ESTRENOS DE CINE

'Berberian Sound Studio': un filme que le provocará pesadillas para siempre

En su segunda película, el director Peter Strickland nos transporta a la Italia de los setenta para sumergirnos con Toby Jones en el terror y el erotismo de las películas 'giallo'

Foto: Fotograma de 'Berberian Sound Studio'.
Fotograma de 'Berberian Sound Studio'.

Dos consideraciones acerca del cine de terror:

1. Aunque suele estar lleno de monstruos y psicópatas asesinos y vísceras y sangre, esos elementos no son más que representaciones de horrores psicológicos -a la muerte, al fracaso, al aumento de peso, a nuestro jefe- que nos azotan.

2. Pese a que se apoya en imágenes impactantes para asustarnos, su gran arma oculta es el manejo de la sugestión a través del sonido.

Ambos matices resultan esenciales a la hora de hablar de 'Berberian Sound Studio', una película de terror -puede que técnicamente no lo sea, pero sin duda funciona como una- que, por un lado, se ahorra los significantes metafóricos para sumergirse directamente en el subconsciente, y, por otro, nos recuerda cómo los canales auditivos son capaces de acceder a los recovecos de nuestra mente para invocar miedos mucho más pavorosos que aquello que nuestros ojos ven.

'Berberian Sound Studio': un filme que le provocará pesadillas para siempre

Asimismo, la segunda película de Peter Strickland es cine que medita sobre el cine de terror mismo. Sitúa su historia en la Italia de los setenta, en la época dorada del 'giallo' -ese género criminal escabroso, sangriento, sensual y granguiñolesco popularizado por Argento, Fulci, Crispino y demás-. Toby Jones da vida a Gilderoy, un técnico de sonido británico recién llegado al laboratorio del título para trabajar en las posproducción sonora de 'El vórtice ecuestre', una sangrienta orgía de brujas medievales reencarnadas, satanismo, sacrificios humanos y demás torturas.

Temer sin ver

Pero, pese a que nos hacemos una idea de las animaladas que los fotogramas de ese filme alojan, Strickland no nos muestra ni una sola de sus imágenes, al margen de sus góticos títulos de crédito -que también ejercen de títulos de crédito de 'Berberian Sound Studio' y así dejan claro qué fina es la línea que separa la película que vemos de la que observamos fabricar-. De hecho, Strickland no nos ofrece ninguna imagen de violencia, a pesar de que la violencia es ingrediente esencial del 'giallo'. El que él trata de inspirar no es el tipo de terror que nos sobresalta, sino el que hinca sus dientes en nuestras inseguridades y nos hunde en nuestras miserias.

'Berberian Sound Studio' parece rendir homenaje, tanto como a Argento o Fulci, a Lynch y Polanski y Cronenberg

Es decir, tanto como a Argento o Fulci, Strickland parece rendir homenaje a Lynch y Polanski y Cronenberg. Como ellos, se muestra increíblemente meticuloso, generando una atmósfera inquietante en la que aislar al protagonista: crea un ambiente diseñado para dejarle completamente solo e incapaz de controlar el entorno, y luego hace que su realidad y su cordura se vengan abajo. Gilderoy no está preparado para afrontar la tarea que lo ha traído a este puñado de claustrofóbicos pasillos y habitaciones. No habla palabra de italiano, y se siente intimidado tanto por los cineastas -tipos repugnantes que flirtean con las actrices, y proclaman su propio genio y trasiegan 'prosecco'- como por las glamurosas féminas implicadas en la producción. Incluso las anodinas cartas que recibe de su madre empiezan a sonar tétricas. A todo ello se suma el hecho de que él nunca antes había trabajado en una película de terror; aceptó el trabajo sin leer el guion, asumiendo en base al título que se trataba de un proyecto similar a las películas sobre fauna y flora en las que es experto.

Mientras la imagen chisporrotea, se fragmenta y se derrite, Gilderoy se convierte en cómplice de las atrocidades imaginadas en el proceso fílmico

A medida que Gilderoy avanza en su trabajo a pesar de su creciente sentimiento de ansiedad, los acontecimientos van tomando un cariz más siniestro, hasta que su paranoia llega a confundir lo real con lo fílmico y lo alucinatorio. Mientras la imagen en pantalla chisporrotea, se fragmenta y se derrite, Strickland sugiere que Gilderoy se ha convertido en cómplice de las atrocidades imaginadas en el proceso fílmico simplemente por el hecho de participar en él. Le guste o no, sus manos están manchadas de sangre.

Cartel de 'Berberian Sound Studio'.
Cartel de 'Berberian Sound Studio'.

El asunto, pues, es el impacto mental y emocional que hacer ciertas películas acarrea, y 'Berberian Sound Studio' sobre todo lo representa -lógicamente en el caso de un relato sobre un técnico de sonido- con su banda sonora. Actores en sus cabinas emiten chillidos y efectos de audio, y momentos sostenidos de silencio son interrumpidos por el ruido de maquinaria analógica puesta repentinamente en marcha: las válvulas zumban, los rollos de metal giran, las telarañas de cinta marrón se revuelven. La mística de la imagen en pantalla y la mundanidad del trabajo de sonorización se confunden: trocear coles y sandías suena igual que partir extremidades; rábanos son hechos trizas para replicar el sonido del cabello arrancado. Y mientras, de fondo, oímos un pastiche musical que recrea las partituras creadas para el 'giallo' por grupos como Goblin, implacables 'collages' de sintetizadores, percusiones, rock y electrónica.

Inevitablemente, el peso de esas ilusiones sonoras empieza a horadarnos la mente y la película toma el control en la construcción de nuestra desazón; y mientras lo hace, no solo evita los clichés del género sino que los desmonta a la manera de un ilusionista suicida que explica sus trucos. Y ese interés de Strickland por explicar los mecanismos psicológicos del miedo debería protegernos a nosotros de sentirlo, pero por algún motivo no lo logra, y en buena medida es eso lo que convierte 'Berberian Sound Studio' en una película como ninguna otra que hayamos visto -o, más exactamente, que hayamos oído-, en una experiencia fílmica no especialmente confortable pero sí increíblemente hipnótica, capaz de colarse entre el repertorio de nuestras pesadillas y quedarse ahí, para siempre.

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