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Bernardo Bertolucci podía haberse muerto en 1976... y nada habría cambiado

Permanecerá por tener su capacidad de enhebrar un sello reconocible al saber aunar el conocimiento de su medio, rebasarlo y plantear temas inmortales... mientras fue fiel a sí mismo

Foto: Storaro y Bertolucci en el rodaje de 'El conformista' (1969)
Storaro y Bertolucci en el rodaje de 'El conformista' (1969)

Poco a poco, sin prisa pero sin pausa, el siglo veinte entona sus últimos adioses. Cuando recibimos la noticia de la muerte de sus gigantes algo percute nuestro interior porque ya eran sombras lejanas, recuerdos de una película mental que resucita durante unos instantes hasta desvanecerse tras el inesperado estupor. Bernardo Bertolucci (Parma 1941- Roma 2018) marcó una época al saber erigirse como uno de los grandes portavoces de una generación destinada a cambiar el mundo hasta que este los trastocó, sin esperanza. Su vida tenía las cartas marcadas. No todos tenemos la suerte de hallar en casa continuos estímulos culturales.

Bernardo Bertolucci podía haberse muerto en 1976... y nada habría cambiado

Su padre, el olvidado aunque notable poeta Attilio Bertolucci llenaba el salón de su hogar con la cultura viva de la época, cuando tras la guerra Italia supo postularse en la vanguardia literaria y cinematográfica entre el neorrealismo y el crudo desencanto de muchos escritores de primera fila como Elio Vittorini, Cesare Pavese, Elsa Morante, Carlo Emilio Gadda o Alberto Moravia, de quien volveremos a hablar en estas líneas. Sin embargo, el acicate de esos encuentros, el impulsor de toda una trayectoria, fue Pier Paolo Pasolini. A finales de los cincuenta el poeta de las cenizas de Gramsci decidió ir a la búsqueda de otro lenguaje, pasándose a la dirección fílmica. Como ayudante de Accatone, su primera aventura tras las cámaras, eligió al joven Bernardo, quien más tarde declaró sentirse durante esos meses en el punto exacto de la refundación del séptimo arte.

Esa voluntad pasoliniana de recrear en imágenes sus novelas de periferia, el tercer mundo dentro del primer mundo, con actores no profesionales, metáforas de altos vueltos y un cromatismo extremo en blanco y negro orientaron los balbuceos de Bertolucci, quien debutó en 1962 con La commare secca. Tenía veintidós años, siguió los parámetros de su mentor y consiguió una pieza a revalorizar dentro de su legado tanto por la atmósfera creada como por el lirismo de su lenguaje. Este comenzó a adquirir señas de identidad propias con 'Antes de la revolución' (1964), donde con el título resume su esencia mediante la mítica frase de Talleyrand "Quien no ha vívido los años previos a la revolución no puede comprender la dulzura del vivir". El protagonista, hasta cierto punto un trasunto de su creador, se debate entre la militancia y su conciencia burguesa. El ambiente provinciano y las banderas derrotadas son una radiografía precisa de la juventud italiana antes del 69, un poco como lo que, a posteriori, haría Ian McEwan con 'Chesil Beach' y la juventud paralizada por las convenciones antes de la explosión.

La revolución y el color

Durante la segunda mitad de la década de los sesenta Bertolucci se imbuye del espíritu de su tiempo hasta representarlo para muchos. El proceso lo conduce a intimar con la Nouvelle Vague, protagonizar alianzas teóricas con Jean-Luc Godard, empaparse del experimental Living Theatre y firmar una serie de obras transicionales anteriores a su verdadero esplendor. Es indudable cómo quizá el futuro retrate a Bertolucci como un estandarte del 68 y ese juicio tampoco será errado, si bien esa memoria puede que parta más de 'Soñadores' (2003), cinta menor que sintetizaría su última etapa desde 'Pequeño buda' (1993), cuando las ideas de sus cintas mostraban una especie de nostalgia por una juventud irrecuperable.

Su verdadera trascendencia para con la frustrada revolución, si es que alguna vez quiso serlo, de esos meses con lemas y adoquines estará relacionada con el mantenimiento de su espíritu y la resistencia mediante un cine autoral que desde la tradición hablaba al presente. La última frase chirriara a algunos, pero de otro modo es incomprensible esa conjugación de fuentes literarias, planos modernísimos al ser clásicos y la fuerza de lanzar conceptos intemporales.

Ese estado de Gracia emerge con 'El conformista' (1970). Han pasado dos años del mayo francés y Bertolucci se atreve a narrar, desde la sensacional novela de Alberto Moravia, la existencia de un hombre normal que quiere confundirse entre la masa, aceptar los preceptos de la sociedad y renunciar a su libertad individual con tal de lograrlo. Situar la acción durante el Fascismo plasma mejor ese ordenamiento del fracaso, simbolizado a la perfección en la escena donde Jean-Louis Trintignant, legendario en su atuendo de gabardina y sombrero, pasea por el Ara Pacis romano, envuelto al completo por las memorias de Augusto, decálogo de comportamiento y cima de cómo el poder graba el comportamiento en la piedra.

Quizá por eso la siguiente película vira hacia otro paradigma. 'El último tango en París' (1972) es ahora mismo una bomba dentro de otra bomba con mecanismos más letales que la trituradora de Bansky. Esto sucede por polémicas sobre mantequillas, consentimientos y respuestas de Trivial Pursuit que no llevan camino de generar ningún tipo de consenso entre fake news y cabreos esporádicos. Lo cierto es que 'El último tango', siempre a toro pasado, reúne todos los ingredientes para ser inmortal desde motivo ajenos a sus intenciones. En cambio, si uno observa su desarrollo, es fácil definirla una obra maestra, y el ego de Bertolucci lo pretendía.

Los créditos de cabecera, con música del Gato Barbieri y los lienzos de Francis Bacon, es una declaración de intenciones. Cuando llegamos a París se produce el fenómeno de congelar el todo. De repente lo visto adquiere un valor irrepetible. El escenario de los hechos, el puente de Bir Hakeim, ese puente de hierro hacia el portal naranja de Jules Verne, pasa de ser un rincón más a ser de todos porque la ficción ha superado a la realidad, dándole nuevos significados.

Lo que sigue es el naufragio dentro del caos de dos personas entre una jauría de hienas muy contentas en su conformismo, término que viene y va por su filosofía, aquí entre coitos, una velocidad sutil, desquicies entre la antigua arquitectura del baile y ese apartamento como microcosmos de una rebelión utópica y resignada.

El monstruo y la gloria convencional

Ese pesimismo se evapora en parte con 'Novecento'. Durante los primeros setenta Italia padeció el terrorismo de Estado y el derivado por los reacios a limitar el espectro izquierdista a los partidos tradicionales. Asimismo, los años de plomo conllevaron un aumento electoral del PCI, que hasta soñó con el sorpasso a la Democracia Cristiana de Moro y Andreotti.

'El último emperador' (1987) recibió muchas estatuillas, pero tiene algo del genio que rebaja sus estándares para acoplarse al gusto mayoritario

Mientras otros, caso de Leonardo Sciascia con su impecable 'Todo Modo', prefirieron la sátira punzante y descarnada él optó por un fresco que combina una desmedida ambición, la impronta de la militancia y un reparto inigualable. Bertolucci hizo 'Novecento' (1976). Sus seis horas de metraje están en otra categoría. El inicio de esa barbaridad deslumbra y acota. El 25 de abril de 1945 el norte se liberó del Fascismo. Vemos a los campesinos contra la bestia, representada por Attila, ese Donald Sutherland pletórico en el mismo año que rodó 'Casanova', de Fellini. El canadiense es la encarnación del mal. Van contra él y nada podrá parar ese grito contra tanta y despiadada crueldad nada gratuita.


Pero de ahí retrocedemos hasta el 27 de enero de 1901. Muerte Verdi y en una hacienda rural nacen Olmo y Alfredo, Depardieu y De Niro, pobreza y riqueza, condensadas en el mismo espacio, que es Italia entre dos fronteras muy significativas, pues uno tiende a pensar que, en realidad, Bertolucci no tenía esperanza en el porvenir pese a ese final de lágrima con la bandera roja y las risas, uno de esos fragmentos a enmarcar por cómo tocan al espectador desde la autenticidad del sentimiento.

La deriva, por eso, era negativa. Una cosa era la pantalla y otra bien distinta el terremoto, bien visible en el horizonte. 'Novecento' y su conclusión eran un canto del cisne. El neoliberalismo llamaba a la puerta y la vejez asomaba. Puede sonar extraño decir lo segundo. Bertolucci no había cumplido los cuarenta. Sin embargo, la intensidad cedió a una segunda fase muy notable con un perfil más simple, con afición a navegar por escenarios exóticos sin renunciar a la insistencia de plantear sus historias desde una cotidianidad a enlazar con la Historia en mayúsculas.

Quien escribe disfrutó en su momento de todo este último ciclo a sabiendas que la oferta ya era menor. 'El último emperador' (1987) recibió muchas estatuillas, pero tiene algo del genio que rebaja sus estándares para acoplarse al gusto mayoritario. Lo sucesivo estaba por encima de la media sin alcanzar el promedio de su director, quien en sus últimos compases, como tantas veces ocurre, era alguien en vida que había callado porque ya había dicho todo lo que debía decir. Enfermo y en silla de ruedas aún tuvo arrestos para regalarnos en 2012 'Tú y yo', adaptación de una novela de Niccolò Ammaniti, un autor menor de un país muy rebajado en lo cultural, una caricatura de lo que fue y no sólo por Berlusconis, Salvinis y delirios de todo tipo y condición.

Bernardo Bertolucci pudo haber muerto en 1976 y nada hubiera cambiado. Entonces ya había ingresado en el panteón. El cine, y más en esta era borracha de velocidad, es de los artes que pueden envejecer peor. Permanecerá por tener su capacidad de enhebrar un sello reconocible al saber aunar el conocimiento de su medio, rebasarlo y plantear temas inmortales, válidos entonces y ahora, desde un fondo de Humanismo. Mientras fue fiel a sí mismo la épica nunca estuvo en las alturas.

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