CINE DE VERANO I

Peleas, caos y detenciones: cuando Jackie Chan la lio en el Raval

Iniciamos nuestra serie cinéfila del verano con los momentos más épicamente bochornosos de la historia del séptimo arte

Foto: Jackie Chan y Biao Yuen en una escena de 'Los Supercamorristas'. (Flixolé)
Jackie Chan y Biao Yuen en una escena de 'Los Supercamorristas'. (Flixolé)

Antes de convertirse en una estrella de Hollywood y cuando ya despuntaba como el principal heredero de Bruce Lee en la industria de cine hongkonés, Jackie Chan pasó por Barcelona dejando tras de sí una estela de peleas tabernarias, caos y detenciones policiales. Fue en 1984, cuando llegó a la Ciudad Condal para rodar la primera de una serie de extrañas coproducciones entre Hong Kong y España, en las que las artes marciales se mezclaron con la tradición española y en la que algunas de las mujeres más deseadas del momento, como la Miss España Lola Forner, dieron la réplica al actor de 'Hora punta'.

Se trata de 'Kuai Can Che' ('Los Supercamorristas'), también conocida en inglés como 'Wheels on Meals' —por aquello de que los protagonistas reparten comida rápida subidos a unos patines—. Chan había coincidido en la Academia de arte Dramático de China con Sammo Hung, el director de la película, y Yuen Biao, donde se especializaron en artes marciales y acrobacias. Los tres aparecieron —aunque sin acreditar— en el clásico protagonizado por Bruce Lee 'Operación Dragón' (1973), comenzaron sus carreras como especialistas de acción y poco a poco fueron consiguiendo trabajos protagónicos y en la realización, hasta que se constituyeron como un trío cómico-marcial al servicio de la productora Golden Harvest. Chan ya había pegado el pelotazo por su cuenta con 'El maestro borracho' (1978), pero con 'Los piratas del Mar de China' (1983) el triunvirato tuvo su primer gran éxito colectivo.

Por eso, cuando comenzó la producción de 'Los Supercamorristas', la popularidad de Chan y compañía era tal que resultaba inviable rodar en las calles de Hong Kong, así que Hung optó por llevar el rodaje al extranjero, en alguna ciudad con una arquitectura elegante y sofisticada y con unas autoridades laxas a la hora de conceder permisos. Y esa ciudad fue Barcelona. No la Barcelona cosmopolita y limpia que conocemos, la Ciudad Condal post Juegos Olímpicos, no. Jackie Chan y Yuen Biao atraviesan en su furgoneta de comida rápida por la Monumental, la plaza de España, el monumento a Colón —tan polémico hoy— e, incluso, consiguieron que la ciudad les prestase el interior y lo alto de la Sagrada Familia para rodar escenas de acción, un privilegio impensable en la actualidad.

Cartel de 'Los Supercamorristas'.
Cartel de 'Los Supercamorristas'.

Pero es que, además, 'Los Supercamorristas' se atrevieron a adentrarse en la Barcelona 'chunga', en barrios que hasta los oriundos evitaban más allá de la caída del sol: estamos en la España de la heroína, habría que recordar. Por ejemplo, la Plaza Real o el barrio Chino, rebautizado como Raval como acto de marketing urbano. Barcelona aportaba a la película de Hung ese no sé qué exótico de la Europa continental sin tener que pelearse por conseguir los permisos para rodar en localizaciones naturales, una cuestión primordial para el director. Y como buena coproducción, frente al trío protagonista pasan rostros populares de la España de la época, como Lola Forner, que encarna a una atractiva carterista que trae de cabeza a Chan y Yuen, y Pepe Sancho y Amparo Moreno como secundarios castizos. Y, entre el equipo de dirección, un Agustí Villaronga treintañero en funciones de asistente, mucho antes de la lluvia de goyas de 'Pa Negre' (2010).

El de Hung, Chan y Yuen era el cine popular que hoy triunfaría en los multiplex. "España no se ha divertido tanto desde Don Quijote", era, más o menos, el 'tagline' de presentación. Dos primos, Thomas (Chan) y David (Yuen), regentan una furgoneta de comida rápida. Su día a día pasa entre perrito y perrito hasta que en su camino se cruza Sylvia (Forner), que tiene la mano muy larga y pocos miramientos para meterse en problemas. Los primos piden ayuda a un detective compatriota suyo (Hung), y a partir de aquí la escasa trama se pone a servicio de las patadas voladoras del trío protagonista y de persecuciones enloquecidas con el restaurante sobre ruedas.

Una imagen de 'Los Supercamorristas'. (Flixolé)
Una imagen de 'Los Supercamorristas'. (Flixolé)

Cuentan, también, que 'Los Supercamorristas' hicieron de las suyas también fuera de la pantalla, cuando una noche los protagonistas, Chan y Yuen, se enzarzaron en una riña tumultuaria en un bareto del Raval. Al día siguiente, la Policía fue a llevárselos a comisaría, pero los productores decidieron entregar a los coordinadores de especialistas para que no se llevaran a los actores principales, aprovechando que España todavía no estaba muy acostumbrada a la inmigración asiática y no distinguía muy bien a unos de otros.

Otro cartel de 'Los Supercamorristas'
Otro cartel de 'Los Supercamorristas'

También hubo algún que otro altercado con Benny Urquídez, pionero del full contact en Estados Unidos y habitual del cine de artes marciales. Los productores estuvieron a punto de despedir a Urquídez porque, en una de las peleas, no controló su fuerza y golpeó a Chan con demasiada fuerza, lo que había puesto en peligro el rodaje. A otro de los actores estadounidenses, Keith Vitali, también se le fue la mano —más bien el pie— en una de las coreografías y golpeó con demasiada fuerza a Chan en la garganta. Pero Vitali no estaba familiarizado con la filosofía de Hung de que, independientemente de lo que ocurriese, nadie se saliese de su papel en escena hasta que el director gritase "¡Corten!". Vitali, preocupado por la salud de Chan, fue a socorrerle, pero el equipo le abroncó por no permanecer en su personaje. Más tarde y con la lección aprendida, cuando pateó demasiado fuerte a Hung en la cabeza durante una de las escenas, Vitali tuvo a bien esperar a que el actor-director, medio grogui, cortase la toma.

Con los años, 'Los Supercamorristas' ha trascendido su naturaleza de comedia de acción sin mucha doblez ni profundidad para convertirse en testimonio de la España feliz y desenfadada de mediados de los ochenta y principios de los noventa. Un país con una democracia recién estrenada y con vocación aperturista, que fabulaba sobre un futuro de luz y esplendor y para la que el cine extranjero, viniese de dónde viniese, suponía el comienzo de la materialización de la fantasía. ¡Basta ya de cine quinqui y de la burguesía bohemia de la Escuela de Barcelona! La Ciudad Condal, por fin, se había convertido en el escenario de una película de mamporros y velocidad y, las sinuosas curvas de La Pedrera, a la que habían declarado ese mismo año Patrimonio de la Unesco, el telón de fondo ideal para las acrobacias de los tres actores chinos. Para quien quiera rememorar esa Barcelona tan sórdida como entusiasta y contemplar a un Jackie Chan de juventud, que años después se haría fuerte en Hollywood, corriendo y repartiendo por el Raval, la película está disponible en esa plataforma repleta de joyas escondidas que es Flixolé.

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