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'Kursk': ¿qué ocurrió dentro del submarino maldito?

El danés dirige un proyecto de encargo que relata la historia del submarino ruso hundido en agosto de 2000

Foto: Matthias Schoenaerts protagoniza 'Kursk', la última película de Thomas Vinterberg. (A Contracorriente)
Matthias Schoenaerts protagoniza 'Kursk', la última película de Thomas Vinterberg. (A Contracorriente)

Quién le ha visto y quién le ve a Thomas Vinterberg casi 20 años después de rodar una de las grandes obras maestras del cine danés, 'Celebración'. Sin siquiera firmar los créditos de la película. Del 'Dogma 95' a una superproducción europea —todo lo superproducción que puede permitirse el cine europeo— impulsada por Luc Besson, probablemente el director continental más hollywoodiense. Del rechazo a los efectos especiales, los filtros y la adulteración del espacio-tiempo a un drama de catástrofes con explosiones, submarinos nucleares reconstruidos a golpe de píxel y un capital humano de cientos de personas. 'Kursk' es —¡sacrilegio para el Vinterberg primigenio!— un proyecto de encargo en el que el director se implicó después de que su compatriota Martin Zandvlietnominado al Oscar a mejor película extranjera por 'Land of Mine. Bajo la arena' (2015)— se descabalgase.

Es difícil ubicar las aspiraciones comerciales de 'Kursk': por un lado, la decisión de contratar a un autor como Vinterberg, vinculado a un cine más personal, podría atraer al público más cinéfilo y minoritario, pero también alejar al público mayoritario con un punto de vista más íntimo y reticente al cine de catástrofes más espectacular; por el otro, la decisión de rodar la película íntegramente en inglés —y su consecuente amalgama de acentos impostados y desconcertantes— puede ahuyentar a los espectadores acostumbrados al cine en versión original, pero da más opciones a recuperar un presupuesto de 17 millones de euros.

Matthias Schweighöfer y Matthias Schoenaerts, en 'Kursk'. (A Contracorriente)
Matthias Schweighöfer y Matthias Schoenaerts, en 'Kursk'. (A Contracorriente)

Y es que el reparto mezcla a actores europeos de prestigio pero no excesivamente llamativos para el público mayoritario: los alemanes Matthias Schoenaerts, Peter Simonischek y Matthias Schweighöfer, el sueco Max von Sydow y la francesa Léa Seydoux, entre otros, que imitan con más o menos pericia el acento ruso. Aun así, tanto Seydoux como Schoenaerts demuestran como protagonistas que son dos de los mejores intérpretes de sus respectivas generaciones. Pero, sin duda, la cara más conocida es la de Colin Firth en el papel del capitán de navío de la marina inglesa David Russell.

Con un guion de Robert Rodat ('Salvar al soldado Ryan', 1998) basado en el libro del periodista de investigación Robert Moore 'Kursk: la historia jamás contada del submarino K-141', Vinterberg recrea el hundimiento del submarino ruso Kursk en agosto de 2000 en un drama fragmentado en tres espacios: el interior de la nave, el puerto desde el que zarpó —donde aguardan las familias de los marineros— y las embarcaciones de la Royal Navy, donde los mandos ingleses esperan los permisos para participar en el rescate.

Léa Seydoux es Tanya Averina en 'Kursk'. (A Contracorriente)
Léa Seydoux es Tanya Averina en 'Kursk'. (A Contracorriente)

En vez de explotar la acción testosterónica típica del cine bélico o de catástrofes, Vinterberg prefiere subrayar el drama familiar y alternarlo con las secuencias de la lucha por la supervivencia de los tripulantes del Kursk. La película comienza con el retrato de la cotidianidad íntima y familiar de Mikhail Averin (Schoenaerts), su mujer Tanya (Seydoux) y su hijo pequeño. Las vidas de los marineros en la Rusia postsoviética están marcadas por la pobreza, pero también por la camaradería: Mikhail y su grupo de amigos venden sus valiosos relojes para comprar champán para la boda de uno de ellos. Una anticipación de que la crisis económica del país y su falta de recursos jugará un papel fundamental en el desenlace de la historia.

La cotidianidad de los marineros estalla abruptamente con el primer torpedo y la película salta entonces al género catastrofista

Esa cotidianidad, a la que también pertenecen las maniobras militares en las que participaba el submarino, se rompe de manera abrupta —resaltada por la decisión del director de interrumpir el desarrollo de la escena de manera súbita— con la explosión del primer torpedo, cuando 'Kursk' salta al género catastrofista. Y mientras la factura de las tomas interiores cumple sobradamente los estándares de Hollywood, los efectos especiales de las escenas submarinas desmerecen el conjunto.

Colin Firth, en una imagen de 'Kursk'. (A Contracorriente)
Colin Firth, en una imagen de 'Kursk'. (A Contracorriente)

La elección de entrar y salir del interior del submarino a lo largo de la historia sacrifica la tensión del encierro y el aislamiento que tan bien funcionó en, por ejemplo, 'Das Boot' (1981), para dar su lugar a los familiares de los marinos y contar los tejemanejes políticos que llevaron a retrasar la llegada de las naves de rescate hasta el submarino hundido. Y queda claro que Vinterberg está más dotado para encontrar el drama en los pequeños detalles que para rodar y marcar el ritmo de las secuencias de acción.

Vinterberg está más dotado para encontrar el drama en los pequeños detalles que para rodar las secuencias de acción

Aun así, el cineasta consigue sortear la desventaja de un desenlace conocido para la mayor parte de su público potencial atendiendo a los elementos más personales de los protagonistas de la historia —a quienes la película cambia de nombre—, a la reconstrucción de la principal hipótesis sobre lo que ocurrió dentro del submarino los días posteriores a la explosión y a la representación cinematográfica de valores como la valentía, la lealtad, la fraternidad, la justicia y la entrega.

Cartel de 'Kursk'.
Cartel de 'Kursk'.

'Kursk' naufraga en su indefinición, en no decidirse por un público de multisalas o por una mirada autoral, ni saber si es cine de acción o drama. Pero también encuentra sus virtudes en la radiografía de un país en absoluta decadencia y de una clase política que sacrifica la vida de sus ciudadanos —a los que además engaña y manipula— por mantener un espejismo de orgullo patrio, y se mantiene a flote gracias a unos actores que resisten hasta el acento y el flequillo más extravagante.

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