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'Rambo V: Last Blood': yo soy el muro de Trump

Este filme es la encarnación perfecta de la xenofobia del presidente de EEUU: la frontera con México como abismo entre el norte pacífico y el sur como sucursal del mismísimo infierno

Foto: 'Rambo: Last Blood'.
'Rambo: Last Blood'.

John J. Rambo, mitad superhéroe reaccionario y mitad precisa máquina de matar, ha vuelto. Y, 11 años después de su regreso inmediatamente anterior a la pantalla, inicialmente nos lo encontramos con la cabeza sorprendentemente sentada: al frente de un rancho de caballos en Arizona, y cuidando de una adolescente que a efectos prácticos es como una hija adoptiva. Incluso lo vemos sonreír y bromear a ratos. Pero, pese a ello, el ex boina verde no engaña a nadie: su razón de ser sigue siendo matar.

En cualquier caso, recordemos, no siempre fue así. En su primera desventura cinematográfica, 'Acorralado' (1982), Rambo era un simple veterano de Vietnam traumatizado, y el único cadáver que dejaba tras de sí a lo largo de ella era del todo involuntario; nunca tuvo intención de matar a nadie. Su objetivo esencial era revivir los horrores de la guerra y, en el proceso, tratar de curar sus heridas y pasar página.

Obviamente no lo logró, como demostraron posteriormente 'Rambo: Acorralado – Parte 2' (1985) y 'Rambo III' (1988), 'blockbusters' que no mostraron ningún interés en los trastornos mentales de su protagonista. En lugar de eso, lo transformaron en un ejército esteroideo formado por un único hombre, capaz de vengar él solo la derrota de Estados Unidos en el sudeste asiático y de echar a los soviéticos de Afganistán. Es cierto que después 'John Rambo' (2008) despojó al personaje de gran parte de su naturaleza patriotera, convirtiéndolo en un lobo solitario que salvaba a misioneros y civiles de los malvados birmanos, pero seguía siendo una figura absolutamente reaccionaria que resolvía los problemas del mundo con un arma, un arco y sus flechas y un gigantesco cuchillo. Al final de esa película, más de 250 villanos de ojos rasgados habían sido ajusticiados.

Por supuesto, estamos en 2019 y ni el personaje ni el actor que lo interpreta han permanecido inmunes al paso del tiempo. En 'Last Blood', de hecho, Rambo no mata a más de 40 personas. Y su rostro parece una máscara cosida con retazos de pellejo. Su labio inferior dibuja un ángulo físicamente imposible, y sucesivas cirugías faciales han tensado la piel de sus mejillas hasta tal punto que los globos oculares dan la sensación de estar a punto de salírsele de las cuencas.

'Rambo: Last Blood'.
'Rambo: Last Blood'.

Al principio de la película, decimos, su protegida aprovecha su graduación en el instituto para ir en busca de su padre, que vive al sur de la frontera. “Necesito ir a México”, le dice la muchacha a Rambo, y él contesta: “¿Por qué ibas a querer hacer eso?”. Pronto queda claro el verdadero sentido de la pregunta: tal y como lo retrata la película, aquel país es un lugar poblado exclusivamente por progenitores terribles, explotadores sexuales, violadores y asesinos. Inevitablemente, la niña no tarda en ser raptada. Pese a ser un maestro en el arte de la guerrilla y de haber aniquilado sin ayuda a poblaciones enteras, todo lo que se le ocurre inicialmente para recuperar a su pequeña es enfrentarse a los malos —entre quienes están Óscar Jaenada y Sergio Peris-Mencheta— con una pistola y un cuchillo, y como resultado él acaba al borde de la muerte y ella es sometida al peor de los castigos. En cuanto su misión deja de ser una misión de rescate para convertirse en una de venganza, eso sí, la planifica con mayor detalle: Rambo decide atraer a los traficantes a su rancho en Arizona, que está equipado con toda una red de túneles subterráneos llenos de trampas.

México aparece como un país poblado exclusivamente por progenitores terribles, explotadores sexuales, violadores y asesinos

La sádica masacre derivada de esa estrategia, que se extiende a lo largo de 40 minutos de metraje, es la única motivación que 'Last Blood' tiene para justificar su propia existencia. A lo largo de ella, la pantalla se llena de empalamientos, apuñalamientos, decapitaciones, clavículas que se salen de la piel, cráneos agujereados y cabezas que explotan. Rambo no solo mata a sus enemigos sino que después dispara repetidas veces sobre sus cadáveres, por si acaso. Y, mientras hace todo eso, Sylvester Stallone —que coescribió el guion— finge introspección, y hasta ofrece alguno de sus típicos monólogos sobre la violencia y el arrepentimiento de vez en cuando.

Cartel de 'Rambo: Last Blood'.
Cartel de 'Rambo: Last Blood'.

Ese prolongado clímax, asimismo, confirma que, si varias de las entregas previas de la saga eran fantasías jingoístas perfectas para la América de Reagan, 'Last Blood' es la representación perfecta del discurso xenófobo de Trump: la frontera con México es la línea divisoria entre dos mundos radicalmente opuestos: el de arriba es pacífico y próspero, y el de abajo es una sucursal en la Tierra del mismísimo infierno. Y cuando todos esos traficantes se deciden cruzar al otro lado para asaltar la casa del héroe, finalmente John Rambo tiene la oportunidad de mostrar la verdadera función que cumple con esta película. No quedaría más clara ni tatuándose las palabras “Yo soy el muro de Trump” en el pecho.

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