Espadachinas: la gallega valiente y otras mujeres que empuñaron la espada
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Espadachinas: la gallega valiente y otras mujeres que empuñaron la espada

Luis Soravilla ha escrito el divertido volumen ilustrado 'Mujeres de armas tomar', que reúne las historias de más de catorce féminas guerreras

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María Pita e Inés de Ben, en el libro 'Mujeres de armas tomar'

"¡Quen teña honra, que me siga!". La frase dicen que fue pronunciada por María Pita, la valerosa gallega que plantó cara a las tropas inglesas de Francis Drake allá por los años setenta del siglo XVI. Apócrifa o no, lo cierto es que ha pasado a la historia y Pita, que además fue una exitosa comerciante, tiene hoy su lugar en los libros de Historia y una plaza y una estatua en A Coruña. Sin embargo, no sucedió lo mismo con su vecina Inés de Ben, que también tenía su pequeño comercio en la ciudad y que, con igual de valentía, luchó contra los ingleses. Murió ciega y coja -de dos balazos-, la arrojaron a una fosa común y nunca más se supo de ella. A veces en la Historia pintan bastos y otras, oros.

placeholder 'Mujeres de armas tomar'
'Mujeres de armas tomar'

Su nombre lo ha rescatado ahora Luis Soravilla en el divertido volumen ‘Mujeres de armas tomar’ (Principal de los libros) que, en catorce capítulos ilustrados por él mismo y narrados con un tono desenfadado, reúne los nombres de mujeres que empuñaron espadas y sables, usaron pistolas o se liaron a pedradas. Mujeres que hicieron la guerra y que defendieron lo suyo con uñas y dientes. Algunas muy conocidas, como Pita, y otras que pasaron al olvido, como Ben. "El derroche de valor que puede dar una mujer es el mismo que el de un varón. Esa es mi conclusión", reconoce Soravilla a este periódico.

Una egipcia, una árabe, una liberal

De modo cronológico, el libro se inicia con la historia de la egipcia Hatshepsut, que llegó a ser faraona en la época en la que solo reinaban hombres que se llamaban Tutmosis y que se enfrentó sin remilgos a los nubios. Y luego no tuvo ningún problema en ser retratada en los murales con la barba postiza que usaban los faraones masculinos. A partir de ella se suceden otras historias que, como indica Soravilla, intentan ser diversas y no anclarse solo en el mundo occidental. De ahí que también esté Hind bint Utbah, de la dinastía Omeya o la japonesa Tomoe Gozen.

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La egipcia Hatshepsut


Entre las españolas, además de Pita y Ben, aparecen las liberales que se enfrentaron a los carlistas. "Busqué aquello que no aprendíamos nunca en la escuela, que fueron las guerras carlistas. Y busqué ahí mujeres. Hay mujeres famosas, pero otras desconocidas, gente del pueblo", sostiene el autor. Como María Barrachina, la aragonesa que se lió a lanzar piedras contra los soldados carlistas que se llevaban preso a su hermano por haber desertado del ejército. O todas aquellas que defendieron Bilbao de las tropas de Tomás Zumalacárregui, "un pedazo de animal, un carlista feroz" que ya se había echado al monte cuando lo de Napoleón, le describe Soravilla. La ciudad aguantó porque la taponaron bien hombres y mujeres y, como resultado, fue conocida la receta del bacalao al pilpil en el resto de España.

Otro caso que resulta fascinante es el de la cantante de ópera Julie D'Aubigny, conocida como la Maupin que, aunque no participó en ninguna guerra, "dio bastante guerra", escribe Soravilla. Nació en 1673 en Francia y murió a los 33 años. Pero le dio tiempo a hacer muchas más cosas que a casi cualquier persona en el planeta. Jugueteó por la corte de Versalles en la que trabajaba su padre, la casaron a los 14 años, poco después se fugaba con su profesor de esgrima y ella misma se convertía en espadachina y, más tarde, en estrella de la ópera. Abandonó a este profesor y tuvo varias amantes, como una a la que tuvo que rescatar de un convento (y por aquello llegó a estar en busca y captura). Finalmente, conoció a la marquesa de Florensac, con la que vivió dos años, hasta la muerte de esta. La sobrevivió muy poco tiempo.

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La cantante de ópera Madame Maupin

Admiradas, temidas y malditas

Para la elaboración de este libro, uno de los asuntos más difíciles ha sido el de la documentación. Algunos casos, como el de la reina Isabel de Inglaterra, a la que tampoco le dolieron prendas en lanzarse a la guerra, están muy documentados, pero de otros, como dice Soravilla, hay muy poco material. "Las más complicadas fueron las de las guerras carlistas y el caso de la cantinera del ejército de Napoléon. En las carlistas, lo que más hay son narraciones de violaciones, asesinatos, fusilamientos, es decir, la mujer como víctima, no como guerrera. A la cantinera la encontré en un libro sobre cantineras del ejército francés y, a partir de ahí, se pude acceder a los archivos militares franceses que están digitalizados, pero de estas mujeres son cuatro líneas por archivo. Lo que hice fue documentar la batalla de Austerlitz y reconstruir, más o menos, lo que pasó", explica el escritor.

Los perfiles que aparecen en el libro se pueden agrupar en dos categorías. Una de ellas son las que llevan la guerra en la sangre y tardan poco en disparar. "Ahí pueden estar Isabel de Inglaterra, Matilde de Canossa o Caterina Sforza", sostiene Soravilla. Las otras son las que se encuentran en la tesitura de empuñar la espada o apretar el gatillo porque "o bien tienen que defender a su familia o a sí mismas". Las circunstancias. Como ocurrió con María Pita, Inés de Ben, la cantinera de Napoleón y alguna más. "Pero el heroísmo y el valor que demuestran todas es más o menos equivalente", ratifica el escritor.

placeholder La británica Boudica frente a los romanos
La británica Boudica frente a los romanos


Y ante estas mujeres, ¿cómo se comportaron los hombres? El escritor reconoce que algunas fueron admiradas, temidas y otras malditas. Y otras lo fueron todo a la vez. Pero también es cierto que en algunas sociedades no era tan raro que las mujeres tomaran las armas. "Ocurría en los pueblos nómadas, en los árabes, cuando nació el Islam. También entre los indios en EEUU. En Japón, las mujeres de los samuráis, aunque no eran guerreras, también se entrenaban en las armas. Y en la Edad Media hubo mujeres que estuvieron al mando de un castillo. Era algo relativamente frecuente y, a la vez, relativamente raro", manifiesta Soravilla.

"En la Edad Media hubo mujeres que estuvieron al mando de un castillo. Era algo relativamente frecuente y, a la vez, relativamente raro"

El libro termina con un capítulo dedicado al arte del florete, la espada y el sable y cómo las mujeres empezaron a participar en duelos -en algunos casos a vida o muerte- por honor. Soravilla, que además es él mismo un aficionado a la esgrima, explica que, curiosamente, el desarrollo de la esgrima femenina es paralelo a la historia del sufragismo y el feminismo. "Las mujeres empezaron a batirse en duelo cuando ya había mujeres que empezaban a reclamar su papel en la cultura y la política, sobre todo a partir de la revolución francesa y el Romanticismo", cuenta el autor. Igualdad para todo, hasta para matarse. "Y después, cuando ya se convirtió en deporte, fue asombroso el número de mujeres que se apuntaron a clases de esgrima. Todo el movimiento feminista, sobre todo el inglés, recomendaba a las primeras sufragistas que practicaran artes marciales para defenderse y una de las más solicitadas era la esgrima", comenta.

No entró en los JJOO hasta 2004

También esto tuvo su reverso erótico-festivo y su punto morboso porque a finales del XIX comenzaron a pulular postales de mujeres desnudas esgrimiendo un florete. "Es que la práctica era así y se volvían locos. Después se hicieron películas de mujeres desnudas con el sable o la espada". sostiene Soravilla. La marcha siempre le ha ido a todo el mundo en cualquier época.

placeholder Mujeres en un duelo
Mujeres en un duelo

Lo que tardó más, porque es harina de otro costal, fue que las mujeres disputaran una competición de esgrima en los Juegos Olímpicos. En los primeros de la era moderna, a finales del XIX, ya entró la esgrima -y correr y saltar y poco más- pero las mujeres no pudieron disputar con el florete hasta los años veinte (casi como el voto). No pudieron empuñar la espada hasta los años noventa y la primera vez que pudieron participar en competiciones de sable fue en Atenas en 2004. No hace ni veinte años. Y eso que había habido grandes ejemplos de mujeres a las que no le tembló el pulso si tuvieron que usarlo para defenderse. De ahí, dice Soravilla, este libro. "He visto a campeonas en acción que no desmerecen frente a ningún varón. Verlas tirar es una delicia y tirar con ellas, lo aseguro, muy divertido", zanja.

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