murió en la guerra civil española

La chica de la Leica: Gerda Taro, la valiente fotorreportera que creó a Robert Capa

'La chica de la Leica' (Tusquets) rescata la verdadera identidad de la mujer detrás del fotógrafo Robert Capa que retrató la guerra civil y fue despedida con honores en Valencia o Madrid

Foto: Gerda Taro, el cerebro detrás de Robert Capa (Fred Stein)
Gerda Taro, el cerebro detrás de Robert Capa (Fred Stein)

París, una Leica y nada más. Solo un seudónimo que nacería más tarde y que les reservaría un puesto en la historia una vez desaparecidos. Robert Capa, el famoso fotógrafo, fue en realidad el invento engendrado por Gerda Pohorylle (Stuttgart, 1910 - El Escorial, 1937) y André Friedmann, fotógrafos, compañeros y amantes que, tras pasar por la Alemania nazi y Francia, capturaron en imágenes la Guerra Civil española. Fue ella, que más tarde se bautizaría a sí misma como Gerda Taro inspirada por Greta Garbo, la que insistió en la importancia de crear un personaje -una marca- que tuviera lo que a ellos les faltaba: dinero y éxito.

'La chica de la Leica' (Tusquets)
'La chica de la Leica' (Tusquets)

El verano de 1936, tras estallar la Guerra Civil, Gerda y André se trasladaron a España para inmortalizar la guerra bajo el sello de Capa. Cada uno disparaba diferentes fotografías pero siempre bajo el mismo copyright. Entre ellas se encuentra la icónica y controvertida ‘Muerte de un miliciano’: una bala atraviesa a Federico Borrell García en una imagen que recuerda más al estilo de Gerda -más emocional, más humano- que al de André. Cuando Gerda murió un año después muchos de sus trabajos fueron atribuidos, injustamente, a él.

La figura de Gerda Taro, invisible, se ilumina poco a poco. El año pasado, una fotografía rescatada por el exsoldado John Kiszely se presentaba sorpresivamente como la última instantánea que habría capturado a Gerda con vida, tumbada mientras un médico se encargaba de sus heridas.

“Hoy nadie sabe quién es Gerda Taro. Incluso se ha perdido la pista de su trabajo fotográfico, porque Gerda era una camarada, una mujer, una mujer valiente y libre, muy hermosa y muy libre, digamos libre en todos los aspectos”. Ahora ‘La chica de la Leica’ (Tusquets) plasma las palabras en vida de su amigo Georg. Con ellas y las de otros tres colegas que compartieron andanzas, risas y corazones con Gerda y André, la escritora Helena Janeczek rescata el rostro de la alemana y la alza como pionera del fotoperiodismo a través de unas memorias reconstruidas y de las situaciones que integra desde su imaginación para contar una historia: la verdadera historia de Robert Capa.

"Dinámica, valiente, tal vez inconsciente"

El 1 de agosto de 1937, un desfile de banderas rojas despedía a la fallecida Gerda Taro en las calles de París. Tenía 26 años y se iba de este mundo como la primera fotorreportera en morir en un campo de batalla. Un tanque la había atropellado el 26 de julio en la batalla de Brunete. André está en primera fila “destrozado” y junto a él, Ruth Cerf, Willy Chardack y Georg Kuritzkes, los amigos de Gerda que ayudarán a reconstruir su leyenda.

A Gerda le encantaba sentirse admirada y lo era, “amada por los corresponsales de prensa extranjeros y por los poetas escritores”, escribe Janeczek. No solo fue despedida con honores y grandes multitudes en París, también en Madrid y en Valencia. Allí había fotografiado el horror de la guerra que plasmó en la portada de ‘Regards’, con hombres y mujeres frente a las puertas del hospital de Valencia al que habían sido trasladadas las víctimas del bombardeo de mediados de mayo.

'Muerte de un miliciano', bajo la firma de Robert Capa.
'Muerte de un miliciano', bajo la firma de Robert Capa.

“Veo en sus ojos el alborozo del peligro, la sonrisa de la juventud inmortal, dinámica, valiente, tal vez inconsciente, pero en cualquier caso decidida e irresistible”, dijo de ella Rafael Alberti, a quien enseñó a manejarse en el mundo de la fotografía. El autor Luis Pérez Infante le dedicó un poema: “A pesar de tu muerte y tus despojos/ el otro viejo que tu pelo era/ la fresca flor de tu sonrisa al viento / y tu gracia al saltar/ burlándote de las balas/ para grabar escenas de la lucha/ nos dan aliento, Gerda, todavía”.

Gerda, como cualquiera que se aventurara a las entrañas de la guerra, era valiente y “un metro y medio de orgullo y ambición”. Solo le preocupaba llegar al sitio justo en el momento adecuado. “Nunca parecía preocupada. Cuando contaba sus viajes a Berlín, donde los enfrentamientos estaban a la orden del día, o cuando anunció en París que se marcharía sola a España, los otros se deshicieron en recomendaciones”, cuenta Janeczek. “Ya os gustaría a vosotros tener la cabeza tan en su sitio como la mía”, respondía ella.

Ella fotografiaba, luego cambiaba de cadáver, un muerto menos obsceno de contemplar, un muerto que algunos periódicos han publicado

“Yo me habría largado o me habría echado a llorar, vomitando hasta el alma”, confesó a su amiga Ruth. “En cambio, ella fotografiaba, disparaba tres veces, luego cambiaba de cadáver, un muerto menos obsceno de contemplar, un muerto que algunos periódicos han publicado”. Una fuerza que sobrepasaba a la de su compañero. “Siempre ha sido más frágil que Gerda”, continuaba su amiga sobre André. “No es una cuestión de coraje, porque no ha hecho otra cosa que trabajar bajo las bombas. Es cuestión de fuerza, de voluntad y de control”.

"Entregó su vida a la lucha"

“¿Sois conscientes de lo útil que puede ser mi Leica para la causa, ¿verdad?” Son palabras de Gerda. En 1933, fue detenida por las SA, acusada de pertenecer a una asociación sindical fuera de la ley. En la cárcel, según relata Janeczek, Gerda fue una “compañera de celda intrépida y espabilada”, que distribuía cigarrillos y cantaba canciones norteamericanas a las detenidas. Más tarde, en París, ella y André intercambiaban sus historias de encarcelamiento. “Cuando me arrestaron estaba a punto de irme a bailar”.

Compartió todo con André. Ella fue también la que le ayudó a cambiar su estilo, propiciando la creación de un Capa -el nombre terminaría definiéndole a él- mucho más elegante de lo que André nunca podría haber sido. “Tienes que demostrarle al mundo que eres un director: coge la Eyemo, eso es, un poco más alta, concéntrate, eres Robert Capa, no le tienes miedo a nada”, le gritaba mientras le retrataba. Gerda solía bromear: “Ni quiera a ese enorme perro lobo que está de guardián a solo dos pasos de tu trasero”.

Gerda y André (Fred Stein)
Gerda y André (Fred Stein)

Gerda y André pasaron juntos dos años, aprendiendo el uno del otro, pero para Ruth fue como si lo hubieran estado toda la vida. En 1937, cuando acompañó a André a recoger los restos de Gerda, el fotógrafo “no hizo otra cosa que llorar y suspirar” durante las ocho horas de trayecto. “Gerda había entregado su joven vida a una lucha en la que sabía que se jugaba el futuro de todos”.

Comprometida con la causa republicana, Janeczek relata que, tras la muerte de la fotógrafa, comenzaron los rumores de que Gerda no había caído por accidente bajo las huellas de un tanque. “Empezó a expandirse por la Rive Gauche y a pasar de un café a otro. La sospecha era espantosa”. Sin embargo, aquella, con el paso del tiempo, fue la que terminó siendo la causa oficial. “Había muerto en un estúpido y cruel accidente, si bien en una guerra que, con sus imágenes, quería ganar para todos”.

Helena Janeczek firma un precioso retrato de la invisible Gerda. Un retrato que construye como una narración. Vida, logros y emociones de Gerda Taro que convierte en una historia con corazón, con testimonios desgarradores e imágenes para construir a la fotógrafa en toda su esencia.

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