Irene Lozano, la secretaria de Estado que no sabía de deporte
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Se va a cuatro meses de los Juegos

Irene Lozano, la secretaria de Estado que no sabía de deporte

La amanuense de Pedro Sánchez deja el CSD a cuatro meses de los Juegos Olímpicos, sin haber logrado sus objetivos declarados y después de un grave deterioro en sus relaciones con el ministro, el COE, LaLiga y federaciones

placeholder Foto: Irene Lozano, el pasado mes de julio, cuando se conmemoró el décimo aniversario del Mundial de Fútbol de 2010. (EFE)
Irene Lozano, el pasado mes de julio, cuando se conmemoró el décimo aniversario del Mundial de Fútbol de 2010. (EFE)

Cuando Irene Lozano (Madrid, 1971) llegó a la presidencia del Consejo Superior de Deportes (CSD), en febrero de 2020, dio una serie de entrevistas en la radio. En la primera, confundió la Champions League con la Eurocopa. En la segunda, la sede de la final de la Champions. Tanto su trayectoria como sus titubeos parecían dar la razón al viejo dicho de José María García: “En España lo más redondo que han visto muchos gurús del deporte es una onza de chocolate”. Lozano negaba tajantemente que su nombramiento fuese un premio de consolación, pero el hecho es que las negociaciones con Podemos le habían dejado sin el ministerio prometido por su líder y amigo Pedro Sánchez, a quien le escribió su afamado ‘Manual de resistencia’: la ensayista tenía que conformarse con la Secretaría de Estado para el Deporte.

13 meses después, en plena preparación de los Juegos Olímpicos, Lozano se marcha por la puerta de atrás a la batalla política madrileña. Ha sido un año ciertamente difícil en el CSD, y poco productivo; Lozano estuvo siempre con un pie fuera del cargo, esperando a que Sánchez la sacara de allí para llevársela (por ejemplo) a la Secretaría de Estado de Comunicación, y puenteando sistemáticamente al ministro de Cultura y Deportes, José Manuel Rodríguez Uribes, con quien no se hablaba desde hace varios meses.

En realidad, Lozano había perdido el trato con demasiada gente. (Ha sido precisamente la sintonía entre Rodríguez Uribes y el presidente del Comité Olímpico Español, Alejandro Blanco, el elemento decisivo para terminar con su breve mandato). Los deportistas olímpicos sospechaban seriamente de ella hace muchos meses, por falta de conocimiento y empatía (y se quejaban, por ahora en privado, de la falta de interlocución). Federaciones y clubes protestaban 'sotto voce' por la escasa sensibilidad de la secretaria de Estado, trufada generalmente de discursos alambicados y grandilocuentes. "Cero química", era la expresión más utilizada.

De hecho, Lozano llegó a encargar a su asesora Jennifer Pareja una plataforma para intentar tener afinidad con los deportistas y ser más conocida (hecho inédito en la historia del CSD) que derivó en una serie de encuentros quincenales que la forzaron a abandonar su despacho regularmente y mezclarse con atletas.

Desafíos sin resolver

La periodista y escritora, exjefa de Opinión del diario 'El Mundo', deja el deporte español cuatro meses antes de los Juegos Olímpicos, lo cual constituye de por sí un síntoma bastante elocuente. Además, abandona el puesto sin haber repartido los fondos europeos prometidos, con la nueva Ley del Deporte pendiente (la vigente data de 1990 y no hay todavía un borrador formal), una ley antidopaje en fase de anteproyecto y el espinoso asunto de la profesionalización del fútbol femenino, que ella decía abanderar, completamente estancado. (Un buen ejemplo de la filosofía de su mandato: "Me gustaría que tuviéramos una de las mejores ligas femeninas de Europa y la forma de hacerlo es que sea profesional", afirmó la ya expresidenta del CSD en el acto de entrega de unos premios; al día siguiente, reconoció en varias conversaciones privadas que no tenía una sola pista acerca de cómo conseguir el dinero para hacerla viable).

Foto: Irene Lozano, antes del Real Madrid-Barcelona de la Primera Iberdrola. (EFE)

Los pactos de Viana y la intervención de Sánchez

Su paso por el deporte español tuvo probablemente el mayor momento de éxito durante el confinamiento, en abril pasado, con el llamado Pacto de Viana: el acuerdo a tres bandas con la Real Federación Española de Fútbol (RFEF) y LaLiga que permitió la vuelta del fútbol profesional en junio a cambio de más ayudas para la RFEF y el CSD por parte de LaLiga. Lozano siempre se atribuyó el éxito de ese acuerdo entre enemigos, pero en realidad el mérito fue de su ‘padrino’, el presidente del Gobierno, que amenazó por teléfono a Javier Tebas con aumentarle “no un dos por ciento, sino un 10, y por real decreto” si ponía problemas al documento. (La “encerrona de Viana”, lo llamaría Tebas, al que le costó 45 millones de euros el espejismo pandémico de paz futbolística).

Después de unas semanas de fotos y sonrisas tapadas por la mascarilla, Lozano se alió con la Federación Española de Fútbol y su presidente, Luis Rubiales, en la lucha contra Tebas desatada por el caso Fuenlabrada, que pudo conducir a su inhabilitación por la participación de su hijo en el club madrileño. Meses después, se enfadó también con el volcánico Rubiales (quien, se rumorea, llegó a gritarle). Su relación con Alejandro Blanco (que a punto estuvo de montarle una revolución federativa en diciembre) era pésima y no tenía solución. “¡No se hablaba con nadie!”, dice una fuente de insuperable solvencia sobre una mujer que es definida fundamentalmente como “soberbia” en el CSD, “y que no tenía la más mínima idea de deporte”.

placeholder Irene Lozano, Luis Rubiales y Javier Tebas, durante las reuniones del Pacto de Viana. (EFE)
Irene Lozano, Luis Rubiales y Javier Tebas, durante las reuniones del Pacto de Viana. (EFE)

Recostada en el manual sanchista que recomienda camuflarlo todo con palabras (una dimensión, la verbal, en la que se mueve con gran comodidad), Lozano se sintió en un principio intocable, con una línea directa a Moncloa que ni siquiera tenía su superior directo, el entonces atribulado ministro. Había sido nombrada secretaria de Estado para el Deporte el 28 de enero de 2020 y se convertía en la segunda mujer que ocupaba el cargo después de la exesquiadora María José Rienda (a quien reemplazó).

Lozano prescindió inmediatamente de la mayoría de los asesores de Rienda y pobló el CSD de colaboradores suyos durante su etapa al frente de España Global: el diplomático Joaquín de Arístegui como director general de Deportes y personal no especializado en comunicación causaron sorpresa cuando la pandemia se cernía sobre España. Y graves problemas internos: solo se relacionaba con sus excompañeros de España Global. El personal técnico del CSD se quejaba con amargura de que trabajaba poco y no asistía a las competiciones por puro desinterés. (No en vano, tuvo tiempo para publlicar en noviembre de 2020 el ensayo 'Son molinos, no gigantes', sobre la amenaza que la desinformación y las redes sociales representan para las democracias actuales).

El día que se despidió del cargo, Lozano homenajeó con una placa a los trabajadores del CSD y a sus famiias por su trabajo durante la pandemia, con lágrimas incluidas. 48 horas antes no sabía aún que se marchaba del cargo. Llevaba tiempo tratando de colocarse nuevamente en la agenda de 'ministrables' ante la presumible renovación gubernamental de esta primavera, pero jamás pensó que terminaría yéndose de número 5 a una debilitada candidatura del socialismo madrileño. Después de meses de desplantes y línea directa con Moncloa, Rodríguez Uribes y Alejandro Blanco han ganado la guerra. Tanto desinterés no podía durar demasiado tiempo.

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