Javier Limón: "Me da pereza el reguetón sexual y hortera"
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Javier Limón: "Me da pereza el reguetón sexual y hortera"

El productor madrileño que ha grabado a las leyendas del flamenco destaca sobre la actual revolución que vive la música hacia lo visual y critica el tópico de 'lo latino'

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Javier Limón (Cortesía: Casa Limón)

Son las 12:00 en Boston (Massachusetts, Estados Unidos); las 18:00 en Madrid. Del otro lado del teléfono y del Atlántico está Javier Limón (Madrid, 1973), el ‘alquimista’ de la música de raíz. Limón es la mente maestra que ha estado detrás de producciones antológicas de músicos de la talla de Paco de Lucía, o Enrique Morente, por ejemplo. Y su lista de colaboraciones (sean flamenco, o no) es larga. Le ha producido cinco discos a Diego ‘el Cigala’ (destacando su galardonado ‘Lagrimas negras’ de 2003, junto al pianista cubano, Bebo Valdés). También ha trabajado con Andrés Calamaro (en ‘El cantante’ y ‘Tinta roja’, álbumes más cercanos al tango, al folclore y al bolero, que al rock). ¿Más nombres? Niño Josele, Wynton Marsalis, Alicia Keys.

Limón –un estupendo conversador, por cierto– vive desde hace diez años en Boston. Ahí es profesor y director artístico en la Berklee College of Music (además de ser director del Instituto de Músicas del Mediterráneo, y de estar ligado a Berklee latino –la iniciativa de esa universidad por difundir y fomentar la música latinoamericana–). No obstante, él se asume como un “latino que vive en Estados Unidos”, porque para él ‘lo latino’ es algo muchísimo más profundo y complejo que el estereotipo referente al ‘latin lover’, ‘lo sexy’ y al pachangueo. Siempre está tocando, grabando, componiendo, y, ahora, rodando vídeos, porque no tiene duda de que la gran revolución que vive en este momento la música es la digitalización de lo visual.

Foto: José Ángel Mañas. (EFE) Opinión

¿Sus proyectos más recientes? En febrero lanzó el tema ‘Mamá africana’ junto a Alejandro Sanz, que estará incluido en el álbum ‘Hombres de fuego’ (que verá la luz en abril. Uno que él mismo define como “un disco de amigos y de canciones”). El próximo tema será ‘Tambores’, con Carlos Vives, una oda al tambor como instrumento primigenio. En ese álbum también habrá nombres como Juan Luis Guerra, Santiago Auserón, y Coque Malla.

Son muchos años ya los que lleva sobre los escenarios y en los estudios de grabación. Ha visto, escuchado, compuesto y grabado mucho, pero si algo tiene claro es que lo realmente importante, en los tiempos que corren, es conocer y difundir las músicas de raíz: porque sólo así, como lo cuenta a El Confidencial, “los artistas lograrán ser únicos y podrán ofrecer algo en un mundo muy competido y en el que la música es cada vez más visual”.

PREGUNTA. Comencemos con una fácil. ¿El reguetón mató al pop y al rock?

RESPUESTA. No. Para nada. Y hay que decir que reguetón no es bueno ni malo. Lo que puede ser malo es un arreglo o una letra, ¡¿ pero el ritmo cómo va a ser malo?! En todo caso lo que me da pereza del reguetón es que se recurra tanto al tema sexual, o que tenga una letra hortera. La palabra clave aquí es “calidad”, es decir, que las cualidades de la música no son subjetivas. O se está afinado o no se está, o se está a ritmo o no se está; eso no es discutible. Ya luego uno se puede emocionar con lo que le dé la gana. Es verdad que el reguetón, siendo objetivos, no es la música que más calidad tiene, pero eso no quiere decir que no pueda emocionar, gustar mucho a alguien, o llenar estadios. Mira, música mala la ha habido siempre. Si cogiéramos las listas de música comercial de los ochenta y noventa, nos sorprenderíamos de lo que se hacía y se vendía entonces. Un ejemplo claro: la lambada. No paró de sonar por todos los rincones del mundo, y era un horror de canción. Si nos ponemos a citar la cantidad de basura sonora de cada verano, la lista sería eterna.

La 'lambada' no paró de sonar por todos los rincones del mundo y era un horror

Lo que quiero decir es que cualquiera se puede emocionar más con el “ice, ice, baby” de Vanilla Ice que con Shostakóvich y Stravinsky juntos. Y eso es muy respetable. Lo que no se puede decir es que “ice, ice, baby” tiene más calidad que Shostakóvich y que Stravinsky. Sencillamente, porque hay argumentos físicos y razones que explican por qué ellos tienen mayor complejidad armónica, mayor riqueza, etcétera. O el mismo Alejandro Sanz, que hace una música maravillosa, te puede gustar o no, pero la calidad en su trabajo es incuestionable. Mira su disco ‘No es lo mismo’, tiene a Anthony Jackson en el bajo, y a Horacio ‘el Negro’ Hernández en la batería. Y eso hay que valorarlo, de lo contrario terminaremos todos haciendo música con el móvil con el Garage band.

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Javier Limón

P. Pues parece que sí que hay mucha gente que se emociona con el reggaetón.

R. Claro, y es muy válido. E insisto el reggaetón no es ni bueno ni malo. Pero en la música sucede como con la gramática y la ortografía: si tu escribes “burro” con ‘v’, está mal escrito. Que te emociona más, pues estupendo. Pero está mal escrito. A la gente le gusta leer algo bien escrito. Pues con la música es lo mismo, a los músicos nos gusta la música bien tocada.

P. Entonces, ¿hay música mala?

R. No la hay. Sólo existe el músico nefasto. Respecto a los hits de reguetón que ahora arrasan, pues habría que ver si dentro de diez o veinte años siguen vigentes. Es muy difícil que la música que no tiene la máxima calidad soporte el paso del tiempo. Pero, cuidado, que hoy hay muy buena música también. Justo escuchaba con mi hijo el disco de Bruno Mars con Anderson Paak, y ¡es una bestialidad! Es maravilloso. Es actual, joven, comercial, pop. ¡Y Billie Eilish es genial! Eso es indiscutible. Su tema ‘hostage’ está en un compás de 7/4, que es complejísimo. Y no lo sientes; vamos, que te lo comes con papas. Yo tardé un mes en darme cuenta de ello. Y es así porque la canción lo pide, no por una cuestión elitista de “vamos a hacer una canción muy complicada”. Es que es buenísimo. Yo creo que hay muchos referentes de música que se hace hoy muy buena y muy comercial.

P. ¿Es cierto que la pandemia sólo aceleró un proceso que ya era inevitable en la música, es decir, la digitalización de lo visual?

R. Sí. Y merece la pena reflexionar sobre este asunto. A la música, como a todas las artes, le afecta mucho el tiempo. Y, por supuesto, los avances tecnológicos. Imagínate, el teatro pasó a ser cine. En el siglo XX, hubo dos cambios radicales en la historia de la música. El primero fue la grabación. Luego fue la electricidad. Antes, todos los cantantes eran líricos y necesitaban de muchísimo volumen en la voz, pero cuando llegó el micrófono dejaron de cantar fuerte. Y hoy estamos ante algo igual de importante: la digitalización visual de la música. Hace diez o quince años, sólo llevábamos un teléfono cuando íbamos por la calle; ahora todos llevamos una pantalla en el bolsillo. Hoy, sin duda alguna, la música está más vinculada, como nunca antes, a lo visual. Ahora mismo, hablando contigo, estoy frente a una pantalla con el Adobe Premier abierto porque, además de haber compuesto una canción, la he tocado, la he producido, y también he rodado el vídeo. Yo ya compongo pensando en que hay una carga visual innegable ¡Y no pasa nada! No se es menos músico por eso. También hay otros artistas que componen pensando ya en la puesta en escena o en el directo.

Artistas que musicalmente no son tan potentes puedan ser competitivos por lo visual

La gran revolución ahora es la carga visual tan fuerte que tiene la música. Eso logra que muchos artistas que tal vez musicalmente no son tan potentes puedan ser más competitivos. Si piensas en los dos o tres nombres de grandes artistas jóvenes que hay ahora en España reventando las listas, todos tienen un gran pie en lo visual. Y sin ese pie probablemente no estarían donde están. También, hay que entender a la globalización. Antes, sacabas un tema y éste sólo estaba en tu país, en tu radio, en tu televisión y en tu prensa. Ahora, algo que estás tocando en Madrid está instantáneamente en Corea, Perú o Canadá. Eso hace que la música que es más global lo tenga mejor. Aunque, cuidado, eso puede ser un arma de doble filo. Mira, si eres español y te pones a tocar blues en inglés, lo tendrás más difícil que si eres español y tocas algo que tenga un poquito de raíz. Si tocas algo propio, entonces tendrás algo que aportar.

P. Entonces, ¿la música de raíz es la clave para la diferenciación?

R. Exactamente. Imagínate una canción de folk americano tocada por un chaval de Jaén, ¿tú sabes la cantidad de gente de Colorado, de Nebraska, de Los Ángeles, de Nueva York, que tienen el inglés como lengua materna y que hacen esa música porque es su raíz? Por eso es importante seguir conociendo, difundiendo y tocando las músicas propias, de la propia raíz (flamenco, mediterráneas, iberoamericanas, asiáticas, etcétera). Por ejemplo, Carlos Vives con la música colombiana lo ha hecho genial: con el vallenato y la cumbia haciendo música pop. El propio Alejando Sanz, cuando era joven, la compañía de discos le pedía que por favor su música no sonara nada a flamenco. Se lo prohibían. ¡Qué gran contradicción, cuando el tema más comercial de la historia de la música en España es ‘Corazón partío’, una rumba flamenca! Con Vicente Amigo haciendo el solo y Antonio Canales bailando en el vídeo. Yo creo que la gran aportación de Alejando a la música es haber sabido utilizar su raíz para hacer pop. Yo creo que ahí está la clave, en tener un balance entre un discurso global, pero apostando por la originalidad que te puede dar la música de raíz.

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Javier Limón

P. ¿Y Rosalía?

R. Ella lo ha hecho muy bien, porque ha cogido la música de raíz y la ha mezclado con sonoridades nuevas. Canta muy bien y tiene canciones bonitas. Y a nivel visual es incuestionablemente una artista novedosa y diferente. Es encantadora y muy trabajadora. Me alegro mucho por su éxito.

P. “Nunca ha sido un mejor momento para vivir de la música, y hoy se factura más que nunca”, ese titular me lo regaló usted.

R. (Risas) Como me decía mi amigo Narcís Rebollo (presidente de Universal Music España): “cobramos hasta del Tik Tok”. Eso lo resume todo.
Contrario a lo que todo el mundo pensaba, la digitalización ha hecho que la música esté más legislada y controlada que nunca. Recuerdo que hace como diez años, había una sociedad de los internautas que defendían la música libre en internet. Lo que no sabían es que estaban pagando la música, pero de otra manera: a través de la cuenta de Telefónica, del ordenador, de la publicidad que te comes en YouTube, etcétera. No hay nada gratis en la vida. En cuanto las compañías de discos han sabido cómo gestionar eso, ha cambiado todo.

P. Entonces, ¿existe la música libre?

R. Para mí, la música libre, libre de verdad, es la que se hace en casa, entre amigos, en una boda, en una reunión. Esa es la que está libre de toda culpa. En pocas palabras, la que no tiene vínculo alguno con el negocio ni con el número de views. Te confieso que para mi no hay cosa más aburrida que hablar de dinero, de views o de likes en relación con la música. Cuando ves que a un grupo de músicos en Jerez tocando para divertirse, sintiéndolo, eso es incomparable. Y déjame decirte otra cosa: el hambre es muy importante para la creación artística. Es muy distinto escribir una canción porque te toca, porque la sientes, a tener que escribirla para poder pagar la hipoteca. Yo he hecho discos por necesidad. Y luego resultó que fueron un éxito. Es curioso, el plus que te da el hambre a veces es necesario. Si vives en una mansión y con todo el dinero del mundo, no creo que logres algo igual y con tanta potencia. El confort de la sociedad occidental a veces es puñetero para la creación artística. Por eso muchas de las grandes músicas nacen en los guetos, en la calle, en el pueblo, como el flamenco, el fado en Lisboa, el hip-hop, etcétera.

La música libre de verdad es la que se hace en casa, con amigos, libre de toda culpa

P. ¿Qué música escucha en casa?

R. Es muy raro que escuche música en casa. Es que paso 14 horas diarias frente al Protools. Prefiero cocinar o leer un libro. Yo soy compositor, sueño con escalas, con acordes. Hay canciones que las he soñado enteras, con letra y música, y me he levantado a las dos de la mañana a grabarlas con el móvil.

P. Hace ocho años, cuando ‘desmenuzó’ al flamenco con su álbum ‘Promesas de tierra’ dijo que “en cualquier expresión humana, los purismos no tienen futuro”. Poco después llegó Rosalía. ¿Qué más le puede pasar al flamenco?

R. Hace tiempo, antes de que aparecieran Rosalía, o el Niño de Elche, leí en un artículo de Diego Manrique en el que decía algo como que el flamenco no era tan interesante para los extranjeros. Además, que yo era un poco naive por haberme creído una anécdota que me contó Keith Richards en la que su padre le había dicho que antes de tocar cualquier cosa, primero tendría que aprender a tocar ‘La malagueña’. Mira, yo he estado con Alicia Keys en Madrid y me consta que ella ha preferido ir a escuchar flamenco al Candela que cualquier otra cosa. También he estado de fiesta flamenca con Lenny Kravitz. Y con el mismo Keith Richards y Sara Baras escuchando flamenco. ¡Por supuesto que es lo que más le interesa a un músico extranjero cuando llega a España! Como a mi me interesa el fado cuando voy a Lisboa. O comer ceviche cuando voy a Perú; no voy a ir ahí a ver cómo juegan al golf.

Y es que España, musical y culturalmente, tiene en el flamenco uno de sus grandes valores. Sin embargo, el purismo es muy relativo. Respecto al flamenco, éste nace de una mezcla de culturas, que en ‘Promesas de tierra’ queda muy clara: la india, la gitana, la árabe, la judía y la cristiana. Pero es que sucede lo mismo con los países, esto, hace muchos siglos, no era España, era una provincia romana. Y dentro de otros tantos, tal vez, sea otra cosa. Como con los idiomas, ya nadie habla latín. Vivimos en una evolución constante, eso hay que entenderlo y no asustarse por ello. El flamenco vino de un lugar y va hacia otro, y ya está. Es una música muy bonita, con una gran complejidad rítmica y en la interpretación vocal, y es normal que por eso le llame la atención a tantos músicos de otro lugar.

He estado con Alicia Keys en Madrid y ha preferido ir a escuchar flamenco al Candela

P. ¿Y respecto a ‘lo latino’? Hay muchos tópicos al respecto.

R. Sí, y hay que huir de ellos. A mi, por ejemplo, me molesta mucho cuando en Estados Unidos ‘lo latino’ significa ‘latin lover’ y ‘medio sexy’. No, perdona, pero la cultura latina es una cultura muy compleja, donde la africana, las nativas americanas, y la española andaluza se han juntado de una manera maravillosa y florecido de distintas maneras en distintos lugares. Me gusta que la música latina se vea cercana a Rubén Blades, a Armando Manzanero, a Caetano Veloso, a Paco de Lucía, a la raíz latina nuestra. Lo latino no es sólo lo sexy y para bailar. Tiene mucha más profundidad. La música latina va desde el flamenco hasta el jazz. Porque el jazz no se entendería sin la aportación española. Fíjate, Ned Sublette, en su libro ‘Cuba and its music’ (Chicago Review Press), comienza explicando por qué en el jazz es esencial la ciudad de Cádiz. Además, todo el mundo sabe que muchos de los grandes jazzistas, por ejemplo Dizzie Gillespie, llegaron a la cúspide cuando se acercaron a lo latino o a lo español. Desde Frank Sinatra con Jobim hasta Winton Marsallis, o Chick Corea.

¡Y es que lo latino también es Iñarritu, Almodovar, Paco de Lucía, y es Gustavo Dudamel, que dirige a la filarmónica de Los Ángeles! Lo latino, te lo digo yo como latino que vivo en Estados Unidos, es mucho más que el estereotipo que nos venden.

P. ¿Existe la ‘fusión’ en la música, o simplemente es la música respondiendo a los distintos contextos en los que se manifiesta?

R. La música es muy permeable a su entorno. Cualquier mínimo accidente puede provocar, para bien o para mal, grandes movimientos en ella, y puede influir en generaciones enteras. Te pongo dos ejemplos, uno para bien y otro para mal… En el libro que te he dicho antes, Bebo Valdés cuenta que las prostitutas cubanas del siglo XIX no querían acostarse con hombres negros, y por eso llegaban a Cuba muchas prostitutas francesas. Bueno, pues con aquellas mujeres iban también pianistas franceses para animar las fiestas. Resulta que aquellos pianistas llegaban a la isla con toda la escuela de la pianística francesa, y eso, indudablemente, creó una influencia brutal en la pianística cubana, una que hoy goza de mucho prestigio. Por otra parte, en Zimbawe estuve en un pueblecito donde había unos coros que hacían unas cosas maravillosas, cantando y con percusiones. Yo llevaba un teclado y lo regalé a aquellos músicos. Bueno, pues al año siguiente volví, y me di cuenta de que me había cargado la música del pueblo: lo que habían hecho, metiendo el teclado a todo, era horroroso. Jamás pensé que al regalarles un instrumento me cargaría el folclor del lugar.

En pocas palabras, en la música todo es una fusión. Y es inevitable. Cualquier mínimo detalle afecta. Por eso a mi me interesa más la ‘fusión’ de los músicos que de las músicas.

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