CRONICA CULTURETA

Cuando Puccini inventó el 'western'

Se representa en Bilbao 'La fanciulla del West', la ópera más sofisticada del compositor italiano y una contribución decisiva al género de los vaqueros y justicieros

Foto: ‘La fanciulla del West’ por primera vez en las temporadas de ABAO Bilbao Opera.
‘La fanciulla del West’ por primera vez en las temporadas de ABAO Bilbao Opera.

Consciente o no, es probable que Giacomo Puccini hubiera creado el primer western de la historia. O al menos, el primer western sonoro, un gran espectáculo provisto de banda sonora. Y concebido con todos los efectos especiales que proporciona una orquesta. El viento. Los disparos. El jaleo de los caballos. El recuerdo una melodía de la tribu de los navajos. Y el recurso de una obertura que parece la careta de una película de Hollywood de los años treinta.

Ya decía Cecil B. De Mille que una gran película debe empezar con un terremoto. Y a partir de ahí, debe seguir subiendo y subiendo hasta el final. Había dirigido él también un western, 'The girl of the golden west' (1915), no ya inspirándose en la homónima pieza teatral de David Belasco (1905), sino reaccionado a la ópera que Puccini había estrenado en el Metropolitan de Nueva York. La interpretó Enrico Caruso. La dirigió Arturo Toscanini. Y contribuyó a formalizar un canon cuya patente cinematográfica bien se le puede atribuir a Edwin Porter.

Es el artífice de 'Asalto y robo en un tren'. La estrenó en 1903. Y conmovió a los espectadores con el impacto del último plano. Un pistolero desenfundaba el revólver y disparaba al público, aunque la precaria película también alojaba los principios fundacionales del género: un paisaje extremo, la utopía de un mundo nuevo, la némesis del justiciero y el forajido.

Puccini
Puccini

Puccini, inspirado en Belasco, introdujo la mujer de carácter. Hizo de Minnie un personaje indomable y severo, a semejanza de Joan Crowford en 'Johnny Guitar'. Un pistola en las enaguas. Unas cartas marcadas en las medias. Un ojo entreabierto en la barra del salón para sobrevivir al asedio de borrachos, mexicanos, indios, chinos y arios. La fiebre del oro dilataba las costuras del bien y del mal, aunque Puccini también averigua el camino de redención.

Minnie podrá fugarse con el forajido Dick Johnson. Se lo concede in extremis el rudísimo sheriff Jack Rance. Que está enamorada de ella. Y que la pierde en una partida de cartas amañada, aunque, en cierto modo, 'La fanciulla del Wes', he aquí el nombre de la ópera, reacciona con un final más o menos feliz al argumento mas o menos trágico de todas las óperas: la historia de amor de la soprano y el tenor convenientemente jodida por el barítono.

No acostumbra a representarse esta obra maestra de Puccini ni contribuye a las arias más populares del verismo, pero acaba de estrenarla Asociación Bilbaína de Amigos de la Ópera (ABAO) con un montaje brillante de Hugo de Ana que permanece en cartel hasta el 24 de febrero y que rehabilita el protagonismo del compositor toscano en el alumbramiento de la nueva mitología americana. Puccini transitaba del extremo oriente, o sea “Madama Butterfly”, al extremo occidente. Se valía en ambos casos de las obras teatrales de Belasco. Y estilizaba la remota California como había estilizado la antigua Nagasaki.

Se trata de un montaje brillante de Hugo de Ana que permanece en cartel hasta el 24 de febrero

Se observa en la partitura el impacto que produjo en 1902 el estreno de 'Pelléas et Melisande'. La ópera de Debussy trastornó la estética del siglo XX tanto como lo haría tres años después la 'Salomé' de Strauss. Quiere decirse que la dialéctica del impresionismo y el expresionismo no le fue ajena a Puccini. Supo asimilarla. Contrastarla en sus habilidades melódicas y armónicas. Y terminar escribiendo una ópera audaz, 'Mestiza', cuyo trasiego emula la experiencia de un trepidante viaje en diligencia.

John Ford convertiría el coche de caballos en referencia inconográfica del género tanto como haría con 'El hombre que mató a Liberty Valance' o como sucedería con 'Centauros del desierto'. Ahí está la trilogía sagrada del western, aunque la hegemonía de Ford en el patrimonio del far west no contradice los méritos que contrajeron en la edad de oro las aportaciones de Howard Hawks, Raoul Walsh, Fred Zinnnemann, King Vidor Nicholas Ray o Robert Aldrich.

La lista no tiene fin porque el western es al cine lo que el cine es al western. Lo demuestra la vigencia del género en los recientes ejemplos de 'Comanchería' (David Mackenzie), 'Los odiosos ocho' (Tarantino), 'Valor de ley' (hermanos Coen) o 'El renacido' (Iñárritu), aunque el lejano oeste ya no es tan lejano. Por eso los westerns transcurren actualmente en las distopías de Mad Max o en territorios extraterrestres. ¿O es que 'Marte' ('The martian') no es acaso un western?

Un western era la 'Odisea' de Homero, la 'Eneida' de Virgilo. Y un western protagonizan 'Los siete samuráis' de Kurosawa. Porque el western es la dialéctica de la justicia y de la codicia en un lugar hostil. Una historia de amor en condiciones extremas. La búsqueda de un nuevo mundo, el regate fallido a un aforismo que John Donne: yo soy la Babilonia de la que huyo.

Rubén Amón
Rubén Amón

Cultura

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