vuelve un clásico

Canción triste de Philip K. Dick: anfetaminas, locura y ciencia ficción

Anagrama reedita una de las mejores biografías de escritores jamás escritas, la que dedicó Emmanuel Carrère al demenciado genio autor de '¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?'

Foto: Philip K. Dick
Philip K. Dick

"Una noche, al volver a casa, Phil abrió la puerta de la entrada y pulsó el interruptor de la izquierda. Lo que vio le hizo soltar la bolsa de la compra. Montones de papeles dispersos y de objetos pisoteados yacían sobre el parquet. El equipo esterofónico había desaparecido. Los cristales estaban hechos trizas, un explosivo había reventado el enorme archivador metálico, la casa había sido desvalijada. '¡Alabado sea el Señor!', fue lo primero que pensó. 'Es evidente que no soy un paranoico'".

Esta es la historia de un niño retraído y regordete llamado Philip K. Dick nacido en Chicago en 1928 y criado en soledad en Berkeley, California, entre revistas pulps y sueños de marcianitos verdes por una madre divorciada, pre-hippie y lectora voraz, que ensayó con mediocridad la literatura 'clásica' para acabar convirtiéndose en uno de los más extraordinarios y prolíficos autores de literatura popular del siglo XX. Un escritor de ciencia ficción tan afecto a la mística como a la paranoia más desenfrenada que firmó algunas de las alegorías sobre la arcana relación del hombre y la técnica más poderosas de nuestro tiempo y terminó sus días devorado por la locura, creyéndose espiado por la CIA y el FBI, y hasta las cejas de anfetaminas mientras escribía un informe interminable e inclasificable sobre lo que a veces pensaba que era su encuentro con Dios y otras la invasión de su espíritu por los extraterrestres.

Anagrama reedita este mes 'Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos: un viaje en la mente de Philip K. Dick', una joya inencontrable traducida por primera vez al español por el sello Minotauro hace más de una década y recibida el año de su publicación en Francia en 1993 por la crítica con un unánime aplauso. Se trata de una biografía novelada en la que el prestigioso escritor francés Emmanuel Carrère exorcizó su obsesión casi enfermiza por el autor de '¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?' e imprimió así el giro radical a su carrera por la que es tan celebrado: de la ficción a la hoy omnipresente autoficción, género que involucra la peripecia personal como una parte inseparable de lo narrado.

'Yo estoy vivo...' (Anagrama)
'Yo estoy vivo...' (Anagrama)

En una entrevista reciente publicada en este medio, Carrère mostraba su alegría por la reedición en España de un libro tan especial para él: "Me encanta que vuelvan a publicarlo, es un libro que me gusta mucho, del que conservo muy buenos recuerdos. Lo curioso es que la biografía de Philip K. Dick no dista tanto de otras obras mías como 'El Reino', donde San Pablo no está tan lejos del escritor norteamericano. Uno inventó un fenómeno religioso y el otro lo intentó, aunque al final sólo se dedicara a la literatura". De hecho fue en 'El Reino', el último libro de Carrère hasta la fecha, donde el escritor francés recordaba cómo aquella biografía le salvó en los 90 de una terrible sequía creadora.

"Tardé un poco más de un año en escribir el libro, lo que habida cuenta de su espesor y de la enorme masa de informaciones que maneja me parece retrospectivamente una proeza. Trabajé como un negro, y recuerdo que disfruté muchísimo. No hay nada mejor en la vida que poder trabajar, sobre todo cuando no has podido hacerlo durante mucho tiempo. Todo lo que había intentado en vano a lo largo de aquella penosa sequía cobraba sentido. (...) La vida de Dick, a pesar o a causa de su genio embarazoso, fue catastrófica, una serie ininterrumpida de excesos, separaciones, internamientos y extravíos psíquicos, pero nunca dejé de tenerle afecto. Nunca dejé de decirme que allí donde estuviera, diez años después de su muerte, miraría por encima de mi hombro lo que yo hacía y se alegraría de que alguien hablase de él de esa manera".

Algo andaba mal en su cabeza

En 1951 Dick todavía quería ser Norman Mailer y ver su firma en el New Yorker pero nadie publicaba sus escritos 'literarios'. El entonces pujante mundo de las revistas populares de ciencia ficción ofrecía sin embargo una mejor ventana de oportunidad que él creía transitoria y le permitía escapar de una situación vital estancada y peligrosa. A los 24 años se había ya casado por segunda vez, no tenía estudios universitarios y trabajaba de sol a sol en una miserable tienda de discos. Le pagarían mal y le obligarían a producir en grandes cantidades. Pero eso no era problema para su imaginación incontenible y su capacidad para aporrear durante toda la noche la máquina de escribir. Antes de que acabaran los 50 había publicado 80 cuentos y siete novelas de ciencia ficción. También había escrito otras ocho novelas más, 'serias', todas rechazadas y que Carrère cree muy inferiores a sus obras de género, "de factura floja y deshilachada".

Philip K. Dick
Philip K. Dick

Eran tiempos de paranoia anticomunista y caza de brujas maccarthista. Su mujer Kleo militaba en un grupo socialista y un agente del FBI de pocas luces llamado George Scruggs comenzó a aparecer por casa de los Dick cada semana con todo tipo de inquisitivas preguntas. Phil logró enredarlo y convencerle de que si su mujer fuera de verdad comunista, no asistiría reuniones comunistas, y acabaron haciéndose amigos. Una noche poco después llegó la primera alerta. Se sintió mal después de cenar, empezó a dar vueltas en la oscuridad de su casa tras la cena preso del pánico sin ser capaz de encender la luz. Algo comenzaba a andar mal en su cabeza.

Al filo de los 60 Philip K. Dick había cumplido ya treinta años y se sentía, escribe Carrère, "un pobre diablo de escritor proletario condenado, para malganarse la vida, a escribir a máquina, lo más rápidamente posible, relatos para adolescentes que lo alejaban de la obra literaria con la que contaba para dejar su huella en las arenas del tiempo. Sin embargo, presentía que esta idea reflejaba solo parcialmente la realidad: de hecho, y sin saberlo, estaba haciendo algo diferente. Pero ¿qué era lo que estaba haciendo?"

El imperio nunca dejó de existir

En una realidad alternativa descrita al detalle en la que el Eje ha ganado la II Guerra Mundial, los nazis son una fuerza maligna pura que domina medio planeta. Y el otro medio pertenece a unos japoneses decadentes, místicos y casi ilustrados. El I Ching determina las acciones humanas y hay un libro, 'La langosta se ha posado', que todo el mundo anda leyendo subrepticiamente y plantea una sorprendente realidad alternativa en la que son los Aliados los que vencen en la contienda...

'El hombre en el castillo' (1963), la madre de todas las ucronías, se llevó el premio Hugo de ciencia ficción y supuso el primer éxito de la carrera de Philip K. Dick. Arrancaba así su larga década prodigiosa jalonada por otras tres novelas canónicas del género: '¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?', sobre un cazador de androides demasiado humanos que acabaría llevada al cine en 1982 con el mítico título de 'Blade Runner'; 'Ubik' (1969), la fabulosa y delirante aventura de una conciencia suspensa de ultratumba; y 'Fluyen mis lágrimas, dijo el policía' (1974), la historia de una estrella televisiva que sobrevive en un estado policial de un futuro distópico que se llevó el John J. Campbell.

Vivía obsesionado con que vigilaban su casa, intervenían su teléfono y le echaban drogas psicodélicas en su taza de café

Pero ya en los setenta, con cinco matrimonios y varios hijos a sus espaldas, la cordura de Phil acabó por desmoronarse. De pequeño le había asaltado un inquietante sueño recurrente: se encontraba en una librería buscando un ejemplar de 'Astounding' que faltaba en su colección y que incluía un cuento titulado 'El Imperio nunca dejó de existir'. De alguna forma sabía que si leía ese relato lo conocería todo pero la revista se alzaba en lo alto de una pila y, una y otra vez, era incapaz de alcanzarlo... Y ahora, obsesionado con que vigilaban su casa 24 horas al día, intervenían su teléfono y le echaban drogas psicodélicas en su taza de café, sobresaltado por asaltos a su domicilio que, según Carrere, no habrían sido, de ser ciertos, más que robos banales, y tras una reclusión temporal en un centro de rehabilitación, recordó aquella admonición: 'El Imperio nunca dejó de existir'.

"¡Pues claro!", se dijo. Creo vivir en 1974 en el condado de Orange, California pero se no es más que un gigantesco y engañoso holograma que oculta "la prisión en la que el Imperio tiene cautivos a sus esclavos". ¿Qué Imperio? ¡Pues el Romano, cuál va a ser! En realidad estamos en el año 70 después de Cristo. El Salvador ha venido y vuelto a marcharse. Y los pocos que hemos descubierto la verdad debemos preparar su regreso. Somos los Avisados. Somos cristianos. Las visiones de Jesucristo, la antigua Roma y extraños patrones geométricos se hicieron con él los últimos años hasta que, el 2 de marzo de 1982 murió a causa de un derrame cerebral. Lo enterraron en Fort Morgan, Colorado, al lado de un diminuto ataúd ocupado desde hacía 53 años por los restos de su hermana melliza Jane, muerta el nacer 53 años antes.

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