20 años del último adiós de Luis Ocaña, el héroe trágico marcado por la pobreza
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le marcaron la rebeldía y la grandeza

20 años del último adiós de Luis Ocaña, el héroe trágico marcado por la pobreza

Luis Ocaña, el héroe trágico, daba su último adiós tras pegarse un tiro en la sien un día como hoy de hace 20 años. Derrotar a Merckx fue su obsesión

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Ocaña, en una etapa del Tour de Francia

El Giro de Italia vive su segunda jornada de descanso, o mejor dicho, la primera porque el traslado de Irlanda a Italia dejó poco reposo en el cuerpo de los sufridos ciclistas. La primera toma de contacto con la montaña de verdad ha esclarecido pocas dudas, por otra parte lo que pretendían los organizadores, y Cadel Evans se presenta en la fase decisiva de la carrera con la ‘maglia’ rosa de líder y con cierta distancia con sus más directos rivales. Aunque más que el tiempo, lo que tiene a favor el australiano es su ganancia moral, pues es de los pocos que no ha sufrido golpes en este arranque de carrera tan complicado entre Irlanda y el sur de Italia.

Sin embargo, el mundo del ciclismo vive el 19 de mayo con el recuerdo puesto en uno de los ciclistas que ha hecho grande este deporte. Luis Ocaña, el héroe trágico, daba su último adiós tras pegarse un tiro en la sien un día como hoy de hace 20 años. El campeón español, ganador del Tour de 1973, pasó a la historia por ser el azote de Eddy Merckx. El único que se rebeló contra la dictadura de ‘El Caníbal’.

En la biografía novelada que ha escrito Carlos Arribas, periodista especializado en ciclismo de El País, se detallan los pormenores de una vida marcada por la pobreza, la rebeldía y la fatalidad, pero también por la grandeza. La grandeza de un ciclista que con un solo Tour de Francia -al margen de otras victorias- en su palmarés tiene más prestigio que otros con dos o tres.

Jesús Luis Ocaña nació en Priego (Cuenca) un 9 de junio de 1945 en el seno de una familia humilde. Tan humilde que su madre llamaba a Luis y a sus hermanos a casa a la hora de la merienda para que no viera comoel resto de niños comían su mendrugo de pan con chocolatey ellos no tenían nada que llevarse a la boca. Su infancia estuvo marcada por el hambre y la enfermedad. De hecho superó una tuberculosis que le marcó por el resto de su vida y que le dejó desdentado y con una apariencia débil. Un cuerpo enclenque que enfurecía a su padre y que por ello le castigaba psicológicamente siempre que podía.

Los difíciles años de posguerra llevan a su familia a emigrar a Francia en busca de las oportunidades que no tenían en España. Allí, en Mont de Marsan -donde se asientan los Ocaña-, el pequeño Luis aprende a montar en bicicleta. Aprende él solo, sin ayuda de nadie, porque por aquel entonces Jesús Luis Ocaña ya era un rebelde. Un rebelde que no soportaba la autoridad de su padre, con quien mantuvo una ardua relación, pero al que siempre respetó. Fue tal el respeto que en el lecho de muerte de su progenitor Luis le brinda el maillot de campeón de España que ha conquistado hace unos días. “Que pena que le falte un color a ese maillot y solo sea rojo y amarillo”, le espeta su padre -rival acérrimo del régimen franquista-, que yacía con cáncer de próstata en la cama del hospital. Aprendiz de carpintero también se rebeló contra su capataz, al que arrojó un martillo en la cabeza como desprecio de su autoridad.

A los Ocaña no les iba mal en el país vecino y de vez en cuando regresaban a España, a sus raíces. Una de esas visitas cambió la historia de Luis y del ciclismo. Bahamontes acababa de ganar el Tour de Francia y daba una exhibición en el Bernabéu ante 40.000 personas, donde se improvisó un robusto velódromo. Allí, el pequeño Ocaña decidió que quería ser ciclista y pondría todo su empeño, como siempre hacía cuando algo le motivaba, por conseguirlo. Con su primera bicicleta, una Automoto de 14 kilos -la bici de los campeones de la época-, Luis se rebelaba contra los ciclistas mayores de su región y empieza a ganar carreras. Su fama empezó a traspasar fronteras y un descubridor de talentos, Pierrot Cescutti, le sacó de casa para convertirle en ciclista. Cescutti, un excombatiente de la Segunda Guerra Mundial y uno de los pocos que entró en el búnker de Hitler con el Führer muerto, se convirtió en su manager, su entrenador, su amigo y su confidente para el resto de su vida.

Su estreno con los profesionales auguraba un gran futuro. Luis, de personalidad indomable con la bici y sin ella, aterrizó en el ciclismo español. Un ciclismo de guerra de guerrillas entre el Fagor y el Kas, pero sin espíritu de grandeza y eso no iba con Ocaña, que comenzó a agigantar su figura con exhibiciones en una y otra carrera. La época de su admirado Anquetil tocaba a su fin y comenzaba a reinar un belga con sed infinita de triunfos. Eddy Merckx, El Caníbal, se convirtió en un dictador del pelotón. Lo ganaba todo: etapas, general, esprints intermedio, clásicas, carreras por etapas… Todo. Y esa autoridad es la que odiaba y odió Ocaña durante toda su vida, así que contra ella se rebeló. Luis encontró una nueva obsesión por la que seguir luchando: derrotar a Eddy Merckx.

El conquense, o ‘El Francés’ como se le conocía por entonces a Ocaña, marcaría una época del ciclismo. Defendiendo los colores del Bic sus mano a mano con ‘El Caníbal’ son leyenda viva del deporte, no sólo del ciclismo. Español y belga se enfrentaron en España, en la Vuelta, en Francia, en el Tour, y en muchas otras carreras, pero Eddy siempre ganaba a Luis. Sin embargo, en 1970 Ocaña se impuso en la Vuelta a España y conseguía su primera etapa en el Tour de Francia. El ídolo trágico por fin conectaba con la afición y se encumbraba como el único capaz de derrotar al ‘dictador’ Merckx. Un año más tarde el drama y la grandeza que siempre acompañóla vida de Ocaña alcanzó su cénit. Luis le infligió la primera gran derrota al intocable ‘Caníbal’. Camino de Merlette Orcieres, Ocaña distanciaba en casi nueve minutos a su gran rival. Parecía que ese Tour estaba destinado para el conquense, pero su obsesión por derrotar a Merckx fue tal que seguía al belga a todas partes, incluso en el descenso del Col de Menté, donde tras una lluvia torrencial caía en una curva de herradura para no levantarse, abandonar y decir adiós a su primera victoria en la ronda gala. La fatalidad se cruzaba otra vez en el camino de Ocaña, como lo había hecho antes y lo seguiría haciendo hasta el último día de su vida.

Los duelos entre ambos se repitieron una y otra vez, pero el belga siempre se salía con la suya. En el Tour del 73 llegó por fin la victoria que terminó de encumbrar a Ocaña, pero ese año Merckx no corrió la ronda gala. Fue el principio del fin de Luis, que no ganaba por ganar, sino por derrotar a Merckx, y que se impuso en esa edición de la carrera francesa al más puro estilo de su odiado enemigo: ganando con 15 minutos sobre el segundo y con media docena de etapas en su haber. Desde entonces poco más conquistó el español sobre la carretera, aunque sus ganancias en la bici le permitieron cumplir su sueño y adquirir 60 hectáreas de terreno en Bretagne de Marsan para cultivar Armagnac -un tipo de brandy-. Una inversión que le llevaría a la ruina.

Se retiraría en 1977 tras años de decadencia deportiva. Regresó al pelotón como director y como comentarista deportivo porque necesitaba el dinero para sacar adelante sus ruinosas tierras, pero sus mejores años ya habían pasado. La hepatitis C, varios accidentes de tráfico y las deudas fueron una losa muy pesada para un Luis Ocaña que no quería llegar a viejo. A los 48 años, la misma edad con la que murió su padre, decidió suicidarse con un tiro en la sien. En su funeral Merckx, con quien hizo las paces años antes, fue uno de los que portó el féretro de la leyenda Ocaña. Muchos lloraron su ausencia porque se iba un hombre, pero también un modo de afrontar la vida y el ciclismo, alejado del ciclista calculador de la época moderna y contra el que él mismo se hubiera rebelado, como se rebelaba contra toda autoridad y conformismo. Así era Jesús Luis Ocaña y así se fue.

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