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De Richard Strauss a Stefan Zweig, cartas, terror y nazismo: "¡Es como para hacerse antisemita!"
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se publica su correspondencia en castellano

De Richard Strauss a Stefan Zweig, cartas, terror y nazismo: "¡Es como para hacerse antisemita!"

El compositor predilecto de Hitler y el escritor judío mantuvieron una nutrida correspondencia durante los años del auge del nacionalsocialismo, los mismos en los que colaboraron para escribir una ópera

Foto: Richard Strauss.
Richard Strauss.

'Paradero desconocido' es una novela publicada en 1938 y, probablemente, una de las ficciones fundamentales entre las muchas que se enmarcan en el auge del nazismo. La agudeza de este relato, firmado bajo pseudónimo por Katherine Kressmann, reside en su formato epistolar. Mientras el ascenso de Hitler se consolida, dos jóvenes amigos se cartean y se cuentan cómo transcurre la vida en Alemania. En los detalles que se perciben como irrelevantes, se va colando el horror. Uno de los jóvenes es de familia judía y, poco a poco, los dos se distancian ideológicamente. El ritmo de esas palabras mundanas traslada al lector de forma gradual, pero brutal, la creación del estado totalitario. Y quizá es ese el mejor poder de la novela: que se sirve de escenas nada poderosas, de la prosa escueta de dos adolescentes, para narrar una parcela del gran conflicto.

La lectura de la correspondencia entre Richard Strauss y Stefan Zweig es ese mismo descenso al horror que se revela entre los renglones de dos amigos. Las cartas que ambos se enviaron entre 1931 y 1935 se publican por primera vez en castellano de la mano de Acantilado y recogen el episodio que unió la vida de uno de los compositores preferidos de Hitler y un escritor judío. Algunas de ellas, interceptadas por la Gestapo y leídas por Hitler y Goebbels. Tras la muerte repentina de su poeta de confianza, Richard Strauss pensó que nunca más escribiría una ópera. El compositor alemán ya tenía estatus de leyenda y no se conformaba con cualquiera: según explicaba él mismo, el texto concebido para la ópera debía combinar el ritmo poético, la altura literaria y la musicalidad suficiente. Se dio por vencido tras conocer a muchos escritores, hasta que conoció a Stefan Zweig por recomendación de un amigo.

Foto: Richard Strauss, como presidente de la Cámara de Música del Reich.

Es en este punto cuando comienza la correspondencia reunida por Acantilado. Zweig escribe al compositor para ofrecerle el germen de lo que después se convertiría en 'La mujer silenciosa', la ópera que ambos escribieron a contrarreloj y contra los deseos del régimen. Strauss se mostraba entusiasmado con la escritura de Zweig, que en ese momento se encontraba rematando su biografía de María Antonieta. Una vez concluido y enviado el manuscrito del primer acto, todo parecía marchar sobre ruedas. Hasta 1933. Carta de Zweig a Strauss:

"No me extrañaría que con los tiempos que corren su trabajo se hubiera visto perturbado, como el mío. Hace pocos días experimenté un profundo e increíble malestar: en su discurso radiofónico Goebbels citó una frase infame del escritor Arnold Zweig sin mencionar el nombre de pila. Y me está costando horrores conseguir el oportuno desmentido en la prensa". Para el escritor austríaco, cada vez resultaba más difícil cruzar la frontera hacia Alemania tras las restricciones impuestas por Hitler. Un año de trabajo más tarde, con el ambiente de Múnich cada vez más hostil para el austriaco, Richard Strauss consiguió la autorización de Joseph Goebbels para estrenar 'La mujer silenciosa'. El compositor ya era el presidente de la Cámara de Música del Reich, el mismo organismo que terminaría por prohibir la representación de las obras de artistas judíos. Según relataría después, aceptó el cargo para evitar enfrentarse con el régimen y obtener favores de Hitler, ya que su hijo estaba casado con una mujer judía, Alice Strauss.

placeholder Cubierta de 'Correspondencia'. (Acantilado)
Cubierta de 'Correspondencia'. (Acantilado)

Ambos artistas decidieron, finalmente, posponer el estreno. "El mundo de la música estaba demasiado alterado", según opinaba Zweig en otra carta. El director de orquesta Wilhelm Furtwängler fue despedido de la Filarmónica de Berlín por negarse a expulsar a los músicos judíos. "El estreno de una ópera de Strauss debería ser un acontecimiento y no un suceso", escribía el libretista. Para asegurar el estreno de su ópera y no levantar polémicas, Richard Strauss pidió a Zweig que su colaboración se mantuviera en secreto con un pseudónimo para el escritor. Y fue entonces cuando ambos se enzarzaron en una discusión que se caldeaba mientras el antisemitismo crecía en Alemania.

"Por favor, siga a mi lado y colabore conmigo", rogaba Strauss. "Nadie va a enterarse -en todo caso, me he cubierto las espaldas con el doctor Goebbels-. Si dentro de dos años las circunstancias no han cambiado, la obra seguirá en un cajón, pero al menos nosotros dos habremos disfrutado produciéndola".

"Es una pena que yo mismo no pueda trabajar libre y abiertamente para usted. Pero las medidas oficiales, lejos de relajarse, se han vuelto más severas", respondía Zweig en 1935. "Me temo que usted mismo se dará cuenta de que el rumbo que está tomando la política cultural es cada vez más radical. Ojalá que al menos 'La mujer silenciosa', por respeto a usted, quede libre de polémicas absurdas [...]. Para mi consternación, no puedo seguir en la que ha sido mi casa desde hace treinta años, por más que ambos deseemos otra cosa. Un individuo no puede enfrentarse a solas contra la voluntad o la locura del mundo; suficiente fuerza hace falta para mantenerse dignamente y rechazar los sentimientos amargos y hostiles. Solo eso se ha convertido en estos tiempos en todo un logro, y es casi más arduo que escribir libros".

"No puedo seguir en la que ha sido mi casa desde hace 30 años. Un individuo no puede enfrentarse a solas contra la voluntad o la locura del mundo"

Ante la constante negativa de Zweig a seguir escribiendo para Strauss bajo el anonimato, el compositor estalló en una carta que fue interceptada por la Gestapo y leída por Hitler: "¡Esta testarudez judía, es como para hacerse antisemita! [...] Para mí solo hay dos categorías de personas: las que tienen talento y las que no lo tienen, y el pueblo solamente existe en el momento en que se transforma en público. Me da igual que sean chinos, bávaros, neozelandeses o berlineses, con tal de que hayan pagado la entrada. [...] ¿Quién le ha dicho que me he expuesto tanto políticamente? ¿Lo cree porque acepté el cargo de presidente en la Cámara de Música del Reich? ¡Eso lo hice de buena fe y para evitar desgracias mayores!", se explicaba Strauss, que continuaba insistiendo a Zweig para que escribiera más libretos para él. "Tenga la bondad de olvidar y trabajar, deje que yo me ocupe de lo demás".

Tras aquella carta, Strauss fue cesado como presidente de la Cámara del Reich. Continuó trabajando y estrenando óperas hasta el final de la guerra, pero se exilió en Suiza tras la paz. Fue sometido a los juicios de 'desnazificación' para valorar su colaboración con el régimen nazi y murió en 1949, después de que sus cuentas bancarias hubieran sido bloqueadas durante el proceso. Por su parte, Zweig terminó de exiliarse en Inglaterra, en 1934. Un año más tarde, 'La mujer silenciosa' se estrenó en Dresde, pero rara vez se representa en la actualidad. Más tarde, Zweig vivió en Estados Unidos y en Brasil, donde terminó suicidándose con su mujer, en 1942.

'Paradero desconocido' es una novela publicada en 1938 y, probablemente, una de las ficciones fundamentales entre las muchas que se enmarcan en el auge del nazismo. La agudeza de este relato, firmado bajo pseudónimo por Katherine Kressmann, reside en su formato epistolar. Mientras el ascenso de Hitler se consolida, dos jóvenes amigos se cartean y se cuentan cómo transcurre la vida en Alemania. En los detalles que se perciben como irrelevantes, se va colando el horror. Uno de los jóvenes es de familia judía y, poco a poco, los dos se distancian ideológicamente. El ritmo de esas palabras mundanas traslada al lector de forma gradual, pero brutal, la creación del estado totalitario. Y quizá es ese el mejor poder de la novela: que se sirve de escenas nada poderosas, de la prosa escueta de dos adolescentes, para narrar una parcela del gran conflicto.

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