Entrevista

Sánchez-Cuenca: "El enfoque moral de la izquierda es superior al de la derecha"

El filósofo publica 'La superioridad moral de la izquierda, un ensayo un ensayo breve y polémico donde dicceciona los valores de las políticas de la izquierda

Foto: Íñigo Errejón, Pablo Iglesias y Alberto Garzón, de Unidos Podemos, conversan en un pleno del Congreso. (EFE)
Íñigo Errejón, Pablo Iglesias y Alberto Garzón, de Unidos Podemos, conversan en un pleno del Congreso. (EFE)

Los ensayos de Ignacio Sánchez-Cuenca (Madrid, 1966) combinan sociología, filosofía y política para afrontar conflictos que nos afectan a todos. Los asuntos que ha tratado van desde la herencia franquista hasta la crisis de confianza en el sistema, pasando por el deterioro del debate público. Acaba de llegar a las librerías 'La superioridad moral de la izquierda' (CTXT-Lengua de Trapo), un ensayo breve y polémico donde argumenta que los valores de los partidos socialistas y comunistas son superiores a los que adoptan las formaciones conservadoras y neoliberales. Sus libros destacan por un estilo sencillo y directo, que no renuncia a los matices. “Una cosa es la superioridad moral de ciertas ideas y otra bien distinta las personas que las adoptan”, aclara en las primeras páginas.

PREGUNTA. El prólogo de ‘La superioridad moral de la izquierda’ lo firma Iñigo Errejón, el mayor defensor de abandonar los términos “izquierda” y “derecha” para sustituirlos por “arriba” y “abajo”. ¿Por qué no triunfó este cambio de paradigma, defendido por Podemos?

RESPUEST. Me siento muy honrado de que Errejón haya querido poner prólogo a mi libro, pero habría que preguntarle a él. No creo que el eje “arriba” y “abajo” esté acabado. Fuera de España, sigue habiendo fuertes actitudes antiélites. Otra cosa es que en un país como el nuestro ese intento haya sido absorbido de nuevo por el eje “izquierda” y “derecha”. Podemos intentó cambiar los términos, pero de momento no ha sido posible. Las sociedades occidentales siguen organizadas en torno a “izquierda” y “derecha”, aunque ese antagonismo haya perdido la intensidad que tenía hace cincuenta años. En Sudamérica los partidos son más inestables y eso hace que las cosas puedan cambiar más fácilmente. Aquí es complicado que una mayoría se sienta de “abajo” en el sentido de “somos los hundidos”, pero sí pueden identificarse con el lema “somos el 99%” que popularizó Occupy Wall Street.

Votamos izquierda o derecha igual que compras una u otra marca de zapatillas. Me parece una aberración intelectual

P. Errejón destaca que este ensayo intenta “romper el relativismo moral”. ¿A qué se refiere?

'La superioridad moral de la izquierda'
'La superioridad moral de la izquierda'

R. Normalmente se usa la expresión “superioridad moral de la izquierda” como un insulto o una acusación de arrogancia. Es un reproche interesado. En el mundo neoliberal, muchas veces las ofertas políticas se plantean como opciones de consumo. Votas izquierda o derecha igual que compras una u otra marca de zapatillas. Eso me parece una aberración intelectual. Lo que intento plantear, que no creo que vaya a convencer a los votantes de izquierda, es que las opciones políticas tienen raíces morales. La izquierda tiene más que ver con principios de empatía y justicia, mientras la derecha apuesta por la autoridad y el orden. Ahí se produce una divergencia que se puede evaluar moralmente. Esa evaluación rompe con el relativismo moral, que considera que todas las ideas están en pie de igualdad.

P. Tengo la impresión de que en España la palabra “moral” tiene connotaciones muy negativas, como si fuera algo rancio y cansino. ¿Está de acuerdo?

R. Sí, en gran parte por la tradición católica. En el caso de la izquierda española, nunca ha querido manejar términos morales, sino que ha preferido usar categorías científicas. Se han creído dueños de unas leyes históricas que decían que el capitalismo iba a colapsar y que de forma natural vendría otra cosa, que es alguna forma de socialismo. A mí me interesa más recordar que hay una indignación moral en el corazón de la izquierda, por ejemplo la que sentían Marx y sus seguidores ante las situaciones más abusivas del capitalismo. Creo que esa indignación se puede reconstruir sin recurrir al lenguaje marxista clásico. Dicho esto, el enfoque moral de la izquierda es superior al de la derecha, que tiene otros valores destacables, por ejemplo la superioridad intelectual en cuestiones de gestión pública. Ya sé que esto suena polémico, pero es lo que he intentado demostrar.

Ignacio Sánchez-Cuenca
Ignacio Sánchez-Cuenca

P. El libro no minimiza la cantidad de tiranos, déspotas y líderes sádicos de la historia de la izquierda. En ese sentido, un partido de derechas podría reconocer la superioridad moral del discurso de izquierda, pero justificar su programa reaccionario diciendo que la izquierda es ineficaz.

R. Por supuesto. La izquierda tiene ideas más potentes, más ambiciosas y moralmente más profundas. Pero no veo eso como una salvación, sino como una condena. Lo puedo explicar con una analogía breve: en economía, todo el mundo dice que los países con muchos recursos naturales tienen una maldición, ya que esa riqueza, paradójicamente, limita su desarrollo. Algo similar sucede con la izquierda. La superioridad moral hace que la izquierda desatienda el mundo presente para centrarse en imaginar un mundo mejor que está por llegar. Invierte energía en pensar lo que vendrá en vez de en mejorar lo que tenemos. Por eso desatiende la mejora de las instituciones existentes.

P. Esto me recuerda al cincuenta aniversario de Mayo del 68. Aquello, en cierto sentido, fue un giro antiinstitucional. El discurso era “el estado nos oprime”, “la universidad nos hace más obedientes” y “los psiquiátricos son instituciones de control”. ¿Hasta que punto ha perjudicado este enfoque a la izquierda?

R. Contestaría en dos partes. El legado de Mayo del 68 me parece muy positivo, ya que en los años sesenta la educación era más jerárquica, el estado era más autoritario y los psiquiátricos más represivos. Ahora estamos incomparablemente mejor. Pero, en la pregunta hay un elemento más profundo que es la relación de la izquierda con las instituciones. Históricamente, la derecha ha contribuido más a la innovación institucional, desde la separación de poderes hasta el sistema de frenos y contrapesos democráticos, por no hablar de los sistemas electorales. La izquierda más radical califica las instituciones actuales de caducas y solo piensa en el sistema que vendrá.

P. Suele decirse algo parecido sobre el ejército. La izquierda se queda solo en “no a la guerra” y no se preocupa de los mecanismos internos de funcionamiento.

R. Es un gran ejemplo. Se trata de un debate que la izquierda tiene ganado, ya que en términos filosóficos todos sentimos que el pacifismo es moralmente superior. El problema es que, en la práctica, casi todos los estados necesitan algún tipo de mecanismo de defensa. Este asunto ilustra muy bien la carga que supone para la izquierda tener razón, que suele traducirse en desatender cuestiones prácticas.

P. Parece que vivimos una época donde se penalizan las posiciones matizadas. Es una tendencia que empeora, como hemos visto en la crisis de Cataluña. ¿Algún remedio a la vista?

R. El primer paso es calmar los ánimos con la cuestión nacional. Hemos vivido un calentón muy serio en estos meses. Eso es perjudicial para el debate democrático. Los nacionalistas catalanes pintan España como un ogro autoritario y los partidarios de la unidad nacional se sienten víctimas de un golpe de estado. Con ese panorama es imposible encontrar terreno común. Los medios de comunicación han fomentado esta polarización. Eso me parece decepcionante. Partidos como Podemos tenían una posición matizada y les han atacado ferozmente desde ambos bandos. Nos guste más o menos Podemos, tienen razón en que la única solución es encontrar un camino equidistante o intermedio entre ambas posturas. Relacionamos “equidistante” con blando e indeciso, pero también es sinónimo de integrador.

Una sociedad no puede ser una carrera de méritos donde unos caen y otros se salvan

P. ¿Está muerta la socialdemocracia?

R. Diría que está en crisis, una crisis muy fuerte. Ahora mismo vive en un pozo: ha desaparecido prácticamente en Francia, Holanda y Grecia, mientras que en Alemania está en mínimos históricos. En España igual, ya que nunca estuvo peor desde la muerte de Franco. En Escandinavia les pasa algo parecido. La situación es malísima. Los resultados de las elecciones italianas del domingo lo confirman. Deja un hueco enorme, que quizá puede volver a ocupar, pero que de momento están aprovechando otros, desde populismo de distinto signo hasta opciones neoliberales como Macron y Ciudadanos. Uno de los problemas de la socialdemocracia es que tiene un discurso blando, muy tecnocrático, basado en estadísticas y no en apelaciones morales a la justicia social y a los cambios necesarios para realizarla. Los datos y los gráficos no hacen que el electorado se movilice. Hay que recurrir a sentimientos morales para reactivar lealtades políticas. La socialdemocracia apostó por el lenguaje de la eficiencia, que está bien para los economistas, pero no para los políticos. El trabajo del político progresista consiste en convencer a los ciudadanos de que existe un vínculo de solidaridad con sus semejantes y que ese vínculo es la base sobre la que construir todas las reformas. Una sociedad no puede ser una carrera de méritos donde unos caen y otros se salvan.

P. ¿Se equivocó Podemos con su enmienda a la totalidad del relato de la Transición?

R. Seguramente sí. España es un país que en el siglo XX no tiene un pasado del que sentirse muy orgulloso. Tuvimos un conflicto civil terrible y una de las dictaduras más largas de Occidente. ¿A qué podemos agarrarnos? La República sigue siendo un periodo que divide. Lo único que tiene cierta capacidad de integración en la sociedad española es la Transición. Las encuestas dicen que la mayor parte de la población ve como positivo aquel periodo. Creo que sería más interesante que Podemos afirmase que la Transición estuvo bien, pero que los avances se quedaron congelados demasiado pronto. Hay una ‘generación tapón’ que se ha encargado de impedir que aquellos cambios se desarrollasen. Diría que hay que impugnar esa ‘generación tapón’, pero no los pactos de la Transición ni el espíritu abierto de entonces. Es más eficaz, me parece, criticar que los partidos no hayan querido o sabido continuar el proyecto democrático que, de forma imperfecta, sin duda, se inicia en la Transición que andar impugnando la Transición misma.

P. Una última cuestión: afirma en el texto que “los valores de la izquierda son moralmente insuperables”. Un cristiano de base podría recordarle que esos mismos valores ya los defendían ellos siglos antes.

R. Estoy de acuerdo. Si analizas los valores cristianos y los llevas a sus últimas consecuencias políticas terminas militando en la izquierda. La democracia cristiana es interesante porque adopta ese ideario y lo lleva a la política, pero solo hasta cierto punto, sin acercarse al límite. Puede parecer poco, pero justo por eso la derecha cristiana es mucho más solidaria y compasiva que la neoliberal. El PP nunca ha tenido un discurso abiertamente contrario al Estado del Bienestar porque tiene raíces cristianas. La falta de esas raíces es lo que me asusta de Ciudadanos, que representa un neoliberalismo más puro.

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