se vio obligado a frenar su bravura

Landa le perdonó la vida a su líder Aru

Si Katusha hubiese trabajado un poquito más, la etapa que se llevó Fränk Schleck la habría ganado Mikel Landa, el vencedor moral en su duelo extraoficial con su 'amigo' y líder supremo Fabio Aru

Foto: Landa le perdonó la vida a su líder Aru

En el ciclismo como en el atletismo, la figura del segundón que ayuda al líder es tan imprescindible como el líder mismo. Con el paso de los años, de los esfuerzos realizados para que triunfe otro, la liebre o el gregario tiene pensamientos impuros, cosas sucias que se le pasan por la cabeza y que le dicen que él también está ahí para ganar y si puede, ¿por qué no hacerlo? A Mikel Landa el diablillo de su hombro izquierdo le habla mucho más y más fuerte que el angelito de su hombro derecho. Muchas veces escucha lo que le dice y se deja embaucar, cae al reverso tenebroso de la fuerza. Otras veces igualmente lo escucha, pero decide contra su propia voluntad no hacerle caso.

Como el mismo corredor de Murguía dijo en una entrevista con este periódico, “yo lo que quiero es ganar, si me mandan parar para ayudar a otro no me gusta”. Es una frase muy contundente de un corredor que desde el pasado abril se siente un líder nato, capaz de echarse sobre su espalda la responsabilidad de todo un equipo y la obligación de ganarlo todo. Ser un peón no va con él. Ha nacido para el sueño americano, para trabajar en las plantas más lujosas del Empire State y no para limpiar wáteres en el Bronx. Pero cuando los que buscan el sueño llegan al destino, les dicen que se lo tienen que currar desde lo más bajo para llegar a la cima. Muy pocos lo consiguen, y Landa quiere ser uno de esos pordioseros que acaba milagrosamente siendo un alto ejecutivo de la noche a la mañana, como Will Smith en En búsqueda de la felicidad.

Subiendo a la ermita, el diablillo le estaba calentando la oreja a Landa. De no ser porque Fränk Schleck decidió resucitar para el ciclismo mundial un 7 de septiembre de 2015, la historia de Landa en esta Vuelta podría haber tenido otro segundo final feliz. Esa seguridad asumida de la imposibilidad de ganar la etapa frenó a Mikel, ansioso siempre, con las piernas frescas como si acabase de arrancar la carrera en Puerto Banús y no llevase 2.655 kilómetros recorridos en poco más de dos semanas, o lo que es casi lo mismo, un viaje de Madrid a Belgrado. De reojo buscaba referencias, buscaba ese jersey rojo, camuflado entre la maleza de maillots. Al fondo estaba Aru, sobreviviendo.

Aru no vestirá de rojo en la contrarreloj (EFE).
Aru no vestirá de rojo en la contrarreloj (EFE).

Con Fabio las sensaciones son siempre contradictorias. Nunca da una alegría completa. Es como esa gran cena en un restaurante fabuloso que se arruina porque el postre no salía de tarta al whiskey y Comtessa. Que vale, están buenos y entran que no veas con un café, pero no dejan la misma satisfacción que una tarta de la abuela casera. Hay momentos, cuando decide atacar, que parece que va a romper a cualquiera que tuviera a su lado, incluso al Armstrong más ilegal. Pero no termina de rematar la faena, se queda a mitad, dejando expectantes a los rivales y a los espectadores.

Aru no ha saboreado su jersey rojo el poco tiempo que le han dejado vestirlo. En realidad, ha hecho lo que siempre se suele decir, defenderlo, pero lo ha hecho de la manera más literal posible. Ganar distancia con Dumoulin en el tríptico cántabro se daba por supuesto, sólo faltaba que escaladores de la talla de Purito y Aru no le sacaran tiempo a un contrarrelojista como el de Maastricht, pero el sardo ganó a Dumolin y sufría lo indecible con Purito. Primero le recortó un segundo, después se quedó a un segundo y ahora está un segundo por encima. Tres etapas, tres pérdidas de tiempo que lleva a la pérdida mayor, la del rojo.

Y aun así, su posición para ganar la Vuelta a España sigue sin verse perjudicada al máximo. Está ahí, a ese dichoso segundo de Joaquim Rodríguez y con un margen de 1:50 segundos de Dumoulin, que dependiendo de las fuerzas que le queden al de Giant, será un mundo o caminar sobre la cuerda floja, como le gustaba a Johnny Cash. Si sobrevive como hasta ahora también en la contrarreloj, le quedan cuatro puertos de montaña en la sierra madrileña para demostrar que su inconsistencia no es un problema perenne.

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