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Del canibalismo a la locura: el atroz destino de los 12.000 de Napoleón en la isla de Cabrera
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Del canibalismo a la locura: el atroz destino de los 12.000 de Napoleón en la isla de Cabrera

El hallazgo por arqueólogos franceses de las pintadas dejadas en las cuevas del islote balear por los prisioneros abandonados a su suerte tras la batalla de Bailén vuelve a traer a la luz un episodio tan poco conocido como trágico

Foto: Las tropas francesas de Napoleón Bonaparte se rinden ante las españolas en Bailén  el 19 de julio de 1808 según un cuadro de Casado de Alisal (1864)
Las tropas francesas de Napoleón Bonaparte se rinden ante las españolas en Bailén el 19 de julio de 1808 según un cuadro de Casado de Alisal (1864)

"Les mirábamos y nos parecía imposible que aquellos fueran los vencedores de todo el mundo. Después de haber borrado la geografía del continente para hacer otra nueva, clavando sus banderas donde mejor les pareció, desbaratando imperios, y haciendo con tronos y reyes un juego de titiriteros, tropezaban en una piedra del camino de aquella remota Andalucía, tierra casi olvidada del mundo desde la expulsión del islamismo. Su caída hizo estremecer de gozosa esperanza a todas las naciones oprimidas. Ninguna victoria francesa resonó en Europa tanto como aquella derrota, que fue sin disputa el primer traspié del Imperio. Desde entonces, caminó mucho, pero sigue cojeando. España, armándose toda y rechazando la invasión con la espada y la tea, con la navaja, con las uñas y con los dientes, iba a probar, como dijo un francés, que los ejércitos sucumben, pero que las Naciones son invencibles".

Testigo directo, y ficticio, de los hechos, así narraba Gabriel Araceli en las páginas finales de Bailén, el cuarto de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós, el desfile de los miles de soldados galos enviados por Napoleón Bonaparte a las órdenes del general Dupont y hechos prisioneros por los españoles comandados por los generales Reding y Castaños después de lograr una heroica y sorprendente victoria contra el invasor el 22 de julio de 1808 en la Guerra de Independencia. Cuando el emperador supo de aquella rendición que abría una peligrosa grieta en el aura de invencibilidad de sus ejércitos, entró en cólera, pero también comprendió rápidamente que aquellos "imbéciles" estaban perdidos para siempre. Así fue. Los aproximadamente 12.000 cautivos franceses fueron conducidos a Cádiz hostigados y asesinados por campesinos españoles a lo largo de la ruta. Allí los ingleses se negaron a que fueran repatriados y finalmente se acordó enviarlos a la pequeña isla de Cabrera, en Baleares. Estaba a punto de nacer el primer campo de concentración de la historia.

placeholder Una inscripción descubierta en Cap Ventós, en Cabrera (AASCAR)
Una inscripción descubierta en Cap Ventós, en Cabrera (AASCAR)

Un extraordinario hallazgo arqueológico dado a conocer el pasado fin de semana por un equipo de arqueólogos franceses ha vuelto a traer a la luz el tan poco conocido como atroz destino de aquellos 12.000 de Napoleón en un campo de prisioneros de una diminuta roca quemada por el sol al sur de la isla de Mallorca durante cinco interminables años, entre 1809 y 1814, sin alojamiento, sin comida ni agua, sin esperanza. Según informa Diario de Mallorca, el equipo colectivo del Instituto Nacional de Investigaciones Arqueológicas Preventivas (INRAP), del colectivo AASCAR, del Museo Nacional de Historia Natural y de la Fundación Napoleón, dirigido por Frédéric Lemaire ha hallado en su segunda misión en Cabrera en un año, en una cueva de Cap Ventós, al noroeste de la isla, centenares de inscripciones de soldados franceses cautivos en "una catedral de estalactitas" intactas de gran belleza mineral y que puso a prueba a los investigadores al obligarles a realizar un peligroso descenso vertical de cincuenta metros de altura.

placeholder 'The prisioners of Cabrera'
'The prisioners of Cabrera'

¿Qué ocurrió en Cabrera durante aquellos aciagos años? El mejor estudio al respecto lo publicó en inglés en 2001 el historiador canadiense Denis Smith: The Prisoners of Cabrera: Napoleon's Forgotten Soldiers 1809-1814. El resultado es un relato de supervivencia fascinante y dramático de hambre, canibalismo, locura y muerte.

El cautiverio

Los suministros llegaban a Cabrera, en teoría, cada cuatro días, mientras los buques de guerra españoles y británicos montaban guardia. El único manantial de agua dulce se secó en pleno verano. Las pocas cabras y conejos del islote fueron cazados y devorados rápidamente. Al final del primer mes habían muerto 62 hombres (una tasa de mortalidad anual del 20%). Entre mayo de 1809 y diciembre de 1809 fallecieron 1700 soldados. En 1810, solo vivían 17 hombres de una unidad de la Guardia Imperial de 75. El oficial de más alto rango escribió que "estaban todos prácticamente desnudos, pálidos y demacrados: sin provisiones durante tanto tiempo, parecían esqueletos". Durante un período de cuatro días en que se cortó el suministro de alimentos, murieron más de 400 hombres. En el ecuador de su cautiverio, el hambre y la comprensión de que nunca serían repatriados hundió la moral los hombres.

En 1810, solo vivían 17 hombres de una unidad de la Guardia Imperial de 75

Los prisioneros cocinaban sus propias ropas, ingerían plantas venenosas y, según los indicios, empezaron a devorar sus propias deposiciones y los cadáveres de sus compañeros muertos. Los hombres enloquecían y huían a las cuevas donde grababan los mensajes de desesperación que han dido descubiertos ahora. Eran los llamados tártaros. Cuando aquellos prisioneros olvidados de Napoleón fueron al fin repatriados en 1814, de los 12.000 iniciales sólo quedaban con vida 2.500.

"Les mirábamos y nos parecía imposible que aquellos fueran los vencedores de todo el mundo. Después de haber borrado la geografía del continente para hacer otra nueva, clavando sus banderas donde mejor les pareció, desbaratando imperios, y haciendo con tronos y reyes un juego de titiriteros, tropezaban en una piedra del camino de aquella remota Andalucía, tierra casi olvidada del mundo desde la expulsión del islamismo. Su caída hizo estremecer de gozosa esperanza a todas las naciones oprimidas. Ninguna victoria francesa resonó en Europa tanto como aquella derrota, que fue sin disputa el primer traspié del Imperio. Desde entonces, caminó mucho, pero sigue cojeando. España, armándose toda y rechazando la invasión con la espada y la tea, con la navaja, con las uñas y con los dientes, iba a probar, como dijo un francés, que los ejércitos sucumben, pero que las Naciones son invencibles".

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