Centenario de La Impresa de Fiume

El poeta cocainómano que diseñó la estética fascista

Si la decadencia fuera una película tendría la dulce armonía de Casanova en pleno baile estático con una maniquí en la laguna helada de Venecia... pero suele ser más cruenta

Foto: Gabrielle d'Annunzio con uniforme de soldado
Gabrielle d'Annunzio con uniforme de soldado

Estamos en 1919. Gabriele d’Annunzio (Pescara, 1863-Gardone Riviera, 1938) alterna su tiempo entre la antigua Serenísima República, donde el tiempo lleva congelado desde su caída, y Roma, Ciudad Eterna y batiburrillo político de infinita magnitud. En la primera ejecuta una oda a la disipación, mientras en la segunda enarbola discursos propagandísticos envuelto en banderas de mártires bélicos para aprovechar la fama cosechada durante la Primera Guerra Mundial, cuando mediante su dominio del tempo escénico supo rentabilizar su nulidad militar para devenir un héroe de masas, con el punto álgido de su bombardeo empapelado de Viena, donde en vez de destruirla con obuses la acarició con consignas de paz, entendimiento y libertad.

El célebre vuelo sobre la capital austrohúngara acaeció en agosto de 1918. Tres meses después Italia había ganado su particular contienda tras una ofensiva victoriosa más bien por la flaqueza de un enemigo carente de recursos, con sus soldados enclenques con una media de cincuenta kilos de peso, cadáveres vivos en retirada, como la misma corona aubsbúrgica.

[Así nació el fascismo: el peor día para fundar el futuro]

Por eso mismo, casi como si lo hubiera preparado D’Annunzio, la conclusión fue espectacular hasta preparar los cimientos del futuro con la llegada de la nave 'Audace' al puerto de Trieste, desde entonces tricolor por derecho de conquista para alegría de muchos, con el Consejo de Ministros en la 'pole position' de esa algarabía al poder irrumpir con fuerza en las negociaciones para corroborar lo pactado en Londres el 26 de abril de 1915, cuando Italia aceptó formar parte de los aliados para recibir como contrapartida el Tirol Cisalpino, el Trentino, el Brennero, la región de Istria y la costa Dálmata, estas últimas de excepcional importancia estratégica al permitir controlar ambos lados del Adriático.

La incompetencia y el populismo

La conferencia de París fue desastrosa para los intereses transalpinos, con el primer ministro Vittorio Emanuele Orlando caricaturizado como una comparsa inútil ante la prepotencia de Woodrow Wilson, reacio a aceptar lo rubricado en la capital británica porque los Estados Unidos no intervinieron en la gestación de ese acuerdo, por lo demás diametralmente opuesto a los 14 puntos del presidente norteamericano, favorable a la autodeterminación de los pueblos.

Volver a Roma con las manos vacías era una segura condena al ostracismo parlamentario. Orlando fue sustituido por el profesor de economía Francesco Nitti. La situación en el país siempre era más incómoda, con pronunciamientos en torno a una victoria mutilada y mucha frustración entre los veteranos, mal reinsertados en la cotidianidad, en caída libre por los iniciales movimientos de los obreros en el norte y una creciente inestabilidad pública, con el Estado en pos de perder las riendas, desbocadas por tanta incompetencia en la gestión de esta crisis múltiple. Y en estas D’Annunzio contempló la viabilidad de su gran número. Si Trieste ya estaba integrada en los límites de la Bota sólo quedaba actuar en Fiume, donde la presencia de una combativa Legión atizaba la pugna entre italianos y yugoslavos por el dominio de la actual Rijeka, principal puerto croata.

D'Annunzio, en el centro, con bigote y acompañado de soldados italianos en Fiume
D'Annunzio, en el centro, con bigote y acompañado de soldados italianos en Fiume

Fiume nunca había figurado en la mesa de negociaciones pese a ser un caramelo por su ubicación, como entendió Hungría desde 1723, cuando la usó como puerto franco mientras la declaraba ciudad libre bajo la tutela de un gobernador. La presencia tricolor se gestó durante la segunda mitad del Ochocientos, cuando los gobernantes magiares la juzgaron positiva para nivelar el predominio demográfico eslavo.

A mediados de 1919 la ciudad era un laberinto de incierto destino. Aliados franceses con tropas coloniales querían ejercer de contrapunto al hostigamiento italiano, sin conseguirlo hasta pagar su misión con la vida. Trece vietnamitas fueron despedazados y lanzados al agua como pasto para los peces. La insurrección flotaba en el aire, y una embajada propuso a Gabriele D’Annunzio liderarla al ser, y las palabras resumen muchos eventos, futuros, el único Duce intrépido y firme para el pueblo. Guíanos. Estamos preparados. El vate, algo así como un poeta con dones proféticos, dudó mucho antes de aceptar su penúltima aventura. El 11 de septiembre, tal como cuenta Lucy Hugues Hallett en la biografía titulada 'El gran depredador' (Crítica, 2014), se levantó temprano a pesar del fuerte calor, cogió un barco a tierra firme y partió en su Fiat 502 rojo brillante.

El poeta deviene condottiero

Ahora casi nadie lo lee o lee, pero a principios del siglo XX Gabriele d’Annunzio era un poeta con tintes de socialité. Era hiperactivo, sabía asumir las modas del momento, tenía increíbles dotes de seducción con otras estrellas como la actriz Eleonora Duse y en sus textos se arrogaba el marchamo de ser el gran decadente, título integrado en todas las partículas de su existencia, nutrida de un ego superlativo y un gusto hiperbólico por estéticas desenfrenadas en los grandes salones europeos.

En cierto sentido el estallido de la Gran Guerra le fastidió su idilio parisino. Volver a Italia le confería otros atractivos, y la Impresa di Fiume, bien regada desde su debut de lemas como "O Fiume o Morte", era la excusa anhelada para ingresar en la Historia más allá de banalidades literarias, y como tenía muy bien aprendidas las lecciones pretéritas no dudo en alcanzar Ronchi, a una centena de kilómetros de su objetivo, y avanzar con sus 186 reclutas hasta las posiciones del ejército italiano designado por los Aliados para ocupar Istria.

"O Fiume o Morte", era la excusa anhelada para que el poeta ingresara en la Historia más allá de banalidades literarias

La escena de esa colisión remite al retorno napoleónico tras su reinado en la Isla de Elba. La gran armada no podía disparar contra su ídolo y lo mismo sucedió con los Arditi, cuerpos de élite, del General Pittaluga, incapaces de oponerse a esa figura tan emblemática y ridícula para nuestros cánones entre su baja estatura, los pantalones bombacho, el pecho henchido de medallas, una barbita demoníaca y su calva de marfil como cénit de tanta bravata.

Las tropas se unieron a D’Annunzio y este ingresó en Fiume montado en un carro blindado para realizar su Sacra Entrata, y sólo con la expresión podemos comprender la vertiente mística de su hiperliderazgo, refrendado sin consultarle mientras dormía una siesta redentora entre fiebres y alucinaciones. Sería Comandante de Fiume y el Consejo Nacional estaría supeditado a su persona.

Manual de estética fascista

D’Annunzio ocupó la ciudad durante poco más de un año, de septiembre de 1919 a la navidad de 1920. Durante este periodo rechazó encabezar una revuelta generalizada y marchar sobre Roma como hizo en octubre de 1922 Benito Mussolini, con quien intercambió correspondencia durante los primeros meses de su liderazgo para conseguir publicidad de sus gestas en 'Il popolo d’Italia'. La relación entre ambos nunca fue cordial. Cuando el poeta ocupaba el más alto rango de su villa independiente sentó las bases para determinadas premisas usadas a posteriori por el padre del Fascismo, buen ladrón de estéticas y bien hábil al enmascarar su origen.

D’Annunzio era cocainómano desde hacía cierto tiempo, y ello conllevaba delirios de grandeza y medidas harto disparatadas. Quería el pavimento lleno de flores e incluso obligaba a cambiarlas tres veces al día en su cama. Cada mañana, al despertar, declamaba un discurso desde el balcón de su palacio ante una multitud enfervorecida, quien sabe si bajo el efecto de estupefacientes o con la felicidad de un buen coito, pues su Fiume fue Sodoma y Gomorra entre burdeles, libertinajes y conductas desesperadas, quizá desde la consciencia de vivir un sueño de complicada definición y excesiva borrosidad.

Cartel propagandístico
Cartel propagandístico

Tras estos parlamentos otra pauta clave para la rutina de las jornadas eran los desfiles de los Arditi, enfundados en uniformes negros inspirados en la Florencia renacentista. Por si faltara algo se impuso un revolucionario saludo con el brazo en alto para reforzar aún más todos estos protocolos ribeteados de fanatismo, con muchos hombres rapándose como su jefe mientras adoptaban su ridícula perilla y la bola de billar craneal como si fueran un antecedente de los skinhead.

El papel de D’Annunzio como precursor de un fascismo más bien simbólico puede asimismo cifrarse desde otros parámetros, como los cánticos, la glorificación de la juventud y la violencia como fuente de vida, aunque este último componente responde más bien a su nula planificación económica, pésima hasta el punto de llevar a un puerto de gran prestigio comercial casi hasta la bancarrota, insalvable con esos ataques piratas a almacenes marciales de otras localidades e inevitable por el bloqueo ejercido por el gobierno Nitti, reemplazado a mediados de 1920 por el veterano Giovanni Giolitti.

Despedida y cierre

Otros atributos bien asimilados por Mussolini fueron la retahíla de lemas, como el mítico "Me ne frego", traducible como me da igual o me importa un bledo, a la postre usado por los escuadrones fascistas, la exaltación de una primacía donde lo civil y lo militar se confundieran y la asunción del corporativismo para el Estado, factor auspiciado por D’Annunzio en la carta del Carnaro.

Entre otras prácticas del mañana no podemos olvidar su absoluto desprecio por las elecciones plebiscitarias

Entre otras prácticas del mañana no podemos olvidar su absoluto desprecio por las elecciones plebiscitarias, como la convocatoria del diciembre de 1919 nacida a raíz de la propuesta del gobierno italiano de declarar Fiume ciudad libre o anexionarla al Reino. El consejo de la ciudad estuvo de acuerdo con las propuestas transalpinas, no así D’Annunzio, quien tras anunciar un referéndum por eso de la soberana voluntad del pueblo lo declaró nulo al no ser de su agrado los resultados, más favorables a Roma que a sus astracanadas, finiquitadas tras una serie de combates en diciembre de 1920. Un mes antes Italia y Yugoslavia acordaron en el Tratado de Rapallo respetar el estatuto de ciudad libre para Fiume.

Algunos, y con esto terminamos, se preguntarán cómo D’Annunzio no fue una criada respondona para Mussolini durante al menos el primer decenio fascista. La respuesta es simple. El Duce lo agasajó hasta confinarlo en las nueve hectáreas del Vittoriale degli italiani, donde cultivó su Diógenes fetichista, esnifó su droga predilecta y se divirtió en ese jardín destinado a su culto personal. Fiume formó parte del Reino de Italia desde 1924, convirtiéndose en yugoslava en 1947, tras los acuerdos de París. Hoy en día es croata y nada hace pensar en sobresaltos venideros.

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