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Entre realidad y ficción, El Conde de Torrefiel elige imaginar juntos
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Entre realidad y ficción, El Conde de Torrefiel elige imaginar juntos

La compañía de Tanya Beyeler y Pablo Gisbert estrena 'Una imagen interior' en el Festival Grec, antes de llegar a Aviñón

Foto: El Conde de Torrefiel
El Conde de Torrefiel

Extendida sobre el suelo del escenario, una lona blanca de plástico, pintada con trazos de colores desordenados, arbitrarios, como si aquello fuera un cuadro de Jackson Pollock o de nuestro hijo de seis años. El teatro está en silencio y comienza a desfilar un texto por una pantalla de led. Leemos: “Cuando una obra de teatro empieza, todo el público sabe que lo que va a ocurrir en escena es mentira. Todo lo que va a ver es una ficción. Las luces están estudiadas para potenciar el artificio. Los cuerpos en escena se mueven según una partitura. Las palabras dichas están elegidas escrupulosamente. Todo es una puesta en escena”. El público lee, pero también observa la lona, intentando, quizá, descifrar el significado de las manchas de colores, dejando que el cerebro haga su trabajo, estableciendo conexiones que le permitan encontrar la respuesta al mensaje. Dos técnicos vestidos de negro entran en el escenario y cuelgan la lona. En la pantalla, leemos: “Empieza la obra”.

La obra es ‘Una imagen interior’, de la compañía El Conde de Torrefiel, formada por Tanya Beyeler y Pablo Gisbert, una pieza que, tras su paso por el Wiener Festwochen de Viena y el Kunstenfestivaldesarts de Bruselas, se acaba de estrenar en España, en el Teatre Lliure de Barcelona, dentro de la programación del Festival Grec. Después viajará al Festival de Aviñón, al Festival Temporada Alta de Girona y, el próximo año, a Conde Duque, en Madrid.

Lo que entendemos por realidad no es más que una acumulación de ficciones construidas

‘Una imagen interior’ es la pieza que concluye un proceso de investigación escénica en cuatro fases, en cuatro declinaciones previas o laboratorios de trabajo a partir de la idea de ‘ultraficción’, una palabra, explica Tanya Beyeler a este diario, “bastante molona que no sabíamos lo que significaba, pero que daba nombre a lo que sentíamos después de dos años de pandemia, en los que el peso de esa frontera entre realidad y ficción estaba muy presente, en los que era todo raro, como decía Mark Fisher en su ensayo Lo raro y lo espeluznante”. El Conde de Torrefiel no responde con esta última pieza a la pregunta de qué es la ultraficción, pero sí nos dice que lo que entendemos por realidad no es más que una acumulación de ficciones construidas y ordenadas que adquieren categoría de real, aunque no lo sean.

Un tiempo anterior a la religión, la nación o el dinero

La lona es ahora una pintura prehistórica de hace treinta y seis mil años, hallada en unas cuevas en el norte de España y expuesta en un Museo de Historia Natural. Una mujer observa la obra, que no es la pintura original, sino una copia logradísima que provocará en la mujer una emoción auténtica, real. Y lo hará tras observar algo que es mentira, que es una ficción. Como esta obra de teatro que acaba de empezar, como la mayor parte de elementos que construyen nuestra existencia. Con esa réplica de una obra prehistórica, El Conde de Torrefiel nos lleva al origen de todo, a ese tiempo anterior, a los dogmas, a las jerarquías y a los sistemas sobre el que escribió el historiador israelí Yuval Noah Harari en su ensayo superventas ‘Sapiens’, cuya lectura inspiró a Gisbert y Beyeler, que nos recuerdan que venimos de ese “tiempo expansivo, libre del deseo de la propiedad y la posesión, un tiempo anterior a la ficción de la religión, a la ficción de las naciones, a la ficción de la identidad, a la ficción del dinero”. Ficciones construidas por palabras, que también se irán proyectando en pantalla, en listas: Amazon, geometría, exterminio, poesía, dinero, altar, orden, esvástica, Facebook, Instagram, infinito, placer, viaje, Netflix, cuerpo…

El Conde de Torrefiel, que ha abordado a lo largo de su trayectoria la eterna tensión entre lo individual y lo colectivo, elige para contar esta historia una voz en primera persona del singular, un yo que aspira a ser un nosotros pero que huye de forma consciente de un tono panfletario o moralista, un yo que también nos vende ficciones, pero que apela a la necesidad de hacerlo utilizando una imaginación propia, esa imagen interior que da título a la pieza. Un yo en primerísimo plano que nos habla desde esa pantalla de led suspendida sobre el borde del escenario, convirtiendo en protagonista a esa única voz que no es sino una línea de pensamiento que evidencia su fragilidad, su soledad, y que se sitúa muy cerca del espectador.

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Conde Mario Zamora

Y, tras esa voz, la acción ralentizada y los movimientos mínimos de seis performers en escena, que no hablan, aunque a veces muevan los labios, y que habitan un espacio vestido de plástico, ese material del que parece estar confeccionado nuestro siglo XXI. Un plástico que transita del naranja al negro o al azul, colores saturados que construyen un universo saturado, como ese supermercado en el que una mujer de blanco empuja un carro de la compra mientras se pregunta si la canción que suena por el hilo musical, ‘Where did you sleep last night’, un tema folk de 1870, es de los Pixies o de Nirvana.

Partiendo de esa frase que dice ‘o imaginas o te imaginan’, El Conde traslada al escenario esa disputa entre la asunción de una realidad construida por ficciones y el anhelo de crear imaginarios propios. “La pieza hace un guiño a esa idea de que todo es mentira y decimos: vamos a contar mentiras, por el mar corre la liebre. Pero vamos a hacerlo de la mejor manera posible”, dice Beyeler sobre los ejes que articulan la pieza. “Y, por otro lado, creo que ‘Una imagen interior’ intenta transmitir que, frente a todo ese peso que sentimos de vivir en un tiempo saturado de información, saturado de ficción, un tiempo muy procesado y muy artificial, en el fondo todo es mucho más fácil porque no es más que un juego y no podemos sufrir tanto por cosas que no son reales, que no tienen un significado absoluto, que son coyunturales.”

Y, de pronto, la muerte

Hace más de una década que Tanya Beyeler y Pablo Gisbert crearon la compañía El Conde de Torrefiel, más habitual en festivales internacionales que en teatros públicos españoles, con la que han llevado a escena piezas como ‘Kultur’, ‘La plaza’, ‘Guerrilla’ o 'Escenas para una conversación después del visionado de una película de Michael Haneke'. Nunca habían utilizado la imagen de un tiempo prehistórico en una de sus obras y tampoco la idea de la muerte, que aparece por primera vez en ‘Una imagen interior’. Porque aquella mujer del supermercado de la que hablábamos hace unas líneas llegará a su casa y sacará un paquete de su nevera, medio kilo de carne picada y, mientras lo hace, recordará que de niña los animales entraban vivos en su casa y los niños jugaban con esos pollos que después su madre mataba y comían los domingos. Hasta que un día quienes mataban los animales en casa pasaron a comprarlos ya muertos y envasados en plástico. A esa mujer, leemos en el led, “la conciencia de la muerte le atraviesa el cuerpo por un segundo”, pero solo uno, porque la mujer tiene prisa, como todos nosotros, todos los días, todo el tiempo.

Gisbert y Beyeler, que han estado trabajando y modificando el texto de la pieza hasta unas horas antes de su estreno español en el Lliure, explican a este diario, justo después de la función, que la muerte aparece por primera vez en su obra porque es “la tábula rasa definitiva, no es un cambio de curro, de ciudad o de pareja, la entendemos como un inicio después de preguntarte por toda esa artificialidad en la que vivimos, y ahí la muerte nos sirve como eliminación de toda esa ficción. En la obra se dice que, cuando nacemos, no elegimos nuestro nombre, nuestro sexo, el color de nuestra piel, la lengua que hablaremos o el dinero que tendrán nuestros padres. Tú naces y empiezan las ficciones al instante”, dice Pablo Gisbert.

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Conde Mario Zamora

Y en escena, en pantalla, esa muerte tiene la forma de una bomba que dinamita las ficciones: “Cuando cae la bomba, los museos y los teatros se convierten rápidamente en desguaces. Cuando la carne se abre, los libros no sirven de escudo. Cuando se impone el miedo a morir, las iglesias, los parlamentos o las escuelas pasan a ser lugares vacíos de contenido. Ninguna frase lúcida aguanta un incendio provocado en un hospital. Ninguna voz queda en pie después de una ráfaga de metralleta en un concierto. Ninguna teoría filosófica soporta la caída de una bomba en una universidad. Ningún concepto resiste a un fusilamiento. Cuando cae la bomba, el peso de su gravedad cancela de inmediato la imagen artificial del mundo, y las ideas, el tiempo y los cuerpos tocan suelo. Quien ha visto nacer o quien ha visto morir, sabe que las palabras desaparecen frente a la indomabilidad de la existencia”.

Pero ‘Una imagen interior’ no es una pieza pesimista ni oscura, sino un ejercicio poético y performático, filosófico y político, brillante y sugerente que busca conectar y empatizar con un espectador que solo puede vincularse a esa voz en primera persona que desfila por una pantalla fría, artificial, tecnológica. El Conde constata que vivimos en un mundo de ficciones colectivas que nos permiten ordenar el mundo, nombrar la existencia y calmar el miedo, pero nos dice que, en el fondo, aquel hombre prehistórico, autor de esa pintura cuya réplica cuelga en un museo, no es muy diferente de nosotros: miramos el mismo cielo, miramos el mismo sol, miramos la misma luna. Y, sobre todo, somos capaces de compartir esa emoción antigua, de imaginar y estar juntos, en torno a un fuego, sin más.

‘Una imagen interior’. Idea y creación: El Conde de Torrefiel en colaboración con los intérpretes. Dirección y dramaturgia: Tanya Beyeler y Pablo Gisbert. Texto: Pablo Gisbert. Intérpretes: Gloria March Chulvi, Julian Hackenberg, Mauro Molina, David Mallols, Anaïs Doménech y Carmen Collado. En el Teatre Lliure, dentro del Festival Grec, del 7 al 9 de julio. En el Festival de Aviñón, del 20 al 26 de julio, y en el Festival Temporada Alta de Girona, del 18 al 20 de noviembre.

Extendida sobre el suelo del escenario, una lona blanca de plástico, pintada con trazos de colores desordenados, arbitrarios, como si aquello fuera un cuadro de Jackson Pollock o de nuestro hijo de seis años. El teatro está en silencio y comienza a desfilar un texto por una pantalla de led. Leemos: “Cuando una obra de teatro empieza, todo el público sabe que lo que va a ocurrir en escena es mentira. Todo lo que va a ver es una ficción. Las luces están estudiadas para potenciar el artificio. Los cuerpos en escena se mueven según una partitura. Las palabras dichas están elegidas escrupulosamente. Todo es una puesta en escena”. El público lee, pero también observa la lona, intentando, quizá, descifrar el significado de las manchas de colores, dejando que el cerebro haga su trabajo, estableciendo conexiones que le permitan encontrar la respuesta al mensaje. Dos técnicos vestidos de negro entran en el escenario y cuelgan la lona. En la pantalla, leemos: “Empieza la obra”.

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