el 1 de abril cumple 90 años

Milan Kundera, el escritor que le gastó una broma al comunismo

El legendario disidente checo, autor de 'La insoportable levedad del ser', fue uno de los más leídos en los 80 hasta que dejo de escribir e inició un prolongado silencio que ha durado dos décadas

Foto: Milan Kundera. (EFE)
Milan Kundera. (EFE)

En 1985 todo el mundo leía a Milan Kundera. El escritor exiliado en París había publicado un año antes 'La insoportable levedad del ser', una novela de amor y sexo ahumada con filosofía y ambientada en aquella Primavera de Praga de 1968 en la que los tanques soviéticos aplastaron -literalmente- a los veinteañeros que exigían libertad en vaqueros. El libro despachó millones de ejemplares en todo el mundo, inspiró una película y volvió tremendamente popular a un autor cuya dilatada e interesante trayectoria no era tan conocida hasta entonces. El éxito reconocería también libros posteriores como 'La inmortalidad' (1988), 'La lentitud' (1998) o 'La identidad' (1998) y se apagaría repentinamente tras la publicación en el año 2000 de 'La ignorancia'. Desde entonces transcurrieron casi 20 años de silencio apenas rotos por una obra divertida y menor en 2014 titulada 'La fiesta de la insignificancia'. El próximo 1 de abril Kunderá cumplirá 90 años..

¿Por que no se lee tanto hoy a Kundera? ¿Su prolongado silencio y su carácter huraño y esquivo, enemigo de entrevistas y lucimientos honoríficos abrieron una brecha insalvable con unos lectores cada vez más hiperactivos y sojuzgados por las novedades mediáticas? ¿Y cómo ha tratado el tiempo su obra? "Bien pero sin exagerar", respondía hace unos años en The Guardian el escritor inglés John Banville quien lamentaba lo rápidamente que su cabeza había olvidado 'La insoportable levedad del ser' "No recuerdo ni los nombres de los personajes" "Mal", añadía posteriormente en el mismo periódico el también escritor Jonathan Coe al asegurar que la reputación de Kundera en la actualidad se hallaba "irremediablemente dañada por su retrato de las mujeres" y "su aplastante androcentrismo" donde la primacía de la mirada masculina y la cosificación de la mujer es total, lo que "limita sus logros como novelista y ensayista".

'La insoportable levedad del ser' (Tusquets)
'La insoportable levedad del ser' (Tusquets)

Pero Kundera ya había 'previsto' en los felices 80 las diatribas que tantas veces, y con especial fervor estos días, se arrojan contra los creadores de ayer a los que se les observa injustamente con la lupa interesada de hoy. Lo hizo a propósito de la impronta de la política en su obra, el otro gran tema de sus libros, junto al amor y el sexo, pero sirve también como antídoto a las acusaciones de machismo: "No me gusta reducir la literatura y el arte a una lectura política. La palabra disidente significa suponerle a uno una literatura de tesis, y si algo detesto es precisamente la literatura de tesis. Lo que me interesa es el valor estético. Para mí, la literatura procomunista o la anticomunista es, en ese sentido, lo mismo. Por eso no me gusta verme como un disidente".

El disidente que no quería serlo

Y es que el aciago siglo XX convirtió en disidentes y en referencia moral a su costa a demasiados creadores que nunca reclamaron semejante estatus. Milan Kundera nació en Moravia en 1929, hijo del célebre pianista checo Ludvík Kundera y, tras iniciar estudios de Literatura y Estética en la Universidad de Praga, los abandonó por los de Cine que concluiría en 1952 para ejercer como profesor de historia del séptimo arte. Tras las convulsiones de la Segunda Guerra Mundial, la culta y occidental Checoslovaquia había caído tras el Telón de Acero que partía en dos Europa y el futuro escritor, como tantos jóvenes en aquel momento, se afilió al omnipresente Partido Comunista. No duró mucho.

Su primera novela, 'La broma', es un tratado cómico y desolador sobre la incompatibilidad manifiesta entre totalitarismo y sentido del humor

La historia la contó en 'La broma' ('Zert', 1967), su primera novela, un tratado tan cómico como desolador acerca de la incompatibilidad manifiesta entre el totalitarismo y el sentido del humor. Al estudiante Ludvik Jahn, un trasunto del propio Kundera, se le ocurre en los 50 hacer un chiste postal a su novia Marketa, una broma bastante bobalicona y blanca en la que ironiza sobre el optimismo comunista y cita al innombrable disidente Trotski, asesinado por el mismo Stalin cuyos soldados siguen ocupando el país. ¿Resultado? Jahn es expulsado de la universidad, sus compañeros le retiran el saludo, todas sus posibilidades de promoción personal quedan liquidadas y acaba siendo condenado a trabajar en las minas donde conocerá el amor... y el cinismo. Similar experiencia vivió realmente Kundera lo que le convirtió en un renegado temprano del paraíso comunista al que, sin embargo, con este libro, gastó una broma inolvidable.

1968, primavera de Praga, tras la primera revuelta pop contra el imperialismo soviético -machacada de forma sin embargo más tradicional por los ejércitos del Pacto de Varsovia- las autoridades checas prohíben la obra del escritor y Kundera malvive como pianista de jazz, entre otras digresiones, hasta que en 1975 emigra definitivamente a Francia, país en el que sus novelas encontraban aquellos años una recepción cada vez más favorable. Títulos como 'La vida está en otra parte' (1972), 'La despedida' (1973), 'El libro de la risa y del olvido' (1979) y 'La insoportable levedad del ser'' (1984), la novela de título estrafalario que sacudió las librerías y vendió millones de ejemplares en todo el mundo. Cuando todo el mundo leía a Kundera.

'La insoportable levedad del ser' fue un bestseller extraño. Por su título imposible, por sus pretensiones filosóficas -en realidad de baja intensidad-, y por sus extravagantes teorías estéticas que despliegan, por ejemplo, vasos comunicantes entre el arte y los excrementos. Pero allí había también una gran historia de amor torturado a varias bandas, mucho sexo y la hipnótica amenaza latente de la bota represiva comunista. El éxito de las peripecias de Tomás, Sabina, Teresa o Franz fue descomunal, lo que garantizó una adaptación al cine de la mano del director Philip Kaufman con resultados modestos de crítica y público.

¿Kundera delator?

En 1990 Kundera publicó 'La inmortalidad', la última novela en su checo natal. Como quien cambia de camisa, de champú, de marca de cigarrillos, el escritor se pasó al francés y fue en la lengua de Montaigne en la que escribió sus últimas novelas donde la querencia filosófica parece desplazar definitivamente a la política: 'La lentitud' (1994), 'La identidad' (1998), 'La ignorancia' (2000) y 'La fiesta de la insignificancia' (2014). Y fue en 2008 cuando estalló la bomba.

Aquel año la revista checa 'Respekt' acusó al escritor, ahora furibundo anticomunista, de haber delatado en su juventud -cuando profesaba una fe estalinista que Kundera nunca ha negado- a un compañero de la residencia universitaria Kolonka de Praga que estuvo a punto de ser ejecutado por ello y cumplió dos décadas en prisión. Kundera, que no era ni el primer ni el último hombre de letras denunciado por vivir épocas convulsas con una actitud reprobable, negó inmediatamente la acusación -que aportaba sin embargo abundante base documental. ¿Quién tenía razón? El sociólogo Jiri Pehe sentenció entonces en el diario Clarín que daba igual: "La realidad es que un régimen totalitario está construido de tal manera que el 99 por ciento de la gente coopera con el gobierno, de un modo u otro, entonces el caso Kundera ayuda a muchos checos a sentirse moralmente absueltos de sus propias culpas, como si ellos fueran los buenos y Kundera el malo".

A finales del pasado año el actual gobierno checo de Andrej Babis, se ofreció devolverle la nacionalidad que el antiguo régimen comunista le retiró hace cuatro décadas, en 1979. Y Kundera rompió su silencio: "Espero que el proceso no lleve mucho papeleo".

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