cinco autores ESPAÑOLES analizan la vigencia de su OBRA

El difícil arte de ser Chandler

Tras los primeros minutos de estupor, en los que la crisis se planteó con los códigos del cine de catástrofes (una borrasca inesperada e imprevisible había

Foto: Raymond Chandler en una imagen de archivo.
Raymond Chandler en una imagen de archivo.

Tras los primeros minutos de estupor, en los que la crisis se planteó con los códigos del cine de catástrofes (una borrasca inesperada e imprevisible había evidenciado las goteras de un sistema con acabados de gotelé), el bochinche de la debacle se intentó explicar a través del relato de la novela de misterio. Entonces, la pregunta: ¿quién ha sido? Vamos a apagar la luz; quien se haya llevado el dinero que lo ponga en el centro de la mesa y no le pasará nada, etcétera.

Sin embargo, hace ya años que el género elegido para narrar todo esto debería ser el que realmente estudió, impulsó y razonó Raymond Chandler: el noir estadounidense, o hardboiled, con su sistema de poleas de corruptelas entre crimen, política, prensa y negocio privado. Esa primera tormenta no solo no escampa sino que suma cada vez más víctimas, pero si hay víctimas hay culpables y, además y sobre todo, motivos. De ahí (y del gozo máximo de su lectura y de todo a lo que atañe: las pulsiones más esenciales de los terrícolas, básicamente) su vigencia actual, más que por la efeméride siempre a mano (en este caso, 125 años de su nacimiento).

Si en la novela policiaca y de misterio, el razonamiento creaba el temor que se encarga luego de aliviar (Thomas Narcejac), si la deducción aparecía como la ambiciosa voluntad de la inteligencia que pretendía prescindir de la experiencia, si, en definitiva, todo se trataba de un reto intelectual, una Olimpiada del ingenio, aquello no convencía a Chandler. Este se debía pinzar la nariz y poner cara de analista de heces cuando leía coses como las que escribía Agatha Christie en El asesinato de Roger Ackroyd: “La pulcritud de su vestimenta era casi increíble; creo que una mota de polvo le habría causado más dolor que una herida de bala”.

De hecho, Chandler respondería después en sus artículos a toda esa tradición refinada: “El carácter aséptico de sus escenarios, el laboratorio absolutamente inverosímil en el que se despliegan sus misterios, la mediocridad narrativa, la pobreza de diálogos”. Para él, más deudor de la Generación perdida, del Naturalismo y de los primeros escritores a peso de revistas como Black Mask, incluso de los periodistas muckraker (traduzcamos: removedores de la mierda), el noir yanqui, o el hardboiled americano, debía “sacar el jarrón veneciano a la calle”. Dicho de otro modo: el misterio en la mansión (sobre la lesión craneal infligida al Fox Terrier de la Condesa -¡guau!- con una campanita de Swarosvki que el villano podía romper y barrer debajo de l alfombra, por imaginar un ejemplo) debía mutar hacia un modelo narrativo idóneo para describir una sociedad lastrada por por las ambiciones de sus ciudadanos. El detective ni siquiera podria restaurar el orden como en esos campeonatos de esgrima literaria; como mucho, eso sí, ofrecer un cierto consuelo, brindar un modelo moral poco convencional y prescindir de una justicia absoluta para apelar, en el mejor de los casos, a la poética.

Toda esa visión quedó aplicada en novelas como El sueño eterno, con su detective con veleidades intelectuales y achaques sentimentales muy similares a los de su creador, pero mejor razonada en El simple arte de matar, ensayo crucial publicado en 1944 en las páginas del Atlantic Monthly.

Entre las muchas cosas que regresan una y otra vez, en ese ardor estomacal crónico que produce eructos en forma de titulares (del eterno retorno de los zombis a la marea cíclica de los pantalones de campana o de Michel como candidato a arrellanarse en el banquillo del Real Madrid), el auge de la novela negra ocupa un lugar privilegiado. Se dice que la angustia en tiempos de recesión moral y econòmica se templa con musicales (de Busby Berkeley en los treinta a El rey león y Mecano recientemente) y con novelas de genero negro, pero en sus códigos los escritores operan cambios (aunque sean de microcirugía).

Chandler criticó en su día las novelas escritas por los escritores ingleses del Detection Club (se reunieron y pusieron un decálogo de normas: el asesino no podia ser asiático, no podia haber un par de puertas secretas, nada de poderes paranormales, los gemelos absolutamente prohibidos, la explicación no podia ser un sueño), pero ahora sus dardos acertarían en otras dianas. Mientras algunos buscan el eco de su voz narrativa en series (de la revisión posmoderna y cómica de Bored to Death a la evolución en ambición y ambigüedad de The Wire), sus herederos prefieren dar permiso a John Banville, que bajo su Benjamin Black, resucitará próximamente a el detective favorito de Chandler: Philip Marlowe.

Sin embargo, El Confidencial prefiere preguntarse por la vigencia del ensayo de este escritor y usar fragmentos de El simple arte de matar para interpelar a cinco autores españoles. El detective suele entrevistar a los familiares, amantes y amigos para conocer al fallecido y, por extensión, a quien acabó con él; a menudo, incluso, queda prendado del difunto a través de esos testimonios. Eso busca, con algunas firmas que podrían colocarse en el árbol genealógico del responsable de El largo adiós, este texto. Preguntar y, luego, transcribir (algunos dicen que el estilo debería aspirar a la precisión del lenguaje notarial, casi forense). Así leeremos a Chandler a la luz de 2013, chequearemos la vigencia de sus ideas y conoceremos algunos de los mecanismos del género.

Los sometidos al tercer grado, sin flexo en la cara de por medio, han sido: Marc Pastor, novelista de género fantástico que conoce el crimen sobre el terreno gracias a su trabajo como policía científico; Carlos Zanón, narrador brioso que escucha en la calle el petardeo de balas pero también los redobles del rocanrol como tubo de escape; Javier Calvo, que ha coqueteado con el género, y se lo ha llevado a Barcelona, de la forma más libre en novelas imponentes como El jardín colgante; Cristina Fallarás, que escribe una prosa negra ala de cuervo, amarguísima y visceral, para asociarla a terrenos remotos como la maternidad o el género, sin concesiones maniqueas, y Rodrigo Fresán, que además de defender siempre una literatura omnívora y sin los arneses de las etiquetas ha demostrado ser un especialista apasionado y exquisito con sus labores como editor en la colección Roja y Negra, de Mondadori.

Todos ellos pulsan el F5 a las ideas de uno de los escritores más influyentes del siglo XX (y de los más leídos y disfrutados), aunque, de entrada, uno ya sabe que Chandler inspira las ideas que él mismo aplicaba a sus detectives ideales pero vulnerables: “Si hubiera bastantes hombres como él, creo que el mundo sería un lugar muy seguro en el que vivir, y sin embargo no demasiado aburrido como para que no valiera la pena habitar en él”.

1) En los márgenes (de las ventas y del canon).

“El relato policial, por varias razones, puede ser objeto de promoción (en la crítica, por las editoriales poderosas, etc.) en muy raras ocasiones. Por lo general se refiere a un asesinato, y por lo tanto carece del elemento promocionable. El asesinato, que es una frustración del individuo y por consiguiente una frustración de la raza”.

Marc Pastor: El asesinato es el deporte del siglo XXI. Tiene sus propias estrellas, asesinos de toda calaña que se convierten en protagonistas de un show televisado durante veinticuatro horas al día el tiempo que dura la investigación y el juicio; y millones de telespectadores. Si eso no es promocionable hoy en día... Unas cuantas empresas retiraron sus anuncios de un programa de televisión en el que se entrevistó a la madre de un asesino en máxima audiencia. ¿Qué consiguieron? Más publicidad, y más duradera.

Carlos Zanón: El noir nunca será aceptado porque nace respetando una de las reglas menos valoradas de la inteligencia literaria cultureta: explicar una historia de una manera eficaz con ingredientes hasta cierto punto conocidos y que conecten con el lector en su punto de evasión. Otro de los aspectos en contra del canon es su deuda antes ahora y siempre con el mundo del cine y de la imagen. El fin del noir será cuando esté dentro del canon. Incluso a los grandes autores no se les toma en serio. Eso me gusta mucho. Ningún escritor de noir cuando se pone a escribir una novela pretende escribir La montaña magica. Y cuando lo hace, hace el ridículo y se me merece la peor de las muertes.

Javier Calvo: Pues es que no lo sé. En general me cuesta bastante distinguir entre la tradicional queja fandomera del “no nos hacen caso”, “no nos toman en serio”, etcétera, y la realidad. En todo caso, la conciencia canónica se va volviendo más y más marginal, y teniendo en cuenta que el mundo académico es cada vez más anti-canónico, no sé muy bien adónde va a ir a parar. Por otro lado, el género negro es completamente autosuficiente respecto a la bendición canónica, puesto que vende mucho más que la literatura canónica, con lo cual ya le corresponde una posición más de centro que de margen en el mercado.

Cristina Fallarás: El noir es como un pop permanente, que está siempre ahí, ligeramente insustancial o no esencial, y emerge cuando el resto de la producción literaria cae en la mediocridad, en la monotonía o pierde interés. Entonces inlcuso brilla.

Rodrigo Fresán: Me parece que dos de las más grandes novelas noir, La llave de cristal, de Hammett, y El largo adiós, de Chandler, incluso El último buen beso, de James Crumley, son astutas reescrituras de, por ejemplo, El gran Gatsby. En el caso de Chandler, creo que él no quiere ser policial, sino más serio. Su importancia siempre se dispara y regresa en grandes momentos de crisis como el actual. De ahí, también, el éxito de novelas de esta temporada como Perdida, de Gillian Flynn: toda la novela está plantada sobre un paisaje de crisis económica. El dinero, o la ausencia del dinero, es el tema central y siempre interesa.

2) Saber científico vs. sabor de la calle.

“El maestro poseedor de raros conocimientos vive, en términos psicológicos, en la época de las faldas de miriñaque. Si uno sabe todo lo que debería saber sobre cerámica o sobre la labor de costura egipcia, no sabe nada sobre la policía. Si sabe que el platino no se funde por debajo de los 2.800 grados Fahrenheit, pero que sí lo hace bajo la mirada de un par de ojos intensamente azules; cuando se le pone cerca de una barra de plomo no sabe cómo hacen el amor los hombres en el siglo XX”.

M. P.: Internet ha roto todas la fronteras de la documentación. Otra cosa es la criba y el uso que hagas de ella.

C.Z.: Supongo que compaginar el rigor y el ritmo de la trama es lo ideal. Pero ante la duda, ritmo, trama y las trampas de la ficción. No hay nada más insoportable que ver el trabajo de documentación en una novela. Me da igual que la década de los 50 y 60 no sea como aparece en las novelas de Ellroy. Estas son para mí la realidad que me importa.

C.F.: No me interesa la especialización y mucho menos el rigor a la hora de escribir ficción. Sí, por cierto, cómo hacen el amor los hombres del XX, mucho más que los del XXI. La búsqueda de la exactitud, como la de la exahustividad, crean falsas esperanzas, sin embargo su invención produce inteligencia.

R.F.: El ensayo de Chandler, al menos esta idea en concreto, me parece podría tener un sentido en su momento que ahora, quizás, ha perdido. Todo escritor con cierto nivel de ventas tiene un researcher o un editor que le puede hacer los deberes o iluminarlo en cualquier detalle especializado. Quizás el oficio ha evolucionado, pero también es cierto que el actual alud de información puede sepultar tu imaginación.

3) Artificio vs. Verosimilitud vs. Verdad.

“Piensa que un plan complicado para un asesinato, que ha desconcertado al lector perezoso porque no se molesta en hacer una lista de los detalles, desconcertará también a la policía, que tiene la obligación de ocuparse de los detalles.

Los muchachos que apoyan los pies sobre el escritorio saben que el caso de asesinato que más fácil resulta solucionar es aquel con el cual alguien ha tratado de pasarse de listo; el que realmente les preocupa es el asesinato que se le ocurrió a alguien dos minutos antes de llevarlo a cabo”.

M. P.: Todos los casos se resumen en recoger pruebas e indicios: para descubrir el autor del hecho, para incriminar al autor del hecho. Un caso complicado no es el más improvisado, ni el más retorcido es sencillo de investigar, necesariamente. El peor caso es aquel en el que no hay testigos, ni pruebas ni un quid prodes. Aquel que aparece aislado de todo contexto y no se vuelve a repetir. Por suerte, son los que menos.

C. Z.: Completamente de acuerdo. Las cosas pasan porque sí. En mis novelas la violencia o el asesinato aparecen no como la culminación de un proceso sino como una vía de escape, la respuesta a algo que no entiendes, que no sabes cómo colocar en tu vida y resuelves que apartándolo de tu vista, todo encajará. Los grandes logros y las grandes barbaridades en la Historia son producto de gente chapucera adicta a la improvisación y al 'ya lo pensaré mañana'.

J. C.: Bueno, claro, el noir es un género que tiende a lo barroco, por supuesto. Si la simplicidad de los orígenes son cosas como Poe, Conan Doyle y Chandler, entonces es de cajón que la evolución sea en la dirección de lo barroco, lo retorcido y lo complejo. Una novela de James Ellroy, por ejemplo, aunque nadie lo diga, es demasiado complicada para entenderla del todo y hasta para retener en la memoria lo que pasa sin ayuda de esquemas y notas. Pero su misma lógica barroca no tiene marcha atrás: ahora una novela que no participe de esa complejidad ya “no funciona” en las mentes de los lectores.

C.F.: Trata esta pregunta sobre lo mismo que el rigor. La víscera contra la autoridad. La emoción contra el tedio.

R.F.: La novela negra aspira a ser dura y documental, pero el tempo del policial, sus códigos, exige que suela tender hacia lo inverosímil. Recuerdo, como lector, una historia de Mankell: para mi sorpresa e indignación, resuelve el caso cuando por encima del hombro del de al lado lee un papel que inculpa al acusado. Todo se prepara para probar la astucia del que investiga, para que éste tire de las pistas. Un ejemplo que, como padre, me angustia: siempre se dice que si un secuestro infantil no se resuelve en las 48 horas, ya puedes olvidarte. Pero las novelas van con un ritmo mucho más lento, no se concibe algo que se cierra felizmente en unas pocas horas o que se deja pasar a la primera de cambio. Por otro lado, un forense me explicó lo mal que lo pasa su sector desde que existen CSI y Bones: la gente cree que se puede adivinar la procedencia de un hueso con hologramas o cachivaches imposibles.

4) Literatura de evasión vs. literatura de expresión.

“En cuanto a literatura de expresión y literatura de evasión, pertenece a la jerga de los críticos, es una utilización de palabras abstractas como si tuviesen significados absolutos.(…) Todo lo que se lee por placer es una evasión, se trate de un texto en griego, de un libro de matemáticas, de uno de astronomía, de uno de Benedetto Croce o de El diario del hombre olvidado. Decir lo contrario es ser un esnob intelectual y un principiante en el arte de vivir”.

C. Z.: Un lector al elegir una novela está optando por una vía de placer que no tiene por qué no ser inquietante. El escritor encuentra la verdad al escribir. El lector al leer. Y esa verdad y esas certezas desaparecen cuando acabas de escribir y leer el libro. La literatura aparece mientras tratas de escribir una historia. Imponerla da libros pedantes, aburridos y absurdos.

J. C.: Soy la persona menos indicada para hablar de este tema, porque confundo todo el tiempo las dos categorías. Por ejemplo, el thriller ocultista, Lovecraft, las novelas de Mary Poppins o cosas como Dion Fortune o Colin Wilson me parecen directamente literatura de ideas, y a veces los leo como si fueran filosofía. Mientras que un libro de Enrique Vila-Matas me parece evasión pura: una visión puramente cosmética de la literatura que consiste en amontonar alusiones al llamado “mundo literario” y al que no consigo verle ningún interés.

C. F.: Ah, qué rico “un principiante en el arte de vivir”. Solo el que ha sufrido lo suficiente conoce ese arte, y por lo tanto su expresión. En el lector/escritor que haya sufrido lo suficiente, por tanto, expresión y evasión serán la misma cosa, quizás la única genuina.  

R.F.: No se deberían tenir reparos con los géneros. Por ejemplo, no hay escritor argentino que no se haya metido en el policial, porque en realidad, quién no va a escribir sobre un banco robado o sobre alguien que tiene que delinquir. Eso está en nosotros y en la calle. Lo importante no es tanto el misterio o que respete unas supuestas normas.

5) Novela de misterio de salón vs. 'Hardboiled' callejero americano.

“Aunque escribían sobre duques y jarrones venecianos, los conocían tan poco, por propia experiencia, como lo que conoce el personaje adinerado de Hollywood sobre los modernistas franceses que cuelgan de las paredes de su castillo de Bel-Air o sobre el semiantiguo Chippendale, antes banco de remendón, que usa como mesita para el café. Hammet extrajo el crimen del jarrón veneciano y lo depositó en el callejón; no tiene por qué permanecer allí para siempre, pero fue una buena idea”.

M. P.: Esa dicotomía sigue ahí. Y pertenece a dos géneros tan diferentes como pueden pertenecerlo la ciencia ficción y la comedia, por ejemplo. Poco importa que haya investigadores por medio, son dos enfoques distintos.

C. Z.: En el hardboiled el culpable siempre es el sistema y la violencia es un lenguaje que trata de regular justa o injustamente las injusticias sociales, personales, emocionales. En Tarde, mal y nunca era más la vida de barrio de gente instalado en el presente absoluto. En No llames a casa era más el aspecto del capitalismo afectivo. Alguien que quiere tener lo que le pertenece. La felicidad al precio que sea.

C.F.: Solo conozco el callejón, pero no porque no haya puesto mi culo sobre el Chippendale sino porque decidí olvidarlo, y lo logré. Olvidé el salón. Nada del callejón me es ajeno, que diría aquel.

6) La violencia como arma.

“No tenían miedo del lado peor de las cosas; vivían en ese lado. La violencia no les acongojaba. Hammett devolvió el asesinato al tipo de personas que lo cometen por algún motivo, y no por el solo hecho de proporcionar un cadáver. Y con los medios de que disponían, y no con pistolas de duelo cinceladas a mano, curare y peces tropicales. Describió a esas personas en el papel tales como son, y las hizo hablar y pensar en el lenguaje que habitualmente usaban para tales fines”.

M. P.: La ficción tiende a reflejar a los delincuentes tal como creen que deberían ser. Los delincuentes tienen a imitar a sus homólogos en la ficción. Ambos se retroalimentan en un bucle de clichés infinito.

C. Z.: El método deductivo trata al cadáver como alguien necesario para montar una buena excusa para tomar el té todos juntos. Hammet, Chandler y todos los abuelos indicaron que un asesinato siempre tiene un motivo. Puedes enterrarlo o excusarlo pero ese muerto está alli y es por algo y, en el fondo, tu sabes por qué.

J.C.: La violencia me parece la gran fuente de poder del género negro. Por un lado, es lo que tradicionalmente le ha otorgado su condición transgresora y revulsiva, su capacidad para mostrar rincones oscuros de las distintas sociedades y periodos, para hacer crítica social, etc. En cierta manera, la violencia permite al género negro ser lo que la crítica freudiana dice que es el gótico: una representación del material reprimido de la conciencia colectiva. Por otro lado, la violencia me parece un concepto sagrado, y su representación tiene cierto componente casi litúrgico. Se puede ver en autores como el último J.G. Ballard, por ejemplo.

C. F.: Todo es violencia, iba a decir que hoy más que nunca, pero no es cierto, hoy como siempre, lo que sucede es que lo habíamos olvidado. Cabría la posibilidad, muy seductora, de barrer de un plumazo el hipismo y la herencia gandhista y volviéramos a mirar a la violencia a la cara. Algunos incluso podrían considerar de nuevo la posibilidad de practicarla.

7) El perfil del detective.

“Debe ser, para usar una frase más bien trajinada, un hombre de honor por instinto, por inevitabilidad, sin pensarlo, y por cierto que sin decirlo. Debe ser el mejor hombre de este mundo, y un hombre lo bastante bueno para cualquier mundo. Su vida privada no me importa mucho; creo que podría seducir a una duquesa, y estoy muy seguro de que no tocaría a una virgen. Si es un hombre de honor en una cosa, lo es en todas las cosas”.

M. P.: Ahora mismo, el detective es el antihéroe por antonomasia, porque no solo se enfrenta al crimen, sino a quién define el crimen, al poder. Y suele salir perdiendo de esta batalla imposible. Para ganar empatia con el lector (como si esto no fuera suficiente) se le caracteriza con aficiones (en Europa abunda la gastronomía, mientras que en USA se da una mayor relevancia a la amistad con las botellas de licores destilados) y se le suele dar una fondo familiar triste (separaciones, hijos con problemas y/o adicciones)

C. Z.: Me encanta la figura del detective cínico, honesto y gañán. Me encanta el paso del cowboy al detective, del caballo al coche, de las praderas a la ciudad. Pero salvo escasas excepciones me aburren las novelas con detective -y si son españolas el aburrimiento llega a contractura de nuca-. Es un personaje que hace que lo que cuente sea un poco menos verídico y que sea un vehículo facilón para las fantasías de su autor. En mis novelas no hay detective ni aparece la policia ni hay investigación. Y hay novelas. La gente ama y se mata solita.

J. C.: Por lo que yo sé, el héroe del género negro siempre es un ser moralmente ambiguo. Se caracteriza precisamente porque en él se cancelan los contrarios morales. Vive en el mundo de la luz pero también en las sombras.

C.F.: Sí, sí, sí. Honestidad, honor y elegancia son otras tres cosas a reivindicar frente a su destrucción en las últimas tres décadas y el encumbramiento de la mediocridad y la fritura.

R.F.: En los grandes hitos actuales de lo policial (pongamos ejemplos televisivos: Breaking bad, The Killing o The Wire), la figura del detective no preocupa tanto, sino explorar la fina línea que separa el detective del criminal. Sin embargo, me atrae ese detective de Chandler sentimental, como un caballero andante, que lo que quiere es deshacer el entuerto más que apuntarse un tanto. Además, se quiere hacer amigo del cliente, se preocupa de veras; parece que busque a alguien para quedar… En su momento, lo debería haber interpretado Cary Grant, ahora creo que el perfecto Marlowe sería George Clooney.

8) La lucha contra el cliché.

“Es fácil falsificarlo; la brutalidad no es fuerza, la ligereza no es ingenio, y esa manera de escribir nerviosa, al-bordede- la-silla, puede resultar tan aburrida como la manera vulgar; los enredos con las rubias promiscuas pueden ser muy fatigosos cuando los describe un joven gotoso que no tiene en la cabeza otro objetivo que describir un enredo con rubias promiscuas”.

C. Z.: Estás en un género y hay unas reglas. De acuerdo. Pero tú como escritor tienes la obligación de tratar de ser tú, de hacer algo distinto (intentarlo al menos) y no licenciar la enésima novela negra escrita millones de veces antes que la tuya. Tienes que dejarte la vida aunque sea en una historia con trama y todos los trucos de rigor. Cuando vi Pulp Fiction pensé que uno debía escribir de esa manera, contar las historias de una forma que no perdiera en la comparación con el cine o el r'n'r. Con pasión, talento y oficio.

R. F.: Creo que quien mejor ha sabido hacer evolucionar al personaje, el heredero natural del hardboiled más brillante, es el Lew Archer de Ross MacDonald. Una de mis grandes penas como lector es que no llegara a acabar la historia sobre el detective privado que finalmente vuelve la mirada sobre sí mismo y se pregunta por qué es como es, por qué eligió esa profesión. Supongo que eso es lo que debería hacer ese personaje a día de hoy. Por otro lado, aunque se evite el cliché, hay cosas que no cambian. En la inconclusa Poodle Springs se supone que Marlowe está casa y es feliz, así que todo es patético, casi siente una culpa burguesa; su felicidad es poco interesante, porque él siempre acabar sus casos algo ido y desilusionado.

C. F.: Bueno, sí, evitar describir-nos y describir-las (¿quién no tiene su rubia?). No bailar solos en medio de la pista como niños agarrados a su pequeño miembro inútil.

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