El otro Holocausto alemán: el genocidio oculto de Namibia
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El otro Holocausto alemán: el genocidio oculto de Namibia

Alemania acaba de asumir de forma oficial las masacres de las etnias herero y nama cometidas entre 1904 y 1908

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Los alemanes también utilizaron los campos de concentración con los Herero

El pasado viernes 28 de mayo Alemania reconoció oficialmente que las masacres perpetradas por su ejército imperial contra las etnias herero y nama entre 1904 y 1908 fueron un genocidio. El acuerdo, rubricado tras años de profundas discrepancias entre los negociantes, estipula destinar más de mil cien millones para el desarrollo de Namibia, donde acaecieron los hechos. La ausencia de compensaciones individuales es el único tachón de este expediente, jalonado con la asunción de culpa y la petición de perdón desde el Gobierno de Berlín.

Para la mayoría de lectores europeos este episodio no suena siquiera remoto, es inexistente por los tumbos de la Historia del siglo XX, teñido de violencia, agravada en el caso germánico por el estigma del Holocausto judío, paradigma del mal humano desde las funestas acciones del Tercer Reich.

Por eso mismo antes de abordar desarrollos y consecuencias es conveniente narrar lo sucedido para comprender con garantías todo el conjunto. En 1881 Adolf Lüderditz, oriundo de Bremen, recaló en la localidad nigeriana de Lagos con la intención de establecer sus negocios. El fracaso no le desanimó obcecándose junto a su socio Henrich Vogelsang en repasar en los mapas todas aquellas tierras libres en África, fijándose en Angra Pequeña, una zona costera del suroeste.

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Adolf Lüderditz

Llegaron a la misma en 1883 y el guano, un fertilizante, les pareció una opción idónea para prosperar. Poco a poco expandieron sus tentáculos, hasta comprar el territorio donde se habían establecido, adquiriendo esas ocho millas a cambio de cien libras y doscientos rifles Westley. El canje pactado con Josef Fredericks, jefe de los Nama, les dio el impulso para ser aún más ambiciosos. Al cabo de poco tiempo cerraron otro fabuloso acuerdo con su interlocutor mediante una estafa triunfal por la diferente medición de la milla: la alemana abarca siete 7.149 metros, mientras la británica se limita a los clásicos 1.609. Fredericks aceptó quinientas libras esterlinas y sesenta rifles por las hectáreas comprendidas entre Angra pequeña y la desembocadura del río Orange, denominadas a partir de entonces Lüderitzland.

Génesis de un genocidio

Lüderditz solicitó al gobierno alemán ayuda para configurar un protectorado en la región, indispensable para la estabilidad de sus proyectos. El eterno canciller Bismarck, a las puertas de una decisiva campaña electoral, movió ficha en la primavera de 1884 desde lo diplomático. Conminó a su cónsul en Ciudad del Cabo a departir con Londres, y al no recibir respuesta envió a las corbetas Leipzig y Elisabeth para enarbolar la bandera del Reich el 7 de agosto de 1884, verdadero inicio del despliegue en la futura colonia teutona de África del suroeste, allanándose la ruta primero con el Congreso de Berlín de 1885, célebre por el reparto entre las grandes potencias del continente negro, al procurar para la nación ascendiente del Viejo Mundo las posesiones de Camerún, África Oriental, Togo y nuestra protagonista, todas con salida a los océanos.

En 1885 se fundó, bien respaldada por distintos banqueros, la Sociedad Colonial Alemana para el África del Suroeste

Al final el pobre Lüderditz, ahogado en el Orange, fue una mera avanzadilla par los intereses estatales. En 1885 se fundó, bien respaldada por distintos banqueros, la Sociedad Colonial Alemana para el África del Suroeste, con plenos derechos de monopolio en sintonía con la querencia de Bismarck por desarrollar su sistema africano con dinero privado, sin ser ello impedimento para nombrar un comisionado gubernamental. El debutante en esas lides fue Heinrich Göring, padre del jerarca nazi, impotente para entender el laberinto tribal, algo donde fue mucho más hábil Theodor Leutwein, en el cargo desde 1894.

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El sanguinario general Von Trotha

El coronel manipuló a los nativos desde varias perspectivas. Los Nama eran más conocidos en Occidente como hotentotes, exhibidos en vivo y en museos como curiosidad antropológica para demostrar la superioridad racial blanca. El negro de Banyoles, expuesto en una vitrina hasta 1992, pertenecía a esta etnia. Tanto ellos como los Herero compartían una cultura basada en la crianza de ganado, asimismo con valor religioso para estos últimos, nómadas surgidos durante el siglo XVI de la escisión del pueblo Mbandu, residente en esa fecha en la actual Botswana. Desde su filosofía, los pastos para alimentar a sus bestias eran propiedad colectiva e inalienable de la tribu, conformada a finales del XIX por unas ochenta mil almas.

Leutwein quiso sembrar la discordia entre estos grupos a través de acciones políticas para despojarlos de sus recursos y apuntalar el asentamiento de colonos. El auxilio de la Schütztruppe, fuerzas independientes bajo la supervisión directa del Káiser, aceleró el proceso de expropiación y dominación, sin duda facilitado por la peste bovina de 1897, fulminante para el 80% del ganado herero y fatal para su población, diezmada por las hambrunas y la presión de la Metrópolis, tan demoledora como para reducirlos casi a la proletarización.

Métodos para inaugurar un siglo

placeholder La masacre de los hereros
La masacre de los hereros

El jefe de los Herero, Samuel Maharero, aspiraba a reverdecer la fallida revuelta de 1896 para rentabilizar la superioridad numérica de los suyos y terminar con los múltiples acosos de soldados, granjeros y la administración, desatada con la construcción del ferrocarril. En enero de 1904, junto a 6.000 hombres, lanzó un ataque contra el puesto comercial alemán de Okahandja, saldado con el asesinato de 123 colonos. Esta ofensiva por sorpresa supuso el reemplazo de Leutwein por Lothar von Trotha, general con experiencia previa en la región y muchos galones en China al haberse destacado como comandante del Reich durante el levantamiento de los Bóxers de 1898.

Este bagaje internacional es clave si pretendemos asimilar la concepción bélica del temible von Trotha, quien con toda probabilidad tenía en mente situaciones recientes como la humillante derrota italiana de 1896 en Adua contra los etíopes o las dificultades rusas ante el modernizado Japón de la Restauración Meiji. Alemania no podía correr la misma suerte, planteándose una guerra de exterminio total, simbolizada en el mensaje emitido tras acorralar a sus enemigos en Waterberg para forzar su huida, justo en el borde del desierto de Omaheke: “Yo, el gran general de las tropas alemanas, mando este mensaje al pueblo Herero. Todos los Herero deben abandonar estas tierras. Cualquiera de ellos localizado en las fronteras alemanas con o sin fusil, con o sin ganado, será fusilado. No recibiré más a niños o mujeres; los devolveré a su pueblo. Los fusilaré. Esta es mi determinación para el pueblo Herero.”

"Todos los Herero deben abandonar estas tierras. Cualquiera de ellos localizado en las fronteras alemanas con o sin fusil será fusilado"

Según la definición acuñada por Rafael Lemkin, un genocidio, posible a través de distintas formas, se caracteriza por la aplicación sistemática de medidas para exterminar deliberadamente a grupos nacionales, étnicos o religiosos. El alto mando berlinés dio su plácet a von Trotha, a quien poco importó la resolución favorable del conflicto desde su voluntad de aniquilación, completada con asesinatos a sangre fría, largas marchas en la inmensidad del desierto, con la consiguiente deshidratación y muerte de los damnificados, envenenamiento de pozos acuíferos y el sádico broche de los campos de concentración, a imitación de lo realizado por los ingleses en Sudáfrica con los Boers, si bien aquí emergieron en 1905, cuando Europa supo de lo acontecido y Guillermo II exigió revocar los dictámenes de su enviado.

En la isla de Shark Island hubo experimentos científicos como medir los cráneos de los reos fallecidos para verificar su inferioridad racial

Los campos no fueron sólo de internamiento. El de la isla de Shark Island, ubicado en la bahía de Lüderitz, devino una casa del horror mezcla de movimientos económicos y experimentos científicos como medir los cráneos de los reos fallecidos para verificar su inferioridad racial. En términos estrictos su función primigenia era acoger a sus reclusos para exterminarlos con parsimonia. Otros Lager fueron propiedad de empresas de import-export como la Woermann, prolífica en el uso de mano de obra carcelaria.

El olvido y la recuperación

El genocidio, con más de 65.000 herero desaparecidos, terminó en 1908, cuando los Nama cesaron su guerra de guerrillas. Ambas tribus vieron roto su tejido tradicional al impedirles reagruparse, confiscándoles su patrimonio y prohibiéndoles la posesión de ganado, tumba para sus actividades pecuniarias y espirituales. Los movimientos de los escasos y disgregados supervivientes fueron supervisados a rajatabla con pasaportes específicos y permisos laborales.

En 1919 Alemania perdió sus colonias con el Diktat de Versalles. Hasta 1980 la historiografía germánica sobre la cuestión continuaba con el mito del buen civilizador occidental, piadoso con los nativos como si fueran animales sin raciocinio.

placeholder Mural que representa el genocidio
Mural que representa el genocidio

Otro escollo hacia la amnesia es la Shoa, cumbre de infamia. Para algunos historiadores formular una cadena evolutiva entre el Genocidio Herero y el Holocausto Judío es una tentación y un despropósito por el peligro de identificar ambos desde una especie de espíritu nacional proclive a la barbarie, aunque para otros los doce años nacionalsocialistas son una magnífica excusa para el olvido de un asunto nada menor, obstaculizado en su recuerdo en Namibia, incómoda con ese pasado y feliz por fijar 1990 como gran año de Liberación Nacional al independizarse de Sudáfrica y su Apartheid.

Hasta 1980 la historiografía germánica sobre la cuestión continuaba con el mito del buen civilizador occidental

Los únicos con arrestos para revertir esta injusta desmemoria fueron los descendientes herero y nama, quienes con la cercanía del centenario revivieron, transcribo las palabras de Roman Herzog, Presidente Federal Alemán entre 1994 y 1999, “ese sombrío capítulo de una lejana historia en común.” Alemania, brillante tras la caída del Muro en su pedagogía sobre el nazismo, quiso mantener sus vergüenzas coloniales a salvo. Recuperándolas, exhibiéndolas, restaña heridas muy dolorosas y quizá inaugure una lanzadera para aceptar la complejidad de todo pasado más allá de tópicos consabidos, tapadera de un mosaico macabro aún con muchas teselas por descubrir.

Holocausto Camerún Siglo XX