150 años de su nacimiento

Gide, el escritor que rechazó a Proust (y al comunismo)

Durante la primera mitad del siglo XX, el gran escritor francés fue reconocido como el contemporáneo capital, indiscutible referencia para medir el rumbo europeo

Foto: André Gide
André Gide

Este noviembre se cumplen ciento cincuenta años del nacimiento de André Gide. Durante la primera mitad del siglo XX fue reconocido como el contemporáneo capital, indiscutible referencia para medir el rumbo europeo, tanto como para levantar inmensas polvaredas allá por dónde pasara entre amores furibundos y odios viscerales. Hoy en día su influencia ha disminuido como la de la misma literatura, aunque el palidecer de su voz es relativo. En un país como Francia, siempre proclive a mimar su pasado, sus obras siguen editándose a buen ritmo, complementadas con biografías y estudios críticos de gran nivel. En España, donde su ascendente se manifestó durante el primer tercio de la pasada centuria, es un eco lejano, comprobable por las dificultades en pronunciar con exactitud la fonética de su apellido, a revalorizar por su decisiva contribución en la invención de un sinfín de géneros, sin olvidar una enorme capacidad para potenciar su primera persona con el objetivo de desmontar los parámetros de lo políticamente correcto y propulsar todas las fuerzas en lucha por emerger de sus destierros.

Gide nació en el seno de una familia acomodada el 22 de noviembre de 1869. Quien quiera comprobar dónde se halla su casa natal podrá teorizar sobre lo idóneo de la ubicación, entre el Panteón y los jardines de Luxemburgo. Desde bien pequeño sintió la diferencia por el credo protestante de su familia y un destino surcado entre la mansión normanda del Clan en Cuverville y la omnipresente presencia de la capital del Hexágono, lugar de estudios y primeros pinitos en las letras, tanto en el instituto por su amistad con el hoy ignorado Pierre Louys como en los salones finiseculares. Todo ello con la fortuna de recibir la bendición de Stéphane Mallarmé en sus célebres martes de la rue de Rome, verdaderas reuniones inmortales por lo granado de sus asistentes, cuna del Simbolismo e indudable foco de modernidad.

De Wilde a la Nouvelle Revue Française

Durante esos encuentros conoció a Oscar Wilde. La anécdota no tendría mayor repercusión de no ser por otra en la argelina localidad de Biskra. En 1893 Gide visitó la colonia magrebí, cénit de cierto exotismo decimonónico reflejado en lienzos y novelas como Bel Ami, de Guy de Maupassant. Al firmar el libro de registro de su hotel descubrió la firma del irlandés y todo su cuerpo tembló. Al cabo de pocas horas, con la inestimable ayuda del gran histrión, mantuvo su primera relación homosexual con un chico de la zona.

Aquí entramos en el relato legendario forjado por el propio autor y palpamos otra prueba de su desmarque de lo convencional. Si podemos explicarlo con claridad es mediante 'Si le grain ne meurt', su autobiografía de juventud, una autoficción culminada con su matrimonio tras la muerte de la madre. El motivo para contraer nupcias justo después fue su prima Madeleine, sin ser consumadas jamás. Se convirtieron en una pareja blanca, no tanto para disimular, sino por la urgencia de concretar una unión sentimental de apoyo mutuo y amor más allá de lo sexual, punto clave para enmarcar a un personaje carcomido por su conducta hasta aceptarla, algo visible en su 'Diario'. En él, a lo largo de más de tres mil páginas -editado en nuestro país sólo parcialmente por Alba- desgrana la vida literaria de su época y sus propios quebraderos de cabeza con inusual maestría, tanta como para exhibirla en público por su enorme ascendente cultural.

André Gide - 'Paludes'
André Gide - 'Paludes'

Eso llegaría con el Novecientos. Antes ofreció la eclosión de la metaliteratura con 'Paludes', novela para romper con el Simbolismo y extraordinaria sátira con el mundillo. El manuscrito se resume a través de la repetición constante de la frase "escribo Paludes", siempre con un tono jocoso y burlón, frescura del irreverente en su empecinada tarea de destruir un circo de pretenciosos, una labor proseguida en 'Les nourritures terrestes', con ese "¡Familias os odio!" como corroboración de su inextinguible voluntad de traspasar su tiempo, desterrar las habituales escalas sucesorias entre estilos y enarbolar la bandera de un estilo propio, personal e intransferible hasta ser él mismo su escuela. La frase "nada es casual en la cronología del Parnaso" será retomada por Patrick Modiano en su primera novela, 'La place de l’Étoile', experimental hasta decir basta y manifiesto de una generación contraria a la ocultación del Colaboracionismo durante la posguerra.

Esta actitud no le favoreció en popularidad, si bien el universo literario le profesó siempre respeto en esa era de tantas constelaciones abocadas a despedazar lo pretérito para iluminar un ciclo prodigioso. En su caso supo asir bien las riendas con la fundación en 1908, junto a otros nombres como Jean Schulumberger o Jacques Copeau, de la Nouvelle Revue Française, a partir de entonces faro indiscutible. Se mantuvo imbatible desde 1912, cuando Gaston Gallimard les proporcionó el apoyo editorial para alcanzar los altares al trascender el ámbito de una publicación periódica para pasar a marcar tendencia sin brevedades, algo en o que Gide casi comete el mayor error de su singladura al rechazar en primera instancia el manuscrito de la 'Recherche' proustiana. Cuenta la leyenda de un desprecio absoluto por las referencias esnob del gran entomólogo de la aristocracia, tan rotundo como para no abrir siquiera el paquete con el volumen inicial. Más tarde ambos escritores serían buenos amigos y discutirían sobre cómo abordar la homosexualidad en su prosa, con Proust obcecado en nunca decir "yo" para poder exprimirse con solvencia y sin ataduras.

Desde los sótanos del Vaticano

En 1914 Gide ya había abordado todas las temáticas posibles. En 'La porte étroite' dibujaba la progresiva transformación de su esposa hacia una beatería cercana a la demencia, pero su legado más remarcable llegó justo antes de la guerra con una novela excepcional, 'Los sótanos del Vaticano', magnífica por el delirio de ese proyecto de secuestro papal e imperecedera por la invención del acto gratuito a través de Lafcadio, asesino de un pasajero al azar durante un trayecto ferroviario.

Más tarde André Bretón le robaría la idea, como hizo con otras de Guillaume Apollinaire, a quien usurpó el término surrealismo. Gide fue buen amigo de escritores, codeándose de igual a igual con Paul Valéry, Valery Larbaud y Roger Martin du Gard mientras luchaba por rehuir a Jean Cocteau, con quien sin embargó cultivó cierta intimidad pese a tantos desacuerdos.

Su esplendor quizá fue fruto del hundimiento de su matrimonio al descubrir su mujer cartas de amor con jóvenes

Su esplendor se precisó en los años veinte y quizá fue fruto del hundimiento de su matrimonio al descubrir su mujer cartas de amor con jóvenes justo cuando la Gran Guerra cerraba sus puertas. Este episodio determinó sus últimos decenios y le proporcionó una energía suplementaria para ser más nítido en sus querencias. Contra la opinión de sus allegados publicó 'Corydon', donde enseña las distintas formas de amor entre hombres, incluso la del adulto con el adolescente, quizá su predilecta y no sólo por lujuria, sino desde la óptica helénica basada en la experiencia del mayor como aprendizaje para el pupilo. Tras el escándalo sorprendió con su ya citada autobiografía y antes de partir hacia el Congo ofreció su dosis de literatura experimental con 'Los monederos falsos', novela de múltiples tramas, pluralidad de puntos de vista y técnicas en cierto sentido precursoras del Nouveau Roman. Esta operación le confirió otro grado de fama, esta vez hacia la admiración absoluta, justo cuando había abandonado su torre de marfil en la periferia de París, la Ville Montmorency, para instalarse en la rue Vaneau, donde tuvo como vecina a su amiga Marie van Rysselberghe, quien durante más de treinta años escribió un diario sobre el bípedo y además, como guinda al pastel, fue la madre de la única hija del magno polemista.

El Comunismo, el Nobel y la muerte

El viaje al Congo en compañía de su amante Marc Allégret le sirvió para denunciar en un libro de viajes, recuperado recientemente por Península, el colonialismo galo en África y despertó su apego a la izquierda. Curiosa mudanza en alguien cercano al decálogo reaccionario de Charles Maurras durante la guerra del 14, aunque en eso Gide fue fiel al maravilloso derecho a contradecirse de Charles Baudelaire, tanto como para abrazar la causa comunista cuando el período de entreguerras alcanzó su punto de cocción y el Hexágono no quedó inmune del triste maniqueísmo de posiciones extremas.

Su apogeo desde esta dirección fue su viaje a la Unión Soviética, donde fue recibido como una institución para luego ser rechazado como un paria al recoger su experiencia en un volumen contrario al estalinismo. Su palabra era oro y el régimen comunista recibió con desagrado la plasmación de sus mecanismos justo cuando la suerte de Europa se dirimía entre la Guerra de España y el avance de la expansión nazi en el centro del continente.

En la URSS fue recibido como una institución para luego ser rechazado al recoger su experiencia en un volumen contrario al estalinismo

A partir de entonces Gide empezó a ser una sombra del pasado. No podía dominar el reloj, y este avanzaba a ritmo frenético como consecuencia de las embestidas históricas. La invasión nazi terminó su idilio con la NRF, dirigida por el colaboracionista Drieu la Rochelle. En 1942 partió hacia el norte de África, recalando en Túnez y Egipto. Una noche, así lo recoge su dietario, la Francia de antes y la del futuro conversaron con la calma de la lejanía. El diálogo entre Gide y De Gaulle fue un traspaso de poderes hacia el porvenir, próspero en homenajes para el escritor, honrado en 1947 con el Nobel de Literatura, galardón merecido pese al regusto amargo, puesto que siempre planeará la sospecha de que su concesión se debió a la muerte prematura de Paul Valéry, a quien estaba previsto galardonar en 1945.

Los últimos años de Gide lo muestran como una reliquia fuera de contexto. En una foto charla con Jean-Paul Sartre y se percibe lo contrario de sus impulsos entre un tótem medio retirado y la ambición desmedida de un heredero con matices, pues el bípedo, así lo llamaban los de su círculo íntimo, regresó a Francia con el temor de otro totalitarismo, en este caso cultural desde la preminencia de cierto pensamiento único. Consciente de la inminencia de su cumbre con la parca ultimó sus diarios, regaló un cuaderno de sus últimos meses y falleció en su domicilio el lunes 19 de febrero de 1951 a las diez y veinte de la noche. Antes de expirar su último suspiro tuvo arrestos para mandar un telegrama a François Mauriac para que este lo recibiera una vez ya no estuviera. Decía lo siguiente: El infierno no existe. Puedes tranquilizarte. Avisa a Claudel. Al año siguiente el Vaticano puso toda su obra en el Índice de los libros prohibidos.

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