De Havilland, la combativa: el último mito que nunca se plegó a Hollywood
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De Havilland, la combativa: el último mito que nunca se plegó a Hollywood

Su legado va mucho más allá del cine. Mujer libre y actriz de profundidad, luchó frente a los estudios para no ser una marioneta más ni la sempiterna novia del aventurero

Foto: Olivia de Havilland en una imagen de estudio.(Cordon Press)
Olivia de Havilland en una imagen de estudio.(Cordon Press)

Una británica en la corte de Hollywood. Si en Estados Unidos alguna vez hubo una realeza, esa fue la del starsystem del cine clásico. Y la última de sus grandes estrellas, tras la muerte de Kirk Douglas el pasado febrero, fue Olivia de Havilland. Desde su nacimiento, su vida fue una película. Último vestigio del cine de estudios en su máximo esplendor y no sólo una cara bonita: ganó dos oscars, el primero en 1947 por 'Vida íntima de Julia Norris' y otro en 1950 por 'La heredera' de william Wyler. Vio por primera vez la luz bajo el cielo de Tokio, donde su padre, un abogado británico, ejercía en el campo de las patentes. Y ha muerto a los 104 años en París, ciudad en la que residió desde los años 50 y de la que recibió la condecoración de Caballero de la Legión de Honor, máximo reconocimiento de la República Francesa. Allí llegó de la mano del escritor francés Pierre Galante, y allí se quedó una vez se rompió aquel matrimonio.

Antes de que Hollywood levantase las alfombras y encontrase la suciedad debajo de ellas, De Havilland ya demostró su carácter frente a los grandes estudios: en los años 40 se quejó ante los estudios de la Warner, de quien era una de las actrices emblema, por considerar que sus papeles eran poco artísticos y superficiales –entonces los grandes personajes se los llevaba Bette Davis–. El conficto estalló en la película 'La vida privada de Elisabeth y Essex', donde volvieron a adjudicarle el papel de "novia del aventurero", mientras que Davis se llevó el papel de más profundidad. Aquel desplante supuso que, como castigo, la apartasen del cine durante seis meses. Cuando quisieron prorrogarle el contrato por siete años más, más los seis meses de compensación para el estudio, la actriz los denunció para recobrar su libertad. Entonces, los abogados de los estudios consideraban que el tiempo que un actor no trabajase, aunque fuera por causas ajenas a él, no contaba dentro del contrato de exclusividad. Pero De Havilland no sólo ganó el juicio, sino que sentó jurisprudencia y consiguió un mayor poder de los intérpretes frente a los estudios, que hacían y deshacían carreras a su antojo. Aun así, no volvió a trabajar en tres años como represalia.

Olivia De Havilland en 2011. (Efe)
Olivia De Havilland en 2011. (Efe)

Esa fuerza combativa no menguó con la edad. En 2017, con 101 años, denunció a la cadena FX y al productor Ryan Murphy a causa de su retrato en la serie 'Feud', centrada en la enemistad entre Davis y Joan Crawford. Esta vez la perdió. A De Havilland no le gustó que su personaje, interpretado por Catherine Zeta-Jones, fuese caracterizado como una maledicente. Pero, sobre todo, se sintió ofendida porque pusiesen en su boca el insulto de "puta" hacia su hermana Joan Fontaine, con la que tuvo una rivalidad que llegó hasta el final de sus días. Fontaine, ganadora del Oscar por 'Sospecha' (1941), de Alfred Hitchcock, dijo de ella: "Yo me casé primero, gané el Oscar antes que Olivia y si me muero antes que ella seguramente se indignará porque también le habré ganado en eso". Fontaine, al subir a recoger la estatuilla, rechazó las felicitaciones de su hermana, lo que evidenció delante de la prensa de la época su mala relación, que sirvió durante décadas para llenar las páginas de intrahistorias de la industria.

Sus principios fueron por delante de su carrera. De Havilland pudo ser una estrella del tamaño de Kirk Douglas, pero no quiso. Sus peleas –legítimas– con los estudios y su vida personal se antepusieron a una carrera de actriz estajanovista al servicio de las grandes corporaciones. Prefirió, una vez pasado su momento álgido en los años 40, compensar trabajo, concebido como arte –no quiso hacer cualquier papel a cualquier coste–, con sus aspiraciones intelectuales y su vida familiar.

Olivia de Havilland en una imagen promocional. (IMDb)
Olivia de Havilland en una imagen promocional. (IMDb)

Fue en una función de teatro, donde interpretaba la shakesperiana 'El sueño de una noche de verano', cuando la descubrió el director austríaco Max Reinhardt. Él mismo la dirigió en su primer gran papel, como Hermia, precisamente en la adaptación cinematográfica de aquella obra. A partir de entonces, su trabajo empezó a despuntar, primero de la mano de Michael Curtis y Errol Flynn en títulos como 'Capitán Blood' (1935) y 'Robin de los bosques' (1938). De Flynn admitió haberse enamorado, pero no perdidamente. "Tuve un gran flechazo por Errol Flynn mientras rodábamos 'Capitán Blood'. Durante tres años estuve convencida de que era alguien imponente, pero él nunca lo supo. Entonces él se me insinuó, pero no pasó nada. No me arrepiento de aquello porque me habría arruinado la vida".

Errol Flynn y Olivia de Havilland en 'Dodge, ciudad sin ley' (Warner)
Errol Flynn y Olivia de Havilland en 'Dodge, ciudad sin ley' (Warner)

En 1939 llegó el papel que la hizo mundialmente conocida, el de Melanie Hamilton por 'Lo que el viento se llevó': consiguió su primera nominación al Oscar como actriz secundaria, pero el galardón recayó en su compañera de reparto, Hattie McDaniel, la primera mujer afroamericana en conseguir el galardón, en una época en la que las leyes de segregación racial seguían vigentes. En el año 1941 la volvieron a nominar, esta vez como actriz principal, por 'si no amaneciera', pero tampoco lo consiguió esta vez; lo haría dos veces a lo largo de la siguiente década. En las décadas de los 50 y 60 comenzó a bajar el ritmo de trabajo. En 'Canción de cuna para un cadáver' (1964), de Robert Aldrich -después del éxito de '¿Qué fue de Baby Jane?' (1962), con la que el director recuperó a 'viejas glorias' para la gran pantalla-, coincidió con Bette Davies y Joan Crawford.

Sus apariciones fueron cada vez más esporádicas y con la llegada del Nuevo Hollywood ya no encontró su lugar en el cine: sus últimos papeles fueron para la televisión. A finales de los 80, decidió jubilarse. Pero la cinefilia no la jubiló y hasta su muerte ha permanecido en el imaginario colectivo como una de las grandes, incluso después de 30 años alejada de los focos. Con ella muere la última prueba de que ese Hollywood desenfadado y naíf alguna vez existió. Con ella muere el útimo rastro de la fantasía de aquel mundo en el que todo era posible y todo tenía final feliz.

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