mataron a una decena de personas

El rostro del terror nazi de hoy: así vivió, mató y murió la célula NSU en Alemania

Beate Zschäpe, la "novia nazi", ha sido condenada a cadena perpetua por su colaboración en diez atentados a lo largo de 12 años, como miembro del grupo ultra más letal de la historia reciente

Foto: Beate Zschäpe, única superviviente de la célula neonazi NSU, comparece ante el tribunal en Múnich, en mayo de 2013. (Reuters)
Beate Zschäpe, única superviviente de la célula neonazi NSU, comparece ante el tribunal en Múnich, en mayo de 2013. (Reuters)

Beate Zschäpe avanza por el pasillo de su casa terriblemente agitada. Tiene nauseas. Acaba de derramar líquido inflamable por encima de la cama y el frigorífico, por el rascador de sus dos gatas y por el ordenador. Mira alrededor. Coge la mochila, en la que ha metido algo de ropa y los abominables DVD en los que, mezclando imágenes de informativos con escenas de la Pantera rosa, se atribuyen la autoría de sus diez atentados. Quiere salir corriendo. Escapar. Sólo queda iniciar el fuego.

Zschäpe -de rostro redondo, pálido, anodino- baja a la carrera por las escaleras del edificio con Lilly y Heidi en sus dos transportines. Corre unos metros por la Frühlingsstrasse de Zwickau y en un momento se detiene para mirar por última vez la buhardilla de la casa de dos alturas que compartió durante tres años y medio con Uwe Mundlos y Uwe Böhnhardt, los otros dos miembros de la célula terrorista Clandestinidad Nacionalsocialista (NSU). Hace apenas unas horas que, acorralados por la policía tras un atraco frustrado, acaban de suicidarse. Dentro de la caravana que Zschäpe les había alquilado para perpetrar el robo, Mundlos le pegó un tiro a su compañero en la cabeza. Luego se disparó en la sien.

La mujer -entonces tenía 36 años- lleva unos pantalones y un forro polar de color negro, a juego con el tinte de su pelo. Se topa con una conocida, la vecina del unifamiliar de enfrente. Le pregunta a bocajarro si puede cuidarle a las gatas. La mujer acepta. Zschäpe se aleja entonces a toda velocidad. Camina sin destino. Sólo huye. Poco después una fuerte explosión destrozaría el tejado y parte de la fachada de la vivienda del trío de terroristas neonazis. Eran las tres de la tarde del 4 de noviembre de 2011.

Lo que Alemania vivió en las jornadas que siguieron a esta escena abrieron los ojos al país a una horrible realidad difícil de digerir. Especialmente en el lugar en que triunfó el nacionalsocialismo. Un grupo de ultraderechistas con escasos recursos -y sin cubrirse demasiado las espaldas- había conseguido asesinar a diez personas -nueve extranjeros y una agente- a lo largo de casi una década sin que la policía sospechase siquiera de la existencia de una banda terrorista. De hecho se clasificó la mayor parte de sus muertes como de ajustes de cuentas entre mafias turcas y griegas. Tras conocerse la verdad, la canciller alemana, Angela Merkel, pidió "perdón" a las víctimas y calificó los atentados de "vergüenza" para el país.

Los otros dos integrantes de la célula, Uwe Böhnhardt y Uwe Mundlos, en imágenes facilitadas por la policía alemana
Los otros dos integrantes de la célula, Uwe Böhnhardt y Uwe Mundlos, en imágenes facilitadas por la policía alemana

Cinco años y 600 testigos

Desde entonces la Justicia lleva indagando en el caso con una exhaustividad con pocos precedentes. El macroproceso contra Zschäpe -conocida como la "novia nazi" por la relación que mantenía con los otros dos integrantes de la NSU- y contra cuatro presuntos colaboradores de la banda se ha prolongado cinco años, hasta este miércoles, cuando se la ha sentenciado a cadena perpetua. El proceso, a lo largo de 437 sesiones, ha contado con las declaraciones de unos 600 testigos y expertos. El escrito de la Fiscalía General sumaba ya 500 folios y el conjunto de las actas del juicio se eleva a las 26.000. Alemania se juega mucho en este caso. Se trata de la banda terrorista de ultraderecha más mortífera de su historia moderna, pero también de la conservación de la cultura del recuerdo sobre el significado del nacionalsocialismo.

Con la investigación judicial se han podido reconstruir con cierto detalle escenas como la de la huida de Zschäpe de la casa del trío, el papel de cada uno de los integrante de la NSU en la célula terrorista, y la preparación y ejecución de los diez asesinatos que se les atribuyen, además de tres ataques con explosivos y al menos quince atracos con violencia en bancos, supermercados y oficinas de correos. También los cuatro días que tardó Zschäpe en entregarse una vez que voló su vivienda por los aires.

Ya con las manos libres tras dejar con la vecina a las que en alguna ocasión llamó sus "dos hijas", la integrante de la NSU sigue caminando hacia el centro de Zwickau. Saca el móvil y llama André Eminger, al que se ha juzgado como presunto colaborador. Le pide ayuda. Él sale en su búsqueda, pero tarda casi dos horas en dar con ella en una ciudad de unos 90.000 habitantes. Al final se topa con ella. La sube a su coche. La mujer está profundamente alterada. Baraja incluso suicidarse, como sus dos compañeros. Eminger la lleva hasta la estación de trenes.

Allí Zschäpe se monta en un regional que la lleva a la cercana Chemnitz. Allí vive su abuela, la que le crió, pero no va a visitarla. Lleva años sin mantener contacto con su familia. Cosas de la clandestinidad. Pasa la noche en vela, entre la estación y las calles aledañas. Hace frío y mata las horas caminando, para distraer el cansancio y el nerviosismo. Minutos antes de las ocho de la mañana del 5 de noviembre llama por teléfono a la madre de Mundlos y le cuenta, sin prolegómenos, que su hijo está muerto. "No voy a volver a llamarte", dice Zschäpe y cuelga. Poco después repite la operación con la madre de Böhnhardt.

A continuación vuelve a la estación y toma un tren a Leipzig. Tarda apenas una hora. Allí debe ejecutar una misión más: reivindicar el legado del terror de la NSU. La neonazi manda al menos una docena de cartas con los DVD de la Pantera Rosa. Es el testamento político de la banda terrorista y también el hilo desde el que las fuerzas de seguridad destaparán los horrores del trío. En los días siguientes las misivas llegarían a sedes del partido La Izquierda, al tabloide Bild, al consulado general turco en Alemania y a varias asociaciones musulmanas. Alemania -al menos la inmensa mayoría de sus sociedad y su clase política- quedaría estupefacta. Zschäpe se entregó a la policía tres días después.

Apartamento de la célula en Zwickau tras la explosión, en noviembre de 2011. (EFE)
Apartamento de la célula en Zwickau tras la explosión, en noviembre de 2011. (EFE)

Bombas, asesinatos y robos

Las primeras acciones de la NSU fueron dos atentados con explosivos caseros. El primero en 1999 en Núremberg, en un local regentado por turcos. Allí resultó herido leve el dueño del establecimiento, cuando descubrió el artefacto en el baño y lo cogió para examinarlo. El segundo tuvo lugar año y medio más tarde, cuando uno de los dos hombres del trío escondió una bomba en las estanterías de la tienda de alimentación de una familia de origen iraní. La hija de 19 años resultó herida grave. Perpetraron un tercer atentado en Colonia en 2004, una bomba rellena de clavos. Explotó en una calle de comercios turcos y dejó 22 heridos, uno de ellos muy grave.

Para entonces Ralf Wohlleben y Carsten S., dos de los cuatro colaboradores juzgados en el macroproceso, ya les habían facilitado a los terroristas la Česká ČZ 83 del calibre 7,65 mm Browning con la que cometerían todos sus crímenes. Con ella realizarían su sangrienta correría por el país los dos hombres (porque Zschäpe no participaba en las acciones). Un reguero de odio que cubrió Alemania de víctimas mortales, de norte (Hamburgo, 27 de junio de 2001) a sur (Múnich, 29 de agosto de 2001 y 15 de junio de 2005), de este (Rostock, 25 de febrero de 2004) a oeste (Dortmund, 4 de abril de 2006).

El modus operandi era calcado (evidenciando el terrible fallo policial). La sofisticación era mínima. Mundlos y Böhnhardt se desplazaban a una gran ciudad lejos de su domicilio en Zwickau. Buscaban algún extranjero -principalmente turcos, pero en una ocasión asesinaron a un griego- y, cuando llegaba el momento oportuno, le tiroteaban a quemarropa. Repetidas veces. En ocasiones, en la cabeza. Siempre sorprendieron a sus víctimas en actividades cotidianas. En muchos casos, en pleno día. Siempre les mataron con el mismo arma. Siempre con el rostro descubierto. Siempre por un único motivo. Por no ser alemanes.

Todas las víctimas eran varones, en su mayoría de mediana edad. El más joven tenía 21; el mayor, 50. Procedían de entornos humildes. Eran jardineros, sastres, verduleros y dos, empleados de un döner kebab. Uno figuraba como comerciante. Otro tenía una tienda de copia de llaves y un tercero, un kiosko de periódicos y revistas. El más joven acababa de abrir su propio locutorio apenas unos meses antes.

Pese a que muchos elementos apuntaban hacia una conexión entre estos crímenes, la policía no los ligó, en uno de los fallos más estrepitosos de las fuerzas de seguridad en décadas. Los categorizó como ajustes de cuentas, una especia de doble victimización de los asesinados. La más mortifera banda terrorista de inspiración ultraderechista del país desde la II Guerra Mundial pasó desapercibida durante casi una década. Ahora la justicia -en la medida de lo posible- salda la deuda con las víctimas. Y con la historia.

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