Historia criminal de Barcelona: asesinos en serie, anarquistas y rubias deslumbrantes

La capital catalana es un ente mutante, y desde principios de siglo XX cada década ha tenido uno o distintos asesinatos válidos como metáfora de su situación

Foto: Un recorte de periódico informa del secuestro supuetamente ejecutado por Enriqueta Martí
Un recorte de periódico informa del secuestro supuetamente ejecutado por Enriqueta Martí

Si usted espera encontrar en las siguientes páginas otra diatriba sobre la inseguridad barcelonesa durante este verano se llevará una desilusión. El aumento de la actividad delictiva en la Ciudad Condal tiene muchos matices, y en un mundo sediento de ruido a veces se omiten múltiples factores por eso de desdeñar el 'sine ira et studio de Tácito' para favorecer la fácil andanada, propia de la época, tan amante de opinar, y ya decía Josep Pla lo sencillo de este tipo de pensamiento, pues lo difícil siempre ha sido describir.

No vamos a dar con la llave para abrir todos los misterios. La capital catalana es un ente mutante, y desde principios de siglo XX cada década ha tenido uno o distintos asesinatos válidos como metáfora de su situación. Intentaremos resumirlos hasta llegar al momento presente, surcado por una crisis de crecimiento, deudas entre instituciones para redistribuir la riqueza en las zonas más marginales, la negligencia de ciertos poderes autonómicos y una alarma alentada en la temporada donde, en apariencia, hay menos noticias reseñables en algunos medios de comunicación.

Ponga una asesina en serie en su mesa

Esta historia criminal echa a andar un 10 de febrero de 1912, cuando en la frontera del futuro barrio chino, rebautizado así en los años veinte por el periodista Paco Madrid, desapareció la niña de un matrimonio modesto, Teresita Guitart. Las investigaciones se demoraron por la celebración del carnaval, y cuando esté terminó un agente entró en un domicilio de la calle Joaquín Costa, entonces Poniente, y, bajo la excusa de comprobar si había gallinas, dio con la chiquilla, rapada y secuestrada por una extraña mujer, Enriqueta Martí, perfecta cabeza de turco para señalar con dedo acusador a las clases más desfavorecidas tras la Semana Trágica, la mítica revuelta estival de julio de 1909, cuando los trabajadores protestaron por ser carne de cañón en la guerra de Marruecos, urdida para defender los intereses de las élites españolas.

Enriqueta Martí fue definida como un monstruo, y si este tiene género femenino siempre suscita más apasionamientos. La acusaron de crímenes seriales, intercambios de infantes con la burguesía en el Liceo y hasta de tener una habitación con potingues milagrosos hechos con tuétano.

La Vampira del Raval era un prototipo del lumpen: robos, prostíbulos y un secuestro para dar compañía a una hija que ni siquiera era suya

El caso duró hasta la irrupción de la semana santa y se difuminó por los análisis de los forenses en distintos domicilios. No mató a nadie, pero en la era de la posverdad vende muy bien tener una psycho killer, y en nuestro siglo la resurrección de la leyenda se ha pertrechado desde esas premisas con documentales, novelas, visitas guiadas, obras de teatro y otras actividades culturales alimentadas con una visión parcial del relato. Quien escribe lo absorbió a fondo y publicó en 2014 'Barcelona 1912, el caso Enriqueta Martí' (Sílex), donde se demuestra cómo la mal llamada Vampira del Raval era un prototipo del lumpenproletariado con correrías en la gestión prostibularia, robos a damas adineradas y un secuestro para dar compañía a una hija que ni siquiera era suya. El resto es parque temático y el eterno gusto humano por la truculencia en una ciudad donde el crimen ha sido más bien de guante blanco, salvo cuando la política interviene.

Anarquistas y rubias deslumbrantes

Pablo Casado fue asesinado la noche del 8 de diciembre de 1928 por su criado, Ricardo Fernández. Su cuerpo decapitado apareció cinco meses después en una caja sita en la madrileña estación del Mediodía.

El crimen de Ricardito es el más sensacionalista de los años veinte, pero si por algo debemos recordar ese decenio es por la agitación pistolerista de 1919 a 1923, cuando Barcelona devino una Chicago antes de hora por la ira de la Patronal tras el éxito de la Huelga de la Canadiense. A lo largo de esos cuatro años las armas de fuego dominaron las calles, en ocasiones con el amparo de las autoridades. La puntilla fue el asesinato a sangre fría de Salvador Seguí el 10 de marzo de 1923 en la confluencia de las calles Cadena y San Rafael. Una placa de cerámica lo recuerda.

Flores en el lugar donde asesinaron a Salvador Seguí en Barcelona
Flores en el lugar donde asesinaron a Salvador Seguí en Barcelona

Cuando cayó la dictadura de Primo de Rivera y llegó la República la tensión se disparó entre ácratas y miembros de Esquerra Republicana. El 28 de abril de 1936 los parafascistas hermanos Badia, bien amados por el president Torra, fueron asesinados en pleno Eixample, en el cruce de Muntaner con Diputación.

Un año antes en otras latitudes Federico Muñoz, verdugo oficial de Barcelona, corrió la misma suerte mientras pasaba la sobremesa en un bar de Vilapicina, en la periferia. Vivía en las casas baratas, polígonos habilitados con motivo de acoger la oleada de inmigración del decenio anterior, cuando la construcción del Gran Metro y la Exposición internacional aumentaron la población en más de trescientas mil almas.

Fue ajusticiado como venganza por la ejecución de un anarquista. Estos casi desaparecieron del mapa con la victoria Franquista en la Guerra Civil, y ya saben cómo durante los regímenes autoritarios todo el espacio luce sin mácula, al menos en los titulares, pero el 11 de enero de 1949 el hallazgo del cuerpo de Carmen Broto en un huerto de la calle Legalidad, a medio camino entre Gràcia y el Guinardó, desmintió tanta placidez.

Carmen Broto y Juan Martínez Penas
Carmen Broto y Juan Martínez Penas

La chica, una rubia platino de rompe y rasga, recaló en Barcelona tras la contienda. Fue cajera, las fabricaba, y se hizo amante de Juan Martínez Penas, empresario del Teatro Tívoli, rango de enjundia cuando no existía la televisión y las tablas atraían a muchos espectadores. Mientras desarrollaba su amorío congeniaba con amigos de su mismo ascendiente social y estos, escudados en un padre experto en abrir cualquier dispositivo, pensaron en engatusarla para robar la caja fuerte del empresario. Tras una sesión de cine quedó con sus asesinos, quienes le propinaron un golpe con una vara de hierro en la cabeza a la altura del Hospital Clínic. El plan fracasó, el progenitor espadista atendió en vano la llegada del botín y a la postre se suicidó, y lo mismo hizo otro cómplice, no sin antes depositar a la exánime beldad en esa parcela donde la hallaron con todos sus oropeles.

El caso resucitó cuando Juan Marsé, quien según su propio testimonio vio el coche transportador a la mañana siguiente mientras iba a su trabajo de aprendiz de joyero, escribió 'Si te dicen que caí', censurada en España en 1973 tanto por su título, un verso del 'Cara al Sol', como por su contenido, accesible en España tras la muerte de Francisco Franco.

Existencialistas, mayordomos y el gánsters

En los años cincuenta, además del asesinato a sangre fría de un empresario de la construcción a manos del anarquista Facerías en un meublé, la gran bomba criminal fue extranjera y navideña. En 1956 dos austríacos deseaban saldar una deuda de contrabando con un millonario indio alojado en el Ritz. La fama de ese Hotel era tan deslumbrante que cuando se supo de un fiambre en la habitación 523 se dispusieron los mecanismos para enmudecerlo por aquello del prestigio de la cadena internacional, e internacional era el asunto, y por lo tanto fácil de resolver en una ciudad con apenas turistas donde pocos llevaban abrigos morados como el hallado en la estancia del establecimiento porque los barceloneses de ese decenio iban grises o negros, como el mismo aire del periodo.

De este modo se arrestó a los ciudadanos del país centroeuropeo y la cosa no pasó a mayores, no como en 1962, cuando desde el flamante Jamboree, abierto con nombre anglosajón por el aterrizaje en 1951 de la Sexta flota norteamericana, se tejió el crimen mediante el robo un lamparista catalán enamoriscado de su pérfida vecina, más bien noctámbula y en contacto con norteamericanos ávidos de dinero a cambio de nada. Al pobre Rovirosa lo mataron con una llave inglesa. Cuando perpetró su fechoría Jimmy Wagner iba hasta los topes de centraminas, anfetas adquiribles en cualquier farmacia española.

El crimen pudo provocar un conflicto diplomático entre la dictadura y Estados Unidos. Lo denominaron de los existencialistas por identificar al local de jazz y las costumbres anómalas de sus clientes con el movimiento filosófico francés.

En los setenta el episodio de más relumbrón fue el del Asesino de Pedralbes, un mayordomo y chófer de un matrimonio de rancio abolengo popularizado por el homónimo filme de Gonzalo Herralde, aunque si quisiéramos durante la Transición podríamos comentar los asesinatos políticos de Bultó y Viola o el oscurecido capítulo de un asesino de ancianos.

Los ochenta no fueron en absoluto anodinos. En 1984 Raymond Vaccarizzi, perteneciente a un clan de la mafia marsellesa, fue asesinado por un oponente cuando hablaba con su mujer desde una celda de la prisión Modelo. El tiro de Gracia llegó desde un edificio de enfrente. En 1987 en una de las callecitas limítrofes con la Rambla José Burgueño, alcohólico y desquiciado, degolló y descuartizó a su esposa hasta juntar las partes en cuatro bolsas de basura. Hoy sería violencia de género, entonces fue una nota de crónica negra.

Los conflictos de la modernidad

Tras las Olimpiadas los noventa ofrecieron el caso Snoopy, nombre de un bar de la Gran Via, cuando José Gilart acabó a sangre fría con el propietario de su local y un inspector de hacienda. Los cuerpos nunca se localizaron, pero la policía científica dio en sus análisis con huellas grabadas en el suelo del sótano de una maleta con ruedecillas, y eso era un indicio indudable de la suerte de las víctimas, algo extraordinario a finales del siglo pasado, cuando esas valijas eran más bien inusuales.

El inicio de nuestra centuria se nutrió de la polémica de la nocturnidad, con exceso de afters, crímenes contra la reciente inmigración, el más sonado en la zona de ocio del Maremágnum tras una pelea útil para regular el acceso a ser portero de discoteca, un alud de muertes escabrosas en la zona alta y en 2009, cuando la crisis económica había estallado sin concesiones, un asesinato a sangre fría en la calle Santaló. Era lunes 9 de febrero a las ocho de la mañana, las inmediaciones estaban desiertas y el sicario Jorge Andrés Madrid descerrajó un tiro en la espalda del empresario Félix Martínez Touriño, quien días antes había comunicado su inaplazable despido a Manuel Moreno, inductor del crimen, de su empleo en el Centro de Convenciones Internacional de Barcelona.

El moviente laboral y la fórmula para cumplir con el cometido apuntaban a nuevas formas de criminalidad en la capital catalana. Durante los años del Procés y las penurias monetarias varios han sido los pasajes mortuorios de alguna relevancia, aunque nunca han alcanzado valencias simbólicas como el murmullo de este último verano, inquietante tanto por su repercusión desmedida, quien quiera comprobarlo dispone de estadísticas, como por algunas medidas peligrosas emprendidas desde la ciudadanía. Las patrullas urbanas sin el amparo de los dirigentes elegidos democráticamente tienen el tufo de otros instantes donde el Estado, o en su defecto su representante autonómico, no cumplieron con sus funciones.

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