Pedro Vallín: "Iglesias y Errejón son como Thor y Loki, una amistad maldita"
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PUBLICA 'C3PO EN LA CORTE DEL REY FELIPE'

Pedro Vallín: "Iglesias y Errejón son como Thor y Loki, una amistad maldita"

El periodista y escritor asturiano publica, tras '¡Me cago en Godard!' (Arpa, 2019), su segundo libro, 'C3PO en la corte del rey Felipe', un ensayo político muy peliculero

Foto: Pedro Vallín en una imagen promocional. (Arpa)
Pedro Vallín en una imagen promocional. (Arpa)

La ruptura entre Pablo Iglesias e Íñigo Errejón como una novela de traición de Patricia Highsmith. Villarejo como un 'remake' en carne real de 'Edipo Rey'. El funcionamiento del Consejo General del Poder Judicial -tan en el foco en los últimos tiempos, después de casi tres años de bloqueo porque los partidos políticos no se ponen de acuerdo en su renovación- explicado a través del universo 'Star Wars'. El periodista Pedro Vallín (Colunga, Asturias, 1971), después de muchos años de ejercicio del periodismo cinematográfico, se dio cuenta de la utilidad de las estructuras y los arquetipos de los relatos de ficción para entender -y hasta anticipar, si quisiéramos arriesgarnos- algunos episodios clave de la política real.

Cinco años después de dejar la sección cultural de 'La Vanguardia' y pasarse a la crónica parlamentaria, Vallín publica 'C3PO en la corte del rey Felipe' (Arpa, 2021), una recopilación de artículos y disecciones de los grandes acontecimientos de la política española del último -y convulso- lustro. Un análisis que utiliza los cánones de Hollywood -y de lo que no es Hollywood- para desvelar como la realidad, si no supera a la ficción, al menos la imita. A veces conscientemente, como cuando Iván Redondo, durante la entrevista con Jordi Évole, parafraseó extractos de 'El ala oeste de la Casa Blanca' como si fueran suyos. A veces, inconscientemente, como cuando Obama y McCain replicaron la pugna entre Matt Santos (Jimmy Smits) y Arnold Vinick (Alan Alda) en la séptima tamporada de -también- 'El ala oeste de la Casa Blanca', emitida dos años antes de las Elecciones presidenciales de 2008.

PREGUNTA. En 'C3PO en la corte del rey Felipe' hablas de la diferencia entre pasado, memoria y memoria histórica. Hablas de los consensos a la hora de construir ese relato sobre el pasado. ¿Ese consenso se está rompiendo?

RESPUESTA. A partir de la película ‘La llegada’, de Villeneuve, que es una película que me taladró un montón la cabeza, empecé a reflexionar sobre cómo el vector de tiempo construye significado. En el libro hago una distinción entre tres conceptos: uno es el pasado, que son los hechos; otro es la memoria, que es cómo lo recordamos, y el tercero es la biografía, que es cómo lo reconstruimos. Yo propongo que esto existe también para los pueblos: están los hechos, está la historia -que es una construcción de los hechos para darle sentido- y luego está la memoria histórica, que es una construcción de sentido política, que trata de hacer viable la sociedad del presente. Creo que debemos intentar interpretar las calamidades de la historia española de los últimos 250 años en función de estas variables y no de conceptos intangibles como el de nación, que es un concepto bastante romántico y sentimental que no siempre me parece útil, y que en el caso de España me parece muy inútil. Y lo es porque es una idea de construcción nacional que no es exitosa, porque nunca ha sido viable para la totalidad del territorio en el que debería operar. Lo que no significa que el Estado deje de tener sentido en sí mismo, en sus actuales límites. Simplemente creo, y tomo la idea de David Rieff, que el tamaño y fronteras de un Estado son una contingencia histórica, y que estaría bien que lo asumiéramos, y no las tonterías de unidades como destino universal, que no son más que cuentos de viejas. El texto que dedico a esta cuestión podría aplicarse hoy al nacionalismo de Vox o a la construcción de memoria democrática de la ley que se está tramitando, en realidad cuando fue escrito venía de una reflexión sobre el Procés. En la historia reciente de España hubo una oportunidad de construir una idea nacional operativa desamortizada del franquismo y así se esforzaron en hacerlo los gobiernos sucesivos entre el año 80 y el 2000.

P. ¿Por qué hasta el 2000?

Con Aznar regresó a un concepto con olor a lejía barata de la España, que venía de los años 50, y que consistía en construir la identidad española como contraria a la vasca o la catalana. Y ahí se echó a perder, con lo que hoy no tenemos dudas de lo que significa que alguien porte una bandera de España. Sintiéndolo mucho, se la han quedado.

P. ¿Por qué ahora se está produciendo ese revisionismo en los relatos sobre la historia y la identidad nacional?

El revisionismo histórico empieza en esa época, en los años 2000, con la mayoría absoluta de Aznar. Pero, entonces, todavía había ciertas pretensiones de rigor. Eran ensayos históricos -como el de Pío Moa sobre ‘La Guerra Civil’ o los de Elvira Roca Barea- que eran más o menos sofisticados. Pero hemos llegado ahora al momento en el que no es necesario elaborar ningún tipo de discurso hasta llegar a lo absolutamente kitsch. Y oímos al líder de la oposición [Pablo Casado] decir unas cosas sobre la conquista de América que no diría un niño de doce años que hubiera aprobado su asignatura de Ciencias Sociales. Lo llamativo, y lo que nos crea desconcierto y temor, es lo obsceno y barato que es todo y que, aun así, sea funcional. Que las tonterías de un señor como Nacho Cano, cuyo conocimiento de lo que habla es, en el mejor de los casos, difuso, tengan peso.

placeholder Vallín en otra foto facilitada por la editorial Arpa.
Vallín en otra foto facilitada por la editorial Arpa.

P. En el libro utilizas el concepto de "atrasismo". ¿Crees que en España los "atrasistas", aquellos que se rebelan ante el progreso, han dirigido el camino del país desde la Ilustración?

El concepto del atrasismo, que es de Dioni López, resume mucho la historia de España de los últimos tres o cuatro siglos, sobre todo desde que no triunfa la reforma protestante que, en el fondo y visto con perspectiva histórica, no podemos sino reconocer que fue un movimiento de modernización y, en cierto sentido, de emancipación del pensamiento en Europa. No podemos reescribir el pasado en cuanto a los hechos: en España no triunfó la reforma, sino que se impuso la contrarreforma y nos convertimos en uno de los símbolos de la misma con nuestra pizpireta Santa Inquisición trabajando a destajo. Esto ha condicionado posteriormente la historia del país. Yo soy muy optimista y no creo que esto signifique que estamos condenados, pero creo que hemos vivido en los últimos siglos en el conflicto entre las pulsiones modernizadoras del país y el empeño de los sectores reaccionarios. Los que inventamos el término liberalismo y aprobamos la Constitución de Cádiz a la vanguardia con Estados Unidos y la Revolución francesa -el pensamiento ilustrado llevado a la política- somos también el país en el que fracasan todas las revoluciones liberales del siglo XIX y, además, el país que grita aquello de “¡Vivan las caenas!” con el retorno del rey Fernando VII. Creo que no estamos condenados porque los atrasistas no ganas siempre, pero es verdad que, cada vez que hay una encrucijada histórica, en España, el peso de los atavismos es tremendo. Creo que los atrasistas nunca han sido mayoría, y esto es importante. Han tenido el poder, como podemos ver ahora mismo en el Consejo General del Poder Jedi, pero siempre han triunfado por imposición, y eso dice cosas bonitas del país.

P. Precisamente, dedicas un Capítulo al Consejo General del Poder Jedi, una reflexión sobre el funcionamiento del Consejo General del Poder Judicial. Hablas de que la Judicatura es casi como una estirpe en la que los puestos se heredan. ¿Cómo ha afectado al funcionamiento de los principales órganos judiciales, ahora en lid?

Primero, España vive una transición a la democracia que, seguramente, fue la única posible y, desde luego, la única que tenemos; a mí el revisionismo sobre si se hizo bien, regular o mal me parece muy infantil. No sirve para nada. Se hizo como se pudo. Mediante un convenio mediante el régimen de la dictadura. Hubo una transformación del modelo pero no una supresión del modelo anterior. Hubo una Ley de Amnistía y no se limpiaron las estructuras de poder del Estado, incluida la Judicatura. No se ajustaron cuentas. ¿Debió hacerse? Yo qué sé. A lo mejor hubiese ardido el país. Lo que hay que mirar es si entonces se hizo lo mejor posible, qué queda hoy por hacer y qué hay que arreglar. En ese sentido creo que estamos viendo que no hubo una desamortización real de dinastías -y digo dinastías con toda la intención- predemocráticas dentro de muchos aparatos del Estado. El libre acceso por oposición debería fomentar la meritocracia, pero todos sabemos cómo funcionan las oposiciones y no hay más que mirar los árboles genealógicos de quién está en la carrera judicial, sobre todo en posiciones preeminentes. En los últimos veinte años todo se ha degradado mucho y el problema no es cuántos jueces progresistas o conservadores hay en el CGPJ o en el Tribunal Constitucional; el problema es que han perdido el decoro en cuanto a la calidad jurídica y académica de las personas que se sientan ahí. No se trata de que sean muy de derechas o muy de izquierdas, sino de que nadie duda hoy de que ahí estén los mejores, ni de la Academia ni de la carrera judicial. Hay mucha gente que está por favores prestados y cuya trayectoria profesional no acredita que estén sentados ahí.

P. Planteas que en España no hemos entendido bien lo que significa la independencia del Poder judicial.

Claro, la independencia del Poder Judicial se refiere a la independencia del juez para dictar sentencia. No se refiere a que el aparato judicial en sí sea un ente autónomo separado del resto de la estructura de poder democrático de un país. Todos los poderes, según la Constitución, emanan de la soberanía popular, que es la única. En buena medida, el CGPJ se crea como un órgano político en la transición, porque entonces teníamos todo un aparato de la justicia franquista. Como se decide no echarlos porque se crearía un caos entre desmontarlo y volverlo a montar, así que se forma este órgano de control que tiene las funciones de nombrar y sancionar. Y se crea como expresión de la voluntades de las mayorías para controlar el Poder Judicial, que es autónomo, pero que a su vez sea un reflejo de la sociedad del momento. Esto debería ser muy fácil de entender, pero se presta mucho a la demagogia.

En España hubo una Ley de Amnistía y no se limpiaron las estructuras de poder del Estado, incluida la Judicatura

P. Dedicas también un capítulo al Estado profundo, a las cloacas del Estado, y apunta a que España, por sus cimientos, ha sido proclive a la proliferación de esos "tumores" o "excrecencias" antidemocráticas.

Volvemos a hablar de la escasa tradición liberal y una historia del siglo XX triste. En el último cuarto de siglo tuvimos que hacer los deberes que no hicimos en la segunda mitad del siglo y progresar aceleradamente. El Estado español es extraordinariamente fuerte, uno de los primeros de Europa -no es lo mismo Estado que nación-. El Estado profundo son las inercias de ese aparato administrativo que son movidas por los vientos de la historia y que ha existido como monarquía, como Dictadura de Primo de Rivera, como República, como Dictadura franquista y como democracia. Tiene sus sinergias y sus pulsiones de autoconservación. No es voluntad de un hombre oscuro que fuma un puro en una habitación, sino unas inercias, inercias que deben ser controladas por la política para que no se conviertan en patológicas. ¿En qué momento estamos? En el que la política abdicó de solucionar un problema gravísimo como fue solucionar el ‘rally independentista catalán’ desde 2016. El poder político, cuando expulsa a Mariano Rajoy, decide que esto lo soluciona el Estado solo: dar a los jueces y a la Policía la potestad de resolver un problema de esas dimensiones y envergadura política es como soltar al Kraken. Que puede hacer su trabajo, pero luego hay que ir a por él, ponerle la correa y devolverlo a su caseta. Y en eso estamos ahora.

P. Y en el Estado profundo de España hay un hombre que lo hace todo, que dirían Astrud: Villarejo.

Villarejo, en su cabeza, ha confundido democracia con Estado. En un momento dado, como él fue agente encubierto en la lucha contra el terrorismo y el narcotráfico y otras cosas, interiorizó el sentido del deber. Pero, por esta confusión, ha llegado un momento en el que ha acabado protegiendo otra cosa. Cuando tú estás trabajando para eliminar pruebas del Caso Bárcenas a lo mejor estás preservando el Estado, pero no la democracia, desde luego. Ni la ley. Otra cosa que debimos aprender de las pelis de espías de toda la vida es que un agente encubierto en el momento en el que quiere jubilarse hay que matarlo. Que se entienda que no quiero decir que haya que matarlo. Quiero decir que en las películas, ese tipo de agentes, en el momento en el que dejan de trabajar para el Gobierno para el que trabajan se convierten en un peligro público. El paso en el que dejas de trabajar para los despachos más sombríos del Ministerio del Interior y empiezas a hacerlo para empresas del IBEX -grandes bancos o energéticas- se ha creado ahí una metástasis. Creo que Villarejo es nuestro “Caso JFK”. La respuesta final es que Villarejo somos nosotros. Es un modelo político-democrático que tienen todos los países. La película ‘JFK’, de Oliver Stone, explica que la democracia americana se pone a resolver quién ha matado a Kennedy y al final resulta que la democracia americana ha matado a Kennedy: agentes políticos, servicios de seguridad, intereses empresariales, crimen organizado… en definitiva: Estados Unidos de América. En el caso Villarejo, además, una de las patas fundamentales para que pudiese llevar a cabo su extorsión éramos nosotros, los periodistas.

P. Otro capítulo está dedicado, precisamente, al periodismo. ¿Por qué calificas co mo una anomalía la estructura de medios en España?

R. Soy muy obsesivo con mi profesión, cosa que no me genera muchas simpatías en el gremio, le he dado muchas vueltas a qué cosas explican el funcionamiento tan anómalo del periodismo español en el compromiso con la democracia. Los grandes medios y las grandes cadenas de televisión generalista siguen siendo el principal conformador de opinión pública, más porque vivimos en sociedades muy envejecidas, ya que la mitad mayor de la población es el público objetivo de las principales cadenas televisivas. Hay muchas anomalías en la televisión de España. Primero, que se permitiera una hiperconcentración de la televisión en abierto en dos grandes conglomerados privados. Los redactores originales de los preceptos liberales ‘antitrust’ estarían escandalizados. Segundo: el capital de esos dos conglomerados es extranjero. A priori, eso no debería ser un problema. Pero luego vemos, como ha ocurrido durante la pandemia, en la que ha habido que apelar a la razón de Estado porque nos encontrábamos frente a una situación excepcionalísima, que sí es un problema que esos capitales estén en manos de empresas que no tienen ningún compromiso con el bien del país. Tercero: la absoluta centralidad en Madrid. ¿Por qué no existe ninguna licencia estatal privada radicada en Bilbao, Barcelona, Sevilla, Valencia o A Coruña? Madrid, en términos periodísticos, es una especie de campana de autorresonancia en la que todo lo que produce rebota contra sí misma. Lo que hay al otro lado de la M-30 no es donde vamos a pasar el fin de semana, son sociedades sofisticadas con sus propias dinámicas políticas y mediáticas.

placeholder Isabel Díaz Ayuso en una imagen de archivo. (EFE)
Isabel Díaz Ayuso en una imagen de archivo. (EFE)

P. De eso se quejaban el resto de las provincias tras la cobertura de Filomena.

Exacto. Pero también hay una última peculiaridad de nuestro periodismo en democracia, que es que fue convocado en la transición para ser parte de un proceso de democratización del país. Eso creó toda una generación de periodistas que se creen actores principales de la política. Y eso es un problema. Esos periodistas llamados a filas en ese momento se creyeron ministros, y cuando alguien no les reconoció esa calidad de actores políticos se rebelaron. Todo esto se estropeó del todo porque el mayor ‘fake’ periodístico que se ha producido en la historia de España, que fue el intentar atribuir los atentados del 11 de marzo de 2004 al PSOE en comandita con ETA, fue una mentira en portada durante cuatro años y pico y que no tuvo costes. Por intereses políticos extraordinariamente concretos, con nombres y apellidos, se estuvo lanzando un ‘invent’ en portada durante cuatro años y medio y ni siquiera el establecimiento de una sentencia judicial respecto a la atribución de la autoría de aquellos atentados tuvo un mínimo coste para ninguno de los protagonistas de aquel ‘fake’ periodístico monstruoso. Todos ellos siguen en ejercicio y en lugares destacados. Creo que entonces se creó una impunidad absoluta. Y eso es aterrador para el ejercicio de la profesión.

P. ¿Se da por hecho la falta de compromiso de algunos medios con la verdad?

No me siento nada cómodo con la palabra “verdad” para referirse, sobre todo, al periodismo político, que es un terreno muy esquivo. Eso sí, los hechos existen y la mentira existe. En el libro sí entro en detalle en la idea de que el periodismo político existe para construir un relato -por eso pongo el ejemplo de las películas-, un discurso sobre lo que ocurre. Porque, en el fondo, hacer información política no es más que seguir los discursos de otros, separar el grano de la paja e intentar no ser un simple altavoz. La política no tiene muchos hechos más allá del BOE, pero nadie habla del BOE. Hacemos periodismo con declaraciones. Si vas a participar en un juego que es una competición de relatos tienes que buscar un relato que sea honesto, coherente con los surcos de la historia -las trayectorias de las cosas-, e hilvanarlo. Por eso creo que son útiles las ficciones preexistentes de la cultura popular.

P. Hablando del uso de las ficciones en el discurso político. ¿Viste la entrevista de Iván Redondo en el programa de Évole?

Es curioso como se construye la imagen audiovisual de uno mismo y cómo puedes ser extraordinariamente consciente desde fuera de cómo otros construyen el relato y no ser eficiente contigo mismo. Como dicen en las películas de abogados: “Nunca te representes a ti mismo, por muy bueno que seas”. En la maravillosa ‘The Good Fight’ siempre se representan unos a otros cuando se meten en líos.

La gran novedad del ‘trumpismo’ consiste en que el bruto gana. Que es lo que está usando Ayuso.

P. ¿Qué culpa han tenido los medios al convertir la política en un espectáculo de la lucha de los partidos por hacerse con el titular más llamativo, lo que está llevando a las declaraciones más delirantes?

La dinámica de los medios de comunicación siempre es espectacularizante, pero en ningún sitio está escrito que se tenga que premiar al peor. Dicen que la política se ha convertido en un ‘reality’. ¡Coño! ¡Es que en un ‘reality’ gana el bueno! El que canta mejor, ¿no? La gran novedad del ‘trumpismo’ consiste en que el bruto gana. Que es lo que está usando Ayuso. Creo que es muy importante subrayar que Ayuso y Vox no son la misma cosa. Lo de que el bruto gana lo hemos visto con Farage, Boris Johnson, Trump, Bolsonaro y Duterte. Aquel que de forma más evidente es el repetidor de clase y te hace ‘bullying’ es el que triunfa. Y Ayuso responde a ese modelo. Ese aparente desparpajo y falta de sofisticación. Ese “te digo la mayor burrada y no importa, porque mañana diré otra” y el “¡Olé tú, que la dices!”, todo esto es un producto de la época muy específico que se estudiará en un futuro. Podíamos tener a los más brillantes, pero ya no funciona. Se ve en la mutación del discurso de Pablo Casado en los últimos años; ya no intenta ser culto y sofisticado, sino todo lo contrario. Creo que no le va a ir bien esto a Casado; una de las cosas que hemos descubierto del modelo Trump es que ellos no interpretan el personaje tosco. Ellos son así. Intentar fabricarse esa tosquedad no funciona. Ayuso funciona porque es lo que vemos.

P. Y esto, dices, es muy diferente a Vox

Sí, porque Vox es la reacción del Estado profundo a los desafíos del presente. En España, expresados en el 15-M y en el Procés. Por eso, el grupo parlamentario de Vox, en vez de parecerse al ‘lepenismo’ o a la ultraderecha italiana, que son claramente la expresión de los perdedores de la globalización, está compuesto por abogados del Estado, técnicos de comercio, militares en la reserva, jueces en excedencia. Son el Estado profundo que, con su propia inercia, crea un sujeto político para luchar contra la posmodernidad, contra el presente, básicamente. Otra cosa es que los intereses de ese trumpismo madrileño y ese viejo-nacional-catolicismo sean coincidentes. Pero son fenómenos de naturaleza muy distinta.

placeholder Pablo Iglesias frente a Íñigo Errejón en 2020. (Efe)
Pablo Iglesias frente a Íñigo Errejón en 2020. (Efe)

P. Desde 2016 escribes crónica parlamentaria enfocada, sobre todo, en Podemos. Apuntas a dos fechas concretas como determinantes del devenir posterior del partido: 2015, el subidón de las primeras elecciones, y 2019, la salida de Íñigo Errejón. Comparas las tensiones dentro del partido con, por ejemplo, las que sufrieron Steve Jobs y Steven Wozniak por la autoría del primer ordenador de Apple o Mark Zuckerberg y Eduardo Saverin en el caso de Facebook. ¿Hubo una mala gestión del éxito?

Han vivido el síndrome de Silicon Valley, que es el de “yo estaba en el garaje cuando se inventó el Mac”. Hay muchas lecturas del proceso de desintegración que sufrió Podemos. Tiene mucho que ver cómo ha incidido el ambiente alrededor. El gran cisma de Podemos fue instigado desde fuera interesadamente. Pero también hay una cuestión generacional que a ellos les irrita mucho que se diga, pero es cierta. Hubo una sensación como de ‘¿Quién se ha llevado mi queso?’. Este rollo de que “es un proyecto colectivo y, además, todos somos de raíz marxista”. Y al día siguiente sales en la tele y te desahogas. ¿Qué pasó? ¿Te quitaron del número de la lista en el que tú considerabas que debías ir? Pero, ¿esto no era un problema colectivo, una sociedad civil metida a hacer política para intentar arreglar el país? Si, por lo que sea, te has caído de la lista, no pasa nada. Sigue trabajando. ¿Qué hemos visto en las luchas cainitas de Podemos? Que era básicamente todo una cuestión personal.

P. ¿Entre Iglesias y Errejón hubo competición de gallos de corral?

Ha habido muchas pugnas de Podemos. Cada provincia ha tenido la suya. Como en Ciudadanos. Como en cualquier partido que ha tenido que implantarse rápidamente en el territorio. Pero la gran pugna ha sido la de Pablo e Íñigo. Una pelea de gallos. Y es muy importante cómo escenificaron ellos mismos esas dificultades ante el ciudadano, ante el espectador. La pugna que arranca en 2016 entre ellos es una historia por la que un novelista mataría: dos amigos desde la adolescencia enfrentados por el poder; uno es el arrojado, el otro es el intelectual; uno tiene pinta de haber sido el líder del patio y el otro de llevarse collejas -que luego eso no es así, por lo que yo sé-. Encarnan esos dos arquetipos. Y la forma en la que se desplegó ese conflicto es casi un canon de Patricia Highsmith. La amistad maldita. La amistad condenada. Es como la historia de Eduardo Saverin, el brasileño de Facebook, con Mark Zuckerberg. Es como Thor y Loki. Luego también habría que hablar de los intereses sistémicos que actuaron para que se produjese este cisma.Es que la historia lo tiene todo.

P. Es conocida tu buena relación con Iglesias. ¿Se mantiene hoy, con él fuera del Parlamento?

Tengo muy buena relación con muchos políticos. Con Pablo he tenido muy buena relación. Lasalle es un amigo personal; nos conocimos cuando era secretario de Estado. Tenemos una devoción mutua y distante -por lo serio que es- Aitor Esteban y yo. Siempre he tenido en mucha estima a Gabriel Rufián, incluso cuando todo el mundo lo odiaba, porque me parece un personaje extraordinariamente inteligente y divertido. Yo dejé muy buenos amigos en la política de Asturias cuando estuve trabajando allí. Nunca he tenido ningún problema en relacionarme con nadie que fuese objeto de la información que hacía. O he tenido mucha suerte o he elegido bien, pero nunca he tenido que informar de la cuenta de 40 millones de euros en las Islas Caimán de ninguna persona a la que tenía estima. A lo mejor tengo olfato. Lo mismo en el mundo de la cultura, aunque ahí ha sido donde he percibido más el ‘gap’. Pero quiero con locura a Diego San José, a Nacho Vigalondo, a Paula Ortiz, a Isaki Lacuesta. A mí esta profesión me gusta porque se conoce a gente interesante. Eso sí, en Vox no tendría amigos, para qué mentir.

Mucha gente se siente más cómoda con la nostalgia de un antes en la que la sociedad se dividía en campesinos y señoritos

P. En tu libro criticas el "sinfín de guerras identitarias" y la reescritura de la identidad ajena "con propósitos políticos". Pero también dices que, al fin y al cabo, son los colectivos los que consiguen los derechos. ¿Abolimos o no las etiquetas?

Yo en estos temas tengo una visión extraordinariamente laica. Creo que, además, la he aprendido de David Rieff, el hijo de Susan Sontag, que es un ensayista muy atrevido y al que le funciona muy bien la cabeza. Dice que hay una serie de cosas que en una sociedad democrática sirven si son funcionales. Discutir sobre si existen de verdad las raíces históricas de tal o cual no tiene sentido. Es lo que me pasa con el tema de las identidades. La identidad de género, alimenticia -si comes esto o lo otro-, territorial o lo que sea. No creo que detrás de ellas haya ningún esencialismo. Toda identidad colectiva es una contingencia. Es decir, es un convenio. El mundo contemporáneo es muy complejo y mucha gente se siente más cómoda con la nostalgia de un antes en la que la sociedad se dividía en campesinos y señoritos. Si eso además se convierte en un ariete contra todos aquellos que han encontrado unas causas específicas con las que identificarse y luchar estás disparando a los tuyos. Creo que la izquierda, no sólo española, sino la izquierda intelectual europea, está metida en este galimatías. Propongo reconocer que toda identidad colectiva es un convenio y es tan gratuita y artificial la catalogación de vegano, queer y clase trabajadora. Igual. Sólo depende de cuál es el principio que te apela más. Yo reivindico emanciparse de todo esto, porque creo que en ello hay una violencia política. Y esto me lo hizo ver Guillaume Galliene, cuando lo entrevisté por ‘Guillaume y los chicos. ¡A la mesa!’. En resumen, él fue siempre amanerado y lo que su familia quería era que reconociese que era homosexual. Lo que él me dijo es que se dio cuenta que no necesitaba etiquetas para construir su identidad, sino que eran los demás los que se la exigían. Y eso es un acto de violencia política. Si te sirve para ti está bien, pero es bueno que recordemos que esas categorías son arbitrarias.

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