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'Nico. 1988': adicción a la heroína, un hijo no reconocido y un final sin glamur

La directora italiana Susanna Nicchiarelli reivindica sin épica alguna los últimos años de la vida y la obra de una de las artistas más fascinantes de la segunda mitad del siglo XX

Foto: Una imagen de 'Nico. 1988', protagonizada por Trine Dyrholm. (Versus Entertainment)
Una imagen de 'Nico. 1988', protagonizada por Trine Dyrholm. (Versus Entertainment)

"Mi carrera empezó después de The Velvet Underground", afirma el personaje de Nico en una entrevista radiofónica al inicio de este 'biopic' crepuscular que Susanna Nicchiarelli dedica a la cantante alemana. Christa Päffgen, 'Nico', se pasó la mitad de su vida huyendo de todo aquello que la había convertido en una de las figuras más célebres de la escena neoyorquina de los años sesenta. Intentó escapar de la sombra demasiado alargada de Andy Warhol, quien por supuesto había caído fascinado ante esta modelo de voz cavernosa, a la que enchufó en su primer gran proyecto musical, 'The Velvet Underground and Nico'. Quiso distanciarse del aura de haber participado en este disco clave de la historia del rock contemporáneo, donde prestó su voz a temas pluscuamperfectos como 'Femme Fatale' pero no firmó ninguno de ellos.

También renegó de su propia imagen de belleza rubia que ilustró portadas y protagonizó anuncios tan legendarios como los de Terry (aunque en el imaginario popular español muchas veces se la confunde con Margit Kocsis, la modelo que montaba en un caballo cartujano en otra campaña publicitaria para la misma marca de brandis). Con la melena ya oscurecida, saludaba con una sonrisa de satisfacción los comentarios sobre el mal aspecto que le daba. Nico luchó por disponer de una trayectoria e imagen propias tras años de sentirse parte de creaciones ajenas.

En una tendencia muy de agradecer en el 'biopic' contemporáneo, 'Nico.1988' renuncia a abarcar la trayectoria de la cantante alemana en su integridad, por otro lado muy bien glosada en el documental 'Nico-Icon' (1995), de Susanne Ofteringer, para concentrarse justo en los dos últimos años de su vida. Por tanto, prescinde de toda su faceta como modelo, de sus amoríos con otros artistas conocidos (aunque hay una cálida referencia a su adorado Jim Morrison), de su etapa neoyorquina (fugazmente evocada en el arranque a partir de metraje en Super 8 de la época), pero también de periodos más desconocidos aunque igualmente de culto, como sus años junto al director Philippe Garrel, con el que colaboró en títulos como 'La cicatriz interior' (1971) o 'Le berceau de cristal' (1976), algunos de los más bellos ejemplos de cine yonqui de la historia del cine. Sobre este periodo también existe una pieza indispensable, el capítulo que le dedicó el programa de TV3 'Arsenal' (1986).

Trine Dyrholm interpreta a Nico en 'Nico. 1988'. (Versus Entertainment)
Trine Dyrholm interpreta a Nico en 'Nico. 1988'. (Versus Entertainment)

Nicchiarelli huye, como la propia protagonista, de la idealización tanto de los años álgidos como de los momentos más bajos en la vida de Nico. Tampoco exalta este último periodo de su vida, marcado primero por la adicción a la heroína y unos cambios de humor de los que a menudo eran víctimas sus colaboradores más próximos, y después por su intento de desengancharse de la droga y recomponer su relación con Ari, el hijo que tuvo con Alain Delon (el tipo nunca ha tenido la decencia de reconocerlo) y que criaron los padres del actor.

'Nico. 1988' se centra en esa carrera en solitario alejada del glamur del 'underground' neoyorquino

'Nico. 1988' quiere poner en valor aquello que reivindicó la propia cantante, esa carrera en solitario alejada del glamur del 'underground' neoyorquino. La película mimetiza la estética de la época para reseguir esas giras por las carreteras secundarias de Europa que tan poco tenían que ver con cierta época del rock'n'roll: actuaciones en hoteles de lujo ante el público menos adecuado para conseguir a cambio alojamiento gratis, conciertos fugaces y clandestinos en la Praga comunista, pequeñas actuaciones ante espectadores que sabían apreciar el arte bello y oscuro de Christa Päffgen... La directora inserta de vez en cuando metraje de la Nico del pasado, como si fuera ya solo un recuerdo que irrumpe de forma puntual en el presente de la artista. El filme también apunta a la difícil relación con sus raíces alemanas de esta mujer que en los años ochenta decidió instalarse en Mánchester porque le recordaba la capital alemana en la posguerra; y recuerda su afición a registrar todo tipo de sonidos directos (también la máquina que mantenía con vida a Ari en el hospital después de que este intentara suicidarse) porque buscaba reencontrar cómo sonaba el Berlín de su infancia, "el sonido de la derrota".

Otro momento de 'Nico. 1988'. (Versus Entertainment)
Otro momento de 'Nico. 1988'. (Versus Entertainment)

El principal escollo para adentrarse en 'Nico 1988' es la elección de Trine Dyrholm en el papel principal. A primera vista, la apariencia de esta actriz danesa recuerda más bien poco a la de la cantante alemana. Cuesta entrever en su aspecto convenientemente ajado los destellos de belleza que siempre mantuvo el rostro de Nico. Pero quizás es justo este distanciamiento lo que buscaba Nicchiarelli, una Christa Päffgen liberada de la cárcel que para ella supuso su propia imagen.

Cartel de 'Nico. 1988'.
Cartel de 'Nico. 1988'.

La esforzada interpretación de Dyrholm se mueve, como es habitual en estos casos, en ese terreno nunca del todo convincente en que la suplantación mimética del referente no hace otra cosa que evidenciar la ausencia del mismo. La actriz canta con su propia voz las canciones de la alemana, pero se echa en falta esa resonancia oscura de pozo sin fondo propia de las interpretaciones de Nico. Y emula convincentemente su expresión en directo, esos ojos con la mirada acuosa de quien se ha asomado demasiado a menudo al abismo. En el filme, intuimos que en el último año de su vida Nico es una mujer que al fin se siente cómoda consigo misma, con su trabajo y con las relaciones sentimentales que ha afianzado. Por eso, un aire de nostalgia por lo que ya no iba a poder ser tiñe el último tramo de la película. Una nostalgia por esa felicidad que justo se asomaba, y se escapa por la puerta de su casa de Ibiza por donde la vemos marcharse con su bicicleta en la última escena.

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