ESTRENOS DE CINE

'Suspiria': un estofado de sexo, terror y psicoanálisis

Lo que este 'remake' de la obra maestra de Dario Argento mayormente ofrece es sopor envuelto en solemnidad

Foto: 'Suspiria'.
'Suspiria'.

Por su surreal atmósfera, y por esa banda sonora de Goblin que en cuanto se te mete en la cabeza se queda para siempre, y por la combinación fascinante de colores y sonidos y ángulos que componen sus imaginativas coreografías de asesinatos, contemplar 'Suspiria' (1977) sigue siendo una experiencia increíblemente intensa. Por eso, cuando se hizo público que Luca Guadagnino iba a dirigir un 'remake' de la obra maestra de Dario Argento, afloraron las expectativas. Aplicadas a un proyecto como ese, las habilidades del gran sensualista del cine actual parecían prometer una película singularmente aterradora. Lo que esta 'Suspiria' mayormente ofrece, sin embargo, es sopor envuelto en solemnidad.

Guadagnino no desaprovecha ni uno de los 152 minutos de metraje —casi una hora más que el original de Argento— para exhibir sus propias ínfulas. De hecho, el relato se abre con un intertítulo que anuncia: “Seis actos y un epílogo, ambientados en una Berlín dividida”. En concreto, Guadagnino sitúa su historia en el año en que su predecesora fue estrenada. Es 1977 y Susie Bannon (Dakota Johnson), una chica de la América profunda salida de una comunidad menonita, se presenta para una audición en una escuela de danza en Berlín Occidental, cercana al Muro; tras bailar para Madame Blanc (Tilda Swinton), es aceptada. Inmediatamente, se deja claro que algo extraño sucede en el lugar. El guion establece desde el principio no solo que Blanc y sus colegas son brujas, sino también nos deja más o menos claro qué quieren y qué son capaces de hacer para conseguirlo. De entrada, pues, cabe preguntarse: ¿para qué seguir mirando?

En todo caso, también en los primeros compases queda claro que el terror no es en absoluto la prioridad de Guadagnino. Su objetivo primordial, en cambio, parece ser convertir en texto lo que en la película de Argento era subtexto, llenando los huecos que aquella había dejado deliberadamente en términos de argumento y mitología con un estofado de psicoanálisis, sexualidad y política.

Lo más llamativo en ese sentido son todas las referencias que se incluyen a la historia reciente alemana: la Baader-Meinhof, el secuestro del vuelo de Lufthansa 181, el Holocausto y las conexiones entre la iconografía nazi y la religión, entre otras. Sin duda, con ellas Guadagnino trata de hacer que lo que parece una historia de terror sobrenatural en realidad sea otra cosa, más seria y relevante. El problema es que en realidad esta 'Suspiria' posee tanta sustancia política como el tatuaje del Che que Maradona tiene en el brazo. Y su superficialidad a la hora de aplicar estos asuntos a la trama de brujería está en consonancia con la frivolidad con que se apropia del discurso feminista, a pesar de que tiene tan poco que decir sobre el empoderamiento de la mujer como de la Guerra Fría.

'Suspiria'.
'Suspiria'.

Por lo que respecta a la danza, sobre el papel, la nueva película explora el medio mucho más a fondo que su predecesora. Sin embargo, en realidad se limita a mostrar destellos de interpretación y movimiento en los que no se atisba idea alguna sobre la comunión entre la cámara y las bailarinas o sobre la carga psicológica del arte. De todos modos, en realidad ese problema es parte de otro mayor. La película no tiene curiosidad por los pensamientos o los sentimientos o la vida interior de ninguna de las mujeres de la compañía. Podría decirse que Guadagnino las trata como si fueran elementos decorativos, de no ser porque en sus películas previas el italiano contemplaba los elementos decorativos con verdadero interés.

Cartel de 'Suspiria'.
Cartel de 'Suspiria'.

Y eso queda especialmente claro en el retrato de Susie, que no parece especialmente perturbada por lo que sucede en la academia —aunque lo cierto es que no sucede gran cosa—, y que en realidad no tarda en convertirse en secundaria de su propia película. Aquí, el verdadero protagonista resulta ser el doctor Josef Klemperer, un psicoanalista ya anciano que, sorpresa, está encarnado por Swinton. ¿Qué pudo llevar a Guadagnino a embutir a su actriz fetiche de látex en lugar de contratar a otro actor para el papel? No es probable que lo hiciera para ahorrarse un salario, ni por la convicción de que nadie en el mundo podría interpretar a un señor mayor tan bien como ella. Sea como sea, la decisión es una muestra perfecta de toda la banalidad y todo el postureo que la película oculta tras sus aires de importancia.

Cine

El redactor recomienda

Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
1comentario
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios