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ser infeliz es improductivo

"Camellos de ideas": el reverso oscuro de los libros de autoayuda empresarial

El filósofo Alberto Santamaría publica 'En los límites de lo posible', donde destripa el género de la filosofía emprendedora

Foto: Ejecutivos de Blackberry Limited visitan la bolsa de Nueva York. (EFE)
Ejecutivos de Blackberry Limited visitan la bolsa de Nueva York. (EFE)

Sin prisa pero sin pausa, el filósofo Alberto Santamaría se ha ganado el respeto general. Sus textos son capaces de iluminar conflictos cotidianos apoyándose en autores tan diversos como Friedrich Schiller, Thomas Frank, Max Aub, Walter Benjamin y Terry Eagleton, entre otros. Acaba de publicar ‘En los límites de los posible. Política, cultura y capitalismo afectivo’ (Akal, 2018). Podríamos definirlo como un escudo para defendernos de los manuales que entusiasman a los directivos de multinacionales anglosajonas, esos que popularizaron términos como “inteligencia emocional” y “capital humano”. ¿Por qué necesitamos distancia crítica frente a este tipo de literatura? “Según estos libros ser feliz es positivo, en la medida que se genera buen ambiente y se fomenta la creatividad, mientras que estar triste lleva a ser crítico y por lo tanto a no ser creativo, lo que provoca desafección hacia los valores de la empresa.

'En los limites de lo posible'
'En los limites de lo posible'

Por cierto, ahora ya no se trata de “motivar” a los trabajadores, esa es una palabra pasada. Según las nuevas dinámicas manageriales la palabra es “movilizar” , un concepto extraído de los movimientos sociales. Uno es feliz si se identifica radicalmente con la empresa, o con su actividad, fluye -otra palabra clave- con ella, e incluso es incapaz de desconectar del trabajo (ahí están las llamadas “trabacaciones”). En cambio, en algunos libros actuales destacan que sindicarse es indicio de escaso compromiso emocional, ya que eso indica cierta tendencia a la crítica”. Resumiendo: los nuevos gurús empresariales adoptan la retórica militante de la izquierda para reforzar posiciones de derecha. Es lo que el autor define como ‘activismo cultural neoliberal’, más extendido de lo que parece.

Camellos de ideas de segunda mano

Santamaría estuvo un año entero leyendo manuales de filosofía empresarial y asistiendo a charlas motivacionales. Aunque parezca material inofensivo, se trata de una lluvia fina, omnipresente, que cala en nuestros cerebros. “Decía Hayek que para difundir un ideario es necesario tener de tu lado a los que denomina “camellos de ideas de segunda mano”. El neoliberalismo tuvo a estos camellos siempre cerca. Son sus intelectuales, que con un sistema editorial amplio, con una escritura simple que utiliza conceptos en bruto, y que dan charlas sobre el éxito en casi cualquier lugar donde les llamen, difundieron un nuevo proceso de relación humana”. Durante el trabajo de documentación, confirmó lo exitoso de esta estrategia. “Al dedicar tanto tiempo a leer estos libros de gestión empresarial me vi en la tesitura siguiente. No quería, por nada del mundo, gastarme un euro en comprarme ninguno de ellos. Lo que me sorprendió es que en cualquier biblioteca de provincias, incluso en pequeños centros cívicos, tienes los principales y más recomendados títulos sobre este tema. El acceso a las ideas de estos camellos es sorprendente”, señala.

Religión en La Oficina

Una vez leídos los clásicos del género, el autor sacó dos grandes conclusiones. Primera: el material es terriblemente homogéneo. “Casi todos los textos de una misma época repiten incansablemente lo mismo, apenas hay variedad en los pensamientos. Puede haber más o menos calidad literaria, invención argumentativa, pero las ideas son asombrosamente similares: sé tú mismo, surfea la ola del riesgo, huye de la rutina, fomenta la creatividad, se imaginativo….”. Segunda conclusión: todos tienen la forma de sermón edificante. “Desarrollan un tipo de lenguaje casi religioso, como si lo que proponen fuese algo que debe tomarse como dogma de fe, en la medida que conduce a la única deidad reconocible: el éxito fundado en la desigualdad. Es una literatura para nada descriptiva, sino más bien prescriptiva. Completamente transversal, en la medida en que busca adhesión y por tanto se dirige, y esto es clave, a cualquiera que desee estar al tanto, que desee reorientar su vida, o mejorar aspectos de su trabajo. Asombra su capacidad inclusiva y embaucadora”, advierte.

Uno de los mensajes principales es que debemos vivir la precariedad como una aventura excitante

Uno de los mensajes principales es que debemos vivir la precariedad como una aventura excitante. “Gurús como Richard Florida hablan de nuestro potencial creativo, que debe hacernos comprender que tenemos que arriesgarnos, que con creatividad podemos lograr todo lo que queramos, que hay que ser aventureros y no funcionarios. En el fondo, toda esta retórica de gestión empresarial y personal tiene un escenario fundamental: generar una disyuntiva afectiva basada en si quieres ser un ganador o un perdedor. Ésa es la estructura final de tanta obesidad afectiva que nos rodea”, denuncia. En resumen: nos invitan a competir en vez de a compartir.

La literatura de autoayuda empresarial utiliza términos tan universales como “felicidad”, pero no la trata como un fin de la existencia humana, sino como un simple medio. “Según un texto del Centro Botín, ‘De la neurona a la felicidad’, la infelicidad cuesta a las empresas 829 euros por habitante al año, es decir 386 millones de euros solo en la Unión Europea. Ser infelices resta productividad y eso es intolerable. Así el capitalismo afectivo crece para reforzar la adhesión de la tropa que conformamos cada uno de nosotros”.

Neoliberalismo viscoso

Se ha impuesto la idea de que la cultura es el dominio de los académicos de izquierda. Santamaría siempre ha defendido que esto es un error. Desde las grandes fundaciones culturales hasta la industria de la publicidad, vivimos inmersos en mensajes prosistema, cada vez menos autoritarios y más cálidos. ”En una entrevista, Gary Becker, ese gran ideólogo del neoliberalismo, decía que la economía es siempre algo más que la economía. Así de sencillo. La economía es también amor, decía. Por eso Foucault dedica a Becker unas páginas altamente interesantes en ‘El nacimiento de la biopolítica’. Lo que podemos observar es una progresiva tendencia a recubrir lo económico con un fuerte aspecto cultural y sentimental. La economía no es sólo la administración y gestión de algo, sino también la producción de un relato que da sentido a esa administración y gestión. Por ello economía y cultura han de ir de la mano para el capitalismo”, señala.

El capitalismo ha sabido capturar todas aquellas formas culturales destinadas a cuestionarlo

¿Han cambiado las tornas en las últimas décadas? Parece que sí. “Ante una izquierda que en ocasiones ha tendido a enfocar el debate cultural a espacios o bien muy concretos o en exceso abstractos, el relato neoliberal ha tendido a hacer acopio de todo lo afectivo. Fueron capaces de producir un universo atractivo, basado en lo revolucionario, creativo e imaginativo, al tiempo que deshabilitaba cualquier impulso crítico. El capitalismo ha sabido capturar todas aquellas formas culturales destinadas a cuestionarlo. No sólo se quedan con el discurso radical de los sesenta -“la imaginación al poder” o “pidamos lo imposible” pueden ser perfectamente hoy lemas del BBVA-, sino que producen, casi sin darnos cuenta, una nueva noción de imaginación o creatividad dentro de la cual el impulso crítico desaparece a favor de un impulso adaptativo, según las necesidades del mercado. El neoliberalismo es tan viscoso que se adhiere a nuestros actos como una segunda piel”, afirma.

¿También afectan estas tendencia a las políticas públicas? “Por supuesto. Gran parte de la semántica que recorre la redacción de leyes como la de emprendedores o la ley de educación (LOMCE) procede directamente de estructuras literarias de libros de gestión empresarial. Gobernar bajo la estructura de un libro de gestión empresarial, en esas estamos”, lamenta. Más allá del acuerdo con sus conclusiones, Santamaría presenta una investigación sólida que invita a pensar sobre la ideología escondida detrás de discursos que muchas veces percibimos como neutrales.

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