Política cultural

Del pelotazo a la tragedia en Arganda: nadie quiere tocar en la Ciudad del Rock

Un convenio opaco y una mala gestión económica en los años de la gran fiesta levantaron un festival cuyo recinto, hoy semiabandonado, genera todavía grandes costes al municipio

Foto: Actual estado del recinto de Rock in Rio.
Actual estado del recinto de Rock in Rio.

Hubo un momento en el que alguien pensó que un secarral en mitad de la nada era el mejor lugar para albergar festivales multitudinarios. Ese alguien fue el alcalde de Arganda del Rey (55.000 habitantes), Ginés López (Partido Popular). Bajo la alargada sombra de la burbuja inmobiliaria, el consistorio construyó la Ciudad del Rock en una inmensa parcela del kilómetro 33 de la A-3, todo para que Rock in Rio llegara a Madrid, un evento que pasó con más pena que gloria. Sobre todo para las arcas públicas.

Aquel lugar ha quedado convertido en un macrocomplejo infrautilizado que solo en mantenimiento se lleva cerca de medio millón de euros al año. Hoy en día, solo se celebra un festival al año, con duración de dos días y para el que apenas usan la mitad de todo el recinto, algo a todas luces insuficiente para que un lugar de estas características sea sostenible.

El Ayuntamiento de Arganda lleva casi una década intentando atraer grandes eventos a la Ciudad del Rock, casi siempre sin éxito. El penúltimo, el festival MadCool, cuya ubicación para 2021 es una incógnita: los terrenos en los que se ha celebrado hasta ahora dejarán de estar disponibles, como consecuencia de la ampliación de Ifema. “Hemos tenido un contacto preliminar con ellos, pero están en plena negociación en Madrid y de momento no quieren hablar con nadie más”, explica a El Confidencial el socialista Guillermo Hita, alcalde actual de la ciudad.

Ha quedado convertido en un macrocomplejo infrautilizado que solo en mantenimiento se lleva cerca de medio millón de euros al año

Pero la utilización del recinto es solo la punta de un iceberg, en el que confluyen la trama Púnica, la megalomanía, el punto de inflexión en el modelo de festivales de música y, claro, la absorción de dinero público de las empresas que los organizan. Así que para contar esta historia, hay que viajar hasta los años del ladrillo.

De Gallina Blanca a Bob Dylan

Todo empezó en un pleno de abril de 2005 en Arganda del Rey. Allí no se hablaba de Rock in Rio ni nada que se le pareciese, sino del desarrollo de una plataforma logística. El ayuntamiento solicitó a la Comunidad de Madrid la aprobación definitiva de la parte del Plan General de Ordenación Urbana referida a unos terrenos que entonces eran propiedad del grupo Airina, que lleva marcas como Avecrem o Gallina Blanca, nombre con el que se conoce a las parcelas en cuestión.

Arpegio, la empresa pública que gestionaba el suelo público de la región, compró esos solares para cederlas al ayuntamiento para los 10 años siguientes. El precio fue de seis millones de euros más el "26% de la edificabilidad lucrativa neta total” —valorada en unos 20 millones— por unos terrenos que sumaban 246 hectáreas.

La pregunta es obvia, pero la respuesta nunca ha quedado del todo clara: ¿cómo acabó Bob Dylan en unos terrenos comprados a Gallina Blanca para montar una plataforma logística?

En aquellos años Rock in Rio estaba interesado en desarrollarse por toda Europa y, tras haber exportado la marca a Lisboa, buscaban un lugar para hacer lo propio en Madrid. Así que, de repente, el fervor rockero invadió tanto al Ayuntamiento de Arganda como a la Comunidad de Madrid. En principio no existía ningún lugar que cumpliera con las exigencias que requería el evento, pero la solución no fue muy difícil de hallar: crear un espacio a medida en una parte del suelo destinado a la plataforma logística.

El abandono de la fuente de las estrellas en Rock in Rio.
El abandono de la fuente de las estrellas en Rock in Rio.

“La Comunidad de Madrid había emitido varios informes en los que se argumentaba, entre otras cosas, que esos suelos estaban en terreno no urbanizable”, explica Clotilde Cuéllar, concejala de Unidas Podemos y militante de Equo, que lleva desde 2015 indagando aquel proceso. De hecho, en el convenio inicial con Gallina Blanca no se recogía que allí se fuera a celebrar un festival de música, algo que luego se añadió en una adenda.

Ya en 2006, “Arpegio y el ayuntamiento convenían dedicar los terrenos a varios usos, que eran la plataforma logística y un recinto para festivales”. “Nunca se ha podido ver ese convenio, ni antes con el PP ni ahora con el PSOE, y eso que lo he solicitado por registro", continúa Cuéllar, que también denuncia que “no hay estudios públicos de viabilidad de esa plataforma ni de Rock in Rio”.

El plan de infraestructuras era información pública y se descubrió que la recalificación de los terrenos no había sido del todo clara

En 2009, cuando ya se había celebrado el primer Rock in Rio en Arganda, “el plan de infraestructuras se convirtió en información pública, y ahí se descubrió que la recalificación de los terrenos no había sido del todo clara, cosa que no quedó despejada hasta el año siguiente, cuando el ayuntamiento aprobó el plan definitivamente”, relata Cuéllar.

"Fue una oportunidad sobrevenida, una oportunidad para poner un espacio multifuncional en ese ámbito (...) Arpegio cedió suelo y las infraestructuras. Fue un buen convenio para el ayuntamiento", explicó Ginés López en la comisión de investigación sobre corrupción en la Asamblea de Madrid, celebrada en 2016. El exalcalde —dimitió en 2009 por su imputación en la trama Gürtel— también negó que el convenio inicial se firmara sabiendo que Rock in Rio se celebraría en los terrenos, pero la oposición criticó que no aclarara “por qué tuvo un trato tan favorable en comparación con otros municipios”.

Y es que para entender aquello también hay que situarse en el mapa político del momento. En 2004, la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, había nombrado consejero de Presidencia a Francisco Granados, que al día siguiente de llegar al cargo cambió la estructura orgánica del Gobierno regional a su gusto. Un gusto que no era baladí: el último responsable de Arpegio pasaba de ser Medio Ambiente a él mismo.

Así fue como Granados pasó a “controlar y dirigir interesadamente la venta de suelo público y el reparto de parcelas a través de los consorcios urbanísticos”, según un informe de la Fiscalía Anticorrupción de 2017 sobre la trama Púnica, de la que era cabecilla. Se estima que la mano derecha de Aguirre, que ya ha pasado tres años en prisión provisional, controló unos 3.000 millones de euros de dinero público.

El PP tenía mayoría absoluta y al calor de la burbuja inmobiliaria era difícil explicar la negativa al 'Bienvenido Mr. Marshall'

Una vez se dio con el terreno para la Ciudad del Rock, faltaba construir las infraestructuras necesarias. La oposición mostró reticencias a aquel proyecto, pero el PP tenía mayoría absoluta y al calor de la burbuja inmobiliaria era difícil explicar la negativa al 'Bienvenido Mr. Marshall' que suponía que Bob Dylan, Neil Young o The Police actuaran en la ciudad.

¿Y la plataforma logística? “La plataforma logística fue un pelotazo fallido del PP. Aguirre vino a poner la primera piedra, y ahí seguirá”, dispara Cuéllar. El ayuntamiento dio bola a Rock in Rio mientras ultimaba ese proyecto, que era el núcleo de toda la operación, pero el festival llegó a la vez que la crisis económica, en 2008, y el proyecto logístico se vino abajo.

Asistentes al concierto de la banda británica Motörhead en la quinta jornada de Rock in Rio Madrid en 2010 (EFE)
Asistentes al concierto de la banda británica Motörhead en la quinta jornada de Rock in Rio Madrid en 2010 (EFE)

Los terrenos, además, siguen en tela de juicio. Después de Arpegio, llegó Nuevo Arpegio y ahora Obra Madrid es la encargada de gestionar el suelo público. El consistorio, ahora del PSOE, está negociando la cesión definitiva de las parcelas en cuestión —la actual dura hasta 2022, tras una prórroga de cinco años— para retomar el proyecto. Cuéllar muestra dudas, ya que “no hay ferrocarril y se necesita adaptar la carretera”, además de que no lo ve prioritario: “Arganda tiene 15 polígonos industriales que necesitan una rehabilitación integral”.

El problema no quedó en la mera cesión entre instituciones. El acuerdo con Gallina Blanca establecía un máximo de siete años para desarrollar el proyecto de urbanización. Como eso nunca ocurrió, la empresa demandó a la Comunidad de Madrid, a la que exigía 70 millones como compensación. Finalmente, la Justicia dio la razón a la Administración pública, que tuvo que abonar 15 millones.

La factura de construir una ciudad en la nada

El precio total de los terrenos es una parte de todo lo que pagó la empresa pública controlada por Granados, que desembolsó más de 30 millones de euros en gastos de demolición y adecuación. Si la comunidad puso el suelo, al ayuntamiento le tocaba pagar la construcción. El ayuntamiento se dejó, al menos, 12 millones de euros en infraestructuras, aunque todo fue tan opaco que hoy nadie se atreve a cuantificar el ascenso de la factura. El recinto, que contaba con 200.000 metros cuadrados más 150.000 de 'parking' en el kilómetro 33 de la A-3, estaba a ocho del casco urbano de Arganda. Dicho de forma clara: en mitad del campo.

El ayuntamiento se dejó, al menos, 12M de euros en infraestructuras, aunque todo fue tan opaco que hoy nadie se atreve a cuantificar la factura

Había que vallar el perímetro, construir cobertizos, alisar el suelo —una parte quedó hormigonado, en otra se sobrepuso césped artificial— y hacer instalaciones eléctricas, como tomas de corriente o el alumbrado. El dinero se fue también en adquisiciones como la llamada Fuente de las Estrellas, que se llevó el récord Guiness a la fuente visitable y artificial más grande del mundo, con unos 200 metros cuadrados de extensión.

Todo estaba hecho a medida de Rock in Rio, organizado por Better World, sociedad con la que operaba en España la brasileña Rock World, del empresario Roberto Medina, fundador del festival en 1985. Tan a medida que el proyecto técnico lo elaboró la propia empresa, con detalles de planos de implantación planta, desarrollo de infraestructuras y adaptación del recinto. El festival mandaba, las instituciones públicas pagaban.

Así queda recogido en el convenio que ayuntamiento y Rock in Rio firmaron en 2007, donde se establecía que el festival se haría durante 10 años de forma bianual en la ciudad, a cambio de “la cesión gratuita del suelo para la empresa”, remacha Cuéllar. Lo que fuera por la “proyección internacional” de Arganda, pese a que el evento se bautizó como Rock in Rio Madrid en ese mismo acuerdo.

El reparto de tareas quedaba de la siguiente forma. Rock in Rio se encargaba de la distribución del espacio, la programación artística, las contrataciones, la administración y gestión de los recursos de promoción y producción. También de la organización, planificación y ejecución de las infraestructuras fijas, para lo se les daba la potestad de entrar allí como mínimo 6 meses antes del evento.

La hierba se ha comido el césped artificial del recinto.
La hierba se ha comido el césped artificial del recinto.

El ayuntamiento, por su parte, se comprometía a “realizar las gestiones necesarias ante las instituciones que pudieran resultar afectadas para el cumplimiento del presente convenio, con el objeto de coordinar las actuaciones y suministrar los servicios necesarios durante el montaje, desarrollo y desmontaje del festival”, incluyendo el transporte público, sin el que parece difícil que se pudiera celebrar un evento tan multitudinario. Entre las partidas también se contaban limpieza y seguridad, que costaron 150.000 y 260.000 euros —respectivamente— solo en la edición de 2010, según se reveló en una auditoría posterior.

Un regadío de dinero público y condiciones favorables que no quitaba que Medina, el fundador de Rock in Rio, afirmara en 2011 que “la gente debe dejar de esperar a que los políticos hagan algo”, en relación a la crisis económica en España. “Hay una falta de actitud, y no se trata del gobierno, somos nosotros”, comentó durante una entrevista con Radio Televisión Española. La televisión pública, por cierto, también colaboraba con el evento mediante la retransmisión de conciertos, algo poco habitual en su programación.

Pero en el convenio también se establecían en qué condiciones se podía romper el acuerdo, que eran claramente asimétricas. Si se hacía por circunstancias no sobrevenidas, el ayuntamiento tendría que indemnizar a Rock in Rio por daños y prejuicios, pero cuando fuera al revés, se reservaba un as en la manga: Rock in Rio podía resolver el contrato sin hacer ningún tipo de compensación si los patrocinios o la financiación obtenida no cubrían al menos la mitad de los gastos del evento. Y así ocurrió.

"Rock In Rio utilizaba el espacio, pero económicamente no ayudó para nada a crearlo", cuenta Hita, actual alcalde

“Rock in Rio utilizaba el espacio, pero económicamente no ayudó para nada a crearlo”, cuenta Hita, actual alcalde, que afea que “también dejaron tirada la inversión que hizo el ayuntamiento”. Tras la edición de 2012, la última, ya todo era incertidumbre. Se dijo que el festival se “retrasaba” en su siguiente edición, pero nunca se supo más allá de aquel comunicado, en el que alegaban que “la situación actual hace complicada la organización del festival en su máximo esplendor”.

No obstante, la crisis también acechaba entonces en Portugal, donde Rock in Rio se ha seguido celebrando. “En Portugal no ha sido difícil y es muy rentable”, reconoció Madina durante una entrevista con ABC en aquel mismo año, donde apuntaba: “Tuvimos más público que en la última edición porque hemos invertido más (...) [Los patrocinios y la promoción] allí se movilizan diez veces más”.

Meses antes había vendido el 50% de la matriz —Rock World— a IMX Live, una acción orientada a llevar Rock in Rio a Estados Unidos. Lo consiguieron tres años más tarde en Las Vegas, un evento que quedó muy lejos de las expectativas de la organización y que no parece que se vaya a repetir. Ya en 2018, Live Nation, el gigante de la música en directo a nivel mundial, se hizo con el control accionarial del festival.

Ni rastro del efecto Rock in Rio en Arganda

Arganda no podía cancelar el festival por la falta de retorno de su inversión. Ni falta que hacía porque, según dijo el exalcalde López en la comisión de investigación de la Asamblea de Madrid, “los beneficios de la celebración del festival para la ciudad y la región han sido incalculables". Como todo gran festival que cuenta con ayudas públicas —es decir, todos—, Rock in Rio se ponía en valor como evento para favorecer la economía local, asegurando la creación de miles de empleos, entre otras cosas. ¿Fue así?

Económicamente, fue una catástrofe para el municipio, una inversión multimillonario que no se ha logrado amortizar nunca para las arcas municipales”, responde Hita, actual regidor del municipio, que describe como “irrelevante” la aportación del evento a los hosteleros locales. “No sabemos lo que le ha reportado, no tenemos números, no lo hemos podido comprobar”, lamenta la concejala Cuéllar. “El gasto se hacía allí, y allí todo eran franquicias”.

Económicamente, fue una catástrofe para el municipio, una inversión multimillonaria que no se ha logrado amortizar

La Ciudad del Rock está lo suficientemente lejos de Arganda como para que apenas se notara que en el término municipal estaban actuando Metallica o Lenny Kravitz. Estaban quienes iban en coche, quienes acudían en autobuses lanzadera desde el centro de Madrid y, los menos, quienes acudían en transporte público hasta Arganda, que apenas pasaban unos minutos en la ciudad porque cogían un autobús para ir al recinto.

El panorama de afluencia era incluso menor que un fin de semana normal, pues buena parte de la clientela de Arganda y alrededores acudía al festival directamente. Entre ellos, las familias de la ciudad. En la edición de 2010 se ‘regalaron’ entradas entre los alumnos de los colegios para el concierto de Miley Cyrus, pero, claro, eran menores y tenían que ir acompañados de sus progenitores. Lo que viene siendo un 3x2 de toda la vida.

Tampoco se promocionaba el comercio local ni se daban ventajas para ubicar estos negocios en un recinto copado por multinacionales. Ni siquiera empresas locales de montaje se vieron beneficiadas. Las cifras de empleo apenas notaban variación durante los meses en los que se celebraba el festival, aunque lo que sí había era voluntarios. Unos dos centenares solo en la última edición.

Todo cubierto, eso sí, bajo el lema “Por un mundo mejor”, y continuas referencias a la “solidaridad”, aunque más bien promovían alguna que otra acción caritativa, como la recogida de alimentos a cambio de entradas o destinación de una parte de los fondos a los fines sociales que ellos decidiesen.

Pachanga en Arganda: ¿todo mal?

Medina, eso sí, era cristalino al hablar de lo que representa era Rock in Rio: "Este es un proyecto mainstream porque es un proyecto dirigido a las marcas. Es algo necesario para montar una producción como esta". En aquel momento, un festival con tal presencia de marcas sorprendía a la prensa, que lo tachaba de “centro comercial con canciones de fondo” o “parque temático del rock”, pero que solo fue un anticipo al modelo que vendría después.

Cuando apareció Rock in Rio, “las instituciones y grandes empresas prefirieron acoger una marca internacional antes que generar una propia que mirara al rock desde el punto de vista cultural, no anglosajón”, lamenta Julio Muñoz, fundador y director de Festimad desde hace más de 20 años.

“Arrasaron con todo”, recuerda, “incluyendo las posibilidades de financiación de los festivales más pequeños como era nuestro caso”: “Hubo un exceso de tirar de la teta de los patrocinadores. Para los siguientes años no hubo el retorno esperado por parte de las empresas, que se fueron bajando y dejó de ser rentable. Les destruyó su propio concepto”. La patronal del sector, la Asociación de Promotores Musicales, ha declinado responder a las preguntas de El Confidencial.

Rock in Rio supuso "el culmen de entender el rock como negocio, un proyecto megalómano que se salía de lo que era la cultura musical de Madrid"

Para Héctor Foucé, profesor de la Universidad Complutense de Madrid especializado en la industria musical, Rock in Rio supuso “el culmen de entender el rock como negocio” y lo define como “un proyecto megalómano que se salía de lo que era la cultura musical de Madrid”. “La estructura que tenían detrás los primeros festivales, que muchas veces eran unos amigos a los que les había ido bien, no tiene nada que ver con lo que hay ahora”, continúa el profesor, pues “llegaron unos promotores que no tenían nada que ver con la ciudad y montaron un festival profesional a lo grande”.

“Estábamos acostumbrados a ir a conciertos relativamente cerca, no a ir a 30 kilómetros en bus”, pone como ejemplo. Así, recuerda que tampoco había la “típica acampada o chavalada con bocatas”, pues “estaba más bien enfocado a familias, que entonces no era un público tan maduro”. “Cualquier inversor piensa que si el que entra al festival se puede permitir 40 euros en cerveza, mejor que si se puede gastar 10, y eso tira hacia arriba en la media de edad”, explica.

Lo que también falló fue una oferta artística que, por otro lado, no era muy abundante. Los precios de las entradas de día rondaban los 80 euros —variaba según el cartel—, que daban acceso a ver los conciertos, que no eran más de cinco y algunos de ellos solapados entre sí. No había posibilidad de comprar un abono que implicara algún descuento: si se quería ir tres días, se pagaban tres entradas.

Los precios de las entradas de día rondaban los 80 euros, daban acceso a ver los conciertos, que no eran más de cinco y algunos de ellos solapados

Hay que subrayar que los cabezas de cartel de Rock in Rio eran de suficiente renombre para que una entrada para un concierto de ellos en un estadio costase lo mismo, y aquí había teloneros de lujo. Fueron los casos de Metallica, acompañados de Motorhead, o Rage Against The Machine con Cypress Hill y Jane's Addiction. El problema era que los artistas de un mismo día no siempre encajaban tan bien.

“El cartel había veces que era surrealista. Recuerdo que fui a ver a The Police y el telonero era Alejandro Sanz, pero es difícil pensar que compartan mismo público. No tenía ni pies ni cabeza”, relata Foucé. Aquel día, por cierto, el cartel lo completaban Estopa y un grupo de flamenco creado para la ocasión, con Antonio Carmona, Rosario Flores, Pitingo y La Negra.

No fueron las únicas combinaciones chocantes. La jornada inaugural de 2008, con Neil Young y Manolo García, ya rechinaba, pero hubo más. Al día siguiente, Tokio Hotel tocaba con El Canto del Loco, Carlinhos Brown e Ivete Sangalo. La siguiente semana, Shakira, Jamiroquai, Amy Winehouse y Stereophonics. Y para cerrar, una tanda de rockeros en que el mérito fue cuadrar cuatro nombres que no tuvieran nada que ver entre sí: Bob Dylan, Lenny Kravitz, Franz Ferdinand y Chris Cornell. Por si no pareciera suficiente pastiche, aquello acabó con una sesión de Tiësto.

La jornada inaugural de 2008, con Neil Young y Manolo García, ya rechinaba. Al día siguiente, Tokio Hotel tocaba con El Canto del Loco

Los más puristas —seguramente con el disco en directo de Iron Maiden como referencia de Rock in Rio— no tragaron con que un evento con ese nombre llevara a artistas encasillados en la radiofórmula. Y ya que ni había rock ni era en Madrid, rebautizaron el evento como Pachanga en Arganda.

Al año siguiente el cartel se calibró mejor. Los días estaban claramente diferenciados, con uno para rock más comercial (Bon Jovi, John Mayer y Pereza), uno de metal para puretas y otro de perfil más alternativo, como fueron los mencionados de Metallica y Rage Against The Machine. También había uno dedicado al mainstream, con Shakira, David Guetta y Rihanna.

En 2012, hubo días en los que el cartel podría haber sido la 'playlist' de cualquier boda: Maná, Lenny Kravitz, Macaco, La Oreja de Van Gogh...

En cambio, en 2012, hubo días en los que el cartel podría haber sido la 'playlist' de cualquier boda. Así fue el primer día: Maná, Lenny Kravitz, Macaco, La Oreja de Van Gogh, Maldita Nerea, El Pescao y Luciano. Una retahíla que nadie rechista para un mañaneo, pero sobre la que parece difícil que haya un público dispuesto a pagar por el conjunto. El último concierto de la historia de Rock in Rio Madrid lo dio Red Hot Chili Peppers, que en aquel año probablemente estaban en el peor momento de su carrera.

Nadie quiere rockear en Arganda

Si un recinto se crea a medida de un evento y el evento se deja de celebrar, es fácil imaginar lo que ocurre. La Ciudad del Rock está vallada y mantienen sus estructuras, en este tiempo, ha habido robos y la naturaleza ha campado a sus anchas: los conejos son los principales visitantes y la hierba natural se come al césped artificial. “Aunque tiene vigilancia en alguna ocasión ha sufrido algún robo de metales, sobre todo de cobre”, reconoce Hita, el alcalde.

Arganda apenas ha conseguido darle uso al espacio desde 2012, más allá de alguna fiesta puntual. Desde hace un lustro se celebra el festival de música electrónica A Summer Story, que apenas necesita de la mitad de las instalaciones. Por ilustrarlo con cifras: los días de mayor asistencia de A Summer Story congregan tanta gente —unas 40.000 personas— como los de menor público en Rock in Rio.

En este tiempo, ha habido robos y la naturaleza ha campado a sus anchas: los conejos son los principales visitantes

Hita considera que “hay cierto miedo a los 30 kilómetros que separan el espacio del centro de Madrid, pero más que un hándicap es una ventaja”. “Los transportes siempre han funcionado perfectamente”, agrega, para incidir en que “es un espacio muy versátil”. “Fui en coche y estuvimos una hora para entrar. La gestión del transporte y el aparcamiento es la peor parte, pero lo demás está bastante bien”, cuenta por su parte una asistente de A Summer Story.

¿Este evento es suficiente para pagar el medio millón de euros que cuesta mantener el espacio? “A duras penas, el equilibrio es muy inestable y no se logran pagar todos los gastos del espacio”, cuenta el alcalde, que reconoce que apenas ha habido interés en la Ciudad del Rock: “Ha habido algún contacto puntual, pero nunca ha llegado a cuajar”. De hecho, el propio Hita ya era concejal cuando se construyó el proyecto. “En su momento, lo critiqué mucho, me pareció poco razonable”, explica. Las circunstancias han hecho que al final tenga que defenderlo, pues, una vez construido, “no hay otro remedio”.

Al fin y al cabo, Better World fue transparente en su lema para Rock in Rio Madrid: “Por un mundo mejor”. Eso sí, por la razón que nadie esperaba. Todo sea por Better World.

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