el técnico del madrid, con un pie y medio fuera

El haraquiri del Real Madrid: causas y consecuencias de una debacle imprevista

Más allá del estilo, lo que queda son los resultados. En la derrota, el grupo que encandiló a Europa destapó su peor cara. Laso es el principal señalado

Foto: Tercer partido de la final: fc barcelona - real madrid
Tercer partido de la final: fc barcelona - real madrid

Fue en Milán donde se perdió la esencia. La trágica derrota en la final de la Euroliga ante Maccabi lo cambió todo. De nuevo se habían quedado a las puertas de la gloria. No había en el mundo consuelo que sanara la gigantesca decepción que les invadía. Desde aquel fatídico 18 de mayo, la luz tenue que iluminaba con vanguardia el Mediolanum Forum aparece en las pesadillas de los jugadores del Real Madrid para recordarles que la faena quedo a medias. En esa tristeza fue donde forjó el Madrid un suicidio colectivo que ha desembocado en una nueva derrota en la final de la Liga ACB ante el Barcelona. Poco quedó de aquel equipo que hasta la derrota el 23 de enero ante el CSKA encadenó 31 victorias en partidos oficiales. El mismo que arrancó la ACB con 27 triunfos seguidos para terminar estableciendo el mejor registro en temporada regular (32-2) bajo el actual formato de competición.  

Más allá del estilo exuberante desplegado durante siete meses, por desgracia, lo que quedarán son los resultados. Una lógica aplastante que erige al Barça en campeón de Liga, a Maccabi en poseedor del cetro continental, mientras que el zurrón blanco figura con una Copa del Rey ganada in extremis y una Supercopa. Escaso botín. El cortocircuito llegó en el peor momento. Con la lengua fuera y el depósito en reserva dejó de carburar el ataque pero también la defensa,  uno de los cimientos sobre los que se edificó un proyecto que auguraba grandes alegrías. Al margen de la lesión de Draper, perro de presa en momentos puntuales del curso, el equipo descarriló atrás en una postemporada que terminó por hacerse muy empinada. Las piernas fatigadas de los jugadores madridistas frenaron y los 86,5 puntos encajados durante los playoffs (14 puntos más que en temporada regular) supusieron un lastre difícil de corregir.

Por no hablar de un punto negro llamado Nikola Mirotic. A excepción de algún arranque de orgullo aislado en el cuarto envite de la final, el ala-pívot montenegrino, uno de los pilares del boque indestructible en los días de vino y rosas, estuvo  desaparecido en los que pueden haber sido sus últimos partidos como jugador blanco. Para aumentar la dificultad de la empresa, en la final se encontró con un Barcelona que aceptó el reto sin titubear y, con la moral por las nubes tras la victoria en semifinales ante el Valencia, lució su mejor cara de una campaña desconcertante plagada de altibajos. Los azulgrana conquistaron su tercer título de Liga en los últimos cuatro años gracias, en buena parte, al compromiso de un grupo que aparcó las enormes diferencias que le separan de su técnico para remar en la misma dirección y exhibir el talento ilimitado que atesoran. Fue aquel Barça incapaz de encontrar la receta para abordarles en los últimos duelos directos, quien le dio de probar su propia medicina dejándoles caer sin compasión por el precipicio.

"Hemos peleado por todos los títulos hasta el último segundo. Estamos decepcionados por trabajar tanto y por estar cerca. Esa decepción la tenemos en el pecho". A pesar de poner en valor sus logros (que los hay) Pablo Laso encarnaba el rostro del fracaso. Ceder la Liga, asidero de esperanzas para aplacar las frustraciones tras el segundo varapalo consecutivo en la Euroliga, dibuja un escenario tétrico para sus intereses. El peor epílogo para un equipo diseñado para cotas más altas. Como eslabón más débil de la cadena sus horas parecen contadas. La paciencia es un bien escaso que no se prodiga en el deporte de élite. Florentino Pérez, cuya principal obsesión es conquistar la novena Copa de Europa que se resiste desde 1995, ya tiene tomada la decisión y aunque Juan Carlos Sánchez, director de la sección de baloncesto, y Alberto Herreros, director deportivo, votan por la continuidad del proyecto, no hay punto de retorno. En el punto de mira, el griego Fotis Katsikaris. El que fuera entrenador de Bilbao y Valencia, podría recular y rechazar la oferta en firme del Unics Kazan para aterrizar en Madrid. 

Un grupo salvaje

En el primer partido de la final, el exaltado “vamos hombre” de Sergio Llull tras ser sustituido forma parte de una ristra de desafortunadas reacciones que han ido creciendo a medida que se acercaba el final de temporada. El base-escolta menorquín es uno de los protegidos de Pablo Laso. Su intensidad y pasión sobre el parqué sería del agrado de cualquier entrenador. Sin embargo, en la antesala de imprevista hecatombe su comportamiento tomó un cariz desproporcionado. Llull reclamaba minutos al tiempo que se tomaba la licencia de decir “quita al puto griego”, en alusión a Bourousis, o criticar a Jaycee Carroll por su laxitud defensiva o interpretar que no conoce los sistemas que emanan de la pizarra del entrenador.  

Algo que no pilla de sorpresa a nadie que haya seguido de cerca las últimas convulsiones del equipo blanco. Las malas lenguas hablan de un primer encontronazo con Rudy Fernández en la derrota en Kaunas ante el Kalgiris que cerraba el ‘Top-16’ de la Euroliga. Luego vinieron los sudores fríos con la inquebrantable fe de un Olympiacos al que sólo se pudo liquidar en la agonía del quinto partido. Un reguero de tensión que alcanzo su culmen en la amarga derrota de Milán, la madre de todas las decepciones y el verdadero punto de inflexión de un equipo que perdió su identidad hasta convertirse en una versión empequeñecida de sí mismo. En el vuelo de regreso de Milán, varios miembros de la plantilla cuestionaban la valía de un entrenador con el que decían no ganarían nada.

Palau Blaugrana. Cuarto partio de la final. Pablo Laso, tragando saliva desde la debacle de Milán, saltaba como un resorte de su silla inmerso en una absurda lucha. “Es una puta vergüenza”,exclamaba con desatados alaridos mientras recibía una descalificante fraguada a pulso. La imagen del técnico vitoriano abandonando el parqué del Palau en silla de ruedas, empujado por uno de los miembros del equipo era la metáfora de un Madrid alicaído y desquiciado, víctima de una cuesta abajo sin frenos que le ha llevado a perder 11 partidos en los últimos tres meses.

Hay más. Los últimos tiempos muertos del a la postre decisivo partido rozaron lo grotesco. Sergio Rodríguez cuestionaba la decisión que Hugo López dibujaba sobre la pizarra. Antes, Felipe Reyes decidía apartarse del corro y sentarte en su silla con la mirada fija en el horizonte. Otro signo de la dictadura de las vanidades que ha regido el turbulento final de curso en el seno madridista. Un agente geológico interno que ha erosionado un vestuario repleto de egos indómitos. Una familia que en la victoria era la envidia de toda Europa y ahora, en medio del mazazo, se desintegra de forma innegociable. Es un final triste para un equipo a quien el baloncesto debe una. 

ACB
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