entrevista a julia boyd

Calles limpias y brazos en alto: cuando la Alemania nazi fascinaba al mundo

La escritora británica recupera en su último libro 'Viajeros en el Tercer Reich' los años 30 en los que el país de Hitler enamoraba a los viajeros ingleses y americanos

Foto: El atleta estadounidense recibe la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Berlín de 1937. Tra él, un corredor alemán hace el saludo nazi.
El atleta estadounidense recibe la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Berlín de 1937. Tra él, un corredor alemán hace el saludo nazi.

Verdes colinas, hombres uniformados, brazos en alto, ceremoniales disparatados, festivales de ópera y calles limpias, pulcras hasta el paroxismo. Durante los doce años de existencia del Tercer Reich (1933-1945) muchos extranjeros recalaron en Alemania motivados por una mezcla de curiosidad, tradición o apego al instante. ¿Es posible calibrar el cambio de rumbo de la historia mediante la visita al país crucial para la misma?

'Viajeros en el Tercer Reich'
'Viajeros en el Tercer Reich'

Esa fue una de las preguntas iniciales de Julia Boyd (1948) para preparar su 'Viajeros en el Tercer Reich: el auge del fascismo contado por los viajeros que recorrieron la Alemania nazi' (Ático de los Libros), ensayo donde ahonda en la visión que el mundo anglosajón tuvo de la nación de Adolf Hitler al adentrarse en su territorio. Las conclusiones del libro, documentadísimo y muy valioso por lo prolijo de sus testimonios, son poco previsibles y muy sorprendentes desde el silencio, el entusiasmo y afinidades quizá no tan inesperadas si se ahonda en la cuestión.

PREGUNTA. ¿Se percibía un aire distinto al llegar a Alemania durante los años treinta?

RESPUESTA: Los alemanes estaba muy interesados en cultivar amistad con ingleses y americanos, eran como sus primos y la mayoría de turistas que visitaron Alemania durante ese período eran de esas nacionalidades. Les dieron una bienvenida muy cálida. Querían dejar atrás el malentendido de la Primera Guerra Mundial. En cambio, odiaban a los franceses.

P. Esa enemistad con los franceses es ancestral, pero entonces se veía condicionada por la ocupación de la cuenca del Ruhr durante los primeros años veinte.

R. Sí, sin duda la ocupación del Ruhr fue fundamental, pero el odio venía de antes, como bien decías existía un odio ancestral, propulsado desde la guerra franco-prusiana de 1870-71. Por otra parte, los británicos compartían esa especie de enemistad, ambos pueblos consideraban sucios a los franceses y como he dicho existía con los ingleses una relación de hermandad.

P. No en vano antes de cambiarse el nombre por Windsor la familia real británica era la casa de Hannover.

R. Exacto.

Julia Boyd. (Ático)
Julia Boyd. (Ático)

P. Habla de la suciedad francesa, algo muy en contraste con lo inmaculado de las calles alemanas, algo que aún hoy en día se destaca.

R. Los hoteles alemanes eran limpios, la comida era buena y la cerveza era muy barata. Para los británicos el contraste con Francia era brutal. La atmósfera de Alemania era muy agradable para los extranjeros, y muchos extranjeros no vieron nada raro al final de los años treinta. Sí, había desfiles y mucha parafernalia, pero la comparación con la pobreza y el paro inglés impresionaba a los visitantes, admirados por las nuevas infraestructuras, el entusiasmo de la juventud y la sensación de que algo importante estaba en marcha.

P. Por otra parte, la conexión positiva se estableció en los años veinte, cuando muchos anglosajones juzgaron Alemania desde un punto de vista festivo, sobre todo en lo concerniente a Berlín.

R. Para muchos ingleses Weimar era la liberación, en especial si la comparaban con la rigidez de su país, muy tradicional y cerrado. El tiempo de Weimar fue prodigioso en lo teatral, lo sexual y en las artes, era una época muy excitante y, para los visitantes, Berlín resultaba muy atractiva. El resto de Alemania mantenía un conservadurismo estético propio de otros siglos.

P. En este sentido Christopher Isherwood o W.H. Auden mostraron este clima en sus escritos y recordaron la libertad sexual del mundo gay de los años veinte.

R. Sí, Berlín era una ciudad en plena ebullición, pero además el país aportaba una novedad muy fuerte. Había más parlamentarias que en ninguna otra nación, las calles eran pura energía, los espectáculos fantásticos y por eso mismo poco importaba la fealdad de los edificios, grises y aburridos. La vida nocturna era el foco innovador conjugado con el expresionismo en sus múltiples vertientes.

Berlín era una ciudad en plena ebullición, las calles eran pura energía, los espectáculos fantásticos...

P. Y esto cambia cuando Hitler llega al poder en enero de 1933. En el libro muestras que los británicos mostraron simpatía por Hitler por su lucha contra el comunismo.

R. Y sentían que Hitler reinventaba Alemania. El cambio se vivió como si hubiese caído una cortina. Muchos británicos de las clases altas y la aristocracia mostraron simpatía hacia Hitler por la amenaza que para ellos suponía el comunismo, pero en el ambiente de las clases medias esto no jugaba un papel tan importante. Hitler quería aterrorizar al mundo anglosajón mediante la carta del comunismo, pero al final se pasó de rosca. A los viajeros anglosajones les apasionaba la dirección diferente del país, un nuevo destino casi milagroso al levantarse tras las ruinas de la Primera Guerra Mundial. Valoraban mucho la recuperación del orgullo nacional por el contraste con la Gran Depresión vivida por las democracias durante ese decenio.

P. Pero también hubo actitudes burlonas contra el nazismo, como las de esas chicas instaladas en el café muniqués frecuentado por Hitler para sacarle la lengua o la ironía de otro viajero sobre los beneficios del saludo romano para estar en forma.

R. Eran chicas de clase alta. Iban a Múnich para terminar sus estudios y sacaban la lengua para mostrar su negativa al régimen nazi, algo que sus padres no compartían. El hijo de Arnold Toynbee, practicante de esgrima, decía que alzar el brazo a lo nazi iba muy bien para fortalecer los músculos, por supuesto con afán jocoso.

P. Y en sus primeros tiempos Hitler hasta fue agradable con negros, como el estudiante Milton Wright de Heidelberg.

R. Sí, quiso conocerlo, pero fue totalmente sincero en su fanatismo. Le dijo que hablaba muy bien alemán, pero no respondía a sus respuestas, se enmarañó en sus típicos monólogos y terminó por decirle que le parecía inútil que un negro estudiara en Heidelberg porque en Estados Unidos no le serviría de nada, y por si esto no fuera suficiente esperaba verlo bailar en cualquier momento, porque según el tópico de entonces los negros sólo sabían imitar y danzar como en las tribus africanas.

Jesse Owens recibe la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Berllín de 1936
Jesse Owens recibe la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Berllín de 1936

P. Eso era un sentimiento compartido hasta por los españoles de entonces. El periodista Manuel Chaves Nogales visitó Berlín en los años veinte y se sorprendió de ver a negros como artistas principales.

R. Por desgracia queda mucho trabajo por hacer en este sentido. Hasta hace poco en muchos países era sorprendente ver a negros en la calle, existía el prejuicio colonial. En los Juegos Olímpicos de 1936 los atletas negros de Estados Unidos se sintieron mejor tratados en Alemania que en su país, considerándolos maravilloso porque podían sentarse donde quisieran en los autobuses, no como en Norteamérica.

P. Porque, en cierto sentido, los norteamericanos blancos eran más racistas que los nazis.

R. La situación que se vivía en Alemania con los judíos era similar a la que sufrían en Estados Unidos los negros. El académico negro Du Bois consideraba que un matiz, muy fuerte si lo vemos retrospectivamente, es que los nazis habían legalizado la persecución a los hebreos, mientras en Estados Unidos la discriminación para con los afroamericanos respondía a una especie de nada disimulado libre albedrío.

La situación que se vivía en Alemania con los judíos era similar a la que sufrían en Estados Unidos los negros

P. Otro factor es que durante los Juegos Olímpicos de 1936 los nazis ocultaron durante su celebración sus prácticas habituales contra los judíos.

R. Sí, enmascararon el racismo y ocultaron los carteles contrarios a los judíos. Ofrecieron un espectáculo de relaciones públicas a todos los visitantes. Durante esas semanas hubo más extranjeros que en cualquier otro momento y se impresionaron, pero cuando terminaron los Juegos volvieron todas las señales para retomar esa normalidad disimulada durante el evento.

P. En 1934 el presidente francés Édouard Herriot visitó la Ucrania Soviética y despejaron las calles de los muertos del genocidio para crear una ficción temporal.

R. Nazis y comunistas operaban de modo similar. Quizá el comunismo resultaba más atractivo, pero los mecanismos de ambos sistemas eran casi idénticos. Juicios farsa, meter a gente fuera de la ley, perseguirla, asesinarla o negar el Estado de Derecho se desarrollaba bajo los mismos parámetros.

El público hace el saludo nazi en los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936
El público hace el saludo nazi en los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936

P. Pese a todo lo dicho hubo voces disidentes, como las del escritor Thomas Wolfe, con mucho éxito en Alemania, pero capaz de denunciar una vez volvió a su país las atrocidades nazis.

R. Con Wolfe se percibe la dualidad de visiones. La derecha juzgaba el momento como energético, pletórico y prodigioso por lo logrado desde el liderazgo hitleriano, mientras la izquierda tenía una noción negativa desde la represión y la tortura. Todos querían saber qué ocurría en Alemania. A Thomas Wolfe le encantaba pese a las advertencias de sus amigos, pero al final vivió experiencias de racismo y le pareció muy frustrante. Tenía mucho éxito en el país, vendía muy bien y fue valiente al denunciar la situación pese a saber a las claras las consecuencias de sus acusaciones. Su obra fue prohibida y no pudo volver.

P. La mayoría de intelectuales guardaron silencio. Samuel Beckett por ejemplo se fascina por el arte degenerado, pero no denuncia lo visto en su viaje.

R. Algo sorprendente, sobre todo si consideramos que luego se implicó en la Resistencia francesa, pero nunca denunció nada. Muchos académicos anglosajones, salvo Oxford y Cambridge, asistieron a congresos y también callaron. Inglaterra y Estados Unidos mandaron a muchos estudiantes para desarrollar un año universitario en Alemania y también guardaron silencio, de hecho, hasta se sorprendieron cuando estalló la guerra. En mi opinión había una mentalidad dual. Les gustaba la Alemania de Goethe, Beethoven y los paisajes preciosos y esto rebajaba el impacto de lo nazi, como si la cultura redimiera los pecados del presente, y algo parecido pudo haber ocurrido en Rusia por el amor a su literatura, como si esta eximiera al estalinismo de sus crímenes. Era como si las pruebas no importaran.

A ingleses y americanos les gustaba la Alemania de Goethe, Beethoven y los paisajes preciosos y esto rebajaba el impacto del nazismo

P. Hubo dos voces críticas muy poderosas. William Shirer, que estuvo en Alemania durante gran parte del nazismo, y la otra es la de Winston Churchill. Fueron excepciones. ¿Fue el silencio una causa para propiciar la Segunda Guerra Mundial?

R. La prensa en su mayoría intentó ser clara con relación a lo que ocurría en Alemania, pero la mayoría de la gente no quería oír lo que les contaban. El Times apartó algunos reportajes, en parte porque la mujer de uno de sus editores era alemana. Asimismo muchos empresarios estadounidenses consideraban que la prensa y los diplomáticos exageraban la situación. Pensaban que Alemania había vivido una revolución, pero que con el paso del tiempo todo se calmaría y Hitler se asentaría en el poder. También debemos entender que muchos de estos hombres eran conservadores, habían luchado en la Gran Guerra y no querían ver a sus hijos implicados en un nuevo conflicto, por eso apostaban por la concordia; Weimar había sido un lugar pecaminoso y Hitler les resultaba limpio y ordenado al poner Alemania de nuevo en pie. El punto de inflexión fue la Noche de los cristales rotos de noviembre de 1938, aunque también cabe decir que el clima antisemita era común en Francia e Inglaterra, eso sí, sin la persecución emprendida por los nazis.

P. Los nazis llegaron a organizar visitas turísticas al campo de Dachau en 1934. Lo digo porque quizá la aceptación de Hitler en el mundo anglosajón es porque compartían muchas de las ideas características del Tercer Reich.

R. Absolutamente, también para con limpiar la calle de gitanos y homosexuales. La ruptura llegó con la brutalidad y el pasarse de frenada por parte del Tercer Reich, quizá sin ese actuar sin cortapisas hubieran consentido mucho más las tropelías alemanas, entre otras cosas porque desde Inglaterra, Francia y Estados Unidos se consideraba mejores a los judíos alemanes que a los provenientes de otras partes de Europa.

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