La increíble historia del detective Petrosino, el hombre que luchó contra la Mano Negra
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La increíble historia del detective Petrosino, el hombre que luchó contra la Mano Negra

Leonardo DiCaprio protagonizará la adaptación de la biografía de uno de los hombres más relevantes en la lucha contra el crimen organizado en Estados Unidos

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(Montaje: E. Villarino)

Por extraño que parezca, a Hollywood todavía le quedan personalidades que contribuyeron a hacer mejor Estados Unidos y deben ser inmortalizadas en el cine. Entre sagas interminables y adaptaciones de novelas gráficas, Paramount parece haber encontrado otro hombre digno de la gloria audiovisual, Joseph Petrosino, en la piel de Leonardo DiCaprio. Y aunque el detective no es nuevo en el celuloide, y siempre sería deseable mayor diversidad, la biografía que lleva por título ‘La Mano Negra’ corrobora que el inmigrante italiano fue un héroe merecedor de un homenaje cinematográfico.

La obra de Stephen Talty publicada en España por Ediciones Península lleva por título el nombre de la temida organización, pero tiene como protagonista principal a Petrosino. Un hombre que luchó incansablemente contra la organización criminal que durante décadas denigró la inmigración italiana en el Estados Unidos del siglo XIX. Y que tuvo que marcharse del barrio neoyorquino que le acogió cuando llegó con 13 años, en el mismo momento en el que entró en el cuerpo de policía de la ciudad.

Foto: Tom Hardy es 'Venom'. (Sony)

Durante los años de mayor popularidad del detective, en Little Italy los más ancianos se jactaban de conocer los orígenes del hombre más temido para los criminales italianos. Y contaban que, de niño, Petrosino había emigrado con su abuelo y su primo, años antes que su familia directa. El anciano falleció atropellado por un tranvía poco después de llegar, y los pequeños fueron acogidos, y educados, por un juez irlandés. Una leyenda con la que podían justificar por qué mientras la mafia italiana se expandía por las calles de Nueva York, y de otras ciudades, Petrosino había apostado por dedicar su vida a la justicia y la lucha contra el crimen. Literalmente.

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Placa en memoria de Petrosino, situada en una calle de Nueva York.

Policía, a pesar de todo

Siendo un adolescente, mientras lidiaba con la crueldad de los jóvenes de la comunidad irlandesa, se puso a trabajar de limpiabotas en Manhattan. Pero pronto se hartó, porque quería “ser alguien”. Ayudante de carnicero, controlador de horarios de personal del ferrocarril, empleado en una sombrerería e incluso músico itinerante fueron otras de las profesiones que ejerció el joven Petrosino. Hasta que, con 18 años, fue contratado por el ayuntamiento como barrendero, una actividad que por aquel entonces dependía del cuerpo de policía.

Cuando se cansó de los caballos en putrefacción y el resto de deshechos que manchaban Nueva York, Petrosino cambió las calles por una gabarra con la que se transportaba la basura de la ciudad mar adentro. Un destino que, además de distanciarle de unos compañeros con los que no se llevaba bien, le permitió dar el gran salto y convertirse en policía, a pesar de su corta estatura.

Su talla no fue la única pega que experimentó Petrosino en sus inicios en el cuerpo. Sus vecinos, acostumbrados a tratar con despóticos agentes irlandeses, le veían como un traidor. Y sus compañeros como un enemigo extranjero. Aunque también aprendieron de él que era un profesional incorruptible “y excepcionalmente duro”, según recoge Talty. A base de trabajo, multitud de disfraces y una envidiable capacidad para almacenar información, consiguió convertirse en el primer sargento detective italiano del país dos años después de comenzar su carrera Y en la mitad de tiempo logró 17 condenas por asesinato, el récord del Departamento de Policía de la ciudad.

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Little Italy en una imagen de finales del siglo XIX.

Terrorismo italiano contra italianos

“Una multitud de asesinos italianos merodean por la parte baja de la ciudad y desempeñan la labor de extorsionistas para la Mano Negra. A menos que tomemos cartas de inmediato, ampliarán tanto sus operaciones que la policía tendrá serias dificultades para acabar con ellos”. Este extracto de los diarios de Petrosino a comienzos del siglo XX fue una de las primeras anotaciones del detective sobre la organización criminal que comenzaba a asentarse en la ciudad y extenderse por otros lugares de Estados Unidos.

La Mano Negra se dedicaba a amenazar y extorsionar a los inmigrantes italianos, hombres y mujeres con los que los integrantes de las bandas probablemente habrían coincidido en su viaje desde el otro lado del océano. Secuestraban a sus hijos, hacían volar sus casas o asaltaban a sus últimas víctimas, provocando que la población italiana de Nueva York viviese aterrorizada, esperando la carta de la organización que los situase en el punto de mira. Delincuencia focalizada en una comunidad extranjera pobre que, sin embargo, constituyó la primera ciudad italiana en el mundo en 1910. Un problema ajeno a las autoridades y la sociedad norteamericana que terminó haciendo realidad los peores presagios de Petrosino, el único al que le importaba aquella situación.

Sin embargo, la competitividad de la prensa sensacionalista neoyorquina acudió, involuntariamente, en ayuda del detective, que afrontaba su misión contra la organización en soledad y con enorme frustración e impotencia. El Herald Tribune llevó a la portada uno de los muchos sucesos que protagonizaba la Mano Negra, y la organización criminal confinada a barrios italianos se coló en las casas de millones de ciudadanos con titulares como “La Mano Negra opera aquí”. Y este aumento de la presencia mediática terminó convirtiendo la organización en “la moda del momento”, con papelerías que vendían papel de carta con la mano en la parte superior y sobres a juego, y vendedores ambulantes que ofrecían amuletos con la insignia de la sociedad.

placeholder Petrosino trabajando con alguno de los hombres que formaban parte de la Brigada Italiana.
Petrosino trabajando con alguno de los hombres que formaban parte de la Brigada Italiana.

Petrosino y los misteriosos

El caluroso verano de 1904 fue bautizado por la prensa como “la fiebre de la Mano Negra”, tras una serie de secuestros y asesinatos. La prensa optó entonces por criminalizar a la comunidad italiana, sugiriendo limitar el número de sicilianos que podían vivir en el país. Y Petrosino pudo constatar que la Mano Negra no interesaba a sus superiores. Tampoco a sus compañeros, mayoritariamente irlandeses, ni a sus paisanos, que consideraban a la organización demasiado peligrosa como para unirse contra ella. Para llamar la atención de unos y dar la razón a otros, la Mano Negra siguió aterrorizando a la población neoyorquina y a mediados de septiembre Petrosino recibió la aprobación para crear una brigada italiana de policías que parase los pies a la Mano Negra.

Por aquel entonces el cuerpo estaba compuesto por diez mil agentes, de los que menos de 20 hablaban italiano y “unos 4 o 5 podían mantener una conversación en siciliano”. El detective había solicitado 20 hombres para poder acabar con la amenaza de la Mano Negra. Tuvo que conformarse con cinco, y juntos formaron lo que el Evening World bautizó como “los seis misteriosos”. Agentes sin despacho ni letras doradas en la puerta, que se reunían en el piso de Petrosino y debían atender al medio millón de personas que formaban la comunidad italiana.

Según los cálculos de Alberto Pecorini, un editor de prensa especialista en la sociedad secreta, el “95 por ciento de los pequeños empresarios, comerciantes, organilleros, banqueros y trabajadores no cualificados de las colonias italianas” eran extorsionados “para que abonaran una cuota semanal a cambio de mantener sus negocios y familias a salvo”. Y como señaló el reportero Frank Marshall White en una de sus crónicas “la Mano Negra ha arruinado y expulsado de Estados Unidos a miles de italianos honestos y trabajadores que en otras circunstancias habrían sido ciudadanos modélicos”.

Los problemas de compartir orígenes

Al frente de la brigada Petrosino calculó que, por cada italiano que acudía a hablar con él, había 250 que permanecían en silencio. Las víctimas de los secuestros tampoco eran de ayuda, y se negaban a testificar contra sus secuestradores. Pero un año después de su puesta en marcha, “los seis misteriosos” habían arrestado ya a cientos de los miembros más célebres de la Mano Negra, y los crímenes contra la comunidad descendieron un 50 %. En 1906 la brigada sumó 35 efectivos y abrió una sucursal en Brooklyn.

Para lograrlo, Petrosino trabajó para hacer llegar a las autoridades la magnitud del problema, y la importancia de tomar decisiones coordinadas con el país de procedencia, impidiendo la llegada de criminales italianos a tierras estadounidenses. Pero los atentados continuaban, las amenazas alcanzaban a los políticos y el nerviosismo que rodeaba al inmigrante llegado desde Italia parecía no tener fin.

La comunidad italiana de comienzos del siglo XX era la mano de obra principal de las infraestructuras más importantes en todo el país. Pero los prejuicios del magnate Rockefeller le llevaron a despedir a todos sus empleados italianos. El escritor Enrico Sartorio escribió entonces “vuestras vías de tren, los edificios de vuestra Administración y vuestro carbón están mojados por el sudor y la sangre italianos”. La fama de la Mano Negra, y su inagotable actividad, se encargó de que la comunidad fuese percibida también como una amenaza política.

placeholder Las calles de Nueva York despiden a Petrosino.
Las calles de Nueva York despiden a Petrosino.

La venganza inevitable

La llegada de nuevos hombres a la brigada no fue suficiente para frenar la amenaza de la sociedad secreta que se expandía como una “franquicia terrorista” en la que cada grupo tenía sus propias normas. Ni para impedir que, a pesar de los compromisos internacionales que logró Petrosino, los criminales italianos siguiesen llegando al país. Su determinación, sin embargo, encontró su fruto en la creación de la Brigada de Explosivos del Departamento de Policía de Nueva York, la primera de todo el país.

En 1909, meses después de ser padre por primera vez, Petrosino consiguió la aprobación de un plan que frenase la llegada de delincuentes italianos. Y él mismo se encargaría de llevarlo a cabo, viajando a la tierra que le vio nacer, y que también le vería morir. Porque en Italia, al detective le esperaban decenas de hombres que habían tenido que regresar de su sueño americano por culpa de su determinación policial. Una afrenta suficiente para correr el riesgo de cobrarse la venganza ante un hombre que viajó solo por todo el país.

Doscientas cincuenta mil personas llenaron las calles de Nueva York para despedir al incansable detective, un humilde investigador que solo deseaba “extinguir la criminalidad italiana que indigna a las personas de mi raza”. No pudo lograr su objetivo, pero su trabajo resultó esencial para aquellos que llegaron después que él, y consiguieron acabar con la organización criminal. Sus hazañas policiales se contaron durante años en Little Italy, porque para aquellos que confiaban en él, Petrosino era aquel hombre con el que compartían raíces en una tierra extraña. “Si creía que eras culpable, te perseguía hasta los confines de la tierra. Pero si te consideraba inocente, no descansaba hasta que eras libre.”

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