DOCUMENTAL

En memoria de Robert Mitchum, el gran fucker de Hollywood

El documental 'Nice Girls Don't Stay For Breakfast' del fotógrafo Bruce Weberllega al festival Play Doc, que se celebra desde este miércoles en Tuy (Pontevedra)

Foto: Robert Mitchum en un momento de 'Nice Girls Don't Stay For Breackfast', de Bruce Webber.
Robert Mitchum en un momento de 'Nice Girls Don't Stay For Breackfast', de Bruce Webber.

De seguir vivo se habría constituido en una rara anacronía. Probablemente hubiese torcido el labio ante George Clooney —canallita, pero controlado—, Dwayne Johnson —los bíceps más simpáticos— o Chris Hemswoth —tan comprometido con su familia como con sus abdominales—, tres de los actores mejor pagados del mundo según publicó 'Forbes' a principios de este año. Ninguno de ellos se hubiese jactado de haberse "follado" a la mujer del guarda que custodiaba su celda —en los 50 estuvo en la cárcel por posesión de marihuana— "hasta hacerle perder el conocimiento". Ni de haber presenciado cómo a un tipo le volaban la tapa de los sesos por haberle llamado mentiroso. Ni de aquella vez que su mujer se tuvo que subirse a su espalda y espolearle con los tacones para obligarlo a salirse de una pelea de bar. "El último mohicano", resume Robert Mitchum al final del documental 'Nice Girls Don't Stay For Breakfast' que le dedica el fotógrafo Bruce Weber y que ahora pasa por el festival Play Doc, que se celebra desde este miércoles hasta el domingo en la ciudad gallega de Tuy.

Cantaba Julie London que "las chicas buenas no se quedan a desayunar" en la canción que da el título al documental de Weber. Pero parece más probable que los chicos como Mitchum las despachen antes de que empiece a oler la primera tostada. Robert Mitchum vivió 80 años —de 1917 a 1997—, rodó más de 130 películas y series, y elevó a la perfección la mirada seductora de "cariño, me importa una mierda". Robert Mitchum era la virilidad de los párpados entrecerrados y los andares entre la desgana y la colonización, de la voz grave aguardentosa y con el dardo siempre a punto en la boca: "Estos [los actores que siguen a Stanislavski] sólo hablan del método y de la motivación del personaje; en mis tiempos, sólo hablábamos de follar y de las horas extra de rodaje". Siempre con un cigarro en la comisura, murió de cáncer de pulmón; no podría haber sido de otra manera. Quizás de un infarto en plena horizontalidad.

Se lamenta Weber en 'Nice Girls Don't Stay For Breakfast' de que, probablemente, las nuevas generaciones no sabrán quién fue Mitchum, el antigalán del Hollywood clásico, y no tan clásico. No sabrán quién popularizó los tatuajes de "love" y "hate" en los nudillos. Ni que en 1943 rodó todo lo rodable —20 títulos, muchos de ellos sin acreditar—, y que en uno de sus primeros papeles con entidad propia, en 'Una chica urgentemente' (1944), apareció vestido de mujer y ataviado con una peluca de rizos dorados, la antítesis del tipo duro pero elegante que convirtió en su seña personal. Porque, precisamente, Weber conoció al actor en una sesión de fotos organizada por 'Vanity Fair' sobre tipos duros del mundo del entretenimiento. Mitchum era lo contrario del "hombre blandengue" al que cantó El Fary.

Otra imagen de Mitchum en el documental de Weber.
Otra imagen de Mitchum en el documental de Weber.

Cuenta el documental que Sidney Skolsky, periodista del cotilleo del Hollywood dorado, ltercera pata del triunvirato Hedda Hopper-Louella Parsons-Skolsky que tenía a las estrellas acongojadas, que "Robert Mitchum admitía que siempre quiso ser un vago, así que se hizo actor de cine". Durante los años 90, en varias ocasiones, Weber acompañó y grabó a Mitchum en su suite del Four Seasons, en el estudio de Capitol Records de Los Ángeles —grabó un disco de jazz junto a Marianne Faithfull que jamás se publicó— y en las cenas con amigos, amigas y amigas especiales. Porque hasta su muerte, con casi 80 años, estuvo rodeado de mujeres; es hilarante el momento en el que Lisa Marie, aspirante a actriz, posterior musa de Tim Burton, le llama al teléfono del hotel y flirtea —flirtean— después de un encuentro fortuito en el hall.

Nunca quiso divorciarse: "mi mujer me protegió cuando me daba por intentar matar gente en los bares", solía decir

Mitchum fue fiel a su mujer, a la manera de los tipos duros del cine negro: estuvo 57 años casado con Dorothy, de 1940 hasta la muerte del actor, a la que conoció cuando él tenía 16 y ella 14 años. Nunca quiso divorciarse. "Me protegió cuando me daba por intentar matar gente en los bares", solía decir. No la abandonó por Brenda Vaccaro. Ni por Sarah Miles. "Si hubiese querido dejar a mi mujer lo hubiese hecho por Shirley MacLaine". Pero tampoco. "Lo dejaban, volvían, lo dejaban. Debió de ser intenso", reconoce Vaccaro sobre Mitchum y MacLaine.

Robert Mitchum y Shirley MacLaine en 'Cualquier día en cualquier esquina'. (1962)
Robert Mitchum y Shirley MacLaine en 'Cualquier día en cualquier esquina'. (1962)

El retrato de Weber —construido además con entrevistas a compañeros de reparto, ex amantes y familiares— no es una biografía al uso. Son más bien trazos, momentos de claridad sobre una figura tan contradictoria como torturada. Probablemente su sentido del humor sardónico y su distancia estudiada fueron el armazón de un hombre que necesitaba gustar. Cuando le preguntaban "¿Qué tal estás?", él solía responder "Peor". ¿Por qué? "Porque así lo hacía Groucho Marx y a todo el mundo le hacía gracia". Su nieta, por el contrario, cuenta que "improvisaba en todos los aspectos de su vida". "Eso le aterraba y por eso bebía. Y cuanto más bebía peor se comportaba". O quizás era simplemente un gilipollas. Pero era Robert Mitchum.

Mitchum difícilmente hubiese sobrevivido al ahora. Un hombre acostumbrado a hacer y deshacer a su antojo, un seductor de profesión, testosterona vestida a medida. Actitud me-importa-un-huevo, feromona para ellos y para ellas, pero que hubiese sucumbido al nuevo ordel post #MeToo. O incluso antes. Un tipo aparentemente seguro de sí mismo —"se mostraba tan confiado en escenas con mujeres que, cuando las abrazaba, uno esperaba que les roncara delante"— pero que luego se veía subyugado a los impulsos más pueriles: recuerda un amigo que un día lo confundieran con Kirk Douglas por aquello del hoyuelo en la barbilla. Y eso le sacaba de sus casillas. Tanto que al marido de una fan de Douglas, que le pidió un autógrafo para su mujer, le rubricó "Vete a la mierda. Firmado: Kirk Douglas". Nadie hubiese esperado menos del tipo más duro de los tipos duros.

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