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La batalla sobre el ser español: la ofensiva cultural del nacionalismo
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'TRINCHERA CULTURAL'

La batalla sobre el ser español: la ofensiva cultural del nacionalismo

Los cambios en el voto parecen estar impulsados por un sentimiento nacionalista arraigado. Pero hay elementos políticos que van más allá de la bandera, y uno en particular es negado insistentemente

Foto: Santiago Abascal, durante un acto electoral en León. (EFE/J. Casares)
Santiago Abascal, durante un acto electoral en León. (EFE/J. Casares)

"Las izquierdas no han comprendido la potencia política del nacionalismo español, que impregna la mentalidad de muchos ciudadanos". Es una afirmación de Ignacio Sánchez-Cuenca en un artículo reciente, ‘La política del nacionalismo español’ en el que refleja cómo la batalla sobre ser español y las razones para sentirse orgulloso de ello están orientando de manera significativa las preferencias de voto: “Cuanto más españolista se siente un territorio, más gira hacia la derecha”. En este desplazamiento de las motivaciones del voto, las izquierdas estarían extraviándose, en la medida en que no han encontrado un registro adecuado y eficaz para hacer frente a esta ofensiva.

Sánchez-Cuenca señala aquí un factor interesante, ya que subraya algunos cambios en la mentalidad de nuestro país, que bien podría complementarse con otro de signo ideológico distinto: en aquellos territorios periféricos en los que existe un sentimiento nacionalista arraigado, los partidos que están subiendo son los de izquierda: Bildu, ERC, BNG.

España, desde esta perspectiva, podría dividirse en dos bloques políticos marcados, el españolista de derechas, que está creciendo electoralmente, integrado por PP, Vox y lo que queda de Ciudadanos, y el de izquierdas, conformado por los partidos que firmaron el manifiesto de ‘No a la guerra’: Podemos, Izquierda Unida, En Comú Podem, Alianza Verde, Bildu, BNG, CUP, Más País y Compromís. En esa tesitura, es normal que, en los territorios donde el nacionalismo periférico no tenga presencia, triunfen las derechas.

En aquellos territorios periféricos en los que existe un sentimiento nacionalista arraigado, los partidos que están subiendo son los de izquierda

El PSOE quedaría entre ambos, intentando situarse como eje de equilibrio. O al menos esa es la intención de Sánchez, que ha dado un giro a su partido, intentado marcar posiciones con Podemos (ha quedado patente con el problema ucraniano) y con el bloque que aúna, y de situarse en un lugar central. Dado que gobierna con UP, resultará complicado que los votantes perciban de modo nítido esa nueva posición, pero ese es el objetivo de los socialistas. Y con esto bastaría a la hora de definir el momento político español, con el añadido de la opción de Yolanda Díaz, que todavía no se ha concretado. Sin embargo, esa reducción a la bandera de las tendencias políticas actuales quizá deje de lado algunos elementos esenciales.

1. Los factores que deciden el voto

La política actual está construida por un cúmulo de percepciones que contribuyen de manera decisiva a la elección de voto. Existe un sentimiento arraigado, que deja numerosas muestras en las interacciones cotidianas. La desconfianza hacia las instituciones, la impopularidad permanente de los políticos, el creciente desprestigio de los medios de comunicación y la habitual hostilidad en redes sociales son elementos plenamente presentes en nuestro tiempo, y lo configuran de un modo permanente. Ese conjunto de creencias, de ideales, de visiones compartidas, que se asentaban en las instituciones y eran defendidas por ellas, ya no es compartido por aquellos que deben ser gobernados. Lo llamamos polarización, pero va más allá.

En este malestar contra las instituciones y contra todo aquello que había constituido la esfera pública desde hace décadas, aparece un sentimiento marcado: el de haber sido fallados de continuo. Las instituciones no brindan la respuesta esperada, son disfuncionales y ocasionalmente corruptas. Constituyen más un problema que una solución. Esa percepción complica mucho la política, porque son el ámbito institucional que menos confianza genera.

El tercer asunto que ayuda a configurar las decisiones de voto es el choque cultural, que tiene que ver con polémicas recientes

Un segundo elemento que explica la desazón social tiene que ver con el declive en el nivel de vida, con las menguantes opciones laborales y con la sensación de inseguridad vital, lo que arroja una percepción del futuro bastante negativa.

El tercer asunto que ayuda a configurar las decisiones de voto es el choque cultural, que tiene que ver con polémicas recientes, como el consumo de carne, el maltrato animal, la descarbonización, el feminismo y las demandas LGTBI, la cultura de la cancelación, la nostalgia y demás, que parece enfrentar a dos tipos diferentes de España, la orientada hacia el futuro y la que sigue conservando su memoria y su pasado.

2. Los rebeldes de derecha

El crecimiento de la derecha tiene mucho que ver con la conjunción de estos tres elementos. La batalla cultural la tiene mayoritariamente ganada entre las clases populares y las medias, especialmente fuera de las grandes ciudades. Pero su fuerza en los territorios en los que triunfa no solo tiene que ver con el nacionalismo español. De hecho, las opciones más exitosas han contado con un claro componente que podría denominarse antinstitucional. Son fuerzas rebeldes, que dicen ir contra lo establecido, que afirman querer cambiar las cosas de una manera profunda. Esa ofensiva se percibió claramente con Díaz Ayuso, que optó por no hacer caso en absoluto de las políticas nacionales de contención de la pandemia, que se enfrentó claramente al gobierno, que añadió una notable carga de altivez a sus propuestas y que, fruto de ese combate, obtuvo claros réditos electorales. En el caso de Vox es todavía más palpable ese sentimiento de combate contra las instituciones actuales, y esa actitud enérgica.

Cuando consiguen canalizar esa pulsión antinstitucional contra actores concretos de la política interior, alcanzan gran fuerza social

Su antinstitucionalismo es peculiar, porque no es un movimiento para acabar con lo establecido, sino para defenderlo. Afirman ser luchadores que protegen las instituciones, las verdaderas, porque las actuales han sido pervertidas por un gobierno socialcomunista que las corroe desde dentro.

Cuando consiguen canalizar esa pulsión antinstitucional contra actores concretos de la política interior, suelen alcanzar gran fuerza social. No siempre lo consiguen, a veces se les vuelve en contra, pero ahora lo tienen más fácil, en la medida en que la alianza del PSOE con el bloque de Podemos le permite utilizar ese juego sin demasiado riesgo.

3. Los resistentes de izquierda

En la izquierda ocurre igual: Podemos, ERC o Bildu, por citar algunos ejemplos, se alimentan de ese aliento antinstitucional, con un argumentario similar a los de los anteriores, pero en sentido contrario: la judicatura, los medios, la policía, los altos cargos del Estado han convertido las instituciones en un elemento de parte. Son instrumentos del estado profundo y por eso hay que cambiarlas. En el caso de Podemos, añade una solución a los problemas económicos desde la propuesta de una mejor redistribución y más servicios públicos. Pero el ascenso en el voto no se está produciendo en UP, sino en las formaciones nacionalistas de izquierda, ya que a esos dos factores le añaden el decisivo, el territorial. Es decir, no es tanto la fórmula económica en la que se apoyan con en la conjunción de ella con la bandera.

De modo que podría concluirse que la fórmula para crecer hoy la tienen las fuerzas que, además de querer transformar las instituciones, sea para defenderlas o para renovarlas, tienen un anclaje claro en elementos nacionalistas. Y a eso le suman una solución económica, aunque esta parece tener menos peso. En el caso de las fuerzas de derecha, el PP ofrece el típico programa liberal de los últimos años, solo que acelerado, como propone Díaz Ayuso, y Vox apunta un relato diferente: hay que ayudar a los españoles a que vivan mejor por el simple hecho de ser españoles (ya sea combatiendo la inmigración o prohibiendo la competencia desleal de terceros países). En el de las formaciones de izquierda, la propuesta es un mejor reparto de la riqueza disponible.

4. Lo que no se quiere reconocer

Es difícil reducir todo esto a un asunto puramente nacionalista. Pero si reconocemos el peso que tienen la bandera y el cierre en el territorio en la política de los últimos tiempos, también debemos preguntarnos por quiénes están cambiando el sentido de su voto. Las experiencias internacionales recientes nos señalan cómo buena parte del voto de las clases populares, en el Brexit, en EEUU o en Italia han ido a parar a opciones de derecha que defendían ese repliegue.

Pero esta es una clave que raramente se desea tener en cuenta entre los analistas electorales, mucho más dados a analizar estos asuntos en términos diferentes del de clase. Jerôme Sainte-Marie, especialista francés en asuntos de opinión pública a y fundador de Polling Vox, ha publicado recientemente un libro, ‘Le bloc populaire’ que ofrece una visión diferente. Sainte-Marie comienza por constatar un hecho que entiende indiscutible, que el voto popular ha girado hacia Le Pen. Asuntos como la inmigración prueban hasta qué punto en esas clases ha ganado la derecha la batalla cultural, al igual que ha ocurrido en el deseo de desglobalizar, en el de relocalización industrial, y el de una Francia con más peso internacional que se ocupe de sus ciudadanos.

"Puesto que las clases populares votan mal, se les deniega el estatuto de clase, y así se puede negar que su voto sea un voto de clase"

Este hecho ha sido rechazado desde instancias académicas. Según Sainte-Marie, esta negación es llamativa: “Antes los obreros votaban comunista, y los profesores universitarios que se dedicaban a analizar el voto obrero votaban a los socialistas”. Ahora las clases populares votan a Le Pen, y los que se dedican a analizar el voto de esas clases, reniegan de ellas, las estigmatizan como reaccionarias y racistas y advierten del gran peligro que suponen los populismos. “Puesto que esas clases votan mal, se les deniega el estatuto de clase, y así se puede negar que sea un voto de clase. Se refieren a sus integrantes como inadaptados, alienados y equivocados”. Dado que no se quiere reconocer ese cambio en las preferencias de la base social, “se escogen otros asuntos como determinantes del voto, al menos en la estrecha medida en que llevándolo a ese terreno se conserva la promesa de que pueden seguir votando a la izquierda”.

Recurre al especialista en voto de la derecha populista, Pascal Perrineau, para subrayar que “millones de votantes de entornos laborales o por cuenta ajena parecen basar sus elecciones políticas y electorales en gran medida en su condición social, una condición social formada por referencias de clase, sentimientos de pertenencia a grupos dominados o desfavorecidos o escasamente privilegiados, y por un sordo deseo de acceder a una cierta visibilidad que muchas veces les es negada. Resulta que ahora lo hacen con mayor frecuencia eligiendo a Marine Le Pen. Nos guste o no. Si realmente queremos combatir este estado de cosas, debemos empezar por no rechazar la realidad del mismo”.

Es en las clases populares donde mejor funciona esa mezcla de batalla cultural, sentimiento antinstitucional y refugio en el territorio

¿Está ocurriendo algo similar en España? En buena medida, así es. La insistencia en distintas variables para explicar el voto a las derechas, haciendo abstracción del elemento primero, el de clase, implica entender mal el problema, en la medida en que, como explica Sainte-Marie, es la posición social el primer factor que lleva a resguardarse en lo nacional. La relación directa entre nacionalismo y clases populares es un factor esencial en esta ecuación, y funciona tanto en el trasvase de votos hacia la derecha en territorios españolistas como en el auge de las izquierdas en los nacionalismos periféricos. Es en esas clases donde mejor funciona esa mezcla de batalla cultural, sentimiento antinstitucional y refugio en el territorio que está conformando la política contemporánea, en especial en sus fuerzas emergentes.

Esto es importante, en la medida en que muestra un eje político que ya no está definido desde la izquierda/derecha, sino entre la confrontación entre el bloque popular y el bloque sistémico. En España esto es más complicado en la medida en que los partidos que podían integrarlo, PSOE y PP, están lo suficientemente enfrentados como para que una alianza sea difícilmente posible hasta que uno de los dos caiga claramente derrotado, pero eso no significa que esa nueva variable no esté operativa en España. EEUU es un ejemplo de cómo la brecha política puede ser profunda en el bloque sistémico, y que esa confrontación esté plenamente operativa. Pero de ese eje y de cómo se articula hablaremos otro día.

"Las izquierdas no han comprendido la potencia política del nacionalismo español, que impregna la mentalidad de muchos ciudadanos". Es una afirmación de Ignacio Sánchez-Cuenca en un artículo reciente, ‘La política del nacionalismo español’ en el que refleja cómo la batalla sobre ser español y las razones para sentirse orgulloso de ello están orientando de manera significativa las preferencias de voto: “Cuanto más españolista se siente un territorio, más gira hacia la derecha”. En este desplazamiento de las motivaciones del voto, las izquierdas estarían extraviándose, en la medida en que no han encontrado un registro adecuado y eficaz para hacer frente a esta ofensiva.

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