El español de Mont-de-Marsan

Luis 'amoureux': aventuras y desventuras de Ocaña en los Pirineos

Luis Ocaña siempre atacó, aunque no hiciera falta para la carrera. El Tour de Francia y los Pirineos fue donde el ciclista español tuvo sus mejores experiencias, pero también momentos complicados

Foto: Luis Ocaña, en el Tour de Francia.
Luis Ocaña, en el Tour de Francia.

Qué bonitos, los Pirineos.

Luis siempre tuvo ojos tristes. El mirar un poco como recién dormido, avellanas en los iris. Ahora, además, parecen exhaustos, uno no puede luchar contra los dioses (uno no puede desafiar al dios) sin dejarse media vida en el trance.

1977

Será el último, este 1977 será el último. Ya lo vio en la Vuelta a España, donde no pudo seguir a los mejores. Exhibición de Maertens y Ocaña penando en cada cuesta, en cada repecho. Pero ahora es el Tour, y Francia siempre fue su hogar. Veamos. Veamos.

Carrera rara, con la gran etapa de los Pirineos situada el tercer día de competición. Prólogo, llana, Aspin-Tourmalet-Aubisque, jornada interminable llena de puertecitos hasta Vitoria. El comienzo más raro de siempre. ¿Yo? Haré lo que pueda. Ocaña ataca, Ocaña delante. Como siempre. Es el baile final, hagámoslo bonito.

Luis Ocaña, en plena competición. (TVE)
Luis Ocaña, en plena competición. (TVE)

Y le va quedando pinturero a Luis. Aspin a ritmo tranquilo, por aquello del miedo en todos. Pero eso no importa cuando giras a la izquierda en la fuente de Sainte-Marie-de-Campan. Sin excusas, Sin forma de esconderse. Del pelotón desaparecen corredores como si fuesen secundarios en una peli de miedo. Hace calor, las bicis dejan huellas húmedas por el asfalto lleno de parches. Ocaña que aguanta. Y él no. Él. Sufre, se descuelga, pasa por La Mongie a puro golpe de riñón, las rodillas muy abiertas, el gesto pálido de quien se sabe muerto. Luis sonríe. Ahora que Eddy no puede a mí me faltan las fuerzas.

El destino, qué cabrón.

1976

El puto holandés. Joder, cómo lo odio. Con ese gesto de quien no ha roto un plato. Con esa forma rastrera de correr. Chuparruedas de mierda. Qué dignidad hay en eso, dime tú. Y luego… que me trae malos recuerdos, hostias ya. Entiendo que no pudo frenar, que iba descontrolado, gritando peligros. Pero fue él. Yo me había levantado, iba a salir detrás del belga allí, en el Col de Menté. Y viene este tipo, este que no puede ni soñar con estar junto a nosotros… y pum. Me atropella. Quedé en el suelo, roto. Dime tú si no debería pagar…

Ha cambiado tanto para Luis Ocaña… Su maillot, por ejemplo, que ya no es ese blanco y naranja de “BIC”, sino otro con tonos rojizos. “Super Ser”, pone en el pecho. Un proyecto nuevo, multimillonario, uno que soñó juntar a Merckx y Ocaña en la misma escuadra. Ya ven, menuda delicia solo pensarlo, la de cenas interesantes que hubiesen dado. Al final Eddy continuó en Molteni (si te vas tenemos que cerrar y todos van al paro por tu culpa) y Luis queda como máximo exponente, como líder único.

Claro que eso fue en 1975, y ahora han pasado unos cuantos meses. Los suficientes como para que no sea el mismo. Son más tristes sus ojos, están más enmarañadas sus patillas. El cabello cae lacio sobre la frente sudada, el gesto siempre un punto fatigado, como de estar matándose por dentro. Sombra de lo que fue (aunque venga de hacer segundo en la Vuelta a España). No, Ocaña ya no compite por ganar el Tour. Pero igual puede hacer perderlo. Al holandés, por ejemplo. Lo tiene bastante bien, a pocos segundos del amarillo, crono en lontananza. Van Impe necesita más tiempo, o Zoetemelk se lleva el Tour. Y eso sí que no. Putain, y tales cosas.

Y luego está el paisaje. El paisaje, que se repite. Que es el mismo. Pirineos. Casi pueden recitar de memoria los puertos. Menté y Portillon, cómo no. Tantas historias. Después Peyresourde, final en el Pla d´Adet. Etapa cumbre. Todo para decidir.

Y Luis ataca.

Como siempre.

Luis ataca.

1973

No necesita atacar, pero ataca. Siempre ataca, Ocaña siempre ataca. Aunque no haga falta. Como hoy. Si llevas un carro de minutos al segundo, si tienes asegurado el Tour. Pero… hay tantas cosas.

Lo primero, demostrar y demostrarse. Año 1973, Francia sin Merckx. “Es un cobarde”, dice Luis, “insinuó que correría Vuleta, Giro y Tour y al final no tuvo agallas”. En fin. El caso es que la Grande Boucle parece menos grande, y todos temen que al ganador le cuelguen el asterisco de “en ausencia”. No puede soportarlo Ocaña, claro, que ataca a todos en todos los lugares. Sobre el pavé, en Puy-de-Dôme, por las rampas traicioneras de La Salève. Y, especialmente, camino de Les Orres, síntesis de todo lo que fue el conquense sobre una bicicleta.

Luis Ocaña, en un descanso del Tour.
Luis Ocaña, en un descanso del Tour.

Allí, en una de las jornadas más duras de siempre, ocurre. Las arrancadas de Fuente, plato grande subiendo Télégraphe. Decía Monsieur Goddet que contó docenas. Terco, obstinado, sin mirar atrás, sin decir palabra. “Para, Tarangu, para, colaboramos los dos y hacemos primero y segundo en París”. Inútil, Fuente jamás atendió a razones. Así que Ocaña acepta el envite y se va solo con el del Kas, con ese chiflado que lo llama “Loco”. Quedan más de cien kilómetros a meta y los dos suben en solitario Galibier, Izoard. Silencio, solo jadeos. Al final, justo antes de Les Orres, pincha Fuente y Ocaña parte. Furioso, incontenible. El tercero a siete minutos, el quinto a doce, más de veinte al sexto. Una carnicería de proporciones inigualables. Saca diez en la general a su perseguidor inmediato.

Solo que…

Solo que es Ocaña. Y allá llegan los Pirineos. Tantas cuentas pendientes, tantos recuerdos para extirpar. Col de Menté, exorcismo de esas curvas. Y lo otro, sobre todo lo otro. El joven Ocaña, el niño Luis, el que siguió a su familia hasta Francia, emigrando desde Cuenca para buscar un porvenir. Primero Valle de Arán, cruzando las montañas más tarde. A través de Portillon, nada menos. Ahí están los suyos, esperando para animarle, para verle sonreír, al fin, vestido de amarillo. A Luis se le ponía, en ocasiones, cara de metáfora, y esa no la podía dejar escapar. Arrancará con todas sus fuerzas, porque no sabe hacer otra cosa.

1971

Dicen que es el mejor Tour de siempre. La mayor batalla, la más cruenta. Y está ocurriendo. Al fin. Solo él lo pensaba posible, solo él confió. Derrotarlo. No. Dominarlo. Al monstruo, al belga. Castigar a quien castigó tantas veces. Probar el amargo sabor de tus propios golpes. Primero en Puy-de-Dôme, que nunca le gustó a Eddy. Más tarde por las curvas ariscas de La Chartreuse. Un pinchazo, nada de falsa caballerosidad. Zafarrancho y sálvese quien pueda. Ahora el otro está detrás. Qué delicioso hormigueo.

Pero faltaba algo. Humillar a Merckx como Merckx humilla. Forma y manera. Será camino de Orcières Merlette, una pequeña estación alpina. Ataque en Laffrey, la recta demoledora por la que pasó Bonaparte al principio de sus cien días. Emperador caído, emperador nuevo. Ocaña se va, quedan más de cien kilómetros. Pronto estará solo, uno contra uno, calor que transforma sendas en brea derretida. Su estilo único, su espalda curvada. “Si Ocaña saca la chepa nadie puede derrotarlo”, dijo Pedro Matxin, director del Fagor que lo pasó a profesionales. “Ni siquiera Merckx”. Ni siquiera. Ocaña gana en Orcières Merlette, se viste de amarillo. Van Impe es segundo a seis minutos. Merckx pierde casi nueve. Golpe maestro, jaque mate. El ogro clama venganza, promete guerra. Todos tiemblan, porque las batallas entre dos potencias normalmente siembran muertos entre la población civil.

Después… Marsella, todos a mil, Molteni desatado, las gradas a medio montar en el Vieux Port. Y Albi, ciudad de color rojo, la de Toulouse Lautrec. Allí, crono. Uno acusa al otro. Le ayudaron las motocicletas, todos van en mi contra. Es un llorón, responde Ocaña, hay que saber perder. Traslado, avión. Ambos coinciden, codo con codo, en asientos contiguos. Sin cruzar mirada, sin decir palabra. Para qué hablarlo si podemos matarnos sobre la carretera.

Y entonces los Pirineos. Todos me esperan, allí todos me esperan. Será mi apoteosis definitiva.

1971

Por delante va Fuente. Tarangu, le dicen todos. Él llama a Ocaña “El loco”. “Ven, Loco, hostias, ho”. Que José Manuel Fuente se refiera a ti como “loco” está a mitad de camino entre lo irónico y la osadía más absoluta…

Por delante va Fuente, por detrás ellos dos. En fin, son muchos más pero… ellos dos. Uno de amarillo, blanco como líder de la combinada el otro. Que se observan, se miden. El belga lo tiene imposible, el conquense que transforma “erres” en “ges” solo debe aguantar. Pero ninguno conoce el significado de esos términos. Ganaré allí, Luchon, demostraré que puedo con Eddy en cualquier sitio. Desafío. Subiendo el Col de Menté Merckx acelera. Una vez, dos, tres. Todas. Tirones secos, violentos, con ese estilo carente de estética que se le ponía al monstruo cuando tenía hambre. Pero no hay manera, Ocaña siempre llega a su altura, asoma el manillar por delante, lo observa de reojo, midiendo rencores pasados y terrores futuros. Todo está decidido cuando aun queda todo por decidir.

Luis Ocaña descansa tras una etapa. (TVE)
Luis Ocaña descansa tras una etapa. (TVE)

Porque coronan el puerto. Quedan cincuenta kilómetros a meta, el Portillon en medio. Allí están, allí están todos. Esperándome. No sé irá, no, él no se irá. Carece de ningún sentido, pero Merckx se lanza en el descenso. Arriesgando un poco, dirá después. En realidad lo que hace es una bajada a tumba abierta (piensen en la expresión… qué gráfica, qué estremecedora). El cielo se abre y paredes de agua anegan las rutas pirenaicas. Fuente cae, Merckx cae. Ocaña, que no tiene necesidad de seguir a Eddy, cae. Todos se levantan. Pero hay más. La tragedia. Joop Zoetemelk, holandés chuparruedas y con pómulos que parecen ciruelas verdes, grita. No tiene frenos, no puede controlar la bici. Embiste a Luis Ocaña, que queda en el suelo, gimiente. Su director llega hasta él, coge la cabeza del ciclista, la apoya en su regazo. Una Pietá rural. Nunca olvidará Luis aquel instante, nunca podrá perdonar a Zoetemelk.

Etapa para Fuente. Merckx se viste de amarillo. Un reportero lo asalta justo después de entrar en meta. “Hoy has ganado el Tour, Eddy”. Y el belga, mirándolo fijamente, responde. “Estúpido… hoy lo he perdido”.

1973

Cescutti le advierte. Cescutti, su descubridor, el único hombre a quien siempre prestaba atención Ocaña. ¿Anquetil? Un amigo, un maestro para tantas cosas. ¿Maurice de Muer? Mi director en “BIC”, poco más. Hago y deshago, que para eso soy el que es. Pero con Cescutti… todo distinto. Héroe de la Résistance, venerable y sabio. Una sola mirada a las piernas de los juveniles y ya sabe si valdrán para el pelotón. Ojos entrenados, serenidad. Y es él quien habla. Tranquilo, Luis, tranquilo. No arriesgues el amarillo por una caída. No puedes obsesionarte con 1971. Ni en un sentido ni en el otro. Reserva y corre con cabeza. París está a pocos días…

Solo que… Solo que había más cosas. Sobre todo una. Tarangu. Fuente. El asturiano que tiene la boca demasiado grande, según Ocaña. Que va dejando declaraciones altisonantes aquí y allá. En periódicos, por la tele. Atacaré hasta el final. No hay nada perdido. Ocaña es batible. El conquense rumia. Ofreció un buen trato al Kas, todos estaban de acuerdo, José Manuel se negó. Él sabrá. Ahora, si puede, hará que pague por ello.

Así que ataca. Allá, a lo lejos, ve su Portillon. Tantos recuerdos. Atrás quedó Menté, esas curvas fatídicas que todos, malintencionados, insistían en señalarle. No hay problemas, no es 1971, este año el Tour solo contempla un único patrón y lleva gorrita de “BIC”. En el valle entre ambos puertos Ocaña acelera y Fuente empieza a sufrir. Perfecto, situación ideal. Solo un problema. A su rueda se suelda otro viejo enemigo. El que más odia, quizá. Joop Zoetemelk. Sí, ese, el que lo embistió un par de años atrás. Desprecio, no lo mira, no cree que esté a su altura. Calculador, sombra de otros. No es de mi raza. No es Merckx, no es Tarangu. Para qué competir si nunca vas a dar la cara.

Subiendo Portillon logra despegar a Zoetemelk, negocia después la bajada con prudencia, entra victorioso en Luchon. Pirineos que le ven sonreír. Su maillot amarillo está (aun más) asegurado. En París conquistará el Tour de Francia. Catorce años después de Bahamontes. Nadie duda de su victoria, incluso Merckx lo llama para felicitarlo, pero lamentar un duelo que no se dio. Todos piensan en lo que podría haber sido. Nadie sabe lo que nunca será.

1976

Falta un mundo a meta. Tantas carreteras conocidas, tantos nombres repicando con familiaridad. Ataca Ocaña, que ya es solo temporero en busca de una gloria que no va a volver. Ataca junto con otros, tipos perdidos en la general, apuntes de pie de página en una historia, la del Tour, donde Luis ocupa párrafos y párrafos.

Solo que ese día es distinto. Los Pirineos. Ocaña se siente bien, encorva el cuerpo sobre la máquina, empieza a pedalear con todas sus fuerzas. Por detrás arrancan quienes habrán de jugarse la general, y Luis tiene clara su elección. Cuando Van Impe contacta con él no se lo piensa. Que se joda Zoetemelk, conservador inmundo. Que se joda, que recuerde quién le quitó esta edición de entre las manos. Ocaña se entrega en el valle, sube Peyresourde como en sus mejores tiempos, arrastra tras de sí a un Van Impe que no puede creer su suerte. Ha topado con el mejor gregario posible en el momento menos esperable. Al final, incontenible, ataca. Entrará vencedor en Pla d´Adet, dará una estocada definitiva a la prueba. Cyrille Guimard, su joven director deportivo (el mismo que horas antes amenazó con cruzar su coche y obligarle a la retirada si no atacaba con todo desde lejos), está a punto de anotarse su primer gran triunfo. Lucien saca tres minutos al odiado holandés. Cuarenta segundos más tarde entra Ocaña. Declaraciones desafiantes en meta. “Sí, he decidido el Tour, ¿y qué? Solo cuenta la victoria”. Teatro. Sabía para qué iba a servir su esfuerzo y todo ha valido la pena. Yo no gano, pero tú pierdes.

Allí abajo Saint-Lary-Soulan parece un pueblo de juguete…

1977

Todo cambia. Entre el Tourmalet y el Aubisque todo cambia. Porque Merckx recupera bajando, aguanta después en la agorafobia de Litor. Y Ocaña… Ocaña se rompe. Por dentro. Tantos años, tantos esfuerzos. Nos matamos el uno al otro, es normal que ahora nos toque morir. Sucede al poco de Argelès-Gazost, cuando la carretera se encrespa de nuevo. Allí Luis dice “basta”. Nunca más seré, ya todo lo habré sido. Los catorce mejores de ese Tour escapan sin remedio. La pedalada arrítmica, el rostro exangüe. Pierde cinco minutos hasta la cima, otros ocho rodando, sin fuerzas, a Pau.

Desde la ciudad de Enrique IV hasta el final… sufrimiento. Apretar los dientes, buscar algo que él mismo sabe imposible. Al menos Merckx está en la misma tesitura, derrotado por el mismísimo tiempo. Eddy sufrirá camino de Alpe d´Huez, dejando jirones de orgullo sobre el asfalto. A esas alturas Ocaña ya transita a un mundo. No es el mismo. Demasiadas caídas, demasiadas guerras libradas solo por el gusto de sentir la sangre en el paladar. En París hará el 25, poco más de una hora detrás de Thevenet. Cincuenta minutos más lento que Merckx…

Y luego está lo otro. Lo otro. Luis es declarado positivo en un control antidoping celebrado durante el Tour. No es el único, claro. Zoetemelk (sí, sí, ese Joop Zoetemelk) también resulta agraciado con la lotería. Todos murmuran. Que si hubo más controles adversos. Que si se taparon para este y aquel. Luis está cansado, tanto como para no callarse. “El ciclismo está ahora igual de podrido que cuando empecé. No hemos aprendido nada”, dice. Antes se le respetaba por su orgullo, se temían sus fuerzas. Ahora todos prefieren mirar al suelo y silbar, nerviosos. Estoy agotado. Agotado. Dejará la bicicleta a final de temporada.

Qué crueles, los Pirineos.

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