo que iba a llegar en jornadas siguientes, para Superbagnéres, para los cuatro cols. Día de transición, casi. Solo que Eddy no conoce de esos. Es exuberante en la victoria, cómo habría de no serlo cuando pierde. Ataca, y ataca, y ataca. Por delante marcha, solo, José Manuel Fuente. Dos veces eliminado del Tour, dos veces readmitido, dos etapas va a ganar en esos Pirineos de dolor. Ataca Merckx subiendo Menté, y sale Ocaña. Las veces que haga falta, enseñando la rueda delantera al campeón belga. Inútil escaparse subiendo, demasiado fuerte Ocaña en ese terreno. ¿Rendirse? No, Eddy no. Si no puedo para arriba...

Merckx se lanza al descenso. Es uno de los mejores del mundo en eso, y cree cobrar ventaja. Nadie quiere decirlo en voz alta, pero es que Ocaña, además, tiene fama de mal bajador. Nervioso. ¿Por qué sale tras él? Espera, captúralo en el valle. Pero Luis no, Luis no puede. Debe dominar en todo momento, que no haya sombra alguna si gana. Que ganará. Curva a la izquierda, una horquilla. Los mares se abaten sobre aquella cordillera, que al final Pirene era ninfa hija de dioses fluviales. Ríos anegan el asfalto, todos sacan los pies para intentar frenar. Merckx cae, se levanta, sigue. Ocaña, tras él, cae, se levanta. Pero no sigue. Cuando está incorporándose Joaquim Agostinho (sí, el de Laffrey) lo embiste. No es muy grave. Pero luego Zoetemelk hace lo propio, y ahí sí, Luis queda en el suelo, dolorido. “Creí que me moría”, dice más tarde. Gritos. Se teme una tragedia. Ocaña pierde el Tour, Merckx rechaza el amarillo al día siguiente.

Un periodista se acerca a Eddy en Luchon. “Has ganado el Tour, ¿no?”. El belga lo fulmina con ese mirar de hielo. “Lo he perdido, estúpido”, dice.

Fue hace cincuenta años.

Fueron los seis días más intensos en toda la historia de la Grande Boucle.

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