entrevista

Javier Calvo: "No le regales mi novela a tu hijo, está llena de drogas y cosas nazis""

El escritor y traductor barcelonés vuelve a la novela con 'Piel de plata'

Foto: Javier Calvo
Javier Calvo

Pocas cosas han sido tan injustamente vituperadas como la adolescencia, esa etapa iniciática esencial de locura y forja de identidad que pretendemos olvidar y afearle a las generaciones que nos siguen en cuantos nos creemos lo suficientemente adultos. Y sin embargo, como Marcel Proust escribió: "lo característico de la ridícula edad por la que atravesaba yo -en modo alguno ingrata, sino muy fecunda- es que en ella no consultamos a la inteligencia y los menores atributos de las personas nos parecen formar parte indivisible de su personalidad. Totalmente rodeados de monstruos y dioses, apenas conocemos la calma. Casi no hay un gesto que hiciéramos entonces que no hayamos deseado más adelante poder abolir, pero lo que deberíamos, al contrario, lamentar es haber perdido la espontaneidad que nos movía a hacerlos. Más adelante vemos las cosas de forma más práctica, en coincidencia con el resto de la sociedad, pero la adolescencia es la única época en la que aprendemos algo".

'Piel de plata'
'Piel de plata'

Tras casi una década de ausencia en la que se ha dedicado por completo a su trabajo de traductor, Javier Calvo regresa a la escritura con 'Piel de plata' (Seix Barral), una novela poblada de adolescentes, dudas, pedanterías, literatura, música, sustancias estupefacientes y maravillosas chaladuras. Pol es un chaval adolescente de catorce años con algún problemilla mental que le lleva a clavar tenedores en el cuello de sus compañeras del insti que un día conoce en terapia a Bronwyn, una chica rebelde y más lista que el hambre enamorada del poeta Cirlot que le desvelará una Barcelona desconocida.

PREGUNTA. Es curioso porque si la publicidad de tu novela cita como referente a Salinger, 'Piel de plata' arranca tuneando el célebre comienzo de ‘El gran Gatsby’...

RESPUESTA. ¡Bien por ti! ¡El primero que se da cuenta!

P. ¿Lo de Salinger es el inevitable peaje que hay que pagar cuando un adolescente protagoniza tu novela?

R. Cien por cien. Ya me he acostumbrado y, en realidad, tampoco es lo peor que me podía pasar. No recuerdo en qué parte del libro advertía que mi novela no tenía nada que ver con Salinger y luego voy y le pido una cita a Manuel Vilas para la faja y lo primero que hace es compararla con Salinger... En fin, más peligroso me parece el hecho de que cuando escribes una novela con un protagonista adolescente se genera cierta expectativa, ya no de novela de iniciación salingeriana sino de que estás haciendo eso que llaman 'literatura juvenil'. Y, joder, si quieres comprarle una novela juvenil a tu hijo no le compres la mía, por Dios, está llena de drogas, cosas nazis... No lo hagas.

P. La poeta Elizabeth Bishop odiaba ‘El guardián entre el centeno’ y no lograba entender su éxito porque seguraba que se había sonrojado leyendo sus "ridículas frases". Tú que tradujiste su biografía, ¿cómo te llevas con él?

R. No odio a Salinger. Pero igual que 'El gran Gatsby', 'El guardián entre el centeno' se ha integrado en la mitología cultural contemporánea. Fitzgerald es la 'Flaming Youth', el glamour y Salinger es el pequeño genio incomprendido. Relacionarse con estos dos arquetipos de forma no irónica me parece bastante difícil no tanto por sus libros en sí como por la visión caricaturesca que existe de ellos. Por tanto, no me importa pasar por esas comparaciones. En cierto sentido, mi novela se puede leer en clave de "pequeño genio incomprendido".

Me encanta traducir, tengo la fantasía perversa de, si sigue la crisis editorial y cada vez salen menos títulos... traducirlos yo todos

P. Por cierto, hablando de traducir, hay un hombre en España que lo traduce todo... ¿ha menguado algo tu furor traductor? ¿Cómo te ha dejado tiempo para escribir esta novela si, cuando si abres en España un libro de un autor anglosajón al azar, hay un 99% de posibilidades de que lo hayas traducido tú?

R. Mi furor traductor no se ha detenido, al contrario. Me encanta traducir, lo disfruto muchísimo y quiero morir sobre el teclado traduciendo. Tengo incluso la fantasía perversa de que, si la recesión del mercado editorial continúa y cada vez se traducen menos títulos... quiero traducirlos yo todos. ¿Si me deja tiempo para escribir? No. Hay dos formas de abordar la traducción: como forma todavía no erradicada de colaborar con la industria cultural, como también son los artículos en prensa o la docencia, y como profesional. Si solo traduces, solo traduces, eso ya no es como antes pero yo sí lo hago así. El ritmo de traducción que te permite vivir y relacionarte con diferentes clientes no te permite hacer nada más. Lo que hago, cada tantos años, es ahorrar, dejar de trabajar una temporada, y dedicarme a escribir. La traducción es la esposa que te aguanta todas tus mierdas y la novela es la cana al aire.

P. Pol y Bronwyn danzan en 'Piel de Plata' entre la adolescencia y la locura, valga la redundancia. Hace poco leía en un libro de neurociencia que la chaladura de los adolescentes es la condición necesaria para acceder a la cordura gris de los adultos.

R. Todos conocemos a gente ya adulta que se ha quedado atrapada en esa insensatez adolescente... o incluso gente a la que la insensatez le viene después. Más que señalar esa relación entre adolescencia y locura, me pareció que sería adecuado contar una historia basada en el hecho de que con catorce años, cuando todavía no te has instaurado en la vida y el mundo aún no te ha dado cuatro hostias y te ha puesto firme, puedes representar la adolescencia como un espacio de libertad radical no contaminado. Evidentemente, el intento de comedia que hay en el libro se basa en el hecho de que quien narra un viaje tan absolutamente trascendental como es el ciclo de Bronwing es en realidad un individuo torpe y completamente ingenuo que se deja encandilar por la primera persona que pasa.

Con 14 años, cuando el mundo aún no te ha dado cuatro hostias, la adolescencia se muestra como un espacio de libertad radical

P. La tercera pata de la novela, por así decirlo, es la poesía y, en concreto, la figura de Cirlot. Hay un momento en que Bronwyn dice: “Cirlot fue el mejor poeta que ha habido nunca en este país. Aunque no es decir gran cosa porque el resto son una puta mierda” ¿Coincides?

R. ¡No! Jajaja. Me interesaba desarrollar una perspectiva completamente excesiva basada en la romantización de las cosas y en la veneración del escritor raro, ese que descubres y te hace sentir distinto al resto del mundo. Y todo esto narrado por un chico pedante y repelente que no tiene reparos en asegurar que todo lo demás le parece una mierda y que es guiado por una chica que está tan mal como él. Esa es la parte divertida. La parte más seria sería el hecho de atribuirle cierta verdad a eso, participando como escritor de ese romanticismo de la historia y, de alguna manera, dignificarlo.

P. El otro escritor clave en el libro es Michael Moorcook camuflado como Cooper Crowe. Y parece encarnar muy bien con sus relatos de conspiraciones de agentes del futuro que nos esclavizan precisamente esa pugna entre los adultos castradores y la rebeldía juvenil.

R. Sí. Mi idea que aparece subrayada de forma vergonzosamente evidente en un capítulo que es una versión del 'Cuento de Navidad' de Dickens era que esa búsqueda de la iluminación y la trascendencia pro parte del protagonista tuviera tres fases a modo de una mínima teoría del arte. Y cada fase la encarna en la novela un autor. Moorcook representaría el aislamiento del artista, Cirlot el hermetismo y 'Death in June' la confrontación.

P. Cuando tuve noticia de tu novela pensé que el escenario sería el de la Barcelona de tu adolescencia pero no, es la actual, más bien el de la adolescencia de tu descendencia. De hecho, el padre de Bronwyn nace en 1973, como tú. ¿Cómo vence el escritor es esa infranqueable verja de concertinas de las generaciones para comprender desde el adulto que es esos jóvenes actuales que son como alienígenas para él?

R. En primer lugar, habría sido un error, un desastre absoluto, si hubiera ambientado una novela en el tiempo en que yo era adolescente porque habría provocado una asimilación entre lo que piensa el protagonista y lo que pienso yo. De hecho, aunque a veces lo que piensa el protagonista es lo que pienso yo, no me da la gana de que la gente haga esa operación mental con mi novela. Quería hablar aquí de la adolescencia en sí sin que se asociara ni conmigo de entrada ni con nadie. Por otro lado, es obvio que los adolescentes de este libro no se parecen a los adolescentes de ahora de ahora para nada. No quieren llevar móvil, por ejemplo. Si se definen por algo es por un rechazo absoluto a la realidad que los rodea. Otra cosa sería imposible. Ten en cuenta que la distancia generacional que hay entre alguien como tú o como yo y nuestros hijos sería, hace cincuenta años, como tres generaciones de distancia. Es imposible entenderlos. Me interesaba más bien trabajar con cierta visión de Barcelona.

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