Lorenzo Silva, el comunero: "Fue la primera revolución moderna"
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Lorenzo Silva, el comunero: "Fue la primera revolución moderna"

El escritor presenta en Toledo su novela 'Castellano', un viaje personal por Castilla y por la historia de los comuneros ajusticiados por el emperador Carlos V hace 500 años

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El escritor Lorenzo Silva ante la estatua del comunero Juan Padilla en Toledo (CARLOS RUÍZ)

Luce el sol en la puerta de la iglesia de San Juan de los Reyes en Toledo. Una luz casi blanca en una plaza sin turistas y sin ruidos. De igual manera casi estaría -quizá algún carro, algún comerciante y paseante- en la primavera de 1520 cuando un franciscano predicaba de forma virulenta contra el emperador Carlos V. Por extranjero -echaba de menos a los reyes católicos- y por haber implantado impuestos que consideraba abusivos. Por allí se pasearía un tal Juan de Padilla, noble toledano que también se había significado contra el emperador, y que vivía a solo unos pocos metros.

Y así, entre discursos y alguna asamblea, comenzaría a mascarse la revuelta de los comuneros de Castilla que acabaría con ejecuciones y horcas, pero tambien como “la primera revolución moderna de la historia” y “la base del liberalismo del XIX”, según defendieron los románticos y afirma hoy el escritor Lorenzo Silva, que ha ficcionado estos inicios en su reciente novela ‘Castellano’, que se acaba de publicar en Destino.

placeholder 'Castellano', de Lorenzo Silva
'Castellano', de Lorenzo Silva

“Esta novela no va de ajustar cuentas sino de sacar del olvido una historia”, resume el creador de los guardias civiles Bevilacqua y Chamorro que esta vez ha incursionado en la novela histórica -ahora se cumplen además 500 años del ajusticiamiento de los comuneros Padilla, Juan Bravo y Francisco Maldonado en Villalar- mezclada con recuerdos personales y viajes por la Castilla actual. Una novela de 300 páginas que cuenta los acontecimientos principales y que se detiene en los lugares en los que todo ocurrió entre 1520 y febrero de 1522 cuando María Pacheco, comunera también y viuda de Padilla, abandonó la ciudad del Tajo.

Silva se detiene en la plaza de Zocodover. Ahora hay algunas terrazas, pero apenas están concurridas. Esta fue la plaza de las asambleas -siempre son las plazas- donde se reunían las clases populares, comerciantes, pero también parte de la burguesía urbana para quejarse de la política que había impuesto aquel joven emperador -Carlos V solo tenía 20 años- que ni siquiera hablaba español. “Y también fue donde Acuña, el obispo de Zamora, se dio un baño de multitudes porque quería ser el arzobispo de Toledo y se puso de parte de los comuneros", señala el escritor. Y también estaba por allí María Pacheco, una noble que, aunque hubiera recibido dinero de los impuestos recaudados, defendió a los que tenían que pagarlos.

"La represión del emperador fue durísima. No solo se decapitó a los líderes sino que hubo más de 20 condenados a muerte"

También había encuentros de los rebeldes en las parroquias. La de Padilla era la de San Román, que sigue en pie. Al lado hay hoy una estatua del poeta y soldado Garcilaso de la Vega. Y hay una historia curiosa. Su hermano, Pedro Laso de la Vega, se unió al principio a los rebeldes. De hecho, cuando se creó la junta de Tordesillas, en la que había representación de las doce ciudades que se habían declarado en rebeldía, fue diputado por Toledo. Sin embargo, después se pasó al bando del emperador. “Pero Carlos V no se lo agradeció por lo que tuvo que exiliarse a Portugal. Garcilaso siempre estuvo en el bando del emperador, pero cuando fue a la boda de una hija de su hermano, como este había sido comunero, fue detenido y encerrado. Esto muestra cómo la represión del emperador fue durísima. No solo se decapitó a los líderes sino que hubo más de 20 condenados a muerte y 300 personas nunca recibieron el perdón. Y las ciudades rebeldes tuvieron penas tan duras que quedaron arruinadas”, explica Silva. Así se las gastaba Carlos V. “La memoria de los comuneros ha quedado bastante en Castilla y es algo todavía hoy difícil de extirpar”, añade.

Tan fuerte fue la represión que el toledano Juan de Padilla no ha tenido una estatua en Toledo hasta el año 2015. Ha tenido que esperar 494 años “desde que diera la vida por la ciudad”, apunta Silva. Hoy se encuentra en la plaza Padilla -”donde tiene que estar”- que era donde se hallaba su propia casa, de la cual no queda nada “porque cuando fracasó la revuelta se derribó y hasta araron con sal el solar”, señala el escritor. La estatua dice muchas cosas de cómo fue la revuelta, según sostiene Silva. Por un lado, en una mano sostiene unos grilletes abiertos. “Señala el carácter libertador del movimiento. De hecho, cargaban gritando ¡libertad!, ya que los impuestos -directos y la alcabala, una especie de IVA- les parecían abusivos y una negación de sus libertades, ya que eran para que el emperador financiara sus campañas en Europa”, manifiesta Silva, que ataja rápido cualquier comparación con la actualidad: “La palabra libertad es demasiado amplia. La de los comuneros era una libertad frente a unos impuestos que no podían pagar y que iban solo a los pobres de verdad. Y además han pasado ya 500 años”.

"La de los comuneros era una libertad frente a unos impuestos que no podían pagar y que iban solo a los pobres de verdad. Y han pasado ya 500 años"

En la otra mano, Padilla sujeta un documento. Es el imperio de la ley. Contra Carlos V, los comuneros buscaron el amparo de la reina Juana, a la que consideraban la reina legítima, pero estaba encerrada en Tordesillas. Así que se creó una Junta, que eran las cortes castellanas, donde estaban las 14 ciudades que se habían levantado -Segovia, Valladolid, Burgos, Madrid, entre ellas- y se aprobaron los Capítulos de Tordesillas, que son una especie de Constitución del reino de Castilla. “Ángel Ganivet decía que aquello fue una simple algarada medieval de nobles que buscaban mantener sus privilegios frente al nuevo emperador, pero el movimiento era mucho más transversal. El rey pensaba que el reino era su patrimonio, pero los comuneros defendían una diferencia entre rey y reino y debía siempre prevalecer el interés del reino. Esto ocurrió 258 años antes de la revolución francesa y está en toda la tradición del constitucionalismo liberal del XIX, el de las Cortes de Cádiz, y después recogido en la Constitución de 1978. Así que los comuneros perdieron la guerra, pero no se apagaron del todo”, sostiene Silva, para quien este movimiento sentenció que “la libertad es efectiva a través de las leyes, no de un iluminado”.

placeholder Lorenzo Silva ante la puerta del Cambrón por donde escapó María Pacheco (CARLOS RUÍZ)
Lorenzo Silva ante la puerta del Cambrón por donde escapó María Pacheco (CARLOS RUÍZ)

En febrero de 1522, casi un año después del ajusticiamiento de Padilla, Bravo y Maldonado, María Pacheco, que había gobernado la ciudad y liderado la resistencia contra las tropas de Carlos V, huyó de Toledo abandonando allí a su hijo al que nunca más volvió a ver. Se dio cuenta de que aquello era el final y de que la revuelta había fracasado. “Tuvo que escuchar de todo. A Pacheco se la tenía por loca, que si era una mujer visceral, que si le había comido el coco a su marido... “, comenta Silva. Ella había decidido mantener la resistencia de Toledo “porque Segovia y Valladolid ya se habían rendido y había sido muy humillante y la represión, brutal. Ella quería negociar una rendición que no fuera tan humillante y que los toledanos fueran perdonados”, cuenta el escritor.

"Las leyes de los comuneros están en toda la tradición del constitucionalismo liberal del XIX después recogido en la Constitución de 1978"

No pudo ser. Salió de la ciudad por la Puerta del Cambrón, por la que hoy salen y entran los coches, y que entonces guardaban unos soldados. Uno de ellos la reconoció, pero distrajo a sus compañeros para que pudiera escapar. Acudió a casa de un pariente y logró llegar a Portugal donde vivió durante diez años. A día de hoy ninguna estatua ni calle recuerda en Toledo a María Pacheco.

Una novela personal

Lorenzo Silva cuenta que ha tardado diez años en escribir esta novela y que ha sido un viaje personal como madrileño con raíces castellanas y mediterráneas. También a su identidad. De ahí lo de “castellano” del título. Pero avisa. Su inmersión en lo identitario con esta historia sobre los héroes castellanos “no tiene nada que ver con lo que yo he percibido sobre la identidad, a la que se usa como arma arrojadiza, perímetro de un colectivo al que se te exhorta a adherirte. Es una aventura personal y libre, fuera de todo estatuto y colectivo”. Afirma, además, que él no está “reclamando una nación”, puesto que “Castilla se disolvió en el imperio Habsburgo, se disolvió en lo español y en Madrid, que fue el gran colector de la emigración castellana. También hubo parte de Castilla en lo que hoy es Cantabria y La Rioja”.

“El movimiento identitario como legado cultural de valores está bastante bien, pero como garrote puede ser terrorífico"

Sobre el actual momento identitario -esa defensa de lo castellano, lo madrileño, lo andaluz o lo de cualquier otra parte de España-, el escritor reconoce que “como legado cultural de valores está bastante bien, porque es nuestra herencia; pero si se convierte en un garrote para aquellos que no cumplen con unos parámetros, entonces se convierte en una realidad terrorífica. Pero de esto no tiene la culpa la identidad”.

Insiste, no obstante, en que tampoco quiere trazar demasiados paralelismos con nuestra época, aunque reconoce que dentro de unos días se cumplirá el décimo aniversario del 15M, “que fue una explosión de capas descontentas frente al sistema y provocó un viraje de la política; y Madrid también fue una ciudad comunera, que junto con Toledo formó el embrión del ejército comunero contra el poder. Y, de alguna manera, lo que ha ocurrido ahora en Madrid con Isabel Díaz Ayuso, aunque yo no la he votado ni se me ocurriría, también ha sido un voto contra el poder”. En cualquier caso, no quiere que se tome esta historia “como un alegato contra nadie, sino desde el amor”.

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